martes, 4 de diciembre de 2012

Del club de lectura..


LEVANTENSE… QUE YA VINO EL NIÑO

El que llegara la Navidad y con ella San Nicolás era todo un evento, porque esto ocurría luego de muchos días y meses, en que debían acontecer muchos sucesos para que llegara el Niño. Era un tiempo interminable, no como hoy, cuando todo ocurre muy rápido. Para que la Navidad llegara, muchos días debían pasar.

El primer aviso de que se avecinaba la Navidad, eran las lluvias “pelo de gato” que normalmente ocurrían a fines del mes de noviembre, que al ser los últimos días de escuela, las acompañaba la famosa fiesta de la alegría, con que finalizábamos el extenso año escolar.

No habían muchos lugares donde ir a “ver” los juguetes, porque eran pocas las tiendas en aquel entonces, pero eso en nada restaría alegría e ilusión a cada niño que como yo, veíamos desde nuestra pequeña estatura y con la frialdad de los vidrios con que se topaban nuestras narices y palmas de las manos, los juguetes, que en esa ocasión, se ofrecían a todos los niños para celebrar la Navidad. Nuestros ojos, plenamente abiertos y con una afanosa memoria, hacíamos registro de cada juguete y sus principales detalles y atractivos, sin pensar para nada, en su costo.

En aquellos tiempos, no como ahora, con pocos lugares donde se mostraban los juguetes y decoraciones de navidad, las costumbres eran comunes para todo mundo y por eso, toda la comunidad participaba y departía en sencillas pero emotivas tradiciones.

Un lugar especial era, para mí, el Mercado Central, porque ahí habian miles de juguetes, colgados por doquier a derecha e izquierda, en cada pasillo, en cada rincón posible, todos callados, esperando tan solo que nosotros, los niños, en compañía de nuestros padres, fuéramos a descubrirlos. Era un laberinto, donde miles de caminos se intercomunicaban y en el que nuestra alegría corría más rápido que nuestros pies y que nuestra vista discurría antes que nuestros pasos y lo más importante, todo lo que ahí se ofrecía estaba más al alcance de los bolsillos de nuestros padres, todo ello, lo hacía un lugar perfecto.

Todos eran juguetes maravillosos, para niños: bolas de futboll, caballitos y camiones de madera, carretas típicas, maromeros, trompos, canicas, etc y para las niñas, muñecas de trapo, juegos de limpieza, casitas de muñecas, cocinas de lata, jueguitos de ollas, todos ellos, artesanalmente confeccionados y llenos de colores, algunos pocos de batería, pero todos llenos de fantasía y de ilusiones para mi.

Conforme la tradición, a uno de la familia, a mi hermano Gerardo, le correspondía hacer el portal y a mi me correspondía traer ladrillos para que nadie lo estropeara, -entiéndase que ese “alguien” era yo-. Mi hermano le hacía unas casitas de papel cartulina con ventanas de papel celofán -semejando vidrios-, a las que le ponía una bombilla que las hacía lucir muy lindas y con lo que se alegraba mucho el portal.

A mí me correspondía, escribir la Carta del Niño, en una fórmula de una de las librerías donde se conseguía o bien, en una hojita de cuaderno. Este era un momento no solo importante, sino de especial y total concentración, ya que con el auxilio de la memoria, se transcribía en palabras compuestas por consonantes y vocales impregnadas de alegría, los sueños, ilusiones y espejismos, que en nuestra imaginación de niño, habíamos construído al ver los juguetes en los escaparates o colgando en los pasillos del mercado central.

Mientras los días pasaban, se comentaba con los amigos y se fachenteaba ante ellos, acerca de los juguetes que el Niño nos traería, y que con ayuda de la imaginación, les comentábamos que los juguetes hacían esto y aquello, que prendían esta y aquella luz, que se movían, hablaban y volaban como superman, no sin antes dejar de escuchar, la réplica de nuestros amigos, en relación a las maravillas que realizaban los juguetes que le traería a ellos, el Niño. Era una lucha para dejar sentado que el juguete que le traía a uno el Niño, era el mejor, el más lindo, el que hacía más cosas, el único.

En la noche en que venia el Niño, además de la cena que llevaba ensalada con tajadas de papa, chayote y remolacha, estaba el tomar el bus e ir a la avenida central, a ver vidrieras, decoraciones y hasta algún colacho que en ellas se encontrara, así como el gozar con todos aquellos que al igual que nosotros, esperaba una gran Navidad y luego de unas cuantas veces de recorrer parte de la avenida, todos nos retirábamos a nuestras casas, no sin antes haber hecho varias veces blanco con el confeti en las caras de los transeúntes, otra de las alegres tradiciones de aquellos tiempos.

Luego de la visita a la avenida a disfrutar de la tradición de tirar confeti, del que aún me quedaban unos cuantos en el cuello de la camisa y en el pelo y haber cenado con la familia completa en compañía de un villancico, venía lo difícil, cómo iba uno a poder dormirse con toda esa alegría y esperanza de encontrar alrededor del árbol o al pie de mi cama y en las cobijas, mis juguetes?.

Este era el momento preciso en que me asaltaban las preguntas e iniciaba un interrogatorio. Le habrá llegado la carta al Niñó?, tendrá el carro que le pedi y la camisa del equipo de futbol? Habrá ido al mercado por el juguete que me gustó?

Como hará con ese gran trineo lleno de juguetes? Tendrá que hacer varios viajes o qué…, traerá varios trineos pegados, igual que el tren a Puntarenas, uno tras otro, si así debe ser, pero, como hace para entregar en esa noche todos los regalos?, tiene que ir muy de prisa, entrar en cada casa y entregarlos, ah… ¡ ya sé !

Mi hermano Gerardo me explicó que en el mundo hay horas diferentes, como cuando Papá llama de Panamá y es más tarde allá que aquí y ... entonces, San Nicolás, con ayudantes, va entregando uno a uno en cada casa, los juguetes, que se vienen volando en el aire y entran en la casa y como son muchos… utiliza un reloj especial en el que el tiempo va…muy, pero muy despacio y así puede dejar debajo del árbol y a la par de la cama los juguetes a todos los niños pobres y a mi también, porque El le ha dicho al Niño Jesús, que todos los niños recibirán sus regalos, como cuando el nació en Belén.

Cuando despertaba, me iba a ver lo que el Niño había traído, raudo y feliz, con el corazón que me brincaba y con el cual los pies se tropezaban, pensaba, que dicha que San Nicolás tiene el reloj que le permite hacer que el tiempo pase más lento y así, poder entregarle a cada uno de los niños, los juguetes que el Niño Dios con la ayuda de nuestros Padres, nos regala.

Mami…Papi…, ya vino el Niño. Mamá, Papá, ya vino el Niño, levántense…que ya vino el Niño.

Sergio Regidor