martes, 24 de abril de 2018

Girando otra vez




Yo tengo, como todo el mundo, dos piernas con dos rodillas y de eso trata el cuento o mejor trata de celos y envidia entre ellas…
A saber un día me dolió tanto la derecha que me la opere….y me pusieron una rodilla de estreno y yo tan feliz sentí otra vez el  mundo a mis pies .Creí que aunque la otra estaba doliendo un,  poquito se quedaría quieta  pero craso error. Un mundo de celos y envidias estallo  entre ellas. La izda. no permitía que la derecha estuviera feliz y contenta y sobre todo como si tuvieras 15 años y ella con sus sesenta encima y ni corta ni perezosa estallo y comenzó a doler y doler y a dar la lata y a comerse mi recién hallada felicidad, pidiendo…no exigiendo ella una operación como la de la derecha. (No se extrañen desde que el mundo es mundo las derechas y las izquierdas  nunca se han puesto de acuerdo y esta me reprochaba el nuevo provenir de la derecha y su reciente  apoteosis)Así  que no me quedo de otra que ir corriendo a el medico….otra vez cojeando, una quería correr la otra no. Y yo en medio dándome a todos los demonios pilongos y hartándome otra vez de anti inflamatorios (pero la izquierda no le interesaba y no las aprovechaba ella dolía porque quería lo que tenía la derecha no estaba interesada en otra cosa ni iba a dar tregua ni consenso.
Así que fui y me hicieron la radiografía y resulta que la pobre izda. estaba mal y que no era ni envidia ni celos sino necesidad.
Y  aquí estoy yo….otra vez e girado en torno mío y he llegado hasta la presente en la misma situación que hace un año esperando otra prótesis para la izda.
Bueno esto tiene una enseñanza a veces una simple radiografía pone a cada cual en su lugar y solo se tiene que escuchar. Pero yo con mi desconfianza no quería creer a la izda. Y la derecha estaba calladita y en su lugar.
Pero aun así yo sigo esperando y sintiendo un orgullo profundo por mi derecha. Sé que debo confiar que la izda. salga triunfante pero no se….como la derecha ni hablar…no se lo digan a la izda. Por favor que se va  a poner de los pelos.

Antonia Morales Diez

miércoles, 18 de abril de 2018

La vida conmigo se ha lucido.




La calma. La paz. El silencio. Cuando se han perdido a través del tiempo, cuando han sido sustituidas por palabras con fuerza de cuchillos, con miradas cargadas de desprecio, con aquellos otros silencios llenos de cinismo, miradas duras como hielos, bocas sin besos, brazos sin alma. Si al fin los recuperas, no habrá nada en el mundo que te obligue a olvidarlos.
Cuando has amado con todo tu ser. Has entregado mas que tu vida y al hacerlo quedaste desnuda de ganas, sin fuerza ni aliento para continuar viviendo, cuando miras en el espejo el reflejo de lo que fue tu cuerpo, ahora marchito, cansado y piensas, dónde perdí mi alma?
Aquellas hijas que antes llenaban mi casa, con sus risas y pleitos y sus carreras detrás de juguetes, llenando el entorno de migas de galletas, papeles de cartas y perfumados borradores. Dónde el tiempo las convirtió en adultas y llenaron otros espacios que ya no son los míos?
Mis padres se hicieron viejos, tan viejos como el olvido y tuve que regalarles mis horas, para vestirlos y acompañarlos, contarles mil cuentos y asegurarles que aún había tiempo, que se curarían que no tuvieran miedo y ahora son solo recuerdos.
Qué se hicieron las guarias de mi patio? Ayer estaban florecidas, llenaban grandes espacios, las tapias y todos el entorno con sus propios hijos, en troncos pequeños luchaban por mostrar mas flores. Y las vandas? Abrazaban con sus múltiples brazos cargados de ramos perfumados el tronco del árbol de cas. Las lluvias a traición su flores estropearon y ahora por el suelo lucen tristes y ajadas como alfombras sin brillo ni color.
Y mi juventud, donde se ha ido? si solo ayer como juguetona mariposa yo cruzaba los patios llenos de plantas, agachada liberándolas de malezas y de bichos, sintiendo la tierra entre mis dedos, separando piedras al pasar mis manos por el suelo deseoso de caricias y de semillas que  igual que la vida, se empeñara en ofrecer belleza? Juegos del tiempo, que nos hace creer que somos eternos, igual que nuestros cuerpos sin desgastes ni fatigas.
Ahí miro mis zapatillas de danza, por allá quedó escondido mi último leotardo, de verdad yo podía hacer aquellas rutinas tan intensas moldeándome como si mi carne fuera de madera y un cincel lo trabajara? Interminables horas gloriosas donde el sudor y el cansancio de mi cuerpo de dolores fuera el premio, aquella música y aquellos pasos aprendidos con euforia significaban que había podido. Y el tango, con sus sinuosos movimientos cargados de erotismo, o la alegre algarabía de los cientos de monedas sujetas a mis caderas, mientras música de tierras árabes y gitanas, las obligaban a moverse a veces suaves y cadenciosas, otras con rabia y desafío. Adónde fue mi baile?
Y la música, por horas aprendida, en interminables ensayos, repitiendo hasta el hastío, notas, tonadas, merismas, cuidando la vos y la garganta con chales y jarabes de miel y jengibre, lubricando con agua las cansadas cuerdas vocales. Y tocar el cielo y el infinito cuando el ensamble de las voces producían de nuevo la magia, orquesta y coro con  una sola energía, aquellas obras escritas por los grandes de éste mundo renacían de nuevo y el aplauso caluroso y cerrado al final de la obra te regalaba lágrimas de alegría. También se ha ido.
Y después de ser y estar, de haber tenido y perder, después de haber amado y vuelto a amar, de llorar y ahora sonreir, de sostener entre mis brazos tantos niños que me han precedido, volviendo a llenar mis espacios de música y color, de cantos y de risas, a pesar de mis pasos mas lentos y de mis sueños frustrados, la vida se los aseguro, conmigo se ha lucido.
Lia Ferreto.
 16-4-2017.



martes, 10 de abril de 2018

Adela


En medio de todos los libros y papeles en aquel escritorio ahí sobresalía. Sellos y estampillas lo llenaban, evidenciando su procedencia.
En aquellos años no era sencillo recibir el correo, tampoco enviarlo. Se necesitaba paciencia y sobre todo esperanza, de que ni de un lado ni del otro equivocaran su destino. Se iban contando con los dedos de la mano las semanas que transcurrían entre uno y otro. Realmente era un prodigio, todo un acontecimiento. No pasaba inadvertido para nadie en la familia, si alguien te escribía.
Esos años hermosos tenían tanto encanto, pero también guardaban entre sus días, parajes crueles e inesperados. Así debe ser seguramente, todo en la vida.
Adela de seguro se sentía afortunada. De una belleza fría y cándida a la vez, siendo casi una niña, empezaba su adolescencia con la certeza de tener un enamorado que la seguía y la miraba a la distancia. Era un muchacho tímido que se refugiaba entre los marcos de las puertas allá donde vendían panes y golosinas.
Pasaron muchas décadas cuando un día ella me contaba que su perdición se llamaba Ser Ingenua. Lo había sido de niña, de joven y ahora siendo muy mayor, aún la traicionaba. Mi vida me contaba, estuvo llena de diversos factores que se confabularon para que hoy yo añore cosas que no fueron y bendiga y agradezca todo lo que quedó de lo mucho que si viví y te los pueda contar antes de que se los coma el olvido.
No podré olvidar el momento en que temblorosa tomé entre mis manos esa carta, cerrando las puertas de mi cuarto para leerla despacio.
Aquel muchacho que me seguía y me buscaba, había viajado a otro país buscando fortuna y nos escribíamos, casi una vez al mes. En ésta me avisaba que rompía conmigo, que otra persona me suplantaba. Yo le creí sin duda alguna, pues su correspondencia se había vuelto poco frecuente. No pude entender que de una broma se trataba, solo deseaba saber si yo le rogaría. Muy herida, no quise contestarle. La suerte estaba echada. El se alejó completamente, creyendo que no lo amaba y yo despechada empecé a mirar otros muchachos. El destino nos llevó dando tumbos por años y años, cada uno construyó una vida sin saber nada del otro.
Yo miraba a Adela que entre tanto me narraba, suspiraba y pensativa observaba la lejanía como aquel que intenta oler las flores que se encuentran atrapadas entre páginas olvidadas de un libro. Su envejecida piel, casi transparente por el olvido, de un tono rosado que cobraba vida cuando hablaba, se llenaba de hilos finos de llanto que solos salían sin que ella lo evitara. Fui ingenua, de pronto musitó, cómo pude creer que me olvidaba. Ingenua si, muy ingenua.
La tarde de aquel día transcurría tranquila, mientras continuamos conversando sobre su vida y sus fracasos. De sus descendientes que tanto la han llenado, de su soledad y sus vacíos. De tantas traiciones recibidas, de mentiras y falsedades de gente que dijo que la amaba. También me contaba de sus aventuras cuando viajó sola por el mundo, cuando las mujeres debían ser mas recatadas. De todos esos rincones recorridos, de tantas amistades entrañables que aún conserva en su memoria. De sus gatos y sus orquídeas. De su gusto por el vino y de tocar su guitarra. De escribir sus versos alocados en esas noches de aguaceros cerrados. Del tiempo de la historia de esa carta que antes me narraba, le quedaba aún el aroma de ese amor sin besos ni caricias, de un amor imaginado.
Por los ventanales entraba a esa hora solo el reflejo de celajes color naranja. Adela envuelta en su chal preferido, sentada a mi lado reposaba su dulce cabeza en mi hombro. Sus manos sostenían vacío su vaso. Y yo me sentía bendecida por esa tarde de intimidad y confidencias.
Lia Ferreto.
Abril -2018.