lunes, 4 de noviembre de 2019

Puentes y mar



Ana Lorena Cartín Leiva
Desde pequeña siento un temor que me paraliza y me hace sudar frío al cruzar los puentes y siempre me pregunto por qué, sin encontrar respuesta alguna. ¿Cruzar uno caminando? No podría. ¿Es irracional? Posiblemente, pero ese sentimiento está allí, a veces se oculta y creo que ha desaparecido y no, veo un puente y salta el temor, más controlado, pero allí está, a veces siento que se ríe de mí y me hace guiños. Varias amigas dicen que posiblemente algo me pasó en la otra vida al cruzar un puente, ¡cómo si creyera en esas cosas!
Y ese temor tiene un hermano mayor, el respeto exagerado al mar, ese que si bien admiro su inmensidad, su cadencioso y melancólico movimiento de las ola al romper en la playa y que se retira para volver con la misma furia pero nada más. Cuando voy al mar, solo me mojo los pies en la playa, caminar un rato viéndolo, oyéndolo, a veces creo que se burla de mí y le digo ¡hola!, pero no iré a que me abraces. Nunca. Y como si la vida quisiera obligarme a desterrar esos temores, he tenido que enfrentarlos, armándome de valor o fingiendo que nada pasará, pero ese enfrentamiento me ha puesto en situaciones para mí aterradoras, para los demás, divertidas, que me han avergonzado. Esos enfrentamientos iniciaron cuando ingresé a la Universidad de Costa Rica ya que para ir a la Escuela de Química, tenía que cruzar el pequeño puente entre Estudios Generales y Química.
Recuerdo cuando risueña, el día de la matrícula, tenía que ir por las tarjetas de los cursos de química y me detuve en seco, ¡tenía que cruzar ese puente y lo cruzaba o lo cruzaba!; despacio, sin mirar hacia abajo empecé a caminar asida del brazo de mi amiga Chely y como el puente es de madera, crujía y el terror casi me obliga a devolverme, pero era más mi deseo de ingresar a estudiar química, que caminé. A lo largo de 6 años tuve que cruzar muchísimas veces ese puente, el “puentecito de química” como lo bauticé y ese puente aún hoy, cruje y
está allí, altanero y jovial. Luego de muchos años, como evaluadora de proyectos en Fundecooperación, tenía que visitar los proyectos en desarrollo sostenible a mi cargo, iniciándose mi calvario con los puentes y el mar, doce años recorriéndolo, pretendiendo que esos temores habían desaparecido,
mostrándome fuerte por fuera y por dentro un revoltijo de emociones, temores y sudores.
Cruzar el puente La Amistad al día siguiente de su inauguración fue espantoso, la presión se me subió, estuve a punto de devolverme, de no ir a Guaitil, prácticamente le enterré las uñas a mi compañero que manejaba, tenía los ojos desorbitados y lo peor, es que él se burlaba de la situación, los pocos minutos que duramos cruzándolo, me parecieron horas.
Hasta la fecha, no sé cómo es el famoso puente de La Amistad, siempre lo cruzo con los ojos cerrados.
El otro puente, fue el del río las Quebradas en Pérez Zeledón. Como ese río abastece de agua a San Isidro, la SETENA no permitió, por el impacto ambiental negativo, la construcción de un puente colgante para un proyecto turístico, por lo que el famoso puente, se convirtió en un andarivel, fui invitada al día de su inauguración, como evaluadora del proyecto, pero cuando el coordinador informa a las y los presentes que yo, si yo, tenía que inaugurar el
andarivel y cruzar hasta la otra orilla del río, casi me desmayo, me puse pálida, rígida, empecé a sudar y casi me orino, porque además, para que el andarivel se moviera, había que pedalear. El coordinador del proyecto se dio cuenta de mi pánico y me dijo que si tenía tanto temor, él lo haría y le dije que no, que me subiría al andarivel, pero que me acompañara. Subí al andarivel no sin antes maldecir a la SETENA pues a pesar de mis temores, era mejor cruzar un puente que el andarivel. Empezamos a pedalear y aunque no soy muy creyente, invoqué a todos los santos del cielo, por demás está decir que ese viaje de ida y vuelta, fue eterno, sudaba y sudaba, mis músculos agarrotados y no podía decir palabra alguna. No fue temor, fue terror, pavor. Sobra decir que ni admiré el paisaje. Las fotografías que tomaron, son fieles testigos del pavor que expresaba mi rostro.
Y mi calvario continuaba. Para visitar un proyecto en las comunidades de San Miguel y Dos Bocas, en Quepos, hay que cruzar el río Hatillo. Me enrumbé acompañada de la coordinadora del proyecto y funcionarios del MAG-Quepos, luego de casi una hora de viaje, el vehículo se detuvo en la orilla del río, pregunté que si íbamos a vadearlo porque no veía puente alguno y me respondieron que no, era época lluviosa y de repente podía bajar una cabeza de agua y era peligroso. ¿Y el puente dónde está? Allí, contestaron, señalándome una tabla de escasos dos metros y medio de ancho que había y hacía las funciones de puente. No, no puedo cruzar esa tabla dije, no puedo hacerlo, pero tenía que hacerlo, las comunidades al otro lado me esperaban. Estaba paralizada, sentía que el corazón se me iba a salir de tan fuerte que latía,
invoqué a mi padre y a mi hermana Nancy para que me protegieran, que me dieran valor y poder caminar. Uno de los funcionarios del MAG, me tomó del brazo y me dijo que fijara la vista al frente, que no volviera a ver hacia abajo y empecé a caminar, mis “quijadas” sonaban durísimo, tenía frío a pesar del calor que hacía, no caminaba, me arrastraba. Cuando llegamos a la otra orilla, busqué un árbol para orinar y vomitar, casi me desmayo al pensar que tenía que volver a cruzar la famosa tabla. Maldije a la municipalidad de Quepos, ¡nada le costaba construir el puente!
Y continuando con el periplo del calvario, tenía que visitar un proyecto de un grupo de mujeres quienes criaban cabras y producían queso y yogurt. Investigué cuanto tiempo tardaría en llegar por carretera, cinco horas, demasiado, por lo que llegamos hasta Puntarenas para tomar el ferry a Paquera, decisión que me costó tomar por el gran temor que le tengo al mar, en una hora arribamos al proyecto. Tuvimos que vadear un río, lo que no me importó, eso era preferible que cruzar un puente; regresamos al centro de Paquera a las cinco de la tarde con tal mala suerte que el ferry había zarpado y había que esperar el que salía a las siete de la noche, y mi cuerpo empezó a temblar y a sudar frío. Por fin llegó el barco, subí con mi compañero al bar, tomé un whisky para ver si me calmaba un poco y a los quince minutos, se silenciaron los motores, silencio total, el capitán informó que uno de los motores tenía un desperfecto y que había que esperar que llegara una lancha con el mecánico y poner a funcionar el motor. Me encontraba en un barco varado, de noche, en medio de una terrible oscuridad, en medio de esa inmensidad de mar, mi cuerpo se heló, tenía ganas de gritar que me sacaran de allí, empecé a sudar, solo pensaba en mi hijo, me dio taquicardia, estaba en tal estado, que mi compañero tuvo que abrazarme para que me calmara. Cuando se oyó nuevamente el ruido de los motores, me calmé un poco. Llegamos a Puntarenas y como por disposición de  Fundecooperación, no podíamos viajar de noche para evitar peligros, dormimos
en el Puerto, bueno, yo no dormí pues mi mente recreaba una y otra vez esos minutos de angustia.
Creo que me he armado de valor para enfrentar mis temores a los puentes y al mar, ha sido a costa de pánico, sudores, frío, taquicardia, vómitos. He asistido a sesiones con una psicóloga, pero mis temores rondan, tal vez no me paralizan como lo he narrado, pero no he podido dilucidar el por qué. Tal vez mis amigas tengan razón y en mi otra vida, algo me sucedió en un puente o en el mar, tal vez…

Tamales en Navidad

Guillermo Arroyo Muñoz

El paso del tiempo en la época navideña en mi niñez y adolescencia siempre fue placentero, es una época que la vivía como de poco esfuerzo, no había escuela, las vacaciones nos llevaban a los cafetales, las pozas, las plazas o espacios para la mejenga del futbol casi sin reglas, el tiempo se gastaba en el afuera de la casa, los días de mucha luz, entre calor y fríos, los vientos elevaban los papalotes.
Sobre todo me acuerdo cuando llegaba la semana de los tamales navideños, que
iniciaban cuando mi madre nos preparaba para ir al mercado comprar los de los tamales, una aventura a pesar de vivir en los barrios del sur, cerca de San José, no era frecuente viajar a la ciudad, la emoción de subir al bus por unos pocos minutos, ver por sus ventanas y luego caminar por sus calles hasta el mercado, una zona de carretones tirados por personas y por caballos que nos parecían hermosos, mientras el maltrato del trabajo pesado los convertían en jamelgos.
Un espacio muy llenos de personas, animales, gritos, sonidos y por un movimiento son fin, llegamos a un tramo y madre empieza la compara de uno o dos cuartillos de maíz blanco, la cantidad no logro precisar, luego seguía una lista enorme chiles dulces me encantaban sus colores, papas, culantro, apio, hojas de plátano, condimentos cuerdas para amarrar, arroz, y muchas otras cosas más, la carne de cerdo el encargado era mi padre, que la compra en una carnicería de donde es cliente y le dan una buena carne.
Claro todo lo bueno suele traer una parte difícil, llevar las compras a la casa, mi madre tan fuerte como Superman héroe de historietas se encargaba de las más grandes y pesadas y mi hermanillo y yo nos tocaba llevar las otras bolsas hasta la parada de bus, cuando llegaba se iniciaba una lucha por subir similar a la luchar por la vida, eran otros tiempos.
El viaje de regreso era siempre más corto, el bus se detenía cerca de la iglesia del barrio, frente al cafetal, lugar que conocíamos de memoria, en especial donde estaban los árboles de mango, guayaba, nísperos y las manzanas de rosa y de agua.
Ya en la casa se venían días en que mi madre ordenaba y mandaba, los primero el proceso de lavar, lavar, lavar el maíz para luego iniciar la cocinada en el fogón que nuestro padres y hermanos mayores tenían preparado en el fondo del patio, junto con las pilas de leños de todo tipo, eso sí lo más seca posible para reducir humo, en esos tiempos las casas solían tener un patio lo suficientemente grande, los suficiente para tender ropa, sembrar matas, jugar y cocinar en fogones temporales para semana santo y navidad.
Luego algún hermano más grande le toca realizar un a vista que yo no me perdía, llevar el maíz cocinado al molino de don chico, el maíz preparado se vertía en el molino que empezaba a transformar el maíz en un montículo de maza de maíz, y ahí venia el gusto de ir al molino, lograr apoderarse de un poco de maza, no sin las antes recibir las amenazas de mi hermano.
De vuelta en casa, la cocina era una locura organizada donde se cocinaba arroz, carne, papas y todos lo que debería prepararse para los tamales navideños, para llegar al día una larga fila de mesas en el patio permitía organizar la limpieza de hojas y su colocación, la cucharada gigante de masa, y luego todo lo demás arroz, carne, chile, garbanzos y muchas otras cosas, hasta llegar a la zona de los dobladores y finalmente la zona de los que amarran al tamal y lo echan en las enormes ollas con agua en el fogón donde la madera generaba un calor intenso. Yo, fui limpiador de hojas y con el tiempo llegué a ser amarrador de tamales, siempre con la asesoría de los que sabían. A partir de ahí esperaban largas horas alimentando el fuego, tiempo para jugar y oír historias de mi padre, casi siempre de miedo.
Ya en la navidad era tamal con café, almuerzo y cena con tamal por algunos días, también si iniciaba la amistad comunitaria del tamal todas las mamas del barrio iniciaban un continuo caminar de visitas para dejar y recibir tamales de todos los sabres y colores, en el fondo también procuraba una sana competencia por ser reconocida por tener buenos tamales navideños.
El tamal no solo cautivo mi paladar y gusto, sino que por esa boca no solo entro
tamales, sino también el concepto del amor familiar y el placer de l tejido social del intercambio comunitario de tamales. De esa forma se alimentó el cuerpo, pero sobre todo memorias, valores que siguen presentes.

Vestida de tiempo


Vestida de tiempo vengo 
ha sido duro avanzar 
unas, noches oscuras...
otras, con luna llena.
Ha estado lejos mi amanecer.
¡De pronto!
un titular de estrellas
me invitan a seguir
¡llevándome de esperanza!
renovadas están mis fuerzas
¡milagro!
¡mis pies tienen alas!
y danzan  y danzan,
danzando están sus parar.
 
 
Marta Maria Hernández Mendoza. 
Setiembre de 2019.

poemas


1.
rayo de luna
la crisálida sueña
sopla el viento.


2.
 gota de agua
 en un pétalo de la
 flor amarilla.


marta maria hernandez mendoza


Horno de barro

Qué hermosas son las tradiciones! Un tío de mi esposo, casó con una nicoyana viviendo por un tiempo en Nicoya.

Nuestra familia era invitada especialmente para pasar algunas veces la Semana Santa y lo pasabamos muy bien, de lo que guardo gratos recuerdos.

Nicoya es un pueblo profundamente religioso y en la Semana Santa, a la vez que preparaban la Iglesia, adornándola con esos tonos morados, negros y dorados, propios del momento en las casas las familias preparaban los  platillos tradicionales, en su mayoría derivados del maíz.

Recuerdo las tanelas, los bizcochos, el tamal asado, siendo los hechos en casa realmente deliciosos, porque se han tenido especial  cuidado en ser generosos con los ingredientes, ya que resultan primordiales para destacar el buen producto.

En algunas casas todavía tienen el tradicional horno de barro que usan en esas temporadas, ubicado generalmente en el patio, ya que es de barro y hay que alimentarlo con leña.

A la hora de preparar los bizcochos, ¡toda la familia y los amigos que se encuentran en la casa, participan, resultando muy festivo!.

Recuerdo  que su preparación es con maíz cascado, queso seco, huevo y manteca, con estos ingredientes se preparan  los famosos bizcochos y las tanelas nombre de un  pan el que se endulza con tapa.

Una vez formados todo bajo la dirección de la persona que es la que tiene la receta y que es la que asigna el trabajo, trabajo en equipo que resulta muy festivo y ameno.

Se meten en bandejas grandes al horno esparciendo por toda la casa  un delicioso olor que irremediablemente invita a preparar el café que se hace en bolsa de chorrear y a  deleitarse comiendo en camaradería.

  Despues se sale en grupos familiares para la Iglesia a participar de las actividades propias de la época. Son momentos muy bonitos, quedando guardados en el recuerdo, con todos los sentidos que participaron vista, oído, olfato, tacto,

Es un pueblo que trabaja en conservar la la tradición.

Marta María Hernández Mendoza.

La aventura

Copi Salazar.

Siendo viuda reciente y en medio de mucho sufrimiento de toda la familia, mi hijo menor decidió casarse.
Recién casado, tanto él como su señora soñaban con tener familia, el ansiado embarazo tardaba en llegar. Intentando averiguar la causa, ambos se sometieron a diversos estudios, todo parecía marchar bien, sin embargo se desesperaban y voluntariamente la joven se vio sometida a diversos tratamientos pesados y enojosos, sin resultado positivo.
Ambos cónyuges sufrían mucho, y con ellos yo, suegra y madre interesadísima en su felicidad. Dado que inexorable pasaba el tiempo y el asunto no se solucionaba, comenzaron los muchachos a pensar en la adopción. Yo publiqué entre mis amistades el problema, pidiendo si alguien conocía de algún bebé por nacer que necesitara ser tomado en adopción, me lo comunicara. A los días una doctora joven, nuera de mi amiga, llamó para avisar que nacería un bebé en un pueblo de la frontera donde ella trabajaba en el hospital local. El matrimonio
gringo interesado que se disponían llegar a Costa Rica a recoger a la criatura al siguiente día, por motivos poderosos canceló el viaje, el bebé nacería en el hospital del lugar, esa LA AVENTURA_ Cuento por misma semana. Había que viajar de inmediato para no perder esa oportunidad.

Contentísima llamé a mi nuera y a mi muchacho y les expliqué la situación. De inmediato pedí prestado un coche a otro de mis hijos, no queríamos que por el mismo se nos pudiese reconocer. Armamos un equipaje rápido para pasar una o dos noches en algún hotel. El bebé estaba supuesto a nacer al día siguiente, no tardaríamos en regresar.
Monté en el coche un moisés que conseguí prestado, para acostar al baby durante el viaje de regreso, una ropita para él y dos mudadas para mí, y los tres salimos alegres a completarla misión.
Llegamos al lugar, una ciudad limítrofe, muy pueblerina, y preguntando por algún albergue, se nos aconsejó dirigirnos a un hotel céntrico de un chino. Un hotel de paso para agentes viajeros que colocaban artículos en el comercio del lugar.
El hotel lucía mediocre y no muy bonito. Cuando llegamos a registrarnos pedimos dos habitaciones, tenían solamente una disponible, podían agregar una cama adicional.
Aceptamos de inmediato, llamé por teléfono a la doctora amiga y respondió que el baby estaba por nacer, posiblemente el parto se daría esa noche o al siguiente día.
Comimos algo en el comedor del hotel, y nos acostamos cansadísimos, por parte de la doctor se nos indicó que sería mejor que no nos dejásemos ver, para que el público no sospechara, el supuesto padre de la criatura era chofer de taxi y el padre de la parturienta estaba furioso, no aceptaría un nieto más en casa. Todo el pueblo lo sabía, si veían a una pareja desconocida y sospechosa, todos se ibn a enterar.
A la mañana siguiente nos bañamos y desayunamos ilusionados, llamé de nuevo al hospital y la doctora me informó _ el niño había nacido bien, era un varoncito sano, su madre tenía calentura y no le darían salida sino hasta que estuviera sana.
Como los jóvenes son impetuosos pero poco previsores, mis hijos no llevaban muchas cosas que en aquel momento nos eran esenciales. Solamente yo llevaba toalla de baño, artículos de tocador y sandalias. Los tres nos secamos con la
misma toalla, mi nuera llevaba un libro y una revista que leímos los tres. Para ir a los sitios de comercio estábamos un poco lejos, si salíamos a comprar algo seríamos la novedad.
La parturienta no mejoraba, pasamos metidos en el cuarto asfixiante, sentados cada cual en su cama casi cuatro días de horror, comiendo a diario la comida china del lugar y meditando sobre qué pensarían el chino y los demás clientes
de que una pareja y su suegra no salieran de la habitación durante casi una semana, Si hubiese sido solo la pareja sería natural, Pero con suegra incluida era demasiado raro.
Al fin, al cuarto día de penitencia, me informaron del hospital que ya la madre y el niño tendrían salida, nos bañamos a la carrera, yo me fui al hospital con el moisés, y mis hijos quedaron en que yo los recogería de camino en la esquina del hotel. No deseaban ser vistos ni reconocidos.
Asi lo hicimos, en el parqueo del hospital esperé, según instrucciones de la médico. Allí se me acercó una señora y me dijo ser la abuela del niño recién nacido, ella entró a recoger a la madre y al hijito, y ambas salieron a la puerta
del hospital. Yo me bajé, abrí la portezuela y coloqué al pequeño niñito en el moisés, mientras ellas se montaban.
La abuela me hizo mil recomendaciones, se extrañó de mi edad, posiblemente pensó que era demasiado vieja para adoptar, la tranquilicé diciendo que el niño sería mi nieto.
Ella me dio su dirección para que yo le enviara detalles de cómo estaba el niño. La madre era una bella joven rubia y de ojos claros, muy joven, y casi no habló.
Tomé camino hacia la residencia de la familia, llegamos allá y ambas mujeres bajaron del coche. El niñito venía envuelto en una vieja cobijita tejida, absolutamente desnudo.
Pensando en que no se refriara, salí prácticamente soplada para el hotel, recogí a mis hijos, los emocionados padres lloraban como críos, cuando tomaron al niño en brazos y le pusieron sus ropitas nuevas.
Lo que no imaginé ni en mis mejores sueños, es que ese niñito primoroso que fuimos a buscar, sería el hombre maravilloso y guapo que es uno de mis nietos predilectos.

Mi fascinación


Virginelia Calderón Salas
virgineliac@yahoo.es
Zapote, 13 octubre 2019

Recordar, es volver es a vivir en el recuerdo, momentos que ya se fueron.
Mi pueblo, Paraíso, estaba estrenando por primera vez servicio eléctrico y yo
por segunda vez, estrenaba novio.
En todas casas el comentario, era acerca lo lindo de tener electricidad para el
alumbrado y para oír radio. A nadie se le podía ocurrir usarla para otras
cosas. En la mayoría de ellas habían hecho instalaciones eléctricas muy
rudimentarias porque casi nadie sabía el oficio de electricista.
Mi familia no se quedó atrás, y luego de sacar el permiso correspondiente, en
el ICE, contrató a un hijo de mi padrino Goyo que trabajaba en esa
institución, para que hiciera el trabajo y colocara un bombillo en cada
habitación de casa. Esta tenía un zaguán en el centro y a ambos lados de
éste, tres dormitorios y la sala en el ala norte y un dormitorio para mi
abuelita y la cocina - comedor en el ala sur.
También tenía un espacioso corredor al lado oeste donde por las tardes se
armaba la tertulia, y en ciertas ocasiones veíamos las puestas de sol. En éste,
también se colocó un bombillo más grande, pegado a un benjamín que
colgaba de un cable eléctrico atado a una cercha del techo.
Aquel sábado de diciembre de 1957, ya en vacaciones, mis hermanas
solteras y yo habíamos ido al rosario de las seis de la tarde y regresamos muy
juiciosas y felices después por habernos “copado” con nuestros admiradores.

Mi abuelita había fallecido a principios de año y desde entonces me había ido
a dormir sola al dormitorio que ella dejó.
Al filo de la media noche cuando toda la familia dormía plácidamente,
escuché una música, que al principio me pareció lejana y una vos tierna y
muy romántica que decía:
“Mi fascinación eres tú. La primera que te vi, yo me enamoré locamente de
ti. Solo pido a Dios que me sigas queriendo tanto como yo, mi amor”.
Los serenateros estaban en el corredor. Sí, Pero… la vos del cantante, no era
la de Manuel, ni de ningún conocido.
De un salto me tiré de la cama y de puntillas salí al zaguán. Llegué hasta la
sala que tenía una ventana que daba al corredor, pero, ésta hecha de dos
hojas de madera gruesa comenzó a sonar y no pude abrir el picaporte.
Temerosa de que mi papá se despertara y me cogiera infraganti, empecé el
regreso por el largo zaguán, de puntillas y en el más profundo silencio que ni
un zancudo se oía volar.
En esos momentos de alegría por la serenata y , también de susto porque mis
padres ya se estaban cuchicheando debajo de las cobijas, presagio de la
buena tunda que nos darían, observo a lo lejos a mis hermanas Mina y
Marjorie, que habían logrado pasar por el frente de ellos, sin ser vistas. Al
observar mi sombra vestida blanco, en la penumbra de la noche, se
devolvieron despavoridas, enredándose en cuanto chunche se les ponía por
delante, creyendo que era el alma en pena de mi abuelita Mónica.
Me subí a la cama y envuelta en las cobijas, comencé a simular que roncaba.
Mi papá se levantó furioso y a grandes voces, regañó a mis hermanas y
espantó a los serenateros que ante el temor de ser descubiertos, salieron en
estampida dejando el radio que habían puesto en el benjamín del corredor.
Las notas de la canción se iban apagando muy lentamente: “…La primera que
te vi, yo me enamoré locamente de ti…”. En tanto, entraba la vos del locutor
que decía: Radio Reloj, de Costa Rica. Son las doce de la noche.

Evocaciones


Xinia Oviedo
10.10.19
Al escuchar los acordes de un tango o cantar a Carlos Gardel, de inmediato acuden a mi memoria recuerdos de mi tío Alfredo, hermano mayor de mi madre, apasionado de esos géneros musicales.
Alfredito fue un personaje muy singular, respetado y querido por el pueblo donde vivió desde que tenía tres años de edad hasta su fallecimiento a la avanzada edad de 96 años. Fue padre de seis varones y tres mujeres (de estas un par de gemelas) . Actualmente la mayor parte de los miembros de esa numerosa familia continuan viviendo en ese pueblo aunque algunos por razones de matrimonio o trabajo han echado raíces en otros lares.
Alfredo tenía un pequeño taller de zapatería, donde se arreglaban zapatos, pero también elaboraba las famosas botas ¨turrialba¨. Mi Papá usaba solo ese estilo de bota para trabajar elaboradas por las manos de Alfredito.
A mi me fascinaba llegar al taller, sentir el olor del cuero, lo mágico de tantos utensilios que se empleaban en la manufactura, las hormas, los cuchillos, las máquinas, pero para mi el atractivo principal consistía en el viejo radio que para mi tío era un tesoro que le llenaba de orgullo. Un radio alemán de los años treinta-cuarenta. Durante la segunda guerra mundial los varones de la familia se reunían para escuchar las noticias clandestinas sobre los acontecimientos en Europa.
Mi tío era simpatizante de los alemanes y cuentan que cuando supo que Alemania había firmado la rendición fue tanta su decepción que quebró el radio que tanto amaba.
Me encantaba oírle cantar aquellas canciones que hablaban de asuntos que yo todavía no entendía bien, pero para mi eran parte de la magia del taller: Ladrillo está en la cárcel,… Ya me despedí de los muchachos porque mañana me voy para la guerra,…La rubia Mireya, …El día que me quieras,…
Recuerdos indelebles en mi memoria

Cartas Reveladoras

Xinia Oviedo

Sept. 2019
Acomodando algunos libros repentinamente cayó un sobre dirigido a mi
madre a su dirección en Miami. Era un sobre aéreo de los que cayeron en
desuso, escrito a mano y por remitente el nombre de una empresa
desconocida para mi.
Presa de nerviosismo, curiosidad, emoción después de haber transcurrido
bastantes años desde la fecha en que mi Madre falleció, abrí el sobre en cuyo
contenido y para mi sorpresa estaba una carta que ella había escrito a su
hermana. La lectura me causó un fuerte impacto: la revelación ante mis ojos
de ver por vez primera a mi Madre como una mujer y no sólo en su papel de
la Madre abnegada y trabajadora capaz de sacrificar su vida personal para
dedicarse exclusivamente a la crianza de sus hijos, sino una mujer
apasionada, capaz de amar, y a quien después de muchos años de viudez se
entrega a la ilusión de un nuevo amor, que le proporcionó muchas dichas
para no concluir en un final feliz, todo lo contrario desilusión, sufrimiento,
amargura.
Lamentablemente fue demasiado tarde cuando me enteré de esa situación
tan contradictoria y aun hoy me duele el no haber tenido la oportunidad de
hablar al respecto. El tiempo pasó, geográficamente estábamos muy lejos
una de la otra y aun no he podido superar el hecho de no haber tenido la
oportunidad de conversar con mi Madre al respecto. Cada vez que recuerdo
la lectura de esas cartas viejas siento una molestia en mi interior que no sé si
lograré superar en algún momento.

El resucitado



Guillermo Arroyo Muñoz
Este es un pueblo construido durante los últimos años del siglo trans-anterior, fue ubicado al noroeste del país, entre la ciénaga y la costa caribeña, un pueblo extraviado en las memorias de quienes los enviaron a este sitio, perdido en la geografía sin lazos ni caminos. Los olvidados no eran más allá de cincuentena de familias, incluyendo los niños niñas y algunos animales, con los años la población creció de a poco, favorecido porque extrañamente eran pocos los que morían, por ello llegaron lentamente a sobrepasar los 250 habitantes.
Por una extraña razón, ellos también decidieron olvidar a quienes los obligaron a vivir en ese lugar, todo como resultado de la aplicación de un castigo, formaron una colonia penal la mayoría desterrados políticos y algunos otros acusados de vagos, ladrones de poca monta y mujeres que ejercían una de las profesiones más antiguas de la humanidad, en muchos casos la acusación no era más que el resultado de sospechas, que de hechos reales, en esa época los golpes de estado a los gobiernos, eran como las ranas, cuando apenas llegan las lluvias saltan por todo lado.
En especial el dictador de turno el coronel Montealegre, caracterizó su mandato por tener una gran facilidad para mandar al paredón, la horca, o lo menos que se podía esperar para una persona que fuera considerada “enemigo” o un “indeseable,” era el camino al destierro. Dicho destino fue el que se les aplicó a estas familias por lo que fueron llevados a ese paraje, el camino abierto a machete fue reclamado rápidamente por la selva, así se vieron obligados vivir por sí mismos.
La comunidad avanzo año tras año, con casas de madera y techo de paja, algunos senderos y solares comunitarios de cultivos, y pastoreo de los pocos animales traídos, los fundadores se hicieron viejos, la vieja Ramona, el Sacerdote Camilo y nos más de cinco personas, pero a ellos se le sumo los nacieron y crecieron en el pueblo.
Con el pasar del tiempo el cacicazgo de tan pequeña comunidad, era disputado entre dos personas, María la mujer más hermosa del pueblo, esposa, madre, y nieta del fundador del pueblo y el Sr Camilo, sacerdote que parecía cargaba todos los años posibles de cargar por una persona, él llegó con el abuelo de María, nadie sabía cual había sido su pecado para que lo desterraran a esa región.Don Camilo sentía que él había erado el poder por dos razones; primero lógicamente por su indiscutible representación de Dios en la tierra, lo que le da una autoridad única y segundo por haber llegado con los primeros pobladores, con el mismo abuelo de María.
El sacerdote Camilo, a pesar de que corría las primeras décadas de la segunda mitad del siglo XX, seguía dando la misa en latín y él era el único que poseía y podía leer las sagradas familias, sus ideas parecían propias de la edad media, además de cargadas de un odio patriarcal a María por disputarle su liderazgo.
La disputa vino porque María siempre busco el contacto con los poblados externos a pesar de las graves limitaciones, ya que solo por la costa en un pequeño bote se lograba alguna comunicación, de esa forma había logrado abrir una escuela de una sola maestra, y a partir de ahí algunas actividades educativas y recreativas.
El miedo estaba presente en todos los habitantes a don Camilo, menos María, nombre que al cura le parecía una ofensa, dada su terquedad y falta de sumisión, la mayoría de los pobladores se mantenían en silencio, pero en sus adentros y a espaldas del curita, se desarrolló un consenso del estado mental de Don Camilo, unánime está loco.
Las discusiones se daban porque Camilo no permitía que las niñas aprendieran a leer, o mantenía la obligación a los ayunos frecuentes, en un pueblo donde la abundancia no era precisamente parte de sus vidas, la verdad el ayunar no era necesario porque la comida era poco abundante, también la discusión sobre la severidad de las penitencias durante la semana santa, en más de una ocasión dichas penitencias resultaban sangrientas, bastaba que el cura Camilo, definirá arbitrariamente la acción de alguna persona como pecado, María solía definir las penitencias como torturas.
De esas cosas que lograba romper la pesada rutina del pueblo, ese día la noticia que afecto a todos es que había muerto Lázaro, el carpintero del pueblo y tío de María, por extraña coincidencia que parezca el padre Camilo estaba medio enfermo, pero acepto hacer la misa y el rito del funeral. Ya en el cementerio, con la fosa de tierra abierta, a un lado estaba el último ataúd de tablas apenas lijadas, que había realizado Lázaro y todo el pueblo estaba reunido y a la cabeza del funeral el padre Camilo, pidió silencio y empezó a decir las oraciones en latín, cuando en la fracción de un instante el cura empezó a tambalearse, y caer con toda fuerza sobre el ataúd de Lázaro.
La sorpresa dio paso a una extraña sensación, nadie atinaba a levantar el cuerpo del cura Camilo, pero lo más extraño, no sería su muerte, sino el hecho de que después del golpe el muerto Lázaro, por alguna extraña razón se enderezó tirando al cura Camilo a la fosa el pánico provoco desmayos, llantos, gritos ¡El padre Camilo resucito a Lázaro ¡ Para poder entender lo ocurrido, todo empezó con el hecho de que el pueblo no tenía doctor, por lo que siempre bastaba que Ramona la anciana del pueblo, tan anciana que nadie conoció su familia, la partera de todos en el pueblo, ella era quién decidía cuando una persona estaba muerta, su veredicto era suficiente para ir al hueco.
Cuando la calma retorno al pueblo, la verdad salió a flote, Lázaro solo estaba borracho profundamente borracho y Ramona vio la oportunidad de vengarse, porque cuando ambos eran jóvenes, Lázaro la engaño con una promesa no cumplía de matrimonio. Pero fue inútil que se contara la historia de Ramona, pudo más el mito y este corrió por toda la ciénega, el litoral y más allá, Lázaro había sido resucitado y lo hizo el finado padre Camilo.

extraño

Llegó el extraño esa extraña mañana golpeando la puerta y balbuceando en un extraño
idioma, que extrañamente yo entendía. Le abrí la puerta con extrañeza y sus extraños
ojos me miraron con una mirada oscura y extraña.
Así comenzamos una larga y extraña relación en la cual no era nada de extraño que cada
uno extrañara al otro todo el tiempo.
Nuestros cuerpos con el tiempo empezaron a tener extrañas modificaciones y
extrañamente comenzamos a parecernos. A nuestros amigos les extrañaba nuestras
similitudes y a los desconocidos en la calle les extrañaba nuestra apariencia.
Así, aunque parece extraño, fuimos haciéndonos extrañamente idénticos.
Un extraño día decidimos irnos al mundo de los personajes extraños para que nadie nos
mirara como extraños, pudiéramos conversar en idiomas extraños, amarnos todos
extrañamente y sentir una inmensa y extraña felicidad.
Me dije con extrañeza, ¡qué extraño sueño!

Ingrid