Me
despierto entre las 5:30 y las 6:00 a.m. y en la cama hago una
oración y le doy gracias a Dios por el día, por el don de la salud,
por el padre y la madre que me dio para que ellos me dieran el
derecho a nacer, por mis hermanos ya desaparecidos y los cuatro que
aún tengo vivos, pido por la salud de mi esposa, mis hijos, nueras,
nietos, amigos, compañeros, conocidos, enfermos, desvalidos y por el
eterno descanso de quienes ya han partido.
Me levanto y me voy a poner el agua para hacer el café; mientras el
agua hierve, me voy para el sanitario, hago mis necesidades
fisiológicas, me meto al baño y me ducho, una vez terminado salgo y
me seco el cuerpo, me hago la barba, me pongo desodorante, la loción
4711 y me visto.
Regreso a la cocina, el agua ya está hirviendo, chorreo el café,
abro la puerta, recojo la extra que está en el corredor de la casa,
salgo a comprar el pan en la esquina de mi casa, de camino saludo a
los conocidos que me dicen…”cómo está morado…”, regreso
rápido porque debo hacer la burra (gallo pinto) que mis nietitos
Marcel y Matias, mi esposa Mayela y yo nos vamos a comer.
Si mi esposa me pide le frío un huevo, se lo revuelvo con cebolla o jamón, si quiere le hago una torta de huevo con cebollín, para eso tomo un plato de lata, un tenedor, echo en el plato la clara del huevo y con el tenedor empiezo a batir hasta darle punto de suspiro, le echo el cebollín o la cebolla, la sal y la yema, termino de batir y en el comal que ya está caliente pongo todos los ingredientes, una vez cocinada saco la torta de huevo y la pongo en un plato junto a la burra.
A partir de ése momento Mayela y quien escribe nos aprestamos con
todo el amor del mundo a esperar a nuestros preciosos gemelos,
quienes a esa hora vienen de Aserri y están en camino con sus padres
Michael y Waiman.
Apenas oigo el pito del carro, salgo a la cera y tomo entre mis
brazos las dos bendiciones que Dios nos dio. Los niños me dan besos
y me dicen…”papaaaa, papaaaa, papaaaa, tan, tan, tan, tan…”,
eso quiere decir que les ponga la canción pasito tun, tun de la
Billos Caracas Boys; procedo a echarle una moneda de ¢100,00 a la
Rockola que tengo en el corredor de mi casa y marco F7, al compas de
su infaltable pasito tun, tun, ambos sobre mis brazos y arrecostados
a mi pecho empiezan a bailar.
Ya
finalizada la canción les damos su merecido desayuno y como a las 8
de la mañana ponemos el agua a calentar porque hay que bañar a los
niños, una vez que el agua está caliente procedo a desvestir
indistintamente a Matias o a Marcel para que Mayela los bañe, no sin
antes jugar con cada uno de ellos, luchamos, hacen fuerza y me dan
pataditas, les hago cosquillas, se carcajean, gozan, disfrutan;
mientras jugamos el abuelo le da gracias al Supremo Hacedor por ese
par de ángeles que nos regaló.
Algunos de ustedes son testigos que el día que inicié el curso de
periodismo me sentí muy alegre por haber vuelto al Campus
Universitario, pero que, en la tarde de ese mismo día al llegar a la
casa se me informó que mi nuera estaba internada en el Hospital de
las Mujeres Adolfo Carit Eva, porque podría sufrir una pérdida y
que había un 50% de probabilidades de que nacieran.
Como en el proyecto de vida de Dios nada se escapa, Él escucho
nuestras oraciones y las de muchas otras personas que se unieron para
pedirle por la salud de Waiman y las criaturitas que se encontraban
dentro de su vientre, con los cuidos médicos de enfermeras,
doctores, auxiliares y demás personal del Hospital, mis nietos de
forma prematura vieron la luz.
El día que le hicieron la cesárea a mi nuera y mis chiquitines
tuvieron que estar en la incubadora, al entrar a conocerlos lloré al
verlos por lo frágil y vulnerables que estaban; una vez más le pedí
a Dios por ellos, por mi hijo y su esposa porque ambos estaban
destrozados, su sueño y el nuestro pendía de un hilo.
Por eso, hoy Matias y Marcel nos hacen inmensamente felices, son la
energía y el combustible que hace que tengamos las fuerzas para
verlos, cuidarlos y amarlos. Cada día mi esposa y yo notamos los
cambios que van experimentando, cada vez se fortalecen más y por eso
los vimos gatear, incorporarse y dar sus primeros pasitos, sus
primeros balbuceos, sus primeras palabritas, ellos, junto a Jonathan
Andrés mi otro nieto están dentro de mi corazón, los tres vinieron
a cambiar mi manera de ver el mundo.
Así va discurriendo un bello día de mi vida, mención aparte merece
mi esposa por su abnegación, esfuerzo y amor que le dispensa a
Marcel y a Matias, no sé de dónde saca tantas fuerzas para
atenderlos sin dejar de lado las cosas de la casa, si bien es cierto
yo trato de cooperar en lo que pueda ella se lleva las medallas por
sus méritos y entrega.
Al caer la tarde mi hijo y esposa llegan a la casa y ahí se baja un
poco la presión y la responsabilidad.
En
la noche los despedimos con una oración y les damos la bendición a
Michael, Waiman, Matias y a Marcel, asimismo recibimos tanto de
Marcel como de Matias su bendición, porque, aunque parezca extraño,
ambos a sus escasos 18 meses aprendieron a ponernos sus manitas sobre
nuestra cabeza y nos dicen amén, eso no tiene precio porque se trata
de la más pura, limpia y santa bendición proveniente de Dios a
través de sus dos ángeles.
Ricardo Jiménez García