martes, 30 de octubre de 2018

patitas son de algodón


Duermo. Si me llego a despertar por el sonido furioso del viento o por esa lluvia insistente que cae fuertemente sobre mi techo, alargo mi mano y las encuentro, ahí cerca de mi cuerpo acunadas bajo su tibio manto de blancos pelos. Las siento calentitas, dulces y tiernas, reconfortando mi alma anhelante sin restricciones. Se me permite sostenerlas por un rato no tan largo como deseara, pero de igual forma me deleito con sus particulares formas. Los largos deditos, que culminan en uñas filosas que al caminar por las veredas, se gastan justamente evitando arañarme cuando juega conmigo. Parece que calza botas, con el recorte del pelo justo encima de ellas, para que el barro o el polvo no causen tanto desastre sobre mis muebles. Debajo tienen cinco almohaditas color chocolate, que invitan a mis golosas manos a tocarlas y acariciarlas.
 Su dueña, con santa paciencia reconoce que yo tengo debilidad por jugar con esas patitas tan bellas. Cuando la llevo en brazos caminando y llenándola de besos, sus patitas traseras van apoyadas en mi mano, que sienten su tibieza como un regalo. Las delanteras van sobre mi hombro en franco abandono. Y si la encuentro echada como una maja indolente en mi cama, ella espera que yo empiece mi juego. Tomándole una le digo, ésta patilla es mía, y ésta otra es de mami !!  Y ante la velocidad del cambio entre ambas, Lolita se emociona, moviendo su colita y saltando de un lado a otro.

Esas patitas son de algodón de azúcar, de canela y de queso. Y huelen muy mal le digo, entre risas y besos. Realmente yo las amo, pero creo que Lolita ama mas aún que yo juegue con ellas.
Lia Ferreto.
Octubre-2018




martes, 2 de octubre de 2018

Silencioso y soñador


 
Los últimos de su vida, dedicó cada mañana durante un largo rato a contemplar desde aquel gastado sillón, la magnífica vista que le ofrecía aquel inmenso patio. Era en ese tiempo anterior al almuerzo, donde con una copa de cognac, parecía divagar en sus memorias. Tan suyas, tan íntimas. Parecía medio adormecido. Un silencio expectante lo envolvía. Desde la ventana, le podía observar. Su aspecto envejecido, distraído y pensativo. No hablaba con nadie, ahí sentado en ese ritual cotidiano, que nos hacía sentir que lo perdíamos, que se volvía intangible. Cubría su cabeza con alguna de sus múltiples gorras, pues el frío se había convertido en su mas temible compañía. Sus manos antes tan activas, manos de artista, de fotógrafo, de pintor, resultaban ahora tan quietas pero siempre bellas. Su copa de buen licor, que acercaba con deleite a sus labios, se iba terminando entre pequeños sorbos. Fue siempre un hombre estudioso. De su entorno, de la gente, de los peculiares rasgos de los borrachitos, del alma gentil que descubría en todo perro callejero que se acercaba sin remedio atraído por aquella magia que solo ellos descubrían. Su voz y el llamado por el nombre que a todos les adjudicaba; hola Wascar, les decía. Estudiaba la naturaleza. Siempre empírico y autodidacta. Entendía las señales del viento y de las nubes, amaba la fuerza de los volcanes y era un apasionado de su comportamiento. Creía firmemente en la vida en otras galaxias y aseguraba con entusiasmo saber cuales nubes escondían sus naves y también de sus avistamientos.
Así que no era de extrañar que amara sentarse en ese lugar diariamente, en lo que parecía un rato de reposo cuando en realidad, estaba llevando a cabo sus grandes descubrimientos.
Cerca de los árboles había construido un comedero para los pájaros. Frutas variadas colocaba ahí a una cantidad de avecillas que llegaban a deleitarse. Sabía el nombre de muchas especies. Y de sus vuelos y migraciones. En que época del año llegaban éstos, o aquellos o aquel único ejemplar que ostentaba un majestuoso plumaje tornasolado, entre rojos, azules, verdes y amarillos. Llegó a asegurar que ese bello ejemplar en especial, era su amigo. Que hacía mil sonidos diferentes para avisarle de su llegada, de sus aventuras y de su alegría por el reencuentro. Él sabía interpretar sus cantos y silbidos. Y salía presuroso cuando oía sin lugar a dudas, las señales de su llegada. Sabía con precisión las fechas de su arribo. También cuando debía continuar su viaje. Mucho se afligía cuando se atrasaba pensando que un depredador hubiera terminado con su vida.
Cuando a los noventa y cinco años papá se fue a jugar entre las nubes, aquellos amigos suyos de plumajes tan diversos llegaron hasta el patio, saludaron entre múltiples cantos y silbidos y partieron encumbrando sus vuelos hacia lo alto a rendir tributo a aquel que tanto los había querido. Nunca mas regresaron.
Lia Ferreto.
Setiembre 2018.