Eran las 11 de la mañana del 26 de marzo de 1968, acabábamos
de salir de misa mi madre y yo e íbamos a comprar helados para el almuerzo,
porque era domingo, cuando intempestivamente sentí algo mojado en mi bajo
vientre, la mojazón seguía y seguía, Francisco, mi primogénito, comenzaba a
nacer.
Mi madre conocedora en esas lides, me dijo: no te preocupés, se reventó la
fuente. Nos fuimos a la casa y desde allí mi marido llamo al doctor Broutin,
quién le dijo que nos fuéramos a la Clínica Santa Rita y que lo esperáramos
ahí.
Las enfermeras de ese lugar, sumamente hábiles, me examinaron, me dieron una
habitación, me prepararon y alguna se quedó conmigo midiendo el tiempo
transcurrido entre cada contracción, cuando llegó el doctor me puso una
inyección, dejé de sentir dolor y finalmente Francisco llegó a este mundo.
No puedo explicar la sensación de tener un hijo, tenerlo por primera vez en mis
brazos, es increíble, uno lo ve perfecto, y por que no decirlo, la sensación de
orgullo de haber podido lograr esa maravilla.
El tiempo pasó demasiado rápido, hubo que regresar a la casa. Uno se acostumbra
a pensar que una personita ocupa un lugar muy importante. No se sale de noche
porque se está pendiente de las horas de comida, de preparar la comida que ese
nuevo habitante de la casa necesita y es diferente a la que come el resto de la
familia. Todo es nuevo y maravilloso, yo creo que una mujer nunca es la misma
después de tener un hijo.
Pero no sólo ese día fue importante para mi, casi dos años después, el 26 de
octubre de 1969, aparece Mauricio en mi vida.
En ese momento, ya era una chica conocedora y dado que siempre trabajé en
educación, consideramos que lo mejor era que el nuevo hijo o hija naciera al
final de octubre, debido a que a los maestros, la Seguridad Social les da de
asueto 3 meses antes y uno después del nacimiento, de esta manera debía
regresar al trabajo en el mes de diciembre que dan inició las vacaciones de
tres meses. Para tal evento nos preparamos. Sucedió de acuerdo a lo planeado,
Mauricio nació un 26 de octubre, el mes terminaba el 26 de noviembre.
Ningún director quería una profesora que llegará a importunar al sustituto por
cuatro días, así que pase esos días haciendo labores de oficina y de nuevo,
vacaciones. Podía dedicarme a mi nuevo niño en su totalidad, desde luego
dejando también tiempo para el mayor que aún no era suficiente grande.
Esos tres meses con mis niños fueron una época maravillosa, no tengo palabras
para agradecer al Buen Dios haberme permitido esa alegría dos veces en mi vida.
A
pesar de estar en las montañas y que el clima no se comporta igual que en otros
sitios amaneció un hermoso día, claro y soleado. Eso si, era un día muy
ventoso, el céfiro amenazaba y lo lograba muchas veces, quitar en sombrero o la
gorra deportiva a las personas que esperaban evitar con su uso los rayos
ultravioleta del sol, estaba en las montañas rocosas en Estados Unidos.
Sentada frente al gran lago, vi de pronto una enorme ave que se dirigía al agua,
parecía un águila por su tamaño y su fuerza, a la distancia lo veía de color
negro con pintas blancas. El pájaro, sin dejar de volar, sólo metió las garras
y salió con un pez entre sus garras, pero... que sucede?, el ave está dando
vuelta al pez de manera que una parte quede bajo su cuerpo y la otra esté en la
misma dirección de su pico. Hecho esto, el ave se aleja volando sin soltar su
presa.
Mis amigos me dicen que es un águila pescadora se llama en inglés osprey.
Pienso, desde mi punto de observación que el ave no quiere perder velocidad por
un pez que le interrumpe el favor del viento, pero como sea, ¡estoy sumamente
asombrada!
Este lugar no deja de sorprenderme.
Eran las 11 de la mañana del 26 de marzo de 1968, acabábamos
de salir de misa mi madre y yo e íbamos a comprar helados para el almuerzo,
porque era domingo, cuando intempestivamente sentí algo mojado en mi bajo
vientre, la mojazón seguía y seguía, Francisco, mi primogénito, comenzaba a
nacer.
Mi madre conocedora en esas lides, me dijo: no te preocupés, se reventó la
fuente.
Nos fuimos a la casa y desde allí mi marido llamo al doctor Broutin,
quién le dijo que nos fuéramos a la Clínica Santa Rita y que lo esperáramos
ahí.
Las enfermeras de ese lugar, sumamente hábiles, me examinaron, me dieron una
habitación, me prepararon y alguna se quedó conmigo midiendo el tiempo
transcurrido entre cada contracción, cuando llegó el doctor me puso una
inyección, dejé de sentir dolor y finalmente Francisco llegó a este mundo.
No puedo explicar la sensación de tener un hijo, tenerlo por primera vez en mis
brazos, es increíble, uno lo ve perfecto, y por que no decirlo, la sensación de
orgullo de haber podido lograr esa maravilla.
El tiempo pasó demasiado rápido, hubo que regresar a la casa. Uno se acostumbra
a pensar que una personita ocupa un lugar muy importante. No se sale de noche
porque se está pendiente de las horas de comida, de preparar la comida que ese
nuevo habitante de la casa necesita y es diferente a la que come el resto de la
familia. Todo es nuevo y maravilloso, yo creo que una mujer nunca es la misma
después de tener un hijo.
Pero no sólo ese día fue importante para mi, casi dos años después, el 26 de
octubre de 1969, aparece Mauricio en mi vida.
En ese momento, ya era una chica conocedora y dado que siempre trabajé en
educación, consideramos que lo mejor era que el nuevo hijo o hija naciera al
final de octubre, debido a que a los maestros, la Seguridad Social les da de
asueto 3 meses antes y uno después del nacimiento, de esta manera debía
regresar al trabajo en el mes de diciembre que dan inició las vacaciones de
tres meses. Para tal evento nos preparamos. Sucedió de acuerdo a lo planeado,
Mauricio nació un 26 de octubre, el mes terminaba el 26 de noviembre.
Ningún director quería una profesora que llegará a importunar al sustituto por
cuatro días, así que pase esos días haciendo labores de oficina y de nuevo,
vacaciones. Podía dedicarme a mi nuevo niño en su totalidad, desde luego
dejando también tiempo para el mayor que aún no era suficiente grande.
Esos tres meses con mis niños fueron una época maravillosa, no tengo palabras
para agradecer al Buen Dios haberme permitido esa alegría dos veces en mi vida.
Un día
espectacular.
A
pesar de estar en las montañas y que el clima no se comporta igual que en otros
sitios amaneció un hermoso día, claro y soleado. Eso si, era un día muy
ventoso, el céfiro amenazaba y lo lograba muchas veces, quitar en sombrero o la
gorra deportiva a las personas que esperaban evitar con su uso los rayos
ultravioleta del sol, estaba en las montañas rocosas en Estados Unidos.
Sentada frente al gran lago, vi de pronto una enorme ave que se dirigía al agua,
parecía un águila por su tamaño y su fuerza, a la distancia lo veía de color
negro con pintas blancas. El pájaro, sin dejar de volar, sólo metió las garras
y salió con un pez entre sus garras, pero... que sucede?, el ave está dando
vuelta al pez de manera que una parte quede bajo su cuerpo y la otra esté en la
misma dirección de su pico. Hecho esto, el ave se aleja volando sin soltar su
presa.
Mis amigos me dicen que es un águila pescadora se llama en inglés osprey.
Pienso, desde mi punto de observación que el ave no quiere perder velocidad por
un pez que le interrumpe el favor del viento, pero como sea, ¡estoy sumamente
asombrada!
Este lugar no deja de sorprenderme.