domingo, 7 de junio de 2015

Un personaje olvidado




El lunes 6 de abril de 2015, después de salir de las clases de periodismo, don Julio Solano Solano y yo como ya es costumbre nos dirigimos a almorzar, pero, no a cualquier lugar, nosotros vamos a la “Esquina de Lily” porque la comida que preparan es muy sabrosa con un sabor auténtico, muy casero y con un trato ameno y muy familiar.

Esa esquina es más que una soda porque uno se siente como en su propia casa; una vez degustados los alimentos, nos fuimos para San José a tomarnos un cafecito en la ventana de las pupusas que queda frente al antiguo Cine Omni, dónde, de pie uno mira como le echan el agua hirviendo a la bolsa y chorrean el café.

¡Qué rico y humeante, qué aromático y fresco café!, para acompañarlo no puede faltar un delicioso enyucado con carne, una pupusa, una empanada con carne, con queso o con frijoles, etc., los lunes nos sirve para conversar sobre los cursos, las experiencias del pasado, para recordar hechos, pasajes, lugares y situaciones ya vividas ¡oh vendita memoria!

Ya degustado el café, caminamos hacia el Periódico la Extra, ya eran las 4 p.m. y al pasar por la esquina suroeste del Parque Central vemos un hombre que camina lentamente apoyado en un bastón, lo reconozco y le saludo, ¡hola! Se detiene y me responde el saludo, su nombre Luis Fernando López Jiménez.

Lo invité para que nos sentáramos sobre un pollo del parque, cómodamente sentados los tres iniciamos un conversatorio sobre su vida.

¿A qué ocupación se dedicaba? --Mi profesión es el arte circense que aprendí trabajando en múltiples circos como el Tihany, el Royal Dumbar, Hermanos Gasca, Hermanos Vásquez y muchos más--.

¿A qué edad inició esa actividad? --Apenas era un chico cuando incursioné en la vida circense; en los circos aprendí de todo y me convertí en un profesional porque realicé diversos tipos de malabares y actos tan peligrosos como el del trapecio o vuelos que es el acto cumbre del circo, es decir somos las estrellas---.

¿Cuán peligrosos son los vuelos? ---Solo para que tenga una idea de lo peligroso, debo decirle que conocí a cinco colegas que quedaron invalidos por caídas del trapecio, el público piensa que por caer sobre una malla no hay peligro, al contrario, el golpe sobre las cervicales es tan fuerte que provoca lesiones que lo dejan discapacitado para el resto de la vida—.

¿Qué más hiciste? --Un día que nos encontrábamos en Chile y un payaso se enfermó, ante esa situación el dueño del circo me pidió que le hiciera el papel de payaso, acepté el reto y ante la respuesta tan positiva del público, por accidente nació mi verdadera pasión, desde ése día solo de manera ocasional no hice el papel de payaso--.
¿De dónde el nombre artístico? –Precisamente, a partir de dicha presentación nació el nombre de “Chicharrón” el cual llevo desde hace más de 50 años. Para conocer los pormenores y hasta el mínimo detalle de la profesión, compartí experiencias con los chilenos que son los más grandes payasos que hay en el mundo, de ellos aprendí y recibí enorme conocimiento--.

¿Cuándo llegó a Costa Rica? --Llegué el 1 de diciembre de 1970 procedente de mi natal Colombia.

¿A qué te has dedicado en nuestro país? –Eran días duros porque en éste país no había mucho ambiente para el trabajo de payaso, empecé a amenizar eventos infantiles y poco a poco me fui abriendo un espacio en el gusto y la preferencia del público infantil y sus padres--.

¿Otras actividades? ---Fui el primero en andar en zancos, es decir, fui el único zanquista que había en Costa Rica. Lo cual me confiere el derecho de decir que fui el primero que incursionó en dichas actividades de manera profesional-.

¿Qué pasó después? –Al haber abierto una brecha me convertí en el primer payaso profesional de Costa Rica, tanto así que pude trabajar en la televisión en programas como: las Estrellas se Reunen al lado de don Rodrigo Sánchez (Q.d.D.g.) quien era todo un caballero, además de hacerlo en el Club Millonario Phillips al lado de otro gran hombre como lo fue don Carlos Alberto Patiño (Q.d.D.g.), asimismo trabajé con Luis Fernando Crespi y con la Tía Florita en el Programa Recreo Grande.

¿Se acabó la vida en circos? ---Qué va, eso es una pasión, uno lleva un gusanillo dentro. En Costa Rica trabajé en varios circos que llegaron al país y requirieron de mis servicios como payaso. Además, usted debe recordar el circo que yo fundé llamado “El Circo de Chicharrón y sus Estrellas” con él recorrí todos los rincones del país---.

¿Es cierto que Patiño no murió? –No diga eso, don Carlos iba para Puntarenas y me invitó a que fuera con él; lamentablemente ése día me salió una fiesta y no pude acompañarlo; usted sabe, yo vivía de las presentaciones y no podía despreciar la plata. Lo doloroso fue que el sábado recibí una llamada de su hijo, el Dr. Ricardo Patiño quien llorando me comunicó la infausta noticia de la muerte de su Sr. padre a quien le había dado un infarto---.

¿Qué hiciste? ---Inmediatamente me puse a las órdenes de Ricardo y me fui para el puerto para acompañarlos, qué dolor, qué tristeza, qué pena, qué sentimiento de impotencia al ver el cuerpo inerte de quien no solo había sido mi jefe, sino que mi amigo personal--.

¿Hubo gente que te ayudó? ---Fueron muchas personas entre ellas una dama extraordinaria como lo es doña Olga Cozza viuda de Picado, ella como dueña de Teletica Canal 7 me abrió las puertas porque es una mujer de un enorme corazón, muy solidaria y humana.

¿Otras personas? ---Siendo Presidente de la República Luis Alberto Monge Alvarez, me envió al Instituto Nacional de Vivienda y Urbanismo (INVU) donde me adjudicaron una casa ubicada en Kurú de Goicoechea. Esa casa la fuimos pagando hasta un día en que José María Figueres Olsen llegó a realizar una plaza pública frente a mi casa. Al verme me dijo, ¡diay hijueputa qué estás haciendo aquí!, le respondí vivo en aquella casa que estoy pagando al INVU y me respondió ya no pague más, yo me voy a hacer cargo de la deuda y te la voy a cancelar--.

¿Cumplió? ---Claro que sí, José María Figueres pagó el saldo y nos liberó la hipoteca. Debo decirle que su papá y yo fuimos muy buenos amigos, al punto que el saludo que él me hizo fue igual que cuando me encontraba a don Pepe quien me decía ¿cómo está hijueputa?, la amistad con don José María Figueres Ferrer (Q.e.p.d.) me llenó de mucho orgullo, cuando llegué a Costa Rica él era el Presidente de la República, por eso, yo conocí a Chema cuando apenas era un joven---.

¿Chicharrón es casado? ---Desde luego, tengo una gran y santa esposa, tengo 6 hijos de los cuales 3 son colombianos y 3 costarricenses, tengo 17 nietos y 6 bisnietos---.

¿Estás enfermo? --- Me dio un derrame y además tengo una hernia en un testículo que debo operarme---.

¿Estás pensionado? --- ¿Quien le ha dicho?, es lo que no he podido lograr; por más gestiones que he realizado no me la han querido otorgar, una pensión me ayudaría mucho a mis 72 años porque me permitiría tener una mejor calidad de vida. Usted sabe que ya uno viejo tiene otras necesidades y las enfermedades se vuelven muy amigas de uno, eso hace que las necesidades crezcan---.

---A mi edad uno requiere de más chequeos médicos, como por ejemplo, el tacto rectal para revisar la próstata. ---A propósito de próstata, “un día entre dos doctoras me hicieron el tacto rectal y como me quedé quietito, una le dice a la otra, doctora, éste paciente si colabora, yo le respondí no es que colaboro es que me está gustando”, todos soltamos una carcajada y ahí se terminó el examen---.

Después de 45 minutos con ése hombre que muchas veces con sus ocurrencias y sus chistes nos hizo reír a más no poder; quienes peinamos canas recordamos con gran cariño al artista que con sus vestimentas extravagantes, maquillaje excesivo y sus pelucas llamativas, hizo que nuestras vidas se vieran llenas de humor, claro de ese humor blanco, en algunos casos rojo, pero sin caer en la chabacanería y la vulgaridad tal y como sucede hoy.

Recuerdo que cuando uno veía a alguna persona con los zapatos grandes le decía te pareces a Chicharrón, en alusión al payaso que usaba unos enormes zapatones. Para finalizar, le doy las gracias a Luis Fernando, por haberme presentado y a la vez permitido conocer al admirado y siempre recordado Chicharrón, que Dios bendiga a ambos.




Ricardo Jiménez García
PIAM, carné AS-0426

Azulito



Despuntaba la década de los 60s y en San José apenas se empezaban a vislumbrar algunos cambios, estaba en construcción la autopista Wilson, hoy Bernardo Soto que nos llevaría hasta Alajuela y viceversa, a pesar de todo, el puente sobre el Río Virilla no tenía problemas con la ya reconocida, famosa y aun no galardonada platina.

Daba inicio el ensanchamiento de la Avenida Segunda, hoy bautizada con el nombre del Libertador y Benemérito de la Patria Juan Rafael Mora Porras (don Juanito), ya se contaba con el tramo que iba desde el costado oeste del Hospital San Juan de Dios, hasta la Cañada, es decir desde calle 14 hasta la calle 8.

En ese tiempo por nuestras principales arterias era común encontrarse a un personaje muy querido por todos los josefinos, me refiero a un viejito de pelo ensortijado, lleno de serrín, con sus raídas ropas y su infaltable saco de color azul, de ahí el origen del alias por el que era conocido.

Nuestro personaje era un hombre de baja estatura, vivía o dormía en el aserradero que quedaba al costado norte de la Estación al Pacífico, lo recuerdo con un gran cariño.

En torno a esa figura se tejieron una cantidad de versiones por la forma en que vivía alejado de su familia; algunos sostenían que era miembro de una familia muy adinerada. Recuerdo escuchar que “Azulito” era un excelso ejecutante del piano, otros decían que su estado de enajenación era consecuencia de un maleficio que le echó una novia que tuvo.

Lo cierto del caso es que era un personaje muy singular, sobre su espalda siempre traía un saco de gangoche lleno de cosas que juntaba o le regalaban, era un hombre bonachón y de enormes sentimientos porque, a pesar de sus limitaciones cuando uno le pedía que le regalara un cinco, sí, 0,05 céntimos, con un gran desprendimiento cogía lo que traía en las bolsas de su saco o del pantalón y se lo entregaba a uno íntegramente.

Azulito” muy a su estilo fue un hombre feliz, a pesar de sus carencias nunca lo escuche quejarse de su condición; por eso, con nostalgia recuerdo que aun siendo un niño, yo pasaba por el frente o el costado de aquel aserradero para ver a ése individuo que me llamaba tanto la atención.

Gracias amigo por haber sido un ser tan especial, con tu comportamiento calaste en los surcos de mi memoria y en la de muchos niños, adolescentes, jóvenes y adultos que te conocimos.

Ricardo Jiménez García

jueves, 4 de junio de 2015

Nunca en mièrcoles



Es miércoles y el pandemonio de la cocina está en su apogeo, debo preparar almuerzo para diez personas y al menos para 6 niños. Una cuñada cuyos hijos son de la edad de mis nietos pidió un año de permiso en su trabajo y también se suma a los miércoles, por lo tanto hay, al menos 7 invitados mayores y mi marido, mi empleada y yo. Siempre preparo algo que pueda dividirse fácilmente si llegan más invitados, total que es día de “Open House” con esto quiero decir, un pozol, arroz con palmito o similares y para los niños compro salchichas, pan y papas tostadas, que sé que les encanta. A veces les compro pizzitas de unas que venden en los supermercados y que ya vienen listas. Para los frescos escojo una caja grande llena de cajitas pequeñas de diferentes sabores. Pongo la caja grande en la zona donde están los chicos y cada uno escoge el fresco que quiere, lo mismo si desea repetir, simplemente pone la caja vacía y toma otra. Para el postre que vendrá después venden unos sandwichitos de helado que les fascina. En la despensa hay todo tipo de galletas “de las más ricas del mundo” (según una nieta) que ellos pueden libremente ir a buscar sin necesidad de pedir permiso.
La idea es que a pesar de tanta gente todos nos divertimos y no hay enredo a la hora del almuerzo. A los niños se les sirve primero, siempre viendo televisión porque es el lugar favorito de ellos y luego nos sentamos los grandes en la mesa a disfrutar un rato de tranquilidad.
De esos días maravillosos llega a mi mente una anécdota: un día, estando los grandes sentados a la mesa, llega uno de los más pequeños y anuncia que “¡están haciendo algo malo!”, su madre o cualquier otra del grupo le contesta, “no te preocupés Federico, vaya con los demás y disfrute”, ante esas palabras el niño se fue con los demás. Pero pasado un rato regresa y agitando los brazos indica “¡es algo, muy muy malo!”, nuevamente se le envió con los demás y al ratito sonó “¡BUM!”. Ante el ruido los grandes nos levantamos de la mesa y nos asomamos donde estaban los niños, lo que vimos nos dejó sin habla, el agua corría por las escaleras sin ninguna medida. Desde luego preguntamos, ¿Qué sucedió?, resulta que uno de los más grandes, no más de seis años, había metido un boliche de hule en un orificio de manera que detenía el agua que debía correr ordenadamente por un canal de la escalera. El agua se fue acumulando, junto con las hojas del jardín y algo de tierra del mismo jardín, cuando consideraron que había suficiente agua quitaron el boliche, sonó BUM y el agua comenzó a correr por las escaleras junto con las hojas y la tierra acumulada.
La mamá de este chico, muy enojada, lo puso a barrer el desastre y tratar de que el agua volviera a su cauce natural, mi marido le dijo entonces al infractor, aunque eran todos los chicos que estaban disfrutando del desaguisado, ¡“Vez Luis, te regañaron y te pusieron a limpiar tu tremenda travesura”! a lo que el chico de inmediato respondió: Pero sabe Abu: ¡Valió la pena!

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p.d. Es bien sabido que me encanta recibir a mis amigos en la casa, pero, nunca en miércoles. Y, ¿por qué? es muy simple, los miércoles los tengo reservados para mis hijas, nueras, nietos y algún hijo o cuñada que se sume ese día y a esa hora. Llegan a medio día, la idea es almorzar en casa, luego tomar café y a eso de las 5:30pm irse a su propia casa a prepararse para el día siguiente: loncheras, uniformes y la noche con el marido. Debo indicar que tengo 6 hijos y 15 nietos, pero lo que voy a relatar sucedió hace unos años cuando los mayores estaban en el kínder y salían de clase a eso de las 12m.

Olga Emilia Brenes

NACÍA Y MORÍA - MORÍA Y VOLVÍA A NACER


Virginia Murillo Montero

Existen diferentes tipos de olores…; los que emanan de los productos comestibles, cosméticos, químicos; los diferentes olores característicos de los animales, de las personas, etc.
Un olor puede ser agradable, dulce, amargo, fuerte, suave; también desagradable, que nos produce diversas sensaciones: dolor de cabeza, un sabor quemante en la garganta, ardor en las fosas nasales, mareos, etc. Las personas los pueden percibir en diferentes formas, aunque la mayoría los captan con las características particulares de cada olor.
Yo percibo varios olores que me gustan, son agradables a mi olfato, otros no. Algunos me llegan inmediatamente, aunque se encuentren lejanos al lugar en que me encuentro, debido a una afección en mis fosas nasales.
La reina de la noche crece en arbustos y troncos de los árboles aledaños a las antiguas cercas de madera o de alambres de púa. Las mismas se parecen a las azucenas, que despiden un suave olor por la noche y perduran más durante el día. También conocida como jazmín de noche, cestrum nocturnum, dama de noche, cactus trepador.
Un olor que me llamó siempre la atención precisamente fue el que emanaba de esta planta, cuyas flores en el día se veían de un color rosa – pálido, como marchitas. Al acercarse la noche iban abriendo sus flores alargadas, blancas y poco a poco despedían un fuerte olor que se expandía por todo el patio, el cual llegaba hasta las habitaciones de la casa. A mí me encantaba ese olor y a veces no me podía dormir porque mis grandes fositas nasales, percibían mucho los olores, más ese de la flor Reina tan especial. A algunas personas les producía un mareo hasta que caían en un profundo sueño.
Este olor siempre lo asocié con la penumbra de la noche que envolvía el cuarto en que dormía, yo veía todo negro, contrapuesto a la hermosa flor blanca que estaba en el patio. Cuando empezaba a oscurecer, yo me acercaba a mi flor enigmática, la contemplaba largamente esperando que se abriera como una pequeña sombrilla blanca, amarilla o rosada, Pero era blanca, grande, hermosa y en las noches de luna llena se iluminaba con un resplandor; como que la flor reflejaba la luz de la luna y se veía blanca, tan blanca, aún más blanca, que opacaba las demás flores rosadas, amarillas, rojas. El contraste con la negra noche era espectacular, todo el solar negro con las ramas de los árboles moviéndose y ella quieta, apacible, orgullosa, dejándose contemplar por chiquillas traviesas que deseaban cortarla y ponerla en un florero para que luciera en el comedor de la casa. Y despidiendo ese olor, que olía a todo y a nada, olía tanto que era característico en todos nuestros hogares, que a cierta hora las más grandes decían: - “¡Ay no!” “¡Qué olor el de esa flor, ya me tiene mareada!” Era dulce y atraía a los mosquitos para su polinización.
Mientras mis pensamientos corrían, sentía el suave y fresco olor, muy cercano a mí, que poco a poco recorría todo el solar y penetraba a la casa. Mi mamá me volvía a la realidad al llamarme para que me fuera a dormir: - “¡Otra vez Vicky con la reina!” –“¡Vení, vení que te va a hacer daño el sereno!” – “¡Ya voy Mami que me estoy despidiendo!” Si…, yo me despedía de mi bella flor blanca, le decía: “quédate así, linda, tenés que amanecer igual, no te vas a marchitar antes de que yo llegue”. “¡Acordate que sos La Reina de la Noche!”
Poco a poco conciliaba el sueño y yo veía con mis ojos abiertos primero y luego cerrados la negritud de la noche y la imponente blancura de mi Reina. A veces me despertaba sobresaltada sin saber por qué y me veía en las penumbras de la noche con la flor cercana al arbusto que colgaba de la cerca del vecino. Pensaba en el amanecer y creía ver a la reina marchitándose poco a poco.
A veces por la mañana las cortaba y las colocaba en un florero y ya su olor se extinguía y su hermosa blancura desaparecía.
La reina de la noche era color, olor, mansedumbre; era negro y blanco. Era noche y día. Su efímera y larga vida nos asemeja con los seres humanos, nacemos y morimos –sí-. Nos caemos y nos levantamos- por su producción continua de otras flores, ¡la reina nacía y moría; moría y volvía a nacer!


miércoles, 3 de junio de 2015

La contradicciòn

Sobre la banda contínua que mueve éste cuerpo, jalándolo indolente sin saber si puede o no caminar correr o solo dejarse llevar, me sujeto con fuerza de sus lados, para no desfallecer y luego caer o aún peor, que la banda continúe su marcha sin importarle si sigo encima o quedé tirada de cabeza entre la otras máquinas del salón del gimnasio.
Con la mirada de una persona muy segura de si misma, trato contra viento y marea, que no transmita a los otros, la dificultad en que me encuentro. Sonrío a quienes me saludan, segura de que toda la expresión corporal es de gran agilidad, ligereza y una juventud a prueba de almanaques.
El sudor va perlando mi frente, la sed comienza a pedirme mas agua. Y voy sintiendo que pasados los primeros diez minutos, el cuerpo empieza a acordarse de cómo era caminar como en otros tiempos. La respiración se vuelve mas calma, el paso mas ligero , el dolor da espacio a la alegría y por fin, caminando , caminando, otra vez sumo dos kilómetros a mi actividad semanal.
Ahora camino en grupo entre los senderos del Campus Universitario. Voy lenta, las piernas pesan mucho, una rigidez frena el paso rápido de aquel cuerpo joven y dinámico, que solía hacer largas caminatas. Imposible no renquear o moverme con ese balanceo que tienen los patos o tal vez mi lora. Despacio, despacio, es la edad de lo lento y mesurado. Me detengo y tomo aire, ahh, si tan solo continuara yo por siempre caminando, hasta el final de mis días, hasta que la vida se acabe, acaso es pedir tanto? Acomodo mi bolso que he atravesado sobre mi pecho, lo acomodo hacia mi espalda, porque ahí el peso parece alivianarse.
Miro los árboles fuertes, hermosos, tan altos, hago algunas fotos y sonrío feliz al pensar que dichosa soy de caminar tanto.
Lia Ferreto.
Mayo, 2015.

Aquel olor a….


No sucedía con frecuencia. Porque cuando había una fecha relevante, de seguro esperábamos todos su elaboración.
A la mañana tempranito, con todos los ingredientes listos con antelación, fuera de refrigeración para que la temperatura ambiente ayudara a lograr una mayor calidad, ese día que posiblemente era sábado, comenzaba a escucharse el sonido de diferentes peroles en la cocina.
Rezando también para que el clima frío y húmedo de aquel antiguo Cartago, no dificultara además el proceso, mamá se ponía su delantal de manta, bordado primorosamente por las incansables manos de Yeya, la señora aquella postrada por décadas inmóvil en su cama, de ojos tan vivaces y lengua ligera que comentaba todo lo que aquella sociedad cartaginesa trataba de ocultar sobre las andanzas de sus gentes, pero que inevitablemente terminaban siendo la comidilla que sustentaba los encuentros entre sus habitantes. Decían que Yeya, ante la evidencia de saberse traicionada por su esposo, en represalia, no abandonó nunca mas su cama. Perdió la movilidad de sus miembros inferiores, pero gozaba de ser visitada por una cantidad impresionante de mujeres que la adoraban y la acompañaban por largos ratos. Mamá era una de esas. Así yo de su mano entraba a su cuarto sin perder el extraño efecto que ella en mi causaba, mezcla de miedo y curiosidad. De las miles de piezas en manta que bordaba, aún conservo algunas servilletas y limpiones.
Una montañita de harina, mantequilla suavecita, leche tibia, huevos de gallina casada, una esponjada levadura , azúcar y el aromático anís, empezaban entre las manos a mezclarse formando hilos pegajosos, que con mas harina los liberaba de sus dedos. Arriba, abajo, sobre aquella superficie enharinada, la mezcla iba siendo vencida por aquel extraño forcejeo, tomando un aspecto menos huloso, hasta convertirse en una masa elástica, de un bello tono amarillo suave. Entonces venía el tiempo de dejarla crecer. Era ahora donde el clima tomaba su papel preponderante, del que dependía que la masa creciera mas rápido.
Después de un largo tiempo cuchillo en mano, dividía ella la masa en porciones iguales, formando con cada parte una bola de una forma que solo mamá sabía darle. De nuevo colocadas en una bandeja y en una zona donde no les diera el viento, barnizadas con huevo batido las bellas bolas de pan, esperaban a que volvieran a doblar su tamaño. Yo admiraba aquel proceso y la forma hermosa que las hogazas de pan iban tomando.
Llegaba el momento de la horneada, a cuántos santos bajaba mamá de sus cómodas nubes pidiéndoles que por favor crecieran muy hermosos y no quedaran crudos por dentro, pues a veces el violento horno, jugaba malas pasadas al dorarlos de inmediato, pero su interior necesitaba de mas tiempo.
En una canasta grande forrada en limpiones gruesos se colocaban las hogazas de aquel pan tan delicioso que era una fiesta para todos los sentidos. Tajadearlo, poniéndole encima rica mantequilla era un placer para todo comensal que llegara a mi casa.
Mamá adoraba decir siempre; no hay nada mas lindo que despertar por la mañana y saber que hay pan dulce para desayunar.
Cierro mis ojos y me llega a la boca su esponjosa textura, su sabor inconfundible de anís.
Aquel olor a pan dulce ….


Lia Ferreto M.
Mayo, 2015.


















martes, 2 de junio de 2015

la casa de los milagros..


Llegué a tener una gran familia. Un esposo y cuatro hijas. Éramos seis en total quienes compartíamos una buena casa, un estilo de vida, bastantes años en compañía.
Ante una vida difícil, los que éramos ya no fuimos. Sin armonía, sin respeto sin límites y mucha agresión, aquel núcleo de personas tuvo que enfrentar cambios definitivos, tomar caminos diversos, desaprender lo que se suponía era tal cual se había dicho, en fin, lo que se llama resolver la vida.
Con hijas ya con cédula, ya adultas, vi cómo se iban de mi lado, empeñadas en resolver lo suyo, formando nuevas familias. En cosa de un año, se casaron ambas y también nació Daniela. Fue ahí cuando se dio mi divorcio, saliendo de lo que fuera mi casa y mi vida, apenas con algunos enseres de casa, bolsas con la ropa y de la mano de mis dos hijas menores. Salimos casi cómo habíamos llegado al mundo, con mucha pobreza, pero decididas a ser felices. Con todas las dificultades de empezar una vida tan distinta a la que conocíamos, comenzamos por aprender a dormir por las noches. A cuidar unas de otras, a ser honestas y veraces, informándonos con precisión donde y con quién estábamos. Lo logramos a base de una hoja de papel, donde cada una anotaba y leía, la información de nuestras actividades.
El tiempo fue trayendo cantidad de vivencias. Situaciones, personas, aprendizajes de todo tipo y una gran unión entre nosotras.
Por la gracia de mis padres, por el empeño de mamá, llegó un día en que estrenamos nuestra casa propia. Diseñada con esmero por mi hermano, la nueva casa tuvo el nombre * de Casa de los Milagros * única forma de poder explicar y entender, cómo de la casi nada, se construye mi hermosa casa.
Llena de áreas verdes, donde yo desde entonces me he dedicado a cultivar mis plantas, mis flores, mis guarias. Cada una de nosotras tres, con su propio cuarto, su propio espacio, disfrutando la maravilla de tener un lugar para vivir, donde sólo Dios o la muerte, te pueden sacar de acá. Esa fue la categórica expresión con que mamá me la dió.
Pasamos a sentirnos libres, dichosas disfrutando nuestro ambiente. Los nietos siguieron llegando; Gabriel, Ximena y Diego. Sus pequeñas figuras y sus anécdotas memorables, llenaron de risas y color la casa, la vida.
El tiempo corría. Mi hija menor decide casarse. Así quedamos en la casa solo dos personas. Imagino que por lo singular de las cosas, mi hija tercera y yo, nos refugiamos en ser mas compañeras una de otra, como una forma de sortear las circunstancias.
Ya papá había muerto. Solo quedaba mamá, muy enferma, muy disminuida. Ella que tanto empeño había tenido en dejarme a mi la mayoría de las cosas resueltas, luchó por prolongar su vida, negando la cercanía de la amiga muerte, obsesionada por llevar a cabo resoluciones que ya eran imposibles de lograr. Mis hijas fueron muy queridas por ella, llegando a darles todo lo material posible en esos años, de tanta lucha, de tanto esfuerzo. Veía a mis tres hijas casadas, por lo que oraba y oraba por aquella que aún no encontraba al compañero de su vida. Un día su cuerpo se dio por vencido, descansando finalmente en los brazos del que nos da la Vida. Muy llorosa estaba yo en aquel lugar donde se velan los muertos, buscando el apoyo de mi hermano, cuando sentí que alguien me miraba con insistencia. Era un muchacho al que yo no había visto nunca. Pronto mi hija soltera se acerca y me dice al oído: mamá aquel que está sentado allá, es un muchacho con el que empecé a salir. Voltié y miré. Era el mismo que me observaba. Y por mi mente pasó ésta idea; ayyy se me casa también ésta hija.
En broma y en serio dijimos desde entonces que mamá finalmente había traído el compañero de vida para mi última hija soltera. Pasó justo un año cuando entregué a mi hija. Había que ir con profesionales que nos peinaran y nos maquillaran. De manera que desde horas antes tuvimos que salir de nuestra casa y trasladarnos a la de otra de mis hijas, donde sería la sede de todos éstos menesteres. Montaron en el carro, los trajes de novia y el mío, también el equipaje que mi hija llevaría en su viaje de bodas. Ahí sentada, entendí que mi hija abandonaba nuestra casa, en pos de su nueva vida. Un llanto profuso e insistente se adueñó de mi. No encontraba forma de calmarme. La maquillista y quién nos peinaría, tuvieron que hacer magia conmigo para detener mi llanto y borrar ambas, los estragos de aquel diluvio de lágrimas y disimular los ojos abotagados de tanto llorar.
Hicieron excelente trabajo. Cuando miro las fotos de la boda, mi cara está risueña y de verdad no se ven las huellas del llanto de la tarde.
Esa noche, entre los espumantes que yo había bebido, regresé a mi casa. Abrí la puerta y un silencioso aire me envolvió…
Si….ese fue el día en que yo empecé a vivir sola….
Lia Ferreto.
Mayo, 2015.


Un día especial



Ese día, en que me gradué en el Área de Letras, fue algo especial. No recuerdo con exactitud que hice el día anterior, pero lo que sí conservo muy bien en la memoria son los días del mes de octubre del año 1968. En primera instancia, ganamos las compañeras y los compañeros el quinto año, por lo cual nos entregaron el Certificado de Conclusión de Estudios Secundarios.
Recuerdo cuando el Profesor-Guía, don Carlos Salazar Cordero (de grata memoria), ingresó al aula a impartir sus clases de Español y ahí, simplemente, nos entregó el diploma.
Ese hecho, y el haber estado cinco años en el colegio, eran mínima cosa a la par de lo que íbamos a enfrentar de ahora en adelante; nos enfrentaríamos a un reto: estudiar, hacer un gran repaso de las materias que, a lo largo de cinco años habíamos cursado en la secundaria.
Este día las carreras empezaron desde muy temprano, mi amiga y compañera Sandra con quien estudié para los exámenes de Bachillerato, me instó para que fuéramos al salón de belleza a arreglarnos las uñas y a hacernos un lindo peinado. Por tratarse de una ocasión especial, nos dirigimos al centro de San José a buscar el salón, aunque hubiese sido lo mismo arreglarnos en Hatillo, pero ni modo, accedí a la propuesta.
Vivíamos entonces en Hatillo, ella en el No-1 y yo en mi Hatillo Centro- mi Hatillo viejo natal. Ella llegó con su familia cuando el INVU urbanizó en las tierras que antes ocuparon las fincas cafetaleras. Muy entusiasmadas, nos dirigimos muy temprano para “Arriba”, como solíamos decir cuando íbamos al Centro de San José, porque ¡menuda cuesta se debía de subir a la altura del río María Aguilar! Quedamos de vernos en el Cruce, lugar llamado así porque los buses del distrito de Hatillo y del cantón de Alajuelita, que venían de San José viajaban en dirección oeste -los de Hatillo 1- los de Hatillo Centro y Alajuelita lo hacían sentido sur y los del Bo. Sagrada Familia en sentido norte. En mis incipientes recuerdos creo que abordamos un bus del vecino cantón, porque la empresa de buses de Hatillo no prestaba un buen servicio.
Por fin, llegamos al salón de belleza de la Macha. Teníamos que esperar como una o dos horas para que nos atendiera, porque solamente ella hacía todo. La Macha duró en el conocido manicure como media hora y en los peinados lo mismo, porque los hizo tipo bomba y no como moño ni en bucles, porque si no hubiera tardado más tiempo. Las uñas, que yo me había dejado crecer para la ocasión, me las pintó con un color claro, al igual que a mi compañera.
Salimos muy contentas del salón; mi compañera fue a hacer unas compras y la acompañé, pero yo lo que deseaba y en lo que no dejaba de pensar era el momento en el cual recibiría el Bachillerato.
Cada una nos fuimos para la casa a preparar el uniforme, aunque en mi caso ya estaba prácticamente listo desde el día anterior. Mi abuelita materna y mi mamá, desde muy niña me habían enseñado a lavarlo, engomar el cuello y puños de la camisa- blusa porque era de manga larga y tarea ardua aplanchar la enagua de paletones, la cual se debía de retocar y yo, incómoda con mis uñas larguitas. Sin embargo, todo estuvo listo a tiempo.
Mis papás tenían la invitación para las cinco de la tarde, pero el acto de clausura se realizaba a las seis o siete.
No sé cómo alcanzó el día para hacer tantas cosas y todo se hizo con puntualidad. A eso de las cuatro de la tarde, tomamos el rumbo hacia la Sabana, lugar donde se ubicaba el Teatro del Conservatorio Castella.
Al llegar, mi emoción era tal que casi no recuerdo que ocurrió en el recinto cuando se llevó a cabo el acto de graduación, nos acomodaron en dos filas para ingresar y al son de la Marcha Triunfal de la Ópera Aida (conocida como Los Vencedores) caminamos lentamente hasta acomodarnos en los asientos del Teatro.
Por fin nos entregaron los títulos, ¡qué emoción!, algunos lloraban, otros sonreían, los padres y madres felices, los profesores y demás familiares, también.
Al final, vino la sesión de fotos y luego degustamos un refrigerio.

Virginia Murillo Montero


lunes, 1 de junio de 2015

Olor a Leña y Olor a Nuevo.



Nací y me criaron en un pueblito montañés llamado La Unión de San Francisco de la Tierra, en el hogar de campesinos de buen nombre y conocidos por ser buenos vecinos y buenos trabajadores del campo. En La Unión, el problema de una familia era el problema de todos. En realidad éramos todos una familia a la orden para cada quien en las buenas y en las malas. En esta época de mi vida, el tiempo transcurrió de manera tranquila y placentera en mis días de infancia y por todo el transcurso hasta el quinto año de colegio.
Ya en el colegio, había que pedir para viajar por cortesía del carro del transporte de la leche. De esta manera, llegaba yo al Liceo en Carvajal de La Unión. Durante mi época colegial, el espíritu tranquilo del pueblo fue cediendo lugar a eventos y pensamientos más mundanos; influencia y estímulos de otras latitudes. En esos días, todos mis sentidos se abrían a experimentar. En particular, llamaba a mi atención aquellos olores diferentes que percibía pues eran, para mí, desconocidos o desapercibidos cuando pensaba en mi pueblo. Esas sensaciones eran nuevas; me olía a nuevo.
¿Hoy, en retrospectiva me pregunto qué eran esas sensaciones? ¿Cómo describir esas sensaciones que traen recuerdos que marcaron mi vida para bien o para mal? En una jerarquía de importancia, intento describir lo que era ese olor nuevo. Empecé a descubrir y practicar una jerga citadina, porque la forma de hablar que heredé de mi casa no encajaba para socializar en la capital. No sentía pena alguna de mi forma de expresión materna. Caló fuerte y profundo lo que ofrecía esa cultura icónica de finales de los 60´s y principios de los 70´s, lo que encajaba en mi nuevo juego de valores.
Terminada esta etapa del colegio, y debido a que cada día que pasaba veía más lejana mi vida en mi pueblo, se presenta la oportunidad de estudiar en una universidad. Otro olor muy característico define esta nueva etapa de cosas nuevas y diferentes. No había alternativa, tenía que pensar en vivir en la capital para alejarme de aquellas promesas y convicciones de lo que me decía mi familia que era la seguridad y la estabilidad del campo. Estos nuevos estímulos fueron cambiando valores y me fueron transformando. Antes era en mi pueblo un niño y joven educado, privilegiado porque me respaldaba una familia de buen nombre, después era un muchacho de campo, que se aventuró a dejar todo atrás para experimentar los variados aromas de la ciudad, junto a otros aromas que se asoman, esto es olor a incienso, que asocio con lo desconocido del universo. Los olores naturales del campo muy característicos de riqueza y seguridad, vienen a ser sustituidos por el olor a nuevo, a lo desconocido a lo porvenir. En cada viaje a la ciudad, se iba pronunciando más y más la lejanía con aquellas cosas que me habían visto crecer.
Experimenté por primera vez las cosas que iban a cambiar mi vida. Con la aproximación al rock y la cultura del amor libre, vinieron otros cambios y gustos por cosas otrora prohibidas que tenía que esconder de mi familia y de quienes me conocían en el pueblo. Empecé a experimentar las sustancias embriagantes y hasta alucinógenas para estar y pertenecer a esta nueva vida. Se volvió obligatorio cambiar los aromas de campo por olores a nuevo… todo lo exógeno, como pelos de más por doquier porque era la moda, y también la ropa que para las otras personas, los de “afuera” de esta cultura, eran ridículas y chocantes, o por lo menos ese era lo que mi olfato me indicaba y así lo sentía. El aroma imperante antes y el olor a nuevo, después, me convierten en un personaje completamente diferente, irreconocible.
Y despierto, despierto, después de hilvanar estos pensamientos que me hicieron divagar no sé por cuánto tiempo. Pudieron ser cinco minutos como pudieron ser segundos; la verdad es que me fui en este pensamiento provocado por un aroma familiar. Pienso que estoy sufriendo una goma de 48 años. Qué ha sido de toda mi vida? Cómo un muchacho con aroma asimilado a leña, hijo de una familia buena, trabajadora y Católica, se ha convertido en lo que soy? No puedo esconder mis raíces. La gente con la que tengo contacto, me dice, no sé si con sinceridad, o para quedar bien; de lo largo que he llegado como músico exitoso, con mi estilo de vida desenfrenado, con mis posesiones, que nunca son suficientes aquí en esta caja de concreto que es la ciudad. Este aroma desencadenó una serie de interrogantes y me está revelando una necesidad que no entiendo. Llego a la conclusión que deseo otra vida, otra existencia. Hoy tengo muchas cosas y no tengo nada.
Hoy deseo volver a los aromas de campo.

Roberto Aguilar