A través de mechones blancos, puedo percibir cómo me mira mientras
en mi cuarto afanada acomodo la ropa que ahí quedó desordenada, mirada penetrante. Me olvido de su
presencia, pero esa mirada insistente me taladra y me hace reaccionar mirándole
con intensidad de vuelta. Ha cerrado sus ojos, mostrando indiferencia ante mi
reacción, un preludio matutino que se repite cada día. La cama aún está tibia, eso es lo que me intenta decir
con su prolongado desgano e indiferencia, mirando sin mostrar que me mira, pero
con tanta intensidad que siento en mi su callado reclamo. El sueño todavía
entorpece mi andar, por lo que me muevo con cuidado, despacio y evitando hacer
mucho ruido, sin embargo reconozco que existe una rutina en ésto que hago y que
los movimientos son totalmente conocidos para esa presencia que mira sin mirar,
fingiendo dormir y tener mas pereza que la que ayer me demostró. Nada la
disturba. Su indiferencia toma matices de dramas de novela, sin embargo yo
continúo abriendo puertas y ventanas e incluso enciendo aquel aparato encargado
de guardar escondido en su interior tantas voces y sonidos, que dependen de mi
ánimo para salir llenando el espacio con su música, haciéndome cantar un poco y
bailar otro tanto. Finalmente la llave gira en la cerradura de la puerta de
entrada. Entonces siento una ráfaga de alegría y euforia que roza mis piernas y
entre ellas, sale corriendo hacia la verja donde emite todos esos sonidos que
imagino significan, buenos días mundo, buenos días vecinos, buenos días a todos
los que hoy son felices. Se gira y me mira. Ahora su mirada expresa tanto
agradecimiento por ser parte de su paisaje, que feliz continúa saltando entre
las flores que también despertaron al nuevo día.
En la cocina
empiezo a preparar mis bebidas sanadoras, mis pastillas mágicas y mi desayuno
de lujo. Los sonidos son otros , también los aromas. Nuevas señales se declaran
y nuevos asuntos se presentan. Entonces me doy cuenta que de nuevo me mira.
Ahora en forma de alfombra, su largo cuerpo ocupa un sitio que ha comprado
desde largo tiempo atrás. Su cabeza descansa sobre sus patas delanteras, en un
gesto de total abatimiento, de una tristeza sin igual, de una vida que se
diluye entre los sentimientos mas sombríos y lúgubres que nadie haya
presenciado antes. Es una posición de total desamparo, donde lo inevitable se
reproduce día a día. La estrategia está clara. Si no puedo sucumbir ante
semejante cuadro de dolor y desolación, no hay nada que valga la pena.
Convencida de que todas mis palabras y gestos amistosos, mis bailes y mis
cantos y mis piruetas seductoras, no son suficientes para alegrar aquellos ojos
tan negros y redondos que ahora miran casi al borde del llanto, yo también
sucumbo bajo el peso acuciante de la culpa.
A la hora en
que voy saliendo de la casa, ya ella ha presenciado todos mis conocidos
preparativos, bolso con lo necesario para nadar, botella de agua con hielo,
banano para reponer el potasio, y otros detalles tan conocidos que comienzan a
crear una nueva expectativa; será que me he equivocado y yo voy de paseo al
parque que tanto me gusta ? Empieza entonces una alegría que se transmite en
brincos y carreras, saltos entre mis piernas y esos ojitos negros ahora llenos
de picardía. Y yo armada con una galleta,
le pido que se siente y se la doy. Ella agradecida, yo sintiéndome
farsante.
Cuando
efectivamente vamos hacia el parque, lo sabe con certeza, pues he ido a traer
mis zapatos de caminar y entonces los muerde aunque yo los lleve en el aire,
ella desesperada gime y revolotea loca de alegría, impaciente ante la
parsimonia de mi lento proceso de calzarlos. La gente que vive cerca sabe que
vamos de paseo, sus pasos atolondrados sobre sus patas traseras y sus
aspavientos, son señal segura de que ese día vamos a caminar y el guarda
sonriente y cariñoso sube la aguja del barrio celebrando el paso de mi perrita
bailadora.
Ahora yo
regreso como tantas veces a la semana en que la dejo sola. El sonido del portón
me delata. Además el motor del carro tan conocido por sus sensibles oídos le
confirma que ya he regresado. La espera a veces tan larga termina. Sus besos me
cubren por completo, mis risas se confunden entre sus lamidos y sus abrazos. El
gozo del encuentro es tan grande entre nosotras que no podría afirmar cual es
mas feliz , cual mas dichosa.
La tarde ha
terminado, llega ese momento tan ansiado en que ambas deseamos regalar nuestros
cuerpos a la cama que nos espera en la penumbra. Yo doy mil vueltas por la
casa, puertas, luces y demás asuntos se revisan sin falta. Ella ha
desaparecido. Descubro su figura ovillada sobre mi almohada. Me espera sin
prisa. Despacio mi cuerpo finalmente se relaja y siento el alivio de mis músculos
cansados. Apago la luz, tomo esa posición que tanto me gusta, de medio lado,
mirando hacia la ventana. Ligeras y seguras, siento sobre mi cuerpo sus patitas
caminar, encontrar mi almohada y sobre ella recostar su cabeza, su espalda
sobre la mía, segura, protegida.
Suspiramos
al unísono. La vida es maravillosa.
Lia Ferreto.
Junio-2018.