Había
pasado mas de medio
siglo, ya casi eran sesenta años desde que aquella historia se
iniciara. Según se había dicho aún no terminaba pues igual que
sucede en toda historia que se da por concluída, el tiempo se
divertía llevándola de su mano por encima de toda posibilidad hasta
los tiempos presentes.
Eran
dos adolescentes. Cerca mas de la niñez que de ser adultos, en una
fiesta rodeados de chaperonas se conocieron una tarde de esas donde
el baile era un pretexto para poder abrazar a una persona y saber si
podías entablar al menos una conversación. De gran torpeza ella,
que era tan joven e ingenua y a la cual cuidaban como era la
costumbre de ese tiempo. Él, jugando a ser mayor, apenas lograba
superarla en unos pocos años e igual que en los cuentos antiguos,
se enamoró perdidamente de aquella figura frágil y sonriente.
Sacaron coraje de donde no sabían y burlando todas las normas
establecidas lograron verse a escondidas varias veces a la semana en
el parque que estaba en el centro del lugar donde vivían. Todo eran
risas y alegría compartida. Contaban sus quehaceres de estudiantes
sin saber que aquellos serían sus únicos recuerdos compartidos. Ya
la vida tenía cómo me contaron otros planes para ellos. La gran
tragedia de su adolescencia estaba ahí a la puerta esperando la
señal para instalarse entre ellos dos y llevarlos por caminos de
confusión y de dolor, que de eso se trata la vida, pues nunca ha
sido ni será de color rosa.
La
vida de ella se volvió algo parecido al destierro. Tomó la senda
equivocada a su expectativas de amor y plenitud, conoció de cerca
el miedo y la desolación, llena de hijos y de nietos, logró desatar
los nudos que la oprimían y recobrar una celebrada autonomía y
libertad a pesar de las dificultades que la acompañaron por el resto
de su vida. Él en cambio dio tumbos llorando su gran pérdida, se
dio por vencido varios años, logrando después encontrar refugio
entre libros y trabajo, formando su propia familia y lo mas cercano a
la buena vida. Y ésta, la que siempre ríe, pues sabe bien que nada
es para siempre, un día los puso frente a frente.
Superaban
ambos los setenta años. Se miraron y apenas se reconocieron bajo la
forma de dos personas agobiadas por sus dolores y quebrantos físicos.
No sabían nada uno del otro, a pesar de que nunca se olvidaron, así
que maravillados y sorprendidos de verse y encontrarse en
situaciones parecidas, retomaron sin pensarlo el hilo de sucesos que
habían vivido desde aquellos memorables días.
El
tiempo nunca era suficiente, era tanto lo que deseaban contarse y
compartir. Hablaban por horas sin cansarse pues una cosa llevaba a la
otra, eran dos seres felices y dichosos que se contaban sus cosas
como si solamente ayer se hubieran dejado de ver. Pero sucedía que
algo de pronto ennegrecía todo el ambiente, discusiones, reclamos
y unos celos mal dirigidos, un deseo de posesión que desubicaba la
realidad que ahora vivían, formaba cataclismos entre ellos, donde el
dolor y el desconsuelo se hacía monarca establecido en aquella
relación.
Olvidaban
entonces esas tardes lluviosas donde en la penumbra, abrazados y
cubriéndose de besos, gozaban y reían de sus edades, de sus cuerpos
tan limitados y de la juventud que se imponía pues eran seres sin
edad ni tiempo , solo dos almas agradecidas y enamoradas que la vida
había vuelto a unir, sin saber a ciencia cierta hacia donde se
dirigían.
Me contaban que ellos habían
sabido superar el tiempo y la distancia. La edad y sus miles de
traumas. Yo los miraba y pensaba, dichosos los que saben que el alma
es eterna, que la mente piensa y manda, pero es la esencia divina en
ellos la que al final, sea que permanezcan o no juntos, habrá
logrado hacer prevalecer el Amor. O lo más cercano a la idea que del
Amor tenemos.
Lia
Ferreto. Mayo 2017.