domingo, 28 de septiembre de 2014

“Pespuntes, el hombre orquesta





Corría el año de 1965 y en calle 8, entre avenidas central y segunda en un lugar conocido como La Cañada en San José, propiamente 50 varas al norte de la esquina donde se encontraba la extinta sucursal del Banco Anglo Costarricense, se apostaba un invidente con una carreta llena de instrumentos musicales.

Dicho personaje era conocido como “Pespuntes”, era el hombre orquesta porque se trataba de un músico total; de su carreta que era jalada por otra persona, extraía una guitarra, una dulzaina, unas maracas, unos bombos, una trompeta y una pequeña batería.

Una vez instalado con la carreta hacia arriba y colocada sobre la acera, ya con todos sus instrumentos debidamente probados y afinados, empezaba el concierto de aquél gran músico, que se aprestaba a deleitar con sus sones y ritmos melódicos a los transeúntes. Su público admirado se quedaba perplejo de ver la destreza y la pasión con que, para el disfrute de todos hacía sonar y vibrar sus instrumentos.

Pespuntes así conocido por los citadinos y los visitantes de comunidades como Heredia, Alajuela, Cartago u otras provincias que llegaban al mercado Central a realizar sus compras, se quedaban con la boca abierta y sus oídos prestos a escuchar lo armonioso que eran los compases de un pasodoble, un fandango, un bolero, un tango, una cumbia, una guaracha, un guaguancó, etc.

Realmente se trataba de una persona que hacía gala de sus dotes artísticos y de su creatividad tan singular, porque, la trompeta al igual que la dulzaina las fijaba a la guitarra muy cerca de su boca; las maracas con unos hules se las amarraba a las manos, los bombos y la batería estaban en el suelo y sobre esos instrumentos había unos bolillos que movía con sus pies.

Pespuntes además de ingenioso era todo un show man. Cada uno de los instrumentos citados eran tocados al unísono y de acuerdo al compás que le correspondiera a cada cual; a pesar de su discapacidad nunca se quedó en su casa para vivir de la indigencia.

Él con su ingenio y talento creó su propio trabajo, con sus interpretaciones se ganó el sustento diario y la admiración de todos, la música le permitió ser independiente y auténtico, quienes le escuchaban le pagaban con monedas sus magistrales toques musicales.

Como músico fue uno de los tantos y genuinos personajes de nuestra capital, siempre se atavió de la mejor forma y conforme a sus posibilidades económicas, su esposa permanecía a su lado porque era ella quien recogía los dineros que sus clientes pagaban. Que en paz descanse el ilustre personaje que con su alegría y música llenó de paz nuestras calles.

Ricardo Jiménez García

Muñeca




Ricardo Jiménez García
Ya en el ocaso de los años 70s e inicios de los 80s San José presentaba otra cara; por decisión de don José Figueres Ferrer, Presidente de 1970-1974, se eliminaron los carretones que halados por caballos servían para transportar todo tipo de mercancías, así como las carretas que tiradas por bueyes con sus cargas (tapas de dulce, verduras, granos, etc.) se ubicaban en los alrededores del Mercado Central.

Asimismo, en la administración de don Daniel Oduber Quirós Presidente de 1974-1978 se inició la construcción de la Plaza de la Cultura, espacio que permitió refrescar nuestra ciudad capital.

En ese entonces se encontraba en pleno apogeo la Soda Palace propiedad del español Marcelino García. En dicho negocio estuvieron comiendo y bebiendo entre otros políticos: Fidel Castro, Carlos Andrés Pérez, Hugo Espadafora, Daniel Ortega, Omar Torrijos, etc., todos ellos pudieron compartir con una viejita extraordinaria que se encontraba a las puertas del negocio.

En el enorme portón de la Soda que nunca cerraba, se encontraba una persona de pequeña estatura, con enormes surcos en su rostro que marcaban la edad avanzada que tenía, siempre andaba con un delantal bien limpio, zapatos muy suaves porque tenía un problema en un pie y por eso andaba apoyada en una muleta.

La viejita era conocida como “Muñeca” y tenía el pelo blanco, de su mano derecha siempre colgaba una canasta llena de unas pequeñas flores multicolores (lilas, amarillas, blancas,…), que ella ofrecía en pequeños ramitos como pensamientos.

Caballero llévele un ramito a su novia, a su esposa, a su amiga,-pensamientos, lleve pensamientos-, nuestro pequeño personaje, era una mujer sumamente trabajadora, vivía en Concepción Arriba de Desamparados y todas las mañanas salía bien temprano para atender su negocio, porque con la venta de las flores mantenía a su familia.

Esa endeble, tierna y maternal mujer, siempre estaba con su canasta sin importar el inclemente sol o la intensa lluvia que estuviera cayendo, era frecuente verla a altas horas de la noche ofreciendo su mercancía.

Al final de los 80s unos vándalos le prendieron fuego a sus ropas y “Muñeca” sufrió enormes quemaduras en su ya cansado y frágil cuerpo, ese fue el principio del fin de un personaje que durante muchas décadas fue un símbolo de nuestra capital.

Quienes cometieron tan salvaje agresión a esa indefensa mujer, se tendrán que presentar a la Puerta Grande a darle cuentas a Dios por su acto.

Ricardo Jiménez García

CUBITA, personaje del Cantón de La Unión

 Rafael Enrique Álvarez Fernández

Cubita, es un hombre delgado, muy sencillo, de pequeña estatura aproximadamente 1.60 m, de piel morera quemada por el sol, ojos negros pequeños, bigote ralo y mal cuidado.
De pies descalzos y sucios, solo en muy pocas ocasiones se le observaba calzar los denominados “caites”, con sombrero el cual no se quitaba nunca, de color oscuro, muy roto y sucio. Utilizaba pantalones muy anchos amarrados a su cintura con una tira de tela, lo que le hacía grandes arrugas, los mismos estaban rotos en sus rodillas y nalgas, pero los cubría con remiendos mal hechos, camisa de manga larga percudida y un poco sucia por estar mal lavada y un chaquetón (saco) más grande que su talla, de color oscuro, que parecía brilloso por su uso diario bajo el sol y el agua, el cual se quitaba muy pocas veces, sin importarle el clima.
Se distinguía por hablar muy poco, sólo pedía agua o café en algunas casas donde tenía confianza. Los chiquillos y algunos jóvenes lo molestaban, pero lo que llamaba la atención, era que nunca se enojaba con ellos, ni contestaba ninguna ofensa, a pesar de que estas personas nunca recapacitaban en su retardo mental, el cual lo limitaba en algunas acciones, pero él perfectamente les entendía sus pesadas bromas.
Diariamente viajaba a pie con sol o lluvia, un trayecto de aproximadamente 9 km ida y regreso, que iniciaba de Tres Ríos a San Ramón, pasando por Concepción. Siempre con una lechera al hombro, la cual llevaba vacía y la regresaba a su casa con leche que recogía en la lechera del señor Hernán Mezerville, ubicada en San Ramón. Dentro de esta ruta, todos los días, como a las nueve de la mañana pasaba a la casa de la familia Alcázar en Concepción, donde le daban un gallo y café, se sentaba a la sombra de un árbol de limón ácido a comérselo y a descansar para seguir su trayecto. A su regreso como a las 3 de la tarde, mi mamá María Luisa Fernández, se encargaba de brindarle otro café y otro gallo, para que siguiera a su casa. Es por ello que Cubita fue un personaje tan familiar para mí.
Destaco en mis recuerdos, que no le gustaba entrar a las casas, pero que vivía con una hermana que se llamó Margarita Arrones, sin embargo todos conocíamos a este personaje solamente con el nombre de: “Cubita”.







lunes, 15 de septiembre de 2014

Cleo.



Lia Ferreto
Debo hacer una tarea para la clase de Periodismo, pensaba hoy en la tarde cuando un torrencial aguacero caía derrochando en medio de mis jardines, su fuente de vida, dándole a mis plantas tan delicioso baño y saciando la sed de mas de una semana de mañanas bochornosas. Feliz en medio de almohadones y de mis lecturas del momento, cabeceaba yo pensando en cual de todos los posibles temas sugeridos me inspiraban suficientemente, para que yo me levantara y al fin decidiera hacerle frente a esa página en blanco con la cual no quería aún encontrarme.
Ahí estaba mi lorita, CLEO, que pensaba yo merecía un buen capítulo, las plantas de mi jardín, mis guarias o las rosas, también las suculentas, últimas en la lista de mis amores de jardinera. O la recién terminada temporada lírica, con el Nabucco que tanto disfruté, además de la gira al Caribe, donde fuimos Orquesta y Coro.
Sentía yo el gozo infantil de no tener que salir ésta tarde, de que con tanta lluvia podía hacer cosas o no hacer nada, un lujo que posiblemente solo mi Yo Interno conoce, será por eso que tanto lo anhelo y lo aprecio.
Cleo llegó a mi casa, metida en una pequeña caja de cartón, la traía mi hija y yerno desde Guanacaste, donde una persona amiga la había conseguido para mi. Venía desnuda. Su plumaje era gris y suave, muy suave. Faltaban aún unas semanas para que sus hermosas plumas verdes comenzaran a salir. Mis hijas y yo comenzamos a buscar cual nombre le asignaríamos, así llegamos a decirle Cleo, que fue el diminutivo de Cleopatra y de Cleotilde, causando con el tiempo una confusión muy divertida en ella, que realmente llegó a tener variaciones sobre el mismo tema, lo cual celebraba con grandes risas y alborotos...Ella sola se bautizó Lorilde, una fusión de lorita y Cleotilde, por lo que respondía a todos esos nombres y con todos se identificaba. Ayy ,Lorita, Lorilde, Cocolita de mami, le decía yo, pues también "coccolare" en italiano, significa " chinear, chineada. Ella me decía" Mami"; claro, así me decían mis hijas. Oía cuando yo llegaba a la casa, abriendo el portón y comenzaba a gritar..ya vine ¡¡¡ ya vine ¡¡¡¡
Cleo llegó a ser muy popular, no había una sola persona que llegara a mi casa, que no saliera enamorado de ella. Sabía decir muchas frases, no solo decirlas, sino que sabía darles un uso preciso según su significado... que yico ¡¡¡ pues tenía hambre, o preguntaba " quere yico ???? Cuando algo era muy sabroso decía, mmmmm, yico ¡¡¡¡¡ Tosía con fuertes espasmos, imitando a una persona a punto de morir de tos diciendo; tiene tos, Cleo ???? oohh..oohh.oohh.... ayyy, que loca Cleo ¡¡¡¡¡ Llegó a expresar; mmm ???? cuando me veía por ahí y no le conversaba, mmmm ???? Y claro cantaba. Cantaba porque me oía a mi ensayar partes del coro, entonces sacaba su mejor registro de soprano y hacía unas escalas impresionantes de divertidas. Podíamos ponerle algún CD donde se cantara ópera, e inmediatamente ella imitaba igual. Era feliz cuando yo le dedicaba el tiempo eterno a jugar con ella. Jugábamos al columpio. Ella se aferraba a una parte de su jaula con una pata, con la otra a mi mano y se movía arriba abajo feliz, haciendo un gran aspaviento mientras yo le cantaba: Rin Ran, los maderos de San Juan, piden queso piden pan....
Su jaula era muy grande y estaba ubicada en medio del cuarto de pilas. Ese espacio está integrado a la casa, por lo que ella realmente vivía en el centro de la casa, al lado de la cocina y también del comedor. La jaula estaba abierta, por lo que su mayor alegría era salir y caminar por la cocina y pararse en los bancos que están ahi, en esos tubos de madera que unen las patas. Pero su paseo no terminaba ahi, su obsesión era morder los filos de las paredes y de cuanta cosa estuviera a su alcance. Mi casa aún conserva las señales de su paso por espacios que no estaban permitidos para ella, pero que igual violentaba y mordía en señal de protesta y de franca venganza cuando quedaba mucho rato sola en la casa. Señas de su paso encontraba sobre mi cama o en el cuarto donde yo cosía. De repente, sin lograr yo saber porqué, levantaba vuelo sonando como un helicóptero, pues ya con sus alas abiertas era realmente grande, causando grandes gritos entre las personas que estuviéramos en casa, iba pegando contra vidrios y paredes, para acabar sobre algún mueble, desde donde despacio, con su caminar de lora, regresaba solita hasta su jaula.
Su plumaje era de un bellísimo color esmeralda. Tenía sobre su cabecita un penacho pequeño y amarillo. Su cabecita era tan pequeña, cuando yo la sujetaba entre mis manos, sosteniendo su pico para no ser mordida, mientras la llenaba de besos y ella cerraba sus ojitos, con un gran deleite. Hacerle " piojillo" era un privilegio, no se si para ella o para mi, entonces movía las alitas en un temblor, sacudida por la delicia que sentía. De noche la cubría una manta roja que ella amaba, era la señal de que la hora de dormir había llegado. Entonces comenzaba a tararear esa melodía con la que yo también arrullé a mis hijas... aaaahhhh, ahhhhhh, aaaahhhhh, áh ¡¡¡¡¡¡
Cleo llegó a sufrir mucho cuando mis salidas se comenzaron a hacer mas frecuentes y ya mis hijas no vivían conmigo. Si yo pasaba el día fuera de casa al llegar en la noche, la encontraba con su jaulita limpia, no ensuciaba con sus cacas pues no comía. Yo me sentía muy mal con ésto, no había comido en todo el día. Apenas le ponía su manta roja sobre la jaula, bajaba y comenzaba a comer, tenía mucha hambre. Si tuve que viajar al extranjero, entonces una buena amiga cuidaba de ella, pero había que trasladarla de mi casa a la suya, dentro de su jaula, haciendo ésto complicado, además ella se deprimía al irse y al volver de nuevo. Tras muchos de estos eventos, decidí darla a una persona que ya la amaba. El dolor de entregar a Cleo, se disolvió en medio de muchas tristezas que yo estaba viviendo en ese tiempo. El silencio fue radical en mi casa. Ya nadie decía " ya vine " cuando yo regresaba. Pero el tiempo, silencioso compañero, me fue dando la razón; Cleo era muy feliz con su nueva dueña, la cual tenía todas las horas de su día para llevarla sobre su hombro.




Perro, 900 años como mascota


Rafael Alvarez Fernández.


El perro doméstico es un mamífero carnívoro de la familia de los cánidos, suyo antepasado es el lobo gris, y al menos hace 900 años ha estado conviviendo en forma cercana con el hombre. Estudios científicos hechos revelan que gracias al proceso de domesticación, el organismo del perro se ha adaptado a cierta clase de alimentos. Tienen un oído y un olfato muy desarrollado siendo este último su principal órgano sensorial.
Existen aproximadamente 800 razas, lo que representa gran variedad de fisonomías y temperamentos en estos animales, más que en cualquier otro. Es así como dependiendo de su raza varía el tamaño, la forma, el tipo de pelo, la forma de comportarse, etc. Las razas pequeñas pueden alcanzar una edad de hasta 20 años, con una buena atención del dueño, de otra forma su vida en promedio es de aproximadamente 15 años.
Respecto a su relación con el ser humano, existen perros de compañía ( nuestras mascotas), de guardia, de trabajo ( como los pastores y boyeros), de caza, de carreras, guías, entre otros. Por sus características, los hemos bautizado como “los mejores amigos del hombre”, pues son animales: fieles, que se preocupan por su dueños, inteligentes ya que aprenden, se adaptan y resuelven diferentes problemas con facilidad. Por ejemplo, los perros guía que son utilizados por personas no videntes, deben aprender gran cantidad de órdenes, para que puedan reconocer riesgos y peligros que pueda comprometer la salud de su dueño.
Un perro bien socializado aprende a estar tranquilo y receptivo al momento de hacer frente a extraños, a niños, a otras mascotas o a situaciones no previstas. Cabe destacar también que muchas de las malas costumbres que estos animalitos puedan presentar, se deben a un entrenamiento o educación deficiente por parte de sus dueños o encargados.
El perro más cercano a mi persona, recibe el nombre de “Cirius Antonio”, es un perrito de raza fisher cruzado con chiguagua, y sus dueños son mis nietos, quienes lo cuidan y lo miman diariamente.
Cirius, es un perrito pequeño, de unos veinte centímetros de altura por cuarenta centímetros de largo, no tiene rabo de nacimiento, su color es negro profundo, con una mancha pequeña de color blanco en el pecho y posee un pelaje brillante muy corto y suave, sus orejas son puntiagudas y siempre se encuentra alerta para reaccionar de inmediato, ante cualquier sonido o situación. Es juguetón y alegre, aunque a veces es un poco temperamental, típico de su raza. Sus ladridos siempre nos indican que algo pasa, sea que una persona extraña se acerca a la casa o que lo visita algún gato callejero.
A pesar de que su nombre oficial es Cirius Antonio, al ser negrito y llevar un collar rojo, también ha recibido el nombre de “ Manudito”, alusivo a la Liga Deportiva Alajuelense, equipo de fútbol de nuestro país que tiene en su uniforme estos colores y del cual mis nietos, mi familia y yo, somos seguidores.
Esta mascota es muy querida por todos y forma parte de nuestra familia.

Pichú


Ricardo Jiménez García

El decenio de los años 70s, se caracterizó por algunos cambios en el transporte remunerado de personas en la modalidad de bus.  Con el fin de controlar, modernizar y mejorar la flota de los buses, el Estado creó Transportes Metropolitanos, S. A. (Transmesa), la cual sería la encargada de importar los autobuses que bajo la figura del subsidio le serían entregados a los empresarios privados.

Por esa razón y ante el Banco Central de Costa Rica, la Refinadora Costarricense de Petróleo, S. A. (Recope) dio el aval por 500,0 millones de colones, para que se le compraran a España los buses marca Pegaso y a Rumanía los famosos gusanos o acordeones de la marca Icarus.

Para ésa época en San Juan de Tibás vivía un personaje conocido como “Pichú”, se trataba de un hombre robusto de unos veinticinco años de edad, de piel achocolatada, calvo, ojos café, cejas tupidas, lampiño y con sus pies descalzos llenos de callos.

Nuestro personaje se creía un carro de alto cilindraje y por eso pensaba que era un autobús, él hacía el recorrido de la ruta Tibás-San José y viceversa, en sus manos tenía una especie de volante, en el cinto un palo con el cual semejaba las marchas, además contaba con un espejo retrovisor, el cual era utilizado principalmente cuando iba en retroceso o bien cuando iba a virar en una esquina.

Si alguien le solicitaba la licencia de conducir, él sacaba una tarjeta y la mostraba como si tuviera todos los documentos en regla, no era ningún advenedizo, se trataba de un conductor responsable que velaba por la seguridad de los usuarios a los que según él les estaba brindando un servicio. 

El bus era tan moderno que hasta freno de motor tenía, cuando llegaba a la última parada en San José era usual escucharlo emitir el característico sonido de los frenos de aire-pufffffffffff, chissssssss-.  Cuando iba a salir para Tibás hacía el cambio de marchas y aceleraba fuertemente,- ruuuun, ruuuun, ruuuun-  

“Pichú” al igual que otros personajes urbanos de nuestra capital, era totalmente inofensivo, jamás le hizo daño a nadie, su única obsesión y deseo era la de llevar pasajeros a los destinos de la ruta donde “tenía permiso para prestar el servicio de autobús”.

Lástima que hoy nuestras calles carezcan de personajes como los de mi pequeña historia, hoy la gente que deambula por las calles es producto o consecuencia de las drogas, los personajes auténticos como “Pichú” ya descansan en el cielo a donde llegaron para compartir sus experiencias y colaborar en las duras y delicadas tareas que tiene San Pedro. 


Ricardo Jiménez García

Un perrito negro con patas cortas

 
Virginia Murillo Montero. 
Piam. UCR.
Bueno…. En realidad mi mascota es de dos personas: mi esposo y yo. La tenemos con nosotros desde hace ocho años, se llama Boby y llegó a nuestras vidas por esos azares del destino. Pertenecía a una de mis nietas, sus papás se divorciaron y la nuera no accedió a tenerlo más, por vivir en una segunda planta.
Mi querido perro llegó a regañadientes porque mi esposo, Ronald, y yo no compartimos el hecho de hacernos cargo de un animal si no se tienen las condiciones necesarias de atenderlo bien: disposición, tiempo, espacio, presupuesto para alimentación, su aseo y salud, etc.
Boby es un perrito negro, pequeño, de patas cortas y pelo un tanto corto de color muy negro.
Se le ve cara de bravo y efectivamente lo es. Sus orejas son cortas y puntiagudas, su hocico es alargado, sus ojos son negros y redondos y el rabo se lo recortaron cuando estaba pequeño; con el paso del tiempo se ha puesto un poco gordito porque nosotros lo alimentamos bien: le damos vitaminas, frutas y alimento especial.
Boby se adaptó muy rápido a nosotros y poco a poco fuimos conociendo sobre sus necesidades primarias, su forma de comer, de marcar el territorio y de que se le hiciera cariño.
En principio yo lo atendía más, pero luego por algunas limitaciones de mis rodillas, mi hija y mi esposo me ayudaban. Así se fue encariñando con el núcleo familiar. Sin embargo ocurrió un hecho curioso, cuando vivíamos en una casa en San Antonio de Desamparados, los dos perros el de nuestra nieta mayor: Copito y Boby ocupaban el mismo espacio, un poco cercano uno del otro. Al detectar Boby -que ella le dedicaba cuidados a su perro- le ladraba a Sofía, mi nieta.
Posteriormente en la otra casa que estrenamos en San Lorenzo, los perros se apartaron y mi mascota le gruñe mucho a Sofía y ella se enoja, pero no lo maltrata. Eso sí le cogió miedo y no le hace cariño. Creo entonces que el perro como amigo del hombre ocupa mucho afecto y si no se le da, por medio de su ladrido lo solicita y así quiere jugar, correr, que lo acariciemos y lo atendamos bien.
Él acostumbra ladrar cuando llueve muy fuerte, cuando truena, oye sirenas o golpes, a los gatos en los techos, a las personas desconocidas para él que llegan a la casa y en fin cuando escucha ruidos muy fuertes; de la misma manera al acercamos a él, se para sobre sus patas traseras, mueve la cola; así le hablamos y le mostramos nuestro aprecio. Eso suele ocurrir por las mañanas, cuando regresamos de alguna salida o cuando tiene hambre. Yo me encargo de comprarle el alimento, sus tratamientos y darle de comer, sin embargo mi esposo y yo nos turnamos en ese trabajo.
Algunas veces se ha enfermado y lo llevamos al veterinario, lo que no me agrada de esa parte es darle los medicamentos, porque con su fino olfato descubre adónde le ponemos la pastillita, la cápsula o bien arduo trabajo es darle gotas, o bañarlo. etc. En semejantes labores acudo a mi hija quien fácilmente hace afinidad con estos animales, ella atiende a otros dos junto con su hija y ocasionalmente a Boby.
A las mascotas se les quiere mucho; duerme cerca de mi cuarto y muchas veces escucho su ronquido y una vez que se puso muy enfermo me entristecí mucho y lloré. Creí que iba a morir y me refugié en los brazos de mi nieta mayor quien me consoló, a la vez, con todo su cariño y bello modo de ser me convenció de que: ¡nuestro Boby aún no nos faltaría!