martes, 28 de junio de 2016

El atardecer



-¿Que es un atardecer abuelita? Preguntó una de mis nietas que ese día estaba en casa.
-Es algo muy hermoso, Negrita. Es cuando el cielo se llena de celajes.
-¿Y, que son los celajes? Insistió, la niña.
- Pensemos en que el cielo se pone calzones de vuelos y cada vuelo es de un color diferente.
-¿Cómo así?
Pues bien, el cielo comienza a teñirse de púrpura, de azul, de rojo, al mezclarse aparece un color anaranjado, más allá vemos el azul del cielo, pero casi al lado encontramos diferentes tonos de amarillo, desde el amarillo claro, al que llamamos amarillo pollito hasta colores cobrizos, de tonos bastante oscuros. Pero esos colores no son permanentes, van variando conforme avanza el reloj y se va haciendo más tarde, al final cuando ya oscurece ese espectáculo multicolor se convierte en un azul oscuro y poco a poco van apareciendo luces en el firmamento, que son las estrellas.
Recuerdo una vez, que Abu y yo estábamos en Guanacaste sentados uno al lado del otro viendo el atardecer. Planeábamos conversar de diferentes temas, sin embargo en cuanto el sol se acostó en el mar y comenzó a cambiar el color del cielo, enmudecimos e iniciamos el disfrute del espectáculo que nos regaló la naturaleza, nuestras manos estaban fuertemente apretadas y nuestros corazones palpitaban al unísono. Nos daba miedo respirar muy duro, no fuera que el cielo se enojara por la interrupción y suspendiera ese hermoso atardecer. El cielo cambió de celeste a amarillo y luego a rojo, lentamente íbamos observando cómo se metían más colores en el cielo; unos rayos de luz se abrían y marcaban una zona específica, parecía que de un pronto a otro iba a aparecer el Padre Celestial para hablarnos, pero de pronto, sopló el viento y se vio en el cielo como que una niña corría una cortina que apagaba todos los colores y nos dejaba a oscuras. Honestamente, he visto muchos atardeceres, pero ninguno ha sido tan impresionante como el que te acabo de describir.
-Volví a ver a mi nieta, que milagrosamente se había quedado en silencio, y en sus enormes ojos me pareció, que además del gesto de sorpresa había escondida una lágrima.


Olga Emilia Brenes

El gran regalo


Eran las 11 de la mañana del 26 de marzo de 1968, acabábamos de salir de misa mi madre y yo e íbamos a comprar helados para el almuerzo, porque era domingo, cuando intempestivamente sentí algo mojado en mi bajo vientre, la mojazón seguía y seguía, Francisco, mi primogénito, comenzaba a nacer.

Mi madre conocedora en esas lides, me dijo: no te preocupés, se reventó la fuente. Nos fuimos a la casa y desde allí mi marido llamo al doctor Broutin, quién le dijo que nos fuéramos a la Clínica Santa Rita y que lo esperáramos ahí.

Las enfermeras de ese lugar, sumamente hábiles, me examinaron, me dieron una habitación, me prepararon y alguna se quedó conmigo midiendo el tiempo transcurrido entre cada contracción, cuando llegó el doctor me puso una inyección, dejé de sentir dolor y finalmente Francisco llegó a este mundo.

No puedo explicar la sensación de tener un hijo, tenerlo por primera vez en mis brazos, es increíble, uno lo ve perfecto, y por que no decirlo, la sensación de orgullo de haber podido lograr esa maravilla.

El tiempo pasó demasiado rápido, hubo que regresar a la casa. Uno se acostumbra a pensar que una personita ocupa un lugar muy importante. No se sale de noche porque se está pendiente de las horas de comida, de preparar la comida que ese nuevo habitante de la casa necesita y es diferente a la que come el resto de la familia. Todo es nuevo y maravilloso, yo creo que una mujer nunca es la misma después de tener un hijo.

Pero no sólo ese día fue importante para mi, casi dos años después, el 26 de octubre de 1969, aparece Mauricio en mi vida.
En ese momento, ya era una chica conocedora y dado que siempre trabajé en educación, consideramos que lo mejor era que el nuevo hijo o hija naciera al final de octubre, debido a que a los maestros, la Seguridad Social les da de asueto 3 meses antes y uno después del nacimiento, de esta manera debía regresar al trabajo en el mes de diciembre que dan inició las vacaciones de tres meses. Para tal evento nos preparamos. Sucedió de acuerdo a lo planeado, Mauricio nació un 26 de octubre,  el mes terminaba el 26 de noviembre. Ningún director quería una profesora que llegará a importunar al sustituto por cuatro días, así que pase esos días haciendo labores de oficina y de nuevo, vacaciones. Podía dedicarme a mi nuevo niño en su totalidad, desde luego dejando también tiempo para el mayor que aún no era suficiente grande.

Esos tres meses con mis niños fueron una época maravillosa, no tengo palabras para agradecer al Buen Dios haberme permitido esa alegría dos veces en mi vida.



Un día espectacular. 

A pesar de estar en las montañas y que el clima no se comporta igual que en otros sitios amaneció un hermoso día, claro y soleado. Eso si, era un día muy ventoso, el céfiro amenazaba y lo lograba muchas veces, quitar en sombrero o la gorra deportiva a las personas que esperaban evitar con su uso los rayos ultravioleta del sol, estaba en las montañas rocosas en Estados Unidos.
Sentada frente al gran lago, vi de pronto una enorme ave que se dirigía al agua, parecía un águila por su tamaño y su fuerza, a la distancia lo veía de color negro con pintas blancas. El pájaro, sin dejar de volar, sólo metió las garras y salió con un pez entre sus garras, pero... que sucede?, el ave está dando vuelta al pez de manera que una parte quede bajo su cuerpo y la otra esté en la misma dirección de su pico. Hecho esto, el ave se aleja volando sin soltar su presa.
Mis amigos me dicen que es un águila pescadora se llama en inglés osprey.
Pienso, desde mi punto de observación que el ave no quiere perder velocidad por un pez que le interrumpe el favor del viento, pero como sea, ¡estoy sumamente asombrada!
Este lugar no deja de sorprenderme.

Olga E Brenes

viernes, 24 de junio de 2016

No me arrepiento de nada


No, todo está bien todo lo que la vida me ofreció lo aproveche, hice lo que pude y de la manera que pude, entonces no hay  porque  sentir arrepentimiento, ni pesares, es solo seguir adelante conforme con uno mismo, diciéndose. Yo soy yo y siempre lo seré….
Pues no se lo crean es mentira, si mentira y de las gordas…. Claro que me arrepiento y de un montón de cosas, si pudiera volver atrás, no repetiría lo hecho, ni de broma vamos ni queriendo, lo que pasa es que el camino andado no se puede desandar y los pies se cansan si se trata de hacer, eso paso y allí se queda y si no nos gustó…pues a fastidiarse , y cuando uno está bien metido en el hueco, asoma la cabeza y mira en su entorno y dice, bueno me equivoque un poquito…pero por lo demás lo hice bien, (ni yo me lo creo) pero trato de convencerme y empiezo a recitar, como si fuera una rima todo lo que hice más o menos bien y me doy la enhorabuena, me siento bien y repito yo soy yo y siempre lo seré…..
Mentira otra vez los errores pesan más que los logros y es porque somos tan tontos que, que ni para engáñanos nos da la mente, ella es más lista y no la podemos mentir
Ella dice –tu pedazo de de  melón a que estás jugando, metiste la patita un montón de veces y por mucho que trates de arreglar no vas a conseguir nada.  No pongas en la balanza lo bueno y lo malo, porque lo que vas a conseguir es una soberana depresión. Mejor  vete despacito, siéntate cómodamente., coge un gato para que no te sientas sola, recuéstate en el sillón y ponte a leer, veras que las peripecias de los demás, se parecen a las tuyas o peores y si son mejores….cambia de libro y así pasa la tarde que afuera está lloviendo y fuerte.
Y ahora piensa tienes donde sentarte cómoda, , de hecho el gato está feliz, y un montón de libros por leer y encima no te mojas… ¿ Pero que más quieres?.
Pues no, no lo he hecho tan mal, solo regular, bueno pues no me arrepiento de lo que hice (bueno un poquito bastante), pero está bien, por lo demás sigue lloviendo. 

Antonia Morales Diez


jueves, 23 de junio de 2016

Crearon un monstruo


Javier era su nombre, en el tiempo que le conocí él apenas contaba con escasos 21 años de infeliz vida, era de piel blanca, cara alargada, ojos claros tras los que dejaba entrever un dolor inmenso, alto, delgado, cabello largo de color negro y muy lacio.
Ése muchacho era de mi edad y lo conocí en las celdas del Poder Judicial, él dentro de una celda y yo en mi condición de custodio caminaba de un lado a otro del pasillo.  Él aprovechó para decirme que cuando tenía escasos 16 años era novio de una joven que se llamaba Cecilia.
La describía como muy virginal, ingenua, sencilla, de belleza singular, baja estatura, pelo claro, boca chiquita, ojos vivaces, buen cuerpo y muy inteligente,  a quien respetaba y amaba mucho, sentía que aquella joven algún día pudo haber sido su esposa.
La madre de Javier se llamaba Mercedes y había procreado siete hijos, él era el mayor de todos, eran vecinos de Alajuelita y habían sido abandonados por su papá.  Tras la separación la situación se tornó muy difícil y precaria para ellos, al punto de que una mañana ni siquiera tenían para el desayuno, ante esa realidad se vino para San José a ver en qué se podía ganar algún dinero.
Ya en el centro de San José, contiguo a Deportes Méndez, que quedaba al costado norte del Sagrario de la Catedral Metropolitana, en la segunda planta había un bufete de abogados, por eso, subió las escaleras en búsqueda de algo qué hacer (barrer o limpiar los pisos, lavar los vidrios de las ventanas, etc.).
Apareció la salvación porque un abogado le pidió que para ayudarle le lavara el carro y a cambio él le pagaría dos colones (¢2,00), desde luego que aceptó; en aquél tiempo con ese dinero podía comprar el pan, el café, el azúcar, la jalea de guayaba, arroz, sal y hasta macarrones.  En su mente vio la sonrisa de sus hermanos y a su mamá llena de felicidad.
Dice- para ésa época yo tenía 18 años, ´bajamos de la oficina me enseño el enorme buick de color verde, me dijo donde podía recoger el agua, me dio los trapos, el jabón y una palangana-.
-Con esmero y satisfacción hice mi tarea, el carro como dos horas después estaba reluciente y bien lavadito, recogí las cosas que el abogado me había dado y subí a entregárselas, él, por la ventana observó el carro y me dijo que estaba muy bien, para cumplir con el trato le pedí que me pagara los dos colones y me dijo que volviera la otra semana para pagarme-.

-Eso me enojó muchísimo porque no podía llevarle comida a mis hermanos, una ira se apoderó de mí, me sentía engañado, traicionado, hice mi trabajo y no me lo pagaron, por eso, cuando bajaba las gradas vi que detrás de la puerta había un ladrillo lo tomé y lo lancé con toda mi fuerza al parabrisas del carro lo reventé y salí corriendo-. 
-Cerca de ahí la policía me agarró, me llevaron en patrulla y me encarcelaron, me tuvieron preso sin que me hicieran un juicio o cosa por el estilo, aquella acción en defensa de mis derechos fue la peor decisión que pude haber tomado-.
-En ése lugar me violaron, me ultrajaron, los policías descarados abusaron de mí, me desgarraron el ano; también compas de dormitorio me cogieron como sacándose el clavo por lo que ellos habían vivido; después supe que estaba en la Cárcel o Centro Correccional de Menores Domingo Soldati-.
-Mi madre ni siquiera sabía dónde estaba, ése era un sitio horroroso, falto de amor, carente de respeto hacia uno, los custodios eran unos despiadados y corrompidos hombres que como animales se lamían los labios al ver a un joven de nuevo ingreso, se frotaban la manos y hasta apostaban para ver quién se lo cogía primero, esa era la realidad de un lugar que de correccional no tenía nada-.
-Estuve en la escuela del crimen, ahí me convertí en un monstruo, aprendí a robar, consumir drogas, asaltar, abrir casas, hacer candados chinos, robar carteras, de todo, menos algo que me pudiera ser útil como joven que era, seis meses después que para mí era como un siglo, me escapé del infierno, los horrores quedarían atrás, pero….. Yo había perdido toda ilusión por la vida y no creía en nada ni en nadie-
Me fui para la casa y busqué a mi novia, la llevé al río y la violé, por eso, hoy a mis 21 años estoy descontando una pena de 10 años en la Penitenciaría Central.
Prosiguió- aquél maldito abogado y los tombos (policías) mataron mis ilusiones, mi ingenuidad, mis sueños, mis deseos de ser alguien en la vida y servirle a la sociedad.  Soñaba formar un hogar con aquella a la que amé tanto y al final terminé ultrajando como si fuera una cualquiera, hoy, dentro de mí vive un ser que no aguanta nada, la vida me golpeo y despojó de lo poco que tenía, ellos y nadie más son los culpables de lo que soy-
Relato contado por un joven que el sistema destrozó y convirtió en un ser malévolo, nunca volví a ver y menos a saber de aquél muchacho que la sociedad se encargó de matar en vida, éste testimonio honra la memoria de muchos inocentes. 

Ricardo Jiménez 

Mi bisabuelo




No tuve la dicha de conocer y compartir con mis abuelos, a mi nacimiento ya ambos habían partido a la casa del Señor.
A quien si conocí fue a mi bisabuelo materno, Napoleón era su nombre, fue un tipo bien parecido, alto, espigado, de buen porte; recuerdo sus trajes, su leontina, su bombín y bastón con empuñadura dorada que no le podían faltar.
Ya en el ocaso de su vida se enganchó y enamoró de una prostituta por quien suspiraba y hacía cualquier cosa para poder verla.  Napo (cariñosamente llamado) haciéndole honor a su nombre parecía que quería morir en batalla porque siempre tenía lista la bayoneta; por más esfuerzos que hacía la familia no dejaba de visitar aquella mujer que lo enloqueció.
Mi familia hacía ingentes esfuerzos para evitar que Napo fuera a visitar a su amante y gran “amor”.   Ella le robó no solo el corazón sino que la razón, por eso, ellos le escondían sus trajes y los zapatos; él sin ningún pudor, vergüenza ni nada por el estilo, mal vestido, chingo, en calzoncillos y sin zapatos, salía por sobre los techos para visitar a la mujer que le desveló sus sueños.
Ya en el lugar donde ella ejercía su profesión, pacientemente mi bisabuelo hacía fila esperando que su “amada” terminara con el último cliente y así él podría compartir la cama con la dama de sus sueños.

Qué habrá hecho aquella mujer para que mi bisabuelo no se pudiera resistir a sus “encantos”. ¿“Placer, lujuria, sexo desenfrenado”? me contaba Óscar, mi hermano mayor, que cuando murió Napoleón, su rostro tenía un destello de luz y una sonrisa de satisfacción, que dejaban entrever que su paso terrenal lo vivió a plenitud y que sus batallas fueron enfrentadas con hidalguía y tenacidad.

Ricardo Jiménez 

miércoles, 22 de junio de 2016

Desesperación.

Ricardo Jiménez 


Unos compañeros fueron a la cárcel de mujeres porque tenían que traer al cuarto de reconocimiento a Carmen fémina que estaba reclusa en el Buen Pastor.
Cómo en todo trabajo pero principalmente en éste por lo delicado de las funciones, había códigos y protocolos que tenían que respetarse, el procedimiento era muy claro, uno no podía conversar con los indiciados o condenados para evitar los riesgos y peligros inherentes a las funciones.
A esta mujer ya una vez en el sótano del edificio de los tribunales en San José, se le bajó de la perrera y fue trasladada hacia la celda correspondiente, previo al registro que para tales fines había que hacer en la bitácora de ingresos y egresos.
Una vez dentro de la celda se le quitaron las esposas o gemelas de sus manos y quedó bajo mi custodia, para ésa época yo era un joven con escasos veinte años, ella era mayor y más jugada, por eso quiso conversar conmigo cosa que yo no podía hacer por seguridad y por reglamento.
Yo me encontraba en una celda frente a la de ella, ahí empezó a mostrarme sus partes íntimas y a decirme palabras sexuales, obscenas, vulgares, me mostraba su vello púbico que era como una enorme cabellera de color negro ensortijado, se tomaba la vulva y se introducía sus dedos, me decía que necesitaba un hombre porque tenía muchos años de estar en la cárcel donde, tenía sexo solo con mujeres.
Temblaba de forma incontrolada, estaba excitada, húmeda, desesperada y el lenguaje sexual que utilizaba era fuerte; en tono vulgar me decía, métamela, hágame el favor, empújemela, lo necesito no me deje así cobarde.  Era tal su desesperación que se agarraba de las rejas y se restregaba contra los barrotes.  Ver aquella mujer ansiosa, desesperada y excitada fue un espectáculo doloroso y triste, hoy me pregunto qué habrá sido de ella. 

Ésta fue una de tantas anécdotas que me tocó vivir en el tiempo que trabajé para la sección de cárceles del Poder Judicial, donde tener contacto con los indiciados o condenados no se podía, porque podrían ser estrategias de los detenidos para tomarlo a uno como rehén.

Mal oliente.

Ricardo Jiménez 


En la Penitenciaría Central y me imagino que en otros centros penales del país para matar el ocio, los presidiarios jugaban el diez (¢0,10)  con caca, recuerdan aquellas pequeñas moneditas, sí con esas se entretenían en un juego que es el único lugar donde lo he visto.
El juego lo realizaban entre ocho y diez personas que formaban un circulo, cogían una de esas moneditas y las embarraban de caca, después de eso las colocaban al centro.
Las moscas atraídas por aquél olor a caca sobrevolaban y caían en picada sobre las monedas y a la primera moneda que se le parara una mosca, el dueño jalaba todas las moneditas y se ganaba los ochenta céntimos o el colón de los apostadores.
Así con todo y caca se metían las monedas dentro de la bolsa del pantalón, ya con la ganancia producida por el juego podían comprar café, pan, salchichón, confites, etc.,  un colón dentro de la cárcel era un harinón como decían ellos, otros decían que eso era un vergazo de plata.

Esta es parte de las anécdotas vividas en el tiempo que me tocó trabajar para la sección de cárceles del Poder Judicial.   

Olor a muerte y tristeza.

Ricardo Jiménez 


Era un lugar feo, horrible, el hielo de la muerte se sentía por todas partes, aquél frío se percibía en todo lugar, los rostros de esos hombres que habían perdido todo, en sus ojos dejaban entrever el dolor, el odio, el rencor, el …….
Aquél lugar estaba impregnado de maledicencia, por entre los barrotes, furtivamente dejaban ver miradas y sonrisas malévolas, el frío de la muerte se sentía y asomaba por cualquier resquicio, aquél era un lugar donde la vida no tenía ningún valor, ahí se estaba al borde de la navaja, la vida pendía de un hilo, todo era un sin sentido.
Que se lo cogieran formaba parte del quehacer diario, más cuando se trataba de un primerizo o joven que al entrar por aquellas altas y enormes puertas escuchaba el grito de: “Baaaarco a la vista”.
Ese grito alertaba a los más salvajes y despiadados, quienes como buitres se aprestaban a tomar su presa, una vez que esos muchachos eran ubicados en las celdas que les correspondía, venían los acosos y para ellos se iniciaba otro drama. Los depredadores sexuales ya fuera dentro de los dormitorios o de las letrinas, iban a saciar sus deseos.
Si no se dejaba por las buenas, las agresiones eran mayores debido a que contra su voluntad les aplicaban lo que se conocía como la “Ley del saco” por eso, era mejor acceder con uno solo, para que después ése se convirtiera en su protector, porque dentro del presidio era de los que tenían respeto y poder. 
La ley del saco consistía en que cuando la persona estaba defecando en la letrina, al estar sus nalgas llenas de excremento, unos sádicos, desde la cabeza le metían un saco de gangoche.
Ya con el saco la persona estaba a merced de aquellos violadores, uno, dos, tres,…..hombres saciando sus instintos perversos, eso era tétrico, desgarrador, salvaje, inhumano, el ano por aquella violación masiva quedaba sangrante y despedazado, eso era de todos los días.
Para ésa época los muertos dentro del presidio era el pan diario, los decapitaban, desmembraban y sus pedazos eran echados por las alcantarillas que estaban dentro de los patios, los corazones se los sacaban y echaban a los gatos, esa fue la realidad de lo que es hoy el Museo de los Niños.  En un pasado no muy lejano la peni fue la más grande escuela del crimen que hubo en el país.  Dentro de sus paredes se escribieron las más horrendas historias de terror, los hijos del diablo se apoderaron, llenaron y sembraron de dolor y llanto aquellos pasillos.

Ésta historia la viví cuando trabajé temporalmente en la sección de cárceles del Poder Judicial al final de los años 60s e inicios de los 70s. 

Hay luto en mi alma:

Ricardo Jiménez



Viernes 29 de abril, apenas son las 5 de la mañana, voy para el Hospital Calderón Guardia con mi hijo Arthur quien días atrás se había accidentado en una motocicleta y en ése nosocomio le iban a realizar una resonancia magnética.

A ésa hora, en otro lugar como a 152 kilómetros de distancia, divisan una enorme lengua de color rojo y amarillo…., el humo denso de color grisáceo se puede ver a kilómetros de distancia.
Aquella lengua que nos es perversa pero si viperina, empieza a destruir y a engullir entre su fuego abrazador todo lo que encuentra a su paso, los bomberos que están cerca de ahí, reciben una llamada de alerta y se disponen a enfrentar con entereza y estoicismo aquél devastador fuego que ya está declarado.
Al llegar a la escena encuentran algo dantesco, aquél edificio que había sido construido en 1922 por las mujeres y  los hombres negros que habían venido de Jamaica, estaba siendo implacablemente abatido por las llamas.
Parecía un roble a pesar de que las paredes de aquél edificio fueron construidas totalmente con maderas de pino y latas de zinc posiblemente traídas de Nueva Orleans, afuera de él y para subir a la segunda planta se había construido una escalera estilo victoriano.
Los apagaincendios, con sus cascos y capas de color amarillo bien puestas, se sentían impotentes porque, sus esfuerzos no rendían resultados y veían cómo aquél fuerte y aun vigoroso joven a sus 94 años se resistía a morir consumido por el voraz incendio.   Éste muchacho, que desde su nacimiento fue grande y que así lo reconoció el Ministerio de Cultura y Juventud al declararlo patrimonio histórico arquitectónico en el año 2000, seguía erguido dando pelea.  
Es importante recordar que ése inmueble había sido construido para que fuera utilizado como la sede de la Asociación Universal para el Mejoramiento del Negro (UNIA), la cual fue creada y liderada por el activista Marcus Garvey.
Los miembros de dicha asociación trabajaron para crear edificios que sirvieran para sus propósitos de justicia social y económica junto con su compañía de vapores “Black Star Line” y, fue más que una vieja casa de color verde en el centro de Limón, porque se constituyó en el edificio más importante y emblemático para los limonenses debido a que conservaba el recordatorio de la igualdad.
Finalmente como muchos otros de la costa del Caribe, fue convertido en un club social, que albergó en el primer piso un restaurante de comida caribeña y en su planta superior estaba el Liberty Hall (Salón Libertad) que era utilizado para celebrar las fiestas cívicas de Limón, reuniones comunales  y certámenes de “black beauty” donde fue coronada la primera reina de los Carnavales de Limón en 1949.
Su estructura estuvo asentada sobre pilotes, que protegían a los visitantes de las culebras y que además servían para evitar que en las inundaciones se pudriera la madera de la base. También permitía que se generara una bolsa de aire debajo del piso que se colaba por las fisuras de él.
Sus techos altos junto con sus enrejados de madera en la parte superior de las puertas eran de influencia angloantillana. Ése detalle constructivo mejoraba la circulación del aire y añadía seguridad a los cuartos, además,  como una estrategia pasiva de climatización utilizaba aleros que lo protegían de la lluvia y creaban una bolsa exterior de aire fresco que el viento impulsaba hacia la parte interna del edificio.
Lamentablemente y después de una evaluación por parte del Ministerio de Salud el edificio había sido clausurado un mes antes del siniestro porque no contaba con sistemas contra incendios, tampoco cumplía con la normativa de la Ley 7600 porque sus baterías de baños no contaba con accesos para todas las personas.
Después del siniestro se tiene conocimiento de que hacía dos meses representantes del Instituto Tecnológico de Costa Rica (TEC) ofrecieron diseñar los planos para realizar las correcciones al edificio, entre las que se encontraba un sistema contra incendios.
Hoy un incendio consumió toda la estructura del mítico y emblemático ícono de la cultura afrocaribeña.   Ya el edificio Black Star Line en Limón es sólo ruinas y latas retorcidas, aunque lo quieran reconstruir, ya no será igual porque siempre se le verán las heridas.

Para finalizar lo hago con dos fragmentos una del conjunto los Terrícolas “Hay luto en mi alma”, y la otra de los Ángeles Negros “Déjenme si estoy llorando” porque el país en general perdió a uno de sus insignes, longevos y más representativo edificio de la cultura afrocaribeña.

Los colores:

Ricardo Jiménez



Me levanto y le doy gracias a Dios por el don de la vida y de la salud.  Me apresto a darme un buen baño con abundante agua fría, después salgo, me secó el cuerpo, me visto, me pongo desodorante y embadurno la cara con colonia 8711.  Desayuno con un cafecito negro acompañado de pan blanco y torta de huevo de color amarillento que he preparado para mí y para mi esposa.

Al poner un pie fuera de mi casa los saludos amables de los vecinos y conocidos “morado ¿Cómo está?”, respondo, pura vida, otro me pregunta ¿Morado, cómo queda el Sapri?, le respondo vamos a ganar y así, entre saludo y consulta, voy feliz y sonriente, me digo, éste día lo enfrentaré con mucha energía, el recorrido que estoy iniciando me llevará a un paseo que usualmente hago pero que en cada ocasión miro cosas diferentes.

Después de pasar por diferentes comunidades en donde he podido observar las pocas nubes con colores grises y blancos y una bóveda despejada de color celeste así como una enorme cantidad de carros, rojos, azules, verdes, plateados, amarillos, grises, blancos, celestes, champán, etc., llego al lugar deseado y desabordo el bus que gracias a la pericia de un buen chofer me ha trasladado hasta ése sitio sin ningún problema.

A la hora prevista entro a mi destino y camino por sus aceras y senderos rodeados de altos árboles, de jardines y bella vegetación; levanto mi cara y veo entre las ramas de los árboles, aves, ardillas, gusanos, arañas y sus enormes tejidos, lagartijas, abejones….; en ése instante digo, gracias Padre Creador por tanta diversidad con sus múltiples tonos y colores.

Qué contrastes, cielo azul despejado con poca nubosidad, viento fuerte que hace que las ramas de los árboles se agiten y boten las hojas verdes o las secas de color café.   De ellos se desprenden flores de color rosado, blancas, lilas, moradas o las naranja que sobre el suelo dan la sensación de una enorme alfombra multicolor.  La brisa que corre, acaricia mi rostro con una sutileza como si se tratara de un guante de seda.

En mi soliloquio pienso en el otro lugar que me espera, es un sitio  lleno de exuberante flora detrás de la cual queda una quebrada donde el agua fluye y llora en un aparente clamor por la contaminación en que la han sumido humanos irresponsables que con sus actos quieren destruir el planeta.

Ya en el lugar, mis pupilas siguen llenándose de la grandeza de Dios, sobre la vegetación y debajo de ella observo aquellas culonas de color café, cabeza y ojos grandes, patas largas y enormes mandíbulas.  Trabajan fuertemente y sobre sus espaldas jalan de un lado a otro, enormes trozos de hojas verdes, mi respeto para las zompopas cortadoras que llevan los alimentos a sus trincheras, esos pequeños insectos de color café son un ejemplo para toda la humanidad.

En el mismo sitio es común observar a los come maíz con su pico corto y recto, con su corona y cara grises y una banda negra en el centro, su garganta es blanca y lleva un collar alrededor del cuello color canela, son de vientre y pecho pardo claro o blanquecino, ellos sin temor a las personas que les estamos mirando, mueven sus alas para saltar o volar de un sitio a otro en busca de alimento.   

Parece mentira, aunque son viudas no van de negro y tampoco se ven alicaídas; por el contrario, son alegres, vivaces, de un color gris con celeste, ojos negros, pico  pequeño grisáceo, patas de un tono entre negro y gris, ahí les veo revoloteando o paradas sobre un árbol o una cerca buscando qué comer.

Fue declarado como ave nacional, se distingue por su canto potente y melodioso sobre todo cuando se acerca la época lluviosa, su plumaje es de un color pardo amarillento, más claro en la garganta y el vientre, ojos de color pardo rojizo, pico amarillento y patas parduzcas, me encanta verlo cuando escarba el suelo en busca de lombrices, gusanos u otros insectos.

Dibujan en el aire una bella pintura natural, son de color blanco, amarillo, negro con pintas amarillas, amarillo con negro, café con pintas rojas, blanco con negro, otras con un tono menos intenso que el rojo pero vivo como el naranja. 

Qué lindas se ven con sus alas extendidas en una danza digna de nuestro majestuoso Teatro Nacional, al batir sus alas se desplazan de un sitio a otro con una cadencia y un ritmo que más de un integrante de las escuelas de danza moderna les envidian.

La flora y fauna variopinta contrasta con los grandes edificios y los puntos donde hay recipientes de color azul para el acopio de la basura, los cuales se encuentran separados por mallas plateadas donde los camiones de color celeste con sus siglas UCR en color blanco se acercan para recoger la basura que será trasladada hasta el relleno sanitario del huaso en Desamparados.


Gracias a Dios lo aquí descrito lo he podido observar durante los días lunes a través de las ventanas del aula 141 de la Escuela de Ciencias Económicas, que es donde, Giselle García nos da la libertad de escribir cosas, en el curso de escritura creativa conforme a nuestra visión de la vida.

martes, 21 de junio de 2016

No me arrepiento de nada


Subí la cuesta de los años vividos con grandes peñascos y pasos al lado del vacío. A veces con claridad y otras en penumbra, sin saber donde estaba poniendo mis pies para asegurarme de poder continuar mi marcha. Llegar a un claro remanso donde por fin puedo enderezarme y  mirar el paisaje recorrido, me llevó unas seis décadas. Siento que me encuentro en una explanada que me gusta observar y valorar pues parece llena de regalos y  sorpresas, gran alivio, mucho descanso y todas las horas del día para usarlas a un ritmo lento y sabroso.
Viviendo mis días jóvenes bajo la educación que en ese entonces podían dar unas monjas, llenas de traumas y represiones, ya que muchas de ellas tiraron sus severos vestidos en una hoguera, era de esperar que todas esas creencias morales y religiosas hicieran mas huella en mi o permanecieran mas tiempo en mi mente y mi conciencia. Pero de nuevo, la misma vida sin yo planearlo me fue llevando por intrincados senderos que fueron cambiando mis pensamientos y mis certezas. Se nos dijo que era pecado ésto y aquello por lo que cada lunes debíamos confesarlos. Cosas ciertas o inventadas, pues recuerdo que mas de una vez no sabía que decir ese día. Así aprendí a tener miedo y a sentir mucha culpa cuando mis acciones no calzaban en aquellas rigurosas enseñanzas.
El tiempo fue pasando y yo seguía cuesta arriba en ese ruta llamada vida, tan llena de momentos donde el llanto me enmudecía o el miedo al mañana me dejaba sin fuerzas ni esperanzas, pero también otros de gran gozo, retribución y de alegría. Todos fueron necesarios, todos sirvieron a algún propósito y unos y otros fueron cambiando mi ser interno, mi ánimo. Mi conciencia se expandió, pude entender los grandes misterios de mis cosas, sin respuestas a mis interrogantes, pero llenándome de serenidad y coraje.
Cuántas cosas encierra la vida, tanta gente que ha caminado partes de sus trechos a mi lado, cuántas cosas planeadas y tan pocas resueltas. Parejas, deseos de unión , de compañía que se han desvanecido como se esfuman los sueños, intentos y desilusiones, ganas de terminar con todo, de esfumarte, de morir, sensación de peso en el alma y en el cuerpo, un cansancio sin alivio.
Además el deterioro, ese de tu cuerpo que te hace decir; pero si yo antes podía, si en esa foto de hace tres años entonces caminaba, brincaba, subía y bailaba oh, cuánto bailaba. Pero que pasó? Que alguien me lo explique y con fuerza lleno de aire mis pulmones y lo suelto en un gran resoplido. Es la vida, son los años, es la factura de haber sobrevivido, me contesto en silencio.
Sigo de pié en ese remanso de mi sexta década. Admiro cada paso, cada ruta, cada trillo recorrido, cada caída y cada golpe recibido. Internamente los valoro, los acepto pues han sido míos. Cada vivencia me permite estar ahora acá, en mis  sesentas, cuestionarme y contestarme; valió la pena todo lo vivido.
Decido sentarme en ésta explanada, saborear el tiempo ido. Imaginar el futuro ahora no tiene sentido. Estar ahora aquí equivale a saber que he llegado y aún no me he ido. Éste remanso está  lleno de cosas por descubrir, plantas que cuidar, jardines que construir, poemas por escribir, lápices de mil colores para colorear, amigos con quienes compartir, un nuevo hombre a quién amar, ciudades por recorrer, risas y momentos de  paz y quietud.
Se que todo esto pasará, que vienen otras décadas, etapas de la vida en donde ya no subes, sino bajas. Voy caminando lento, apoyada en mi bastón. No, de nada me arrepiento, todo fue bien vivido.

Lia Ferreto.
Junio-2016.


domingo, 19 de junio de 2016

No pude contar


Mi condición de hermana mayor me ha obligado a atesorar diálogos, miradas, inspiraciones, secretos familiares, alegrías, sufrimientos y pesares, propios de una familia muy pequeña pero muy unida. Me ha ofrecido la valiosa oportunidad de enmarcar en mi corazón palabras y sucesos escondidos que empezaron por un saludo y que terminaron con una reverencia.
Fue en el seno familiar donde aprendí a disimular lo que no se podía bien vengar. Aquí, en el corazón familiar me inculcaron la política del buen vecino, la justicia social, el respeto por los mayores.
En sabias palabras aprendí a ver, oír y a callar: esta era norma general por respetar. Otra norma inculcada pero por mi papá era la de hablar sí, pero, en el momento oportun.
En mis oídos resuena con claridad la voz de mi madre reforzando la sentencia de que nunca debemos ir a las casas vecinas a fijarnos en lo que no nos debe importar. Quizá por esto me ha costado tanto desarrollar mi sentido de observación. Caló profundo en mí, la idea de no fijarme en lo que no me importa, de no preguntar, de no detallar ni cuestionar nada que suceda fuera de mi hogar.
Tuve la suerte de nacer de padres realistas, discretos, emprendedores, amigos de los amigos, serviciales, trabajadores y honestos. Ricos en sabiduría y experiencias.
Sobreviví desarrollando anticuerpos ante los dimes y diretes de otros amigos y familiares contemporáneos y para mí es de honor propio empeñar la palabra y guardar comentarios, secretos, opiniones, reclamos, verdades y mentiras, todo, hasta que llegue su tiempo, el tiempo debido y oportuno.
En mi niñez crecí rodeada de dos hermanos menores y muchos primos mayores y menores, curiosos, instigadores e inquietos. Para mí en diferentes circunstancias fue difícil mantener la palabra empeñada y no repetir secretos ni hacer juicios de valor. Sin embargo, me mantuve siempre discreta.
En una ocasión mi hermano Oscar Antonio, de cinco años insistió, lloró, pataleó:¡ Yaya, decime la verdad!. Reclamó con insistencia.¡ Yo lo sospecho! ¡Porfa!, Decímelo... Es que mis amigos del kínder dicen…
La situación para mí fue cada día más embarazosa, no podía contarle a nadie, mucho menos a mis hermanos. Mis padres me lo habían sentenciado con mucha reserva y sin embargo, me lo habían advertido: “ Usted no lo puede contar a nadie, mucho menos a sus hermanos.
De tiempo en tiempo mis hermanos me increpaban: Solo decí:¡ sí ¡ o ¡ no!.
Mi compromiso directo fue con papá. Obrero de la construcción que trabajaba como fontanero en la construcción de antigua Tienda El Globo sobre la Avenida Central
Una noche, antes de acostarnos me dijo: “Mañana cuando me llevés el almuerzo, me vas a acompañar a hacer un mandadito”. Era costumbre en mi casa, según los “chineos” de mi mamá hacia mi papá, que de acuerdo con los lugares donde él trabajara yo le llevara el almuerzo en una “portavianda” de aluminio. Decía mi mamá que para que papi comiera “arrocito fresco y ensaladita”.
En efecto, al día siguiente, papá terminó de almorzar y nos fuimos a hacer su “mandadito”.
Preguntaba, miraba colores, apuntaba precios, tamaños y marcas. Recuerdo que visitamos el Almacén La Granga, el Centro de Sport, el Almacén de Carlos Palma y otros.
Yo no entendía, ni para qué? ni por qué?. Cuando notó que ya habíamos caminado mucho y estaba cansada, me vino a dejar a la parada del autobús y él regresó a su trabajo. Al despedirme advirtió: No le diga nada a nadie, mucho menos a sus hermanos!
Esto se repitió en dos ocasiones más: visitábamos diferentes almacenes preguntaba, miraba, apuntaba precios, tamaños y marcas.
Finalmente, ya satisfecho con sus investigaciones y con los precios obtenidos, con solemne ceremonia hizo la compra: fuimos al Almacén de Carlos Palma ubicado en la avenida primera muy cerca de la Librería Universal. Me pidió que escogiera el color, con su cinta métrica de madera que acostumbraba tener doblado en la bolsa trasera de su pantalón de dril beige, midió la altura y dijo al dependiente: “empáquelo porque me lo llevo”.
Llegar a la casa fue otra odisea: “entretenga a sus hermanos mientras yo lo escondo”. No recuerdo ni cómo ni dónde, papá cumplió su cometido y mis hermanos no sospecharon nada.
Hacíamos tareas en la mesa del comedor y debían estar listas, ordenadas, sin borrones y con dibujos para cuando regresara mi papá del trabajo. Ël las revisaba y firmaba. Además de estos deberes teníamos que hacer todos los días una copia de cinco renglones: “con bonita letra”.
Como yo estaba en quinto grado, y estaba “grande”, según decían mis padres, las copias tenía que hacerlas de La Gramática de Carlos Gaggini, un texto impreso en papel periódico amarillento, con tapas verdes y gastado que me facilitaba mi papá y sobre el cual él decía: “algún día me vas a agradecer todo lo que vas a prender de este libro”.
Cuando estábamos reunidos y ocupados en estas nuestras obligaciones de estudiantes, mi hermano Oscar Antonio aprovechaban para de nuevo decirme: “Yaya, porfa, no sea malita, solo diga sí o no”. ¿ Es cierto lo que dicen los primos y mis amigos?.¡ Porfa!
Mi respuesta fue el silencio, ese era el compromiso, mi palabra empeñada. Claro que la lengua me saltaba en la boca …pero… ¡no!. No, se los puedo decir!.
Terminó el curso lectivo y los fríos vientos decembrinos, las luces rojas y verdes anunciaban la próxima navidad. Con la dirección de mi papá hacíamos el portal en la sala de la casa. El aserrín de colores pintado con anilina, se ponía nuevo todos los años.
Ya, a partir de las cinco de la tarde, en mi casa se escuchaban los villancicos que Radio Titania dedicaba a su audiencia infantil. La niña Ofelia Márquez animaba nuestro entusiasmo y nos regalaba golosinas cuando íbamos a su programa a cantar. Nos invadía el delicioso perfume del musgo fresco y del cohombro maduro.
Nos acariciaba el olor a manzanas y tamales.¡ Qué bella época, la más linda del año!.
Conforme se acercaba la Nochebuena y mis papás preguntaban qué queríamos que nos trajera el Niño Dios, mis hermanos aceleraban e insistían en sus asedios: ¡ Yaya, Porfa, decinos la verdad, porfa!. Finalmente les respondí con energía ya casi enojada: ¡ No se los puedo decir!.¡No y no!.
Con esta razón se dieron por satisfechos y no me volvieron a cuestionar.
Llegó la noche de acostarnos temprano porque vendría el Niñito Dios con los juguetes y nuestros regalos. Aunque yo “estaba grande”, según mis padres, también tenía que irme a la cama sin protestar.
Amaneció y con la luz del nuevo día llegaron las sorpresas, se descubrieron los secretos. A mis hermanos no les cabía el corazón en el pecho de la alegría. Ropa nueva, zapatos. ¡ Mirá lo que nos trajo el Niño Dios!, decían con inocente felicidad.
A un lado, en el suelo, estaba el triciclo rojo que con tanta ilusión y misterio habíamos ido a comprar al Almacén Carlos Palma, mi papá y yo. Al otro lado, estaba el papel manila color café con el que se lo había disfrazado el dependiente para que mis hermanos no sospecharan, en caso de que lo encontraran en su escondite.
En lo alto, sobre toda verdad, estaba aún latente la creencia de mis hermanos de que los juguetes y regalos de la noche de Navidad los traía el Niño Dios.
Nunca les quise contar la verdad. Pude guardar el inocente secreto. Había empeñado mi palabra.
Ellos siempre sospecharon y finalmente la descubrieron pero por ellos mismos.
Yo lo supe mucho tiempo antes pero por accidente, estaba muy pequeña. Sin embargo, atesoré y respeté la promesa que hice a mis padres. Hermanos, no pude contarles. ¡¡¡ Nunca se los conté!!!.
Margarita  Murillo












zapatos tristes


Apenas habían transcurrido dos horas,  alegre e inquieto marco de murmullos,  opiniones y diretes  entraban y salían a la recién inaugurada sala de exposición de pinturas en La Casa del Artista en Guadalupe, Goicoechea.
Reconocidos y distinguidos pintores jóvenes y no tan jóvenes  participaban en ella. Estaban de fiesta. Era su exposición anual.
Habían dibujados  variedad de personajes, paisajes, flores, montañas,  aguas tempestuosas, mares tranquilos, misteriosas brumas y abrazadores soles.
Por aquí lucía una pintura con  una cocina típica de Escazú adornada con canastos viejos, cafetera tiznada, leños a medio fuego, racimo de pejibayes colgando de un nudo,  un gato echado en el “moledero”, la  mesa de madera semejante a un jardín, cubierta con las flores rojas y amarillas de una  carpeta plástica. Todo  con olor a humo de leña verde.
 Por allá un atardecer en el Parque Nacional Bahía Ballena. Sobresalía el  impresionante tómbolo de arena y las rocas de innumerables colores.¡ Solo le faltaba hablar!.
 Acullá, el brillante amanecer en las faldas del volcán Turrialba con aroma a pastos verdes y a leche fresca. Por cierto, descripción histórica porque pinta a un volcán Turrialba de ayer silencioso, tranquilo, con un cono casi perfecto y meditabundo. Hoy los pastos grises por la ceniza olvidaron  su brillo y frescor.
 Muy cerca, se percibía con realismo una pintura de los Canales de Caño Negro con su perfume a  humedad, a viento fresco y a naturaleza viva: peces prehistóricos, garzas, garrobos y aves multicolores.
 En otra pared lucía la pintura de un horcón de madera perforado con clavos herrumbrados. De sus   tarros viejos  colgaban bellas “bailarinas” y “begonias”  florecidas y con   matices  rosado y fucsia  y con variedad  de tamaños.
Era un festival de colores danzantes, animales sonrientes, retratos y autorretratos.
Pinturas para todos los gustos y para diferentes edades.
Los magos de la brocha fina se mostraban crecidos explicando a su público el significado de su arte y su necesidad de demostrar por medio de lienzos de manta  su deseo de liberación.
¿De dónde tanta inspiración?
Jóvenes y no tan jóvenes presentaban sus creatividades  al óleo,  lápiz, carbón, acuarelas, acrílicas. Su gozo estaba ahí demostrado y todos los artistas a través de su trazos, eran cofundadores de la sociedad de personas incansables y necesitadas de ratos de placer soledad y misterio.
En una esquina cercana, donde se dobla la pared, había una OBRA DE ARTE gris,  enmarcada con metal dorado. Hablaba por sí sola. De fondo celeste claro con variedad de luces y destellos casi imperceptibles, denotaba que su autor dominaba a la perfección la difícil  técnica de la acuarela.
Su creador  había impreso en ella arte, sentimientos encontrados y perfecta armonía.
 Se trataba de un par de zapatos viejos y tristes. Estos  calzaban perfectamente con unas  piernas de mujer, bien dibujadas, bien torneadas. Los zapatos grises estaban colocados ahí, en una escalera casera. Intentaban subir las gradas.
 La pintura se podía mirar de abajo hacia arriba. Parecían piernas danzando. Si se  las observaba de arriba hacia abajo, las piernas junto con sus zapatos tristes, simulaban un incansable torbellino de movimiento y fuerza desanimada.
Este cuadro tenía magia. Los invitados lo comentaban.  Pero, además de colorido ritmo y melodía, su lenguaje  transmitía tristeza, dolor, despedida, angustia, celos, falsa ilusión, abatimiento.
En esta pintura de los zapatos tristes, su autor recopiló grises de diferente intensidad y luego los incorporó al mundo de la  desolación que estaba viviendo en ese momento.
¿De dónde salieron estos zapatos grises que inspiraban tristeza? ¿Qué significan? ¿Por qué tanto contraste?, se preguntaba la gente admirada.
¡Es un secreto a toda voz!, susurró uno de los maestros coordinadores de la exposición.
” En esta pintura su autor protegió su historia. Lo invadió el luto y la tristeza cuando una  de sus hijas anunció  que dejaría el nido vacío porque dentro de un par de meses se uniría en matrimonio con el joven que había conquistado su corazón”.
En estos zapatos, símbolo de lo que él consideraba  su desdicha,  el autor pintó retazos de su vida: amargura, inseguridad,  vacío, sombras. Se sentía destrozado por lo que él consideraba
 iba a ser la “pérdida de una hija”. Se inspiró.  Surcó todos los posibles caminos de su arte, describió con brochas finas y colores sus sentimientos.
 Las  brochas sofisticadas, los  pinceles, los muchos colores y sus gamas,  los  hilos para la cuadrícula,  el caballete, el agua, son sus mudos  testigos.
Pero, ¿Qué dijo el autor al percibir tanta admiración por sus zapatos tristes?:
_  “Este cuadro lo pinté con amor, porque el amor es el remedio eficaz para llenar un alma vacía”… Estos trazos me dieron mucha paz.
El autor combinó lo que él consideraba su desgracia con la fuerza tectónica de su creación. Dibujó, construyó y legó a sus admiradores su obra.
 El   mundo, su mundo, su hogar,  su hija, actualmente en su memoria, guardan con respeto, esos zapatos grises.
El autor se equivocó.¡ No hay tristeza en esta nueva realidad de vida de su hija, ni en esta nueva familia!.¡ El tiempo lo ha demostrado!.¡ Ganó otro hijo!. 
Estos trazos representan a un alma sobreviviente al dolor que enfrentó su presente con su futuro incierto, espontáneo, dulce y amoroso.
Este dibujo nos hace pensar que su autor transitó tranquilo hacia un mundo  desconocido buscando su paz.
¡Este autor ahora está gozando de la paz eterna!.
Margarita Murillo

Me pongo el sombrero

Me pongo el sombrero
Era el sombrero de lona, el sombrero de campesino con manchas de banano, con manchas de café.Era el sombrero curtido por el uso, curtido por el tiempo en que cumplió su misión de proteger del sol y de la lluvia a la cabeza de su dueño.Era el sombrero que cubrió la tupida cabellera, cabellera en la que asomaban, ya, algunos hilos de plata.Era el sombrero de mi padre que cuando cansado por la larga jornada de trabajo en el campo, llegaba a la casa donde lo esperaba un delicioso jarro de café, acompañado por una tortilla con picadillo de papa o pan casero con mantequilla o un gallo de salchichón.
Me pongo el sombrero, el sombrero de mi padre, que cuando él llegaba yo se lo pedía para ponérmelo, “déjalo en ese clavo, donde tu tata pueda encontrarlo mañana”, me decía mi madre, y yo me lo ponía un rato para luego colocarlo donde me habían indicado.¿Dónde está el sombrero de lona?, no lo sé, probablemente terminó su vida útil, terminó roto, terminó en algún rincón de la casa o terminó en algún cafetal donde llegó a formar parte de la vegetación convirtiéndose en abono.Hoy me pongo el sombrero, ya no es el sombrero de lona, ni está manchado, es un sombrero de pita que me regaló mi hija y aunque no uso sombrero, en alguna ocasión, jugando con mi nieta y para recordar tiempos idos, me pongo el sombrero.
Cobi Linares.

viernes, 17 de junio de 2016

Mi sombrero.



Me pongo el sombrero, me lo quito y me lo vuelvo a poner, estoy ante el espejo y sonrió, me veo guapa y feliz, en el pelo tengo un moño apretado y casi en la la oreja un clavel rojo, tengo puesto un traje, blanco con encajes y unos lazos pequeños rojos en unos pasa cintas que separan los volante, y tengo unos zapatos de tacón rojos…..collares en el cuello y en las muñecas pulseras de colores…..un mantón de seda blanco y una felicidad que sale de dentro hacia fuera, sigo sonriendo miro mi sombrero, me lo coloco mejor es negro, el clásico sombrero cordobés, a los que los poetas le han dedicado versos y canciones, con el sombrero , me voy a la calle a pasear entre faroles y luces a bailar sevillanas y tomar salmorejo y gazpacho , es Mayo es el mes de mi tierra y es mi mes, el mes de mi nacimiento, soy feliz me siento bien y estoy alegre como unas castañuelas, como esas que cuelgan de mi muñeca con una cinta roja y amarilla, no me falta detalle pudiera ser un cuadro de nuestro Julio Romero de Torres, pero solo soy yo…..y me voy a pasear, después a las casetas, con mis amigas tan lindas como yo, vamos a pasear unas vueltas en coche de caballos, a escuchar cante y piropos …. Estoy ante el espejo…me quito otra vez el sombrero y…. se esfuma mi imagen ya no estoy yo, o si pero tan distinta ya no soy guapa ni feliz ni me voy a pasear a la feria…estoy en pijama y en la casa muy lejos de todo, donde quedaría mi traje mi sombrero mis rojos tacones y mis sueños todo se fue en un segundo como magia…yo me vi me reconocí en un momento de un día de feria, de un día que fue real pero que paso y no volverá jamás. Ahora tengo arrugas y pocos sueños todos se han ido, esta vida se los lleva sin pedir permiso, sin decir lo siento…. Y ahí estoy yo ante el espejo, sola y callada pero en un último momento finjo que agarro mi sombrero y que me lo pongo, trato de sonreír, no me parezco en nada a la otra imagen, entonces resignada me lo quito, le hago una reverencia y me alejo con una triste sonrisa y pensando que en ese momento muchas otras cosas me esperan, aunque ya no sean mías del todo, la casa los nietos el libro que leo, los animales que querrán comer…..las cosas cotidianas de la vida de esta vida que me toco vivir.


Antonia Morales Diez

martes, 14 de junio de 2016

Un mes de junio, que no fue como otro cualquiera


Las celebraciones tienen muchas veces connotaciones de sucesos que merecen tener su momento de gloria, o de derrota o tal vez de algo inesperado. Mas celebrar un empate grande en el tiempo, es cosa pocas veces vivida en todo el amplio sentido que esto signifique.
Un mes de junio de un año que no fue como otro cualquiera, tras varios de buscar cómo disolver aquella malograda unión, a la cual el sistema de leyes vigentes no daba alternativa alguna, de un día para otro se dictaminó que yo era una mujer divorciada. Sucesos inenarrables, que involucraban a cuatro personas que aún convivíamos, fueron la forma en que la vida se ofreció para convencer al esposo y dar finalmente esa firma, ese acuerdo, esa disolución.
Ese año se cumplían veinte y cuatro de matrimonio.
El mes de junio para nosotras ha sido un mes de doble festejo. Dos de mis hijas celebran sus cumpleaños. Pero ésta vez, otras cosas mas sucedían. La segunda hija era ya mamá, su pequeña bebé había nacido seis meses antes. Yo me estrenaba como abuela. Una joven abuela de 42 años. Y mi hija, la tercera de todas, cumplía sus diez y seis años.  Ninguno de nosotros sabía, que ese famoso junio íbamos a vivir aquel cataclismo que cambió para siempre nuestras vidas.
Sin tener nada preparado, sin saber cómo resolver alguna cosa, ni en donde viviríamos, empezó la búsqueda de un refugio al que pudiéramos llamar casa. Y por la gran ayuda que siempre recibimos de Todo lo Alto, en cuatro días estábamos haciendo el traslado a una casa hermosa, pequeña y cómoda. Casi sin muebles, con nuestras pertenencias en bolsas de basura, con el mayor despojo y pobreza, así llegamos. Esa tarde, sentadas en las camas o en el suelo a falta de sillas, mis hijas, mi hermana y las amigas que me ayudaron, cantamos con un queque regalado, feliz cumpleaños a mi bella hija.
Detallar cómo fue la vida desde entonces no viene ahora al caso. Mucha agua pasó bajo esos puentes.
Tuve amores, viajé a otros países, conocí mucha gente nueva, me desarrollé en áreas desconocidas para mi, viví aventuras y situaciones temerarias y sobreviví, conocí al miedo mirándolo profundo dentro de sus ojos, supe lo que es vivir al día sin saber como resolver el mañana, tuve varios trabajos, ocupaciones artesanales que me brindaban sustento y placer al realizarlos, vi crecer a mis hijas menores quienes iban conmigo de la mano al salir de aquella vida, vi a mis cuatro hijas casarse, vi nacer a ocho nietos, supe lo que es llorar hasta quedar sin aliento, caí mil veces y otras tantas me levanté. Cometí grandes errores y supe perdonarme. Comencé un camino espiritual después de una pérdida amorosa. Conocí el Reiki y a través suyo la plenitud del Amor.
Nada fue fácil ni sencillo. Pero todo valió la pena hasta el último segundo.
Han pasado ya veinte y cuatro años. Justo éste mes de junio se cumple Mi Gran Empate.
Nunca pensé en la posibilidad de vivir éste día. Ésta fecha hermosa. Ésta gran vida.
Recuerdo aquellos últimos momentos en la casa que había sido mía y que yo cedí a cambio de una firma. Embalar mis pocas cosas permitidas, escoger cuales quería conservar conmigo y cuales no quería tener ya mas. Seleccionar en el vivero de mis orquídeas las guarias que me llevaría y abandonar el resto. Así poco a poco, aquel lugar iba tomando un aspecto de abandono, de vacío y de silencio. Todos salieron, faltaba solo yo. Despacio caminé de cuarto en cuarto, de rincón en rincón pasando mi mirada sobre lo que ahí quedaba. Nunca mas me repetía.
Tomé las llaves de la casa, las sostuve en mis manos y luego las tiré en el piso. Cerré la puerta, me puse el sombrero y salí cantando  LIBERTAD.
Lia Ferreto
Junio, 2016.






HAN BROTADO OTRA VEZ LOS ROSALES.


 “Han brotado otra vez los rosales,
Junto al muro del viejo jardín…”
                                                                         Vals de Vicente Spina.
Sí, los rosales han vuelto a florecer como si fueran brotes de primavera. Su tiempo no es mi tiempo.
 Los  colores de estos rosales no son los mismos, no  son tus rosas ni son las mías. Su perfume ya no es el tuyo.
 Los rosales están ahí en el mismo lugar donde los dejaste: resplandecientes, húmedos, frescos, perfumados,  encendidos, de pétalos suaves. Tienen su lenguaje y sé que te buscan, te extrañan. Ellos también te amaban.
 Buscan la  música de tu voz  porque no la escuchan,  la magia de tu caricia sonora no les llega. Se niegan a entender y a aceptar que ya no estás aquí. Que te fuiste para siempre un día del mes de junio, vísperas de la celebración de nuestras Bodas de Oro. Que tu presencia ya no es física porque estás en otra dimensión superior. Nuestras rosas saben que nuestro amor fue una institución familiar. Una comunidad de amor.
Los rosales perciben  que tu ausencia terrenal es para siempre. Ellos saben que nuestro amor de un momento solo duró cincuenta años.
Ya el jardín no es el mismo  jardín. Reclama tu presencia.
 Han pasado los días y los meses. Se levantó el nuevo  sol… se acostó el viejo día y volvieron a aparecer los  jirones de nuevos celajes y de nuevas noches que dejaste olvidados. Se fueron las vísperas...Se ausentaron los ayeres.¡ Ya no estás aquí conmigo!.
 La lluvia se fue y regresó, besó otros campos, bautizó otras flores pero no tocó los rosales!.
 La lluvia reclama también tu presencia.
El astro rey también emprende cada día su incansable búsqueda, dibuja y piensa pero no te halla.
¿Quién dijo que la distancia trae al olvido? ¡ Jamás! ¡La distancia y el olvido se burlan  de nosotros!¡ Se burlan de mí!. Me niego a aceptar que existe el olvido.
Para mirar los rosales florecidos y adivinar su lenguaje, debo escudriñar los secretos profundos de mi alma. ¿Pero tengo alma? ¿Dónde está mi alma? ¿Dónde la dejaste? ¿Te la llevaste?.
Los rosales florecidos insisten cada día en enviarme un mensaje: tu mensaje eterno, el que me envía la tierra generosa, el que está cargado de luz  abundante, el mensaje que está clavado en los caminos sempiternos.
 ¡Todo es falsa ilusión! Tu mensaje real no llega, estás demasiado lejos!. ¡ Mi alma se fue contigo!
Con los rosales florecidos  llegan la nostalgia  y la tristeza. Me abrazan junto con el silencio y el dolor de tu ausencia. En mi interior hay una fuerte lucha contra la vida y contra la muerte., contra el tiempo, contra el pasado y contra el presente. Contra el día y contra la noche.
¿Será que espero un milagro? El sentido común me hace intuir que ya no te busque, que ya no te espere,  porque ya no volverás. Sin embargo, los fantasmas del ayer me dan paz y tranquilidad y me envuelven en un torbellino de luz que me ilumina y hunde en la esperanza de tu pronto regreso.
Los rosales de ayer volvieron a florecer hoy, y,  al  observarlos siento como que estoy dando de nuevo alimento balsámico  a mi alma.
¡ Yo soy también como una nueva rosa!.¡ La rosa que dejaste aquí para nuestros hijos, para nuestros nietos… mientras nos volvemos a encontrar en un nuevo jardín,  el jardín celestial!

Margarita Murillo

domingo, 12 de junio de 2016

En el Pozo



De pequeña tenía un pozo era de piedra y contaba con su carrucha y su cubeta para sacar agua….mi hermana y yo jugábamos a sacar el agua porque según nosotras íbamos un día a pescar el tesoro que según la leyenda un martinico o duende había tirado…o con un espejo buscábamos en sus profundas aguas un pez plateado que vivía allí, ninguna de las dos cosas conseguimos. Entonces yo pensé que lo que se tira al pozo desaparecerá para siempre y el en su fondo de piedras blancas guardara el secreto para que nunca nada ni nadie lo pueda sacar, así que un día de tantos yo empecé a tirar, a ese pozo todos mis secretos todos mis sueños y todos mis sentimientos. Y allí se quedaron para siempre, yo crecí y nos fuimos a otro lugar, el pozo se quedó con parte de mi vida en forma e sueños y anhelos. Pero yo sabía que nadie los podría sacar de aquel fondo de piedra que estaba a salvo. Que solo saldrían a la vida cuando mi memoria los reclamase y la verdad es que los años y los intereses nuevos los otros sueños que ocultaron los antiguos los dejaron morir entre las piedras y el agua de mi pozo para toda la eternidad.
Bueno pues eso no se lo conté a nadie, era mi secreto, por eso hoy que me pide que escriba sobre lo que nunca conté……lo cuento para todos. Porque nadie los va a saber nunca, están allí entre piedras y lodo y los protege el fondo de un pozo que que ya no existe, que se lo comió el cemento y el tiempo y lo tapo un nuevo edificio grande y feo igual que tantos y desapareció la casa la cruz las enormes paredes el patio mi parra y mi pozo y mis geranios y con ellos mis secretos, mi niñez y mis sueños, todo desapareció


Así que no les puedo contar ningún secreto porque los que valían la pena los que brillaban, están en un pozo que ya no existe que desapareció como ellos, que descansan en en el fondo de las piedras y el aguas bajo un armatostes de hormigón y cemento para siempre jamás.


Antonia Morales Diez

La niñez

 
La casa era tan grande, llena de aposentos a lo largo de un zaguán que se habría en un hermoso hall, donde también dos aposentos mas se sumaban, sin restarle la belleza a ese lugar de una altura inaudita, que semejaba ser de dos pisos . Éste hall era el lugar privilegiado pues en su cúspide estaba lleno de hileras de ventanas por donde la luz entraba libre y brillante por sus cuatro costados, iluminando la estancia de una manera muy hermosa. Frescas canastas de helechos colgaban ofreciendo al entorno su sensación agradable y algunas macetas con begonias colocadas entre sus sillones y divanes, completaban su atmósfera relajante. Un gran arco de madera daba entrada al comedor, donde los muebles antiguos de la abuela y sus vajillas celestes de una cerámica preciosa adornaban con un toque elegante aquel lugar sede de las tertulias y de las visitas. Tenía un ventanal que daba al patio de la casa. Desde ahí se podían observar los grandes árboles de frutas, alternados por macizos de lirios, geranios y varias piedras volcánicas que salían de la tierra como si tuvieran narices que elevadas al viento, recogieran el aire frío y húmedo tan común en sus mañanas.
Enorme era también éste patio. Tenía caminitos de piedra que no conducían a ningún lado pues sólo eran vestigios de algún intento de construirlos. Las anonas dulces se daban en tiempo de cosecha con generosa abundancia. Igual los árboles de nísperos, de unos tan grandes y dulces como nunca más llegué a probar. Estaban las naranjas, tan altas que se precisaba de un largo garabato para poderlas bajar, no así de la naranja agria que era bajito y permitía disfrutar aquellos refrescos de sabor tan especial, o añadir su jugo al platón del repollo, base de las ricas ensaladas. Al fondo una ancha planta de bananos, se había adueñado de un vasto rincón. La higuera quedaba cerca de un lugar más alejado donde era mejor no acercarse mucho, lo mismo sentíamos ante aquel pasaje estrecho al lado de la casa, que todos llamaban el callejón.
Las inmensas dimensiones que describo eran percibidas por una niña de cinco a ocho años y por un grupo grande de vecinitos que tenían edades similares y atraídos por todas ésta delicias, habían tomado éste patio como una de las principales estaciones donde jugar en las largas vacaciones. Había lugar para esconderse, sin ser encontrados de inmediato, jugar quedó dando vueltas a las piedras tan grandotas que rodeaban algunos árboles, o pararse sobre ellas y brincar al otro lado. Había tanta vegetación si querías jugar de ¨ pulpería ¨ que se podían vender diversos vegetales, o cuchillitos que crecían en la cerca, o cantidad de platos preparados con esmero. Y lo mejor era jugar de casita. Preparábamos chozas cubiertas de hojas de banano, de ramas y cobijas y ubicábamos dentro, todos los trastecitos de metal y de plástico, los pequeños muebles y las camitas de nuestras muñecas, las nuevas de la última Navidad, pero también las preferidas y mas viejitas. Y claro, formábamos parejas, quienes éramos ésta vez el papá y la mamá ? O la vecina enferma o aquella muy pobre que no tenía nada para comer ? Éstas discusiones provocaban a veces pleitos complicados de resolver. En esos tiempos los niños iban de un lugar a otro sin correr ningún peligro, eso daba la posibilidad de ir hasta tu casa y traer juguetes que hacían falta, además no se necesitaba mucho para entrar y salir de todas nuestras viviendas, las puestas estaban generalmente abiertas. La confianza de sabernos parte de aquel mundo donde todas las casas eran conocidas y sabíamos que había en una u otra nos daba a todos un sentido de identidad nunca mas conocido.
Yo era la pequeña reina de ésta casa y de éste patio. Y como buena Reina tenía también mis bemoles. No todo era perfecto. Yo sabía bien cómo ser déspota, cruel y manipular a mis súbditos. A tres puertas de mi casa vivía junto a sus muchas hermanas un niño menor que yo. En sus ojos yo adivinaba la adoración que sentía por mi y yo engreída y feliz, lo hacía sufrir todo lo posible. Entonces peleaba con él acusándolo de ser quién iniciaba el pleito. No dejo venir a Cuyo a jugar a mi casa, sentenciaba sin remordimiento.
Unos seis escalones separaban la entrada a la casa de la acera. En ella se apostaba a llorar y suplicar : voy Lía y no peleo… y repetía sin cesar; voy Lía y no peleo.
No se cómo yo me las arreglaba para que día a día esto se diera, llegando a provocar en Cuyo grandes conflictos y en mi esa manía de hacer mi voluntad a pesar de las súplicas de unos y otros para al final ceder y permitirle al pobre Cuyo entrar y jugar con nosotros de casita.
Los hechos habían sobrepasado las fronteras de mi casa, pues personas del barrio comentaban sobre Cuyo y Lía, esa pequeña pareja frágil y desventurada donde había un perdedor enamorado y una Reina cruel y fría que lo hacía llorar.
Los años borraron todo ese paisaje. Desaparecieron las casas, los vecinos y los niños de aquella época convertidos en adultos, dimos vueltas por el mundo cada uno intentando jugar de casita en otras realidades, o ser profesionales y comerciantes de verdad. Nunca mas se encontraron, tampoco se reconocieron por las calles de la vida. Pero una vez hace algunos años caminando entre mucha gente, de frente a mi estaba Cuyo. Nos reconocimos al instante a pesar de las cargas y llantos verdaderos que la vida había impuesto sobre nuestros hombros. Ya estábamos viejos. Ya no habían ni juegos ni comedias. Simplemente éramos dos desconocidos que al vernos evocamos sin duda alguna esos momentos de la niñez….Voy Lia y no peleo. Avergonzado él bajó la cabeza y yo sentí el fuego desastroso de la culpa en mi alma. No dijimos nada. Continuamos nuestro camino. Voy Lia y no peleo.. Ahora nadie pelea por mi cercanía ni por ser mi enamorado. Yo continúo mi marcha pensando que soy afortunada , que he tenido mil historias y sobre todo, he sobrevivido.
Lia Ferreto.
5-2016.

martes, 7 de junio de 2016

Mamita Marina


Su gran patria, Costa Rica. Su provincia, San José. Su pequeño techo,  Moravia.
La “solariega” casa de los Murillo Umaña, fue su hogar. En ella cultivó  su niñez, tejió su adolescencia y refugió parte de su juventud.
Templó su carácter la orfandad de padre y madre, las limitaciones económicas, la soledad y el rodar de casa en casa, de familia en familia, junto con sus hermanos menores, después de haber perdido, además de a sus progenitores,  todos sus bienes materiales. Sin embargo, a su lado siempre conservó   “ su clase y  su orgullo”. Para ser feliz solo necesitó paz y sabiduría.
Margarita Marina, mi abuelita paterna, desde muy niña,  quiso estudiar y  ser enfermera obstétrica. Lastimosamente,  le correspondió  soñar en una época en la que a las mujeres no se les consideraba merecedoras ni  aptas para el estudio ni para dejar las labores domésticas.
Nadie creyó en ella ni la quiso ayudar. Sin embargo, una sabia religiosa española de las Hermanas de la Caridad, enfermera que laboraba en el Hospital San Juan de Dios,  percibió su vocación y su talento: en el momento oportuno le dio la mano.
Perseveró y  logró su meta. Fue una de las primeras enfermeras obstétricas graduadas con honores en Costa Rica. Sembró por doquier dulzura, servicio, abnegación. Curó al necesitado. Atendió mujeres en labor de parto, trajo al mundo niños de toda clase social y para ella el día de trabajo estaba formado por un ramillete de  veinticuatro horas y la semana laboral estaba sellada con el  término” infinito”.
Ayudar y servir siempre, fue su objetivo de vida. Su razón de ser.
Desempolvando recuerdos y periódicos viejos que heredé de mi abuelita, supe que le gustaba escribir poemas y que sus compañeros de la escuela Porfirio Brenes Castro  de Moravia le daban a cambio  “pesetas y cuatros” para que vertiera su inspiración, los redactara y ellos a su ve, los enviaban a sus furtivos amores de niñez y adolescencia.
Participaba en cuanto acto cívico y velada le daban oportunidad. Quizá heredó vetas de artista, escritora, motivadora y de oratoria. De estas cualidades, las fotos y gacetillas de periódicos añejos que yo conservo, dan fiel testimonio.
Me sonrojé,  al descubrir con santo respeto,  intimidades de “Mamita”: cartas de amor que recibió de sus admiradores, de sus amigos o quizá de alguno que otro infiltrado enamorado. Algunas son  citas para verla el domingo en la plaza de Moravia  a la salida de la misa de 10. Otros la llaman “la negra guapa”. Algunos  le dibujan corazones rojos atravesados por una espada. Flores secas, fotos desteñidas, tarjetas amarillentas,  trozos de cintas de colores y papel regalo.
Descubrí entre sus haberes, un revelador  disco de acetato de 45 rpm . Este tiene una dedicatoria especial y a su vez,  la melodía  “El vals de media noche…”. Este  vals la hechizaba.
 Ella lo escuchaba con especial pasión, lo tarareaba, amaba y a veces hasta humedecía sus enormes ojos negros. Nunca supe de quién se acordaba pero ella lo  pedía por teléfono y en  Radio Reloj la complacían  minutos después de recibir al año nuevo.
Conoció el amor y la ilusión en la flor de su juventud .Selló su relación y fruto de él nació mi padre. Formó un hogar pero no le fue posible conservarlo. “No pude seguir, decía sin ocultar su tristeza y su frustración”. Su amor giraba en el mundo. La ley del amor universal rigió su vida. No soportó estar atada a nada ni a nadie.
Para ella,  prioridad fue   la superación personal, el estudio y la dedicación a su profesión. Sus niveles de conciencia y crecimiento personal y social eran muy elevados.
 En esa época, no había nacido aún el hombre que pudiera detenerla, comprenderla, tolerarla, dominarla,   cortarle sus alas, ni impedir que volara. Alguien que creyera en ella sin interés y  fomentara  su espíritu soñador. Sospecho que esa alma gemela nunca llegó.
A mi memoria aflora un dato curioso:   mis padres le entregaron el título de abuela cuando ella  apenas tenía treinta y seis años. Sus cuatro nietos fuimos como sus grandes trofeos . Se hacía propaganda  gratuita  y jocosamente celebraba su juventud y sus credenciales de abuela.
La recuerdo como una mujer valiente, enérgica, ordenada, disciplinada. Para ella el “no”, el “nunca”, el “imposible” no existían.
Su sabiduría, omnisciente. Fue talentosa y brillante en todo lo que emprendía .El flujo de sus enseñanzas  aún no termina. Lo disfrutamos sus nietos,  bisnietos, sobrinos  y lo  valoramos más, conforme el tiempo transcurre.
 Los noventa y dos años de su vida fue  pulcra en el vestir. Mujer alta, muy elegante, coqueta y femenina. Dedicaba tiempo para recogerse el cabello con “redesilla”o hacerse bucles. Le gustaba disfrazar sus canas, aunque  ya  en el ocaso de sus días las aceptó blancas y  plateadas.  
Destacaba por la limpieza y lozanía de su cutis. Recuerdo que se lo cuidaba con miel de abeja y con glicerina.
Con barniz transparente pulía  sus uñas. La recuerdo en su trabajo con su impecable uniforme color  algodón y su gorra blanca, almidonada  y  con una cinta negra en el extremo superior. Ella era Enfermera Obstétrica titulada.
Cuando no se vestía de enfermera usaba sus tacones altos.
 Aún percibo el dulce aroma de su perfume. Amaba sus esencias.
Destilaba energía positiva. No permitía que confesáramos dolores ni  males por simples que fueran  ya que nos   reprendía diciendo que nuestras quejas  “eran por  falta de oficio”. Por esto es que hoy pienso que su energía fue positiva y  eterna.
También fue  hacendosa.  Su pasión: la cocina con sus famosos tamales en navidad o en cuanta ocasión ella consideraba necesario celebrar. Hacía  tamales cuando un sobrino se casaba o cuando otro se iba a estudiar al extranjero.¿Y qué decir de sus tortillas palmeadas?  ¿Y de sus sopas de leche?
Compartir con sus primas de Moravia y llevarnos donde Auria,  al taller de  de las tártaras o cocadas, era un regalo para nuestro paladar de niños, gustosos de las mieles de coco, guayaba, chiverre y de las empanadas, quesadillas, queques y rosquillas que ahí se hacían.
También con ella  disfrutamos al tío Juan.  Saboreábamos la cebolla, coliflor, zanahoria, chayote en los curtidos deliciosos que él hacía para la Semana Santa. Por cierto, el tío Juan tenía  fama de “empinar el codo de vez en cuando y de no demostrar jamás, cuál era su grado de embriaguez.
Cuando uno de sus hermanos más queridos  falleció  dejó viuda y cinco hijos pequeños, ella dijo “presente” y se hizo cargo de esa obligación. Les dio techo, comida, abrigo y estudio. Los entregó a la sociedad: formados y autosuficientes. Nunca fueron carga para nadie.
Parte de sus diversiones favoritas fue pasear. La edad  ni el idioma fueron   limitaciones . No poseer carro propio, tampoco. Fiestas patronales,  turnos, bautizos. Ella asistía donde la convidaran, tenía amigas en todos los rincones del país.
Compañeros  inseparables fueron su sonrisa,  su sentido del humor, una vida activa y saludable. Gustaba de la lectura y de la música romántica.
Religiosa a su manera aunque siempre alimentó en nosotros  el amor y temor hacia Dios, cultivó nuestra fe y sembró semillas de esperanza entre sus descendientes.
Hijo biológico solo parió uno: mi padre.
 Hijos del corazón…  incontables como las estrellas del firmamento.
En los lugares donde trabajó como enfermera repartió salud y regaló “chiquitos”. Cuentan los testigos mudos que en dichos lugares es muy común y frecuente que las personas se llamen Marina o Marino. Bautizando a sus descendientes con el nombre de mamita Marina, las familias agradecían de esta manera el cariño y la atención que ella les prodigaba.
Fundó una Casa Cuna en Tres Ríos. En Miramar de Montes de Oro, el Centro de Salud fue bautizado con su nombre. Veneran su recuerdo en San Antonio de Belén, Turrialba, Naranjo, Tarrazú.
Yo soy uno de los frutos que ella recibió en sus labores de enfermera obstétrica. También recibió a dos de mis hijos.
Hoy, todos los que la conocimos le rendimos respeto y admiración. Bendecimos su memoria.


Margarita Murillo