jueves, 25 de abril de 2013

Solo Lía

                                         SOLO LIA.

Dicen que no hay plazo que no se cumpla.
A veces hay que dar vueltas y tomar caminos y algunos atajos que definitivamente llevan a un lugar, que no necesariamente sabías que era tuyo, que talvez tampoco estabas buscando, pero que cuando al fin lo encontrás, te das cuenta, sin que nadie te lo diga, que eso, te buscaba a ti también porque de una forma u otra, era parte de lo que venías a hacer a ésta vida.
Cuando uno nace, gritas. O tal vez te dan un golpe y te das cuenta que debías gritar .Y de repente, algo que no habías experimentado en tu letargo en ese mundo acuático del vientre, entra de golpe por tu garganta. Eso se llama aire. Debe ser un sonido tan hermoso el que emite al rozar tus cuerdas vocales, que te enamoras de él para siempre. Seguirás gritando por el resto de tu vida. Y con el tiempo, aprendes a modificar su entrada y su salida, y entre gorgoritos, llantos y risas, esos sonidos van presentando tantos y variados matices, que sin duda, pasas del enamoramiento al total abandono, a la rendición ante sus seductores sonidos.
Puedo decir que nací cantando. Cuando recibes cuidados y afectos diversos, a esas tempranas edades, no podés hacer otra cosa sino cantar. Mi hermana me decía que remolcada de la mano de mi madre o de la suya o de otro que me cuidara, yo caminaba distraída repitiendo las últimas tonadas aprendidas de la radio. La gente reaccionaba divertida ante aquella pequeña niña, que tarareaba con acierto sus mismas canciones.
El tiempo fué transformando el canto en llanto. Porque a la vida le encantan esas jugarretas, tal vez sea la forma sabia que ella misma tiene de mostrarte todos los posibles, altos y bajos; y prepararte para un mayor disfrute, aunque no te diga para cuando.
Un poco mayor, el canto seguía siendo un amigo. Tal vez el sonido que salía de mi,conservaba el mismo encanto que al nacer. Así que todo me devolvía a el. Canciones de la época, que mi madre cantaba con su voz graznada y cálida, hicieron que como ella, yo aprendiera de Agustín Lara y de Toña La Negra,sus mejores repertorios. También apareció en mi mundo Sara Montiel, de quién mi abuelo Tin, emocionado como un muchacho, una tarde apareció con su disco El último Cuplé, causando que mamá se enojara profundamente, pues la portada era de esa hermosa mujer que mostraba sus encantos con tanta desvergüenza. Pero yo, me dejé cautivar por su voz aprendiendo de memoria todas sus canciones, buscando imitar sus registros y el drama y pasión que yo oía en su voz.
Mis artes histriónicas encontraron camino cuando mamá montaba sus  "asambleas " en la escuela donde trabajaba. Participé en algunas de ellas,lo mismo que en mi propia escuela, aprendiendo algunas árias de zarzuelas.
Un día, seguramente del mes de febrero, vi anunciado en un periódico que se hacían audiciones para ser miembro del Coro Sinfónico Nacional.
Y es que hacía solo pocos meses, por esas cosas de la vida, me encontré un domingo de mañana, sentada en el Teatro Nacional, oyendo al CSN, donde dos sobrinos cantaban la Novena Sinfonía de Beethoven. El impacto fué enorme. Era la primera vez que yo escuchaba a una masa humana cantando junta. Y además toda una orquesta presente. Durante el almuerzo de ese día, yo intentaba que mis sobrinos me explicaran, cómo de aquel libro que llamaban partitura, uno podía saber que cantar y en que momento. Ahí quedó sembrada una semilla, que yo concientemente descarté, pues ante la realidad de mi vida de ese entonces,algo así no se podía siquiera contemplar.
Ya tenía varios años de llorar. Mi voz había cambiado hacia manifestaciones de tristeza y desolación. Era un llanto sin consuelo,ese que muchas mujeres a lo largo de sus vidas, saben llorar en forma contínua y sin sonido. Cuando la desesperanza se apodera del alma de una mujer, las lágrimas se agolpan en los ojos, en el cuerpo, en la mente y ahí no sabes ni quién eres, ni para que sirves, ni que cosa haces en éste mundo. Llamar a eso agresión no tiene ningún significado, no te alivia ni te resuelve .Sabes solamente que no eres ya nada, que la vida no tiene sentido. La idea de escapar tampoco pasa por tu mente. Realmente sientes que no hay salida ni forma de cambiar las cosas. Es como si te hubieran dado un tiquete solo de ida. Una mujer agredida, a tal punto de haber perdido su autoestima, su fuerza interna, solo intenta respirar. Lo demás, es solo una locura.
Esa era yo en aquel momento en que un periódico decía que podía hacer una audición y cantar con el CSN. La invitación era clara. Habían tres días para audicionar. Fueron tres días en que yo miraba el periódico y buscaba de nuevo aquella nota y me decía, todavía puedo ir. El último día llegó, pero bien sabía yo que ese día tampoco iría, casualmente mi hija mayor y yo teníamos una cita donde un famoso peluquero, que nos había dado lugar al final de la tarde, quedando lejos del lugar de la audición. Así nos fuimos a nuestra cita, pero yo no dejé de mirar el reloj y veía cómo transcurría el tiempo, que me aseguraba que no, que no se podía.
Veníamos de vuelta hacia la casa y mi corazón como loco, no dejaba de brincar; que si, que no, era mi diálogo interno, hasta que hablé con mi hija y le conté del coro, lo lindo que sonaba, que había una audición y que ella y yo podíamos ir y cantar en el teatro. Ella me miraba y yo la convencía, quedaban pocos minutos, no sabía ya cuantos, pero si llegábamos tal vez nos aceptaban.
Desde la Sabana hasta cerca de Santa Teresita, yo volaba. Recuerdo que una fila de gente, se confabuló para que la audición no terminara. Yo había sacado fuerzas no se de donde y pedía instrucciones, mi hija y yo íbamos a audicionar. Y que es una audición ? no me lo había preguntado, no tenía ni idea. Las personas que hacían fila me miraban, me examinaban y me decían, ud ; que cuerda canta ? en que coro ha estado ? que preparó para hoy ? cual experiencia tiene ? Y a todo yo respondía ,bueno no se... no ninguna. ..no, no he estado en otros coros. Y se oía la gente que entraba y hacía escalas,  agudos, graves, y luego salían cabisbajos y no contestaban cómo les había ido.
Era el año 1989. Yo había pasado 21 años de mi vida casada. Cómo podía  regresar esa noche a mi casa y anunciar que había echo una audición en el CSN, que la había ganado y que ahora empezaría a ensayar ,tres noches por semana para cantar luego en el TN, acompañada de toda la orquesta ?
De donde sale la fuerza interna de una mujer que ha tocado fondo en su vida? Esa fuerza está dormida, pero nunca muere. Basta un segundo, para que tome todo eso que la había tenido dominada, sujeta, suprimida y como un vendabal, lo arrase y alce vuelo.
La mas incrédula era mi propia sombra; con una constancia superada solo por quienes han despertado a su llamado, asistía a todos los ensayos, estudiaba en casa todo hasta el cansancio y miraba sin entender que personas que no me conocían me sonreían y me hablaban, que mi trabajo era reconocido y que mi voz les gustaba. A nadie le interesaba saber quién era mi esposo, ni cómo se llamaba ni que hacía. Yo era valorada por lo que hacía. Y eso nunca lo había experimentado. Era tanto mi gozo, que recuerdo que de noche no podía borrar aquella inmensa sonrisa de mi cara. Definir el sentimiento precioso de intuir que algo extraordinario estaba sucediendo, es posiblemente infructuoso .
La ventana hacia la vida, se había abierto.
La guerra en mi vida, se había declarado en firme.
Las acciones mas increíbles se generaron de ahí en adelante en mi casa, un esposo y unas hijas manipuladas por su padre, fueron la artillería pesada que noche a noche me esperaba al regreso de cantar.
El aire que pasa por la garganta, ese que recibes al nacer, ese mismo aire que tres noches por semana, yo aprendía a darle espacio, emitiendo sonidos controlados, proyectados, contenidos, pianos, fortes, agudos, graves. Ese aire que hace que sepan que has nacido y vives, ese mismo aire ahora, como si yo fuera un ser recién nacido, me devolvía la vida, el sentido de la existencia, la sensación de pertenecer a algo, donde no importaba mas tu nombre de casada, donde yo era y volvía a ser lo que siempre había sido, solo Lia.






miércoles, 17 de abril de 2013

CRONICA DE UNA soledad anunciada


 Carlos Montero

Emergen figuras de cuerpos y más cuerpos por los pasillos grises del
aeropuerto. Al son del zumbido metálico de las turbinas de los aviones, cual
desfile de modas, van apareciendo cansadas, ojerosas, producto del largo
viaje, personas ansiosas de llegar a sus destinos.

¿Será esa, será aquella? No imagino a mi hija, ya convertida en mujer, a la
que no veo desde cuando tenía tres años.

Todo empezó con una llamada telefónica de una vecina, doña Rosa, que se
encarga del alquiler de mi departamento en Chile.

- Me dice: “Carlitos, vino Ximena, tu hija, preguntando en cuál de los
cementerios yacen tus restos, ya que le informaron, como a muchas otras
personas, que tú ya no existías. ¿Me autorizas darle tú número de teléfono?”

Pasaron los días y mi soledad fue interrumpida de pronto. Desde allá, con
voz emocionada por haberme ubicado, se comunica conmigo.

- Papá, ¿cómo estás?... no puedo creer que te haya encontrado. Estoy feliz,
no sé qué decirte, bueno, lo más importante: me casé¸ me separé, tengo dos
hijas: María José y Valentina. Tengo deseos de abrazarte y conversar largo
contigo

Yo tengo la solución le digo: venga a verme a Costa Rica, ya las invito a las
tres.

Espero nervioso, esa debe ser, Una joven con paso seguro, dueña de sí,
sonriente, con dos niñas de la mano, evocando en mi mente la imagen del
pasado cuando entraba a mi cuarto con sus muñecas preferidas a darme el
besito de las buenas noches.

- Pá, eres tú? me reconoce por mi expectante y acuosa mirada. Con el
característico dejo cantarín del hablado chileno me dice; “ no seaí fome, poh,
no te vaí a poner a llorar”…

Un beso en la mejilla y un abrazo que contenía cariños que por años, no nos
pudimos dar. – Niñas saluden al señor, él es su tata.

Le entrego un ramo de rosas como gesto de bienvenida y sendos peluches
a mis nietas. Partimos al centro de San José, donde tengo mi residencia.
Se instalan, las chicas cansadas se duermen y nosotros café tras café,
conversamos largas horas.

-Papi, ¿te acostumbraste a vivir acá, no extrañas tu país? Para mí, le
respondo, Chile es un paisaje perdido, paisaje de mi infancia recuperado por
mi memoria . Soy un exiliado de mí mismo, soy exiliado de mi pasado. Ten
presente que el recuerdo no redime a nadie de nada. Se hace tarde, el sueño
nos vence y nos disponemos a descansar.

Amanece, el calor las agobia, el cambio es brusco, del frío seco de Santiago al
calor húmedo de acá.

Transcurren los días y las chicas, como si fuesen terremotos de grados 6 y
4 (sus edades) empiezan con su trajinar y sin “querer queriendo”, a romper
todo lo que les atraviesa: la lámpara de pie en la sala, quiebran el lavamanos,
encienden a la vez el televisor, el equipo de sonido, golpean las puertas,
corren, pelean, lloran, vuelcan los vasos de Coca cola en la alfombra, se
suben a los sillones y a las camas con los zapatos embarrados, transformando
mi pulcro y ordenado apartamento en un caos total. De la pecera sacan a
Pepito, mi 4 colas preferido, según ellas a pasear. Adiós, mascota de años,
compañero en mis horas de soledad. “Que Neptuno te acoja en su reino”.

Siguen pasando los días, con réplicas menores y visitando todos los lugares,
propios de niños¸ que yo desconocía por cierto: el Museo del Niño, Parque
Nacional de Diversiones, Plaza Víquez, la Sabana y por supuesto cuanta venta
de cajitas felices existe.

Llega la hora de efectuar el trámite más insólito que he efectuado en mi vida,
ir a la embajada chilena a declarar lo obvio.

- “Comparecen ante mí, Horacio del Valle Yrarrázabal cónsul particular
de Chile, en esta ciudad, don Jesús Abarca y doña Patricia Espinoza, que
declaran bajo juramento que conocen a don Carlos …………. y les consta que
está VIVO. Se extiende el presente certificado para ser presentado ante las
autoridades chilenas que lo requieran.”

Cual Lázaro, documentalmente, resucito. Transcurre el tempo y después de
muchos platos y vasos quebrados, se rompe además lo que nunca hubiera
querido, la rutina a la que ya me estaba acostumbrando. Tienen que
regresar.

En mi mente cito a Borges:

¿Quién de los dos quedará en el vacío de las sombras sin

el latente custodio de su cuerpo? ¿Quién sufrirá la alejada

presencia llenando el vacío de los cuartos?

Viajamos al Santamaría en silencio y ahí lluvia de lágrimas, abrazos y besos y
la promesa de yo viajaría a la casa de mis padres.

El avión, como una golondrina se recorta en el cielo y se aleja hasta
convertirse en un punto luminoso que se apaga poco a poco.

Regreso a casa, subo más lento que de costumbre los escalones del edificio.
Abro la puerta y el calor de la ausencia y el olor a soledad sacuden todo mi
ser. Doy un grito desesperado.

¡¡Por favor hagan bulla, corran, griten, manchen con jalea los
muebles¡¡

Nadie responde. El ruido del silencio me aturde, no lo soporto. Salgo, quiero
huir.

Camino sin rumbo fijo y me siento en un poyo de la Plaza de la Cultura, a
rumiar lo que pudo ser y no lo fue.

El Teatro Nacional, con sus luces, ilumina mis lágrimas. Su cúpula roja semeja
un faro recortado sobre un mar de nubes violetas cargadas de agua que
coronan las montañas.

Estoy dormitando, tengo frío físico y del alma.

Una muchacha se me acerca: flaca, desgarbada, con botas y minifalda,
oliendo a Fraiché y pintada exageradamente y me ofrece su compañía. Son
veinte rojos. Tenga en cuenta que no soy puta, me dice, es que trabajo
donde unos chinos y el sueldo menstrual me es insuficiente. La corrijo y
le digo: no se dice menstrual, lo correcto es mensual. Está equivocado
usted, caballero, lo llamo así porque solo me dura tres días. Rechazo su
ofrecimiento y se aleja maldiciéndome: ¡¡Viejo más playo¡¡

Sigo recostado en la frialdad del asiento, reflexionando: ”La ilusión no es el
problema, el problema es el exceso de realidad”

Una pareja de policías me saca de mi divagar, diciéndome: ¿Qué hace Usted,
acá a estas horas, está solitario, está lloviznando y es peligroso este lugar.
Venga con nosotros, lo vamos a dejar a la parada del bus. ¿Dónde vive? Lejos
mi oficial, muy lejos, del aeropuerto allá en Alajuela, como 10.000 km, al Sur,
en un pueblito llamado “santiagodechile.

Carmonloy

Taller de Periodismo II U.C.R.

lunes, 15 de abril de 2013

María

Lia Ferreto

La casa de mi madre, en el centro de la ciudad de Cartago, había sido construída por mi abuelo Agustín a principios del siglo XX. Era de una belleza señorial; pisos de mosaico, famosos en esa época ya que varias edificaciones lucían el mismo diseño, entre ellos la Basílica de los Ángeles. Tenía varios aposentos, un baño del tamaño de una habitación, un espacio interno en el centro de la casa, que le llamaban " el hall " donde convergían algunos de los cuartos y cuyo techo era de una altura inusual, dando a ese espacio diversos matices según la hora del día en que entrara la luz.
Al frente en la calle, una escalinata servía para entrar a la casa y para llegar al corredor donde dos lindas bancas de madera, invitaban a sentarse y así ver los atardeceres, o desde ese balcón de cemento calado, tomar un buen lugar y ver todas esas "procesiones" que ciertamente pasaban por la casa de mamá. Además estaban esas macetas de antaño, donde perezosas colgaban grandes begonias.
La cocina de seguro había sido centro de grandes actividades, pues esa casa había conocido al pasar del tiempo a una infinidad de personas que la habitaron, o la visitaron y que ahí encontraron refugio y acogida volviéndola como un centro de reuniones para tan diversas personalidades, que mamá de tanto en tanto riendo, nos contaba. Tías medio locas o  inquilinos que nadie sabía de donde habían aparecido, pero que ahí se quedaban por tiempo sin fin.
 Al lado de la cocina estaba otro gran corredor donde al final se encontraba el área de servicio, en éste corredor grandes mesas servían para poner ollas y todo aquel menaje tan variado en la fecha de hacer los tamales. El patio al estilo de otros tiempos, era tan grande que yo siendo niña, sentía que me perdía,lleno de árboles cargados de frutas, diversos naranjos, hasta la naranja agria, dos inmensos árboles que daban los mas dulces y jugosos nísperos que recuerdo haber probado, varios de anonas, que eran el amor de papá; la higuera que no solo deleitaba con sus frutos, sino también sus hojas perfumaban y regalaban su sabor a la miel de chiverre que cada año se hacía para Semana Santa. Los bordes del sendero, años después, se llenaron de tréboles de flores rosadas, y los lirios que habían sido de la abuela Cata, unos rojos y otros de rayas con tonos naranja y blanco. Y no se diga de los macizos de helechos, geranios y  begonias, por todo lado sembrados.
Fue en ese mismo corredor donde aquellas dos hermanas, en medio de una lucha cuerpo a cuerpo partieron a María en dos.
Una revolución en Costa Rica, una división, una lucha entre hermanos no salvó a mis padres de vivirlo en carne propia y deciden emigrar a Venezuela buscando nueva vida, queriendo olvidar los horrores vividos, buscando su oasis, su propio destino. Primero se fue papá y cuando se sintió establecido, mandó por mis hermanos y por mi mamá. Conocieron varios lugares y finalmente se establecieron en Carora. Un pueblito caluroso donde al medio día nadie se atrevía a salir de sus casas, tal era el bochorno y las personas languidamente pereceaban tendidas en los” chinchorros”, única forma de esperar que la temperatura bajara y atreverse a realizar alguna actividad. Así aprendieron todos ellos a sortear esas horas y a usar las hamacas, y tomar previsiones en un lugar tan apartado de lo que habían sido sus vidas hasta ese momento.
Ahí nací yo. Después de tantos años mamá volvió a experimentar la maternidad en una nueva tierra, en una nueva vida. Caroreña come queso dictaminó el médico que me recibió. Mis hermanos esperaron mi llegada y mucha otra gente; mamá amiguera como era, ya había logrado establecer vínculos nuevos. Toda esa gente conformó el entorno de mi niñez, nacida en cálidas tierras, sostenida por cálidas personas de generosos corazones.Una niña muy feliz, sin duda, que cantaba por las calles a viva voz toda la música que escuchaba, sin reparo, siendo la delicia de cuántos me rodeaban. Ahí viví libre, amada, consentida, protegida, también viví ahí el desarraigo y mis ojos nunca mas volverían a mirar ese paisaje .
Sin conciencia de lo que sucedía, vi mis cosas pasar a otras manos; mi cama, mi camita, mis juguetes, los muebles de la casa, todo iba desfilando ante mis ojos infantiles, que preguntaban pero que nadie supo responder. Con argumentos de la época; a los niños no se les explican las cosas, no las comprenden, deciden no dar detalles a esa pequeña Lía, que solo sentía que algo se estaba rompiendo en su frágil corazón, en su corta vida. Y ante aquel llanto que no cedía, aceptaron que yo abrazara y me quedara con María …

 No se de donde había llegado María. Era mi más hermosa muñeca. Su cara y extremidades eran de hule, y tenía esos rasgos dulces de un bebé recién nacido. Su cuerpo, estaba formado de algodón y relleno de algún material que permitía sentirla suave entre mis brazos. Ella fue quién enjugó mi interminable llanto, una vez que regresamos a Cartago, a la casa del abuelo pues la que mis padres tenían y todos sus bienes, habían pasado a otras manos. Dicen los que narran las historias, que el mío era un llanto inmenso como la distancia que ahora me separaba de aquellas amadas gentes que yo había perdido. Mamá hablaba de la locura de su niña, que si no detenía sus ríos de lágrimas, ambas debían echar marcha atrás. Pero eso no se dio. Y la niña medio loca enmudeció. Y seguro mamá creyó que ya había olvidado.
Dicen los que saben de las cosas de la mente que mi llanto no era mío, que los niños expresan lo mismo que sienten los adultos, si ellos son felices, los niños también sonríen, pero si la tragedia toca sus almas y se vuelven locas y no pueden expresar el terror que las ahoga, esos niños pequeños lo hacen por ellos. Así que mamá atravesaba el dolor de someterse de nuevo ante la rigidez de su padre, perdiendo de nuevo su autonomía y su vida soberana. Como debía “ comportarse “ ante los imponderables, con total indiferencia, su pequeña hija asume su voz, su dolor, su locura y llora por ella. Yo lloré el llanto de mi madre .
En un tiempo creí que lloraba, porque mi alma vieja sabía que debía vivir en éstas tierras, pues aquí estaba mi destino, acá debía conocer al hombre con quién engendraría a mis hijas, acá debía cumplir con el plan y los acuerdos que ella conocía. El llanto era premonitorio. Sabía cuánto dolor me esperaba.
…. Y María . Los mas lindos vestiditos eran para ella. A cualquier paseo que yo fuera, su maleta era lo primero que yo preparaba. Como aquella vez en que íbamos a tomar el tren que nos llevaba a Limón a encontrarnos con papá y la maleta cayó y fue a dar debajo de los rieles y todas las cosas que yo atesoraba, quedaron a merced del viento. Solo mis gritos y mi angustia hicieron al abuelo Tin, recogerlos uno a uno.
Pero ese día, las dos mujeres que trabajaban en casa de mamá, peleando como solo las hermanas saben hacerlo, ante mis desorbitados ojos arrebataron a María de mis manos y con ella, cuál si fuera un arma mortal, se daban de porrazos. Llanto, gritos, súplicas, no sirvieron de nada, aquellas mujeres enfurecidas con mi muñeca volando por los aires, no se detenían hasta que lograron partirla en dos pedazos. Sus piernas por allá. Su cabecita no se donde. Todo el relleno voló perdiéndose en todos los rincones, cubriéndonos las cabezas de un extraño confeti de algodón. No se de donde apareció mamá. El caos era total. Mocos, gritos y aquel confeti y esas dos malvadas que no creían hasta donde habían llegado. Mamá no sabía por donde comenzar, si gritando improperios a aquellas dos asesinas, calmando mi llanto o buscando lo que había quedado de María.
Horas mas tarde, mamá sentada revivió a María. Con un cuidado extremo y un amor que solo ella podía poner en aquel momento, formó un nuevo cuerpo, era como si pusiera un pequeño vestido, cosido en la línea del cuello con puntadas perdidas, lo mismo en los brazos y las piernas; después la rellenó y así me entregó a mi nueva muñeca y mis temblorosas manos con ternura la estrecharon de nuevo contra el pecho y la llenaron de besos y de promesas de que nunca mas algo así ocurriría.
Mamá y María. Un recuerdo que hoy llega a mi memoria con mucho amor; con agradecimiento, porque solo el tiempo te hace revivir esas frágiles imágenes que te hablan del amor de la mamá, tantas veces cuestionado e incomprendido.

miércoles, 10 de abril de 2013

el derecho a la lectura...

Por Antonia Morales ..

En estos días en Facebook, compañeros y yo misma, hemos estado haciendo campaña en favor de la lectura, lo bueno que es leer y estimular la imaginación con un libro ante los ojo, nos hace crecer y desarrollar nuestro cerebro.., y esto está bien y es justo, pero….Nosotros los de la gloriosa tercera edad, somos “Pensionados”, la mayoría de las veces son pensiones exiguas, y lo que es
peor, tenemos la mala costumbre de comer tres veces al día, y de tener que visitar por equis motivo de vez en cuando la Farmacia (esos precios los dejamos para otra ocasión). No nos cobran en el autobús, pero si pagamos luz, teléfono, agua ect.ect. y a lo que estábamos, diciendo … ¡queremos leer!. Leer es un lujo, porque un lujo es entrar en una librería enamorarse de un libro ver el precio y poderlo comprar, como puede ser que sean tan caros los libros, como con nuestra pensión podamos comprarlos (Si ya sé que podemos sacarlos de una biblioteca, por cierto donde hay una que nos preste libros) Ya se, los bajamos de internet, pero… para eso tenemos que pagar el internet, y para tal menester tener una Tablet, que no todo el mundo tiene… (Son caras).Yo quiero libros los necesito pero…. Yo tengo suerte, (no tengo una pensión grande, la mía da risa
por no decir lastima) pero mis hijas me los compran y tampoco tengo que pagar un montón de cosas, yo tengo mucha suerte pero y los que no……..La verdad es que no se si incitar a leer es estimular a los demás o crearles una depresión. Tengo que meditarlo muy seriamente y consultar con un libro para que me diga que consejos son los que debo dar, si es que puedo dar alguno. Eso si yo lo que diría es que por favor los libros son un derecho, háganlos asequibles y verán como lee un montón de gente que ahora no puede.

martes, 9 de abril de 2013

Fede y yo


Cielo Solórzano
El 23 de mayo de hace algunos años lo podría denominar como el año en que mi vida cambió. Es el día olvidado y a la vez el más recordado. Muchas horas de ese día se perdieron en mi memoria. Están escondidas, en el fondo de mi corazón y luchan por no salir de ahí. Lo último y lo único que me acuerdo es montándome en el carro, camino al hospital. 
Las últimas palabras que me acuerdo son las del entonces esposo y padre de mis hijos que me decía: “este hijo que está a punto de nacer tiene que ser tan lindo e inteligente como los otros dos que tenemos”. Y después despertarme y preguntar por mi hijo. Nadie quería decirme nada. Ni siquiera el pediatra. De repente me acordé. Cuando tenía como 4 ó 5 meses de embarazo, iba sola en el carro camino a mi casa y tuve un presentimiento. Este hijo tiene Síndrome Down. Inmediatamente catalogué ese pensamiento como algo insólito. Como algo impensable, y lo deseché. Pero ahora estando sola en el hospital y sin tener noticias del pediatra mi sospecha se acrecentó. Busqué al pediatra y lo enfrenté. ¿Qué pasa con mi hijo? ¿Qué tiene? Él balbuceaba y enredaba las frases. Tuve que preguntarle directamente ¿tiene Síndrome Down? Bueno si, me respondió, pero tenemos que esperar a ver cómo va reaccionando. El mundo se me cayó encima. ¿Cómo enfrentarlo? ¿Qué va a pasar con él? ¿Porqué él? ¿Cómo lo va a tomar el papá? Me sentía desolada. 
El papá quería que fuera lindo e inteligente. No sabía a quién recurrir ni qué hacer. Las horas pasaban y nadie venía a verme. Ya se habían enterado y no sabían cómo decírmelo. No me acuerdo nada más. Algunos familiares llegaron, otros no. Federico enfermó, lo operaron recién nacido del corazón, padeció 4 años en el hospital y solo estuvimos Fede y yo. El papá corrió, los abuelos, tíos, amigos desaparecieron. Se esfumaron. Solo quedamos Fede y yo. Y así empezamos este camino de amor, Fede y yo, de la mano, saltando obstáculos, quitando piedras, buscando rutas, unas cortas otras no tan cortas. Solo Fede y yo y la pregunta eterna de Fede “yo te amo, ¿vos me amás?” Esa es la melodía diaria en mis oídos. La melodía con la que Fede y yo caminamos esta senda de amor. De la mano… Fede y yo.

Doña Lidilia


Cielo Solórzano
Parada frente a mí, fuerte como un roble, de piel morena, pelo gris, vestido color café impecable, zapatos negros lustrosos y una bolsita blanca bordada con encajes que cuelga sobre su pecho y con sus grandes manos abrazando el bolsito con gran amor, como si lo protegiera con su vida, doña Lidilia me dice: “si quiere se queda aquí afuera contemplando el paisaje, tal vez esto va a ser muy fuerte para Ud.” 
 Estamos en medio de la montaña en Frailes de Desamparados con un paisaje insuperable ante nuestros ojos. Hemos llegado hasta ahí por un trillo de piedras sueltas, tras bajar por caminos sinuosos. ¿Está asustada por ese precipicio? Me pregunta doña Lidilia. No se preocupe. Mi esposo aprendió a manejar cuando era chiquillo por caminos peores que estos. ¡Viera usted! Yo por eso confío en él plenamente. 
Después de escuchar mi negativa de quedarme contemplando el paisaje, doña Lidilia decidida, tocó la puerta de la humilde vivienda. Era la única casa en medio de la montaña, al tope de una ladera sembrada de café. Esperamos un buen rato. Cuando la veamos por esa ventana es que ya está lista me dice. Vea, ya podemos entrar. 
Ahí viene el hijo con el papá. Ya bañó a los dos. Yo vengo todos los días a bañar a la señora pero hoy no pude y pobrecito, le tocó a él bañar a los dos. ¡Pobrecito! Está él solo atendiendo a su papá y su mamá y no tienen pensión. Pasen, pasen ya están listos dijo el hijo. 
Cada uno estaba en su cama de hospital, el cuarto muy limpio, con piso de tierra. Con gran amor me presentó a sus papás. Tienen catorce años de estar postrados en estas camas. Don Carmen podía medio articular palabra, con la mitad del cuerpo paralizado pero consciente. Doña Anabelle estaba profundamente dormida con el rostro desfigurado por la enfermedad y con sólo el tronco como cuerpo. “Mire, mi mamá llega hasta aquí” señalando solo el tronco, sin extremidades. Corriendo las cobijas me pregunta“¿quiere ver el tronquito sin las piernas?” Vea esta foto. Así era mamita cuando estaba alentadita. Después de haber besado y persignado a los dos, doña Lidilia empieza sus oraciones. 
El dolor de mi alma era tan profundo que caí al suelo de rodillas, pidiendo perdón a Dios por mi irreverencia, por mi falta de agradecimiento, por no permanecer siempre de rodillas agradeciendo cada instante de nuestras vidas y pidiendo por este hijo que con una sonrisa de amor y abrazando a su mamá preguntaba “¿verdad que nos parecemos?”. Con una vela encendida doña Lidilia continuaba rezando, sacó del bolsito blanco que colgaba de su pecho y que no había dejado de abrazar con sus grandes manos, la sagrada hostia y con una sonrisa de amor decía en voz alta “abra la boquita don Carmen, este es el cuerpo de Cristo”. Amén, respondió él. 
Poco a poco el llanto cedió y pude susurrar, amén. Después de un interminable abrazo con Mario, el hijo que ha dedicado su vida a esos padres, y de prometerle que pronto volvería, dijimos hasta luego, quedando la escena de amor y dedicación sellada en mi alma. Doña Lidilia camina entre montañas todos los días para ir a bañar a doña Anabelle. Al despedirme le dije: doña Lidilia, usted es una santa. ¿Yo santa? Respondió. ¿No se ha dado cuenta?, le pregunté. Pero es que de eso se trata ¿verdad? me respondió, de caminar por el camino de la santidad.