viernes, 16 de septiembre de 2016

“Pudo haber sido fatal ”




A mediados de junio del año 2006, venía de una capacitación que se estaba impartiendo en el Hotel Tryp Wyndham. Eran cerca de las 7 de la noche cuando ingresé al Parque Metropolitano la Sabana, me dirigía hacia el Paseo Colón a tomar el bus de Sabana Cementerio, como estaba oscuro mis ojos tenían que adaptarse a la oscuridad y a las sombras que producen los árboles.

Al adentrarme sobre la acera del parque, como a cien metros de donde estoy diviso una silueta entre los árboles que impaciente se movía de un lugar a otro. ¿Me pregunté, qué o quién será esa figura?; mientras me hacía la pregunta, de sur a norte y frente a la Estatua de don León Cortés observo a una mujer que camina tranquilamente hacia el lugar donde se difumina la silueta.
La mujer pasó frente al edificio que albergaba la Federación Costarricense de Fútbol, mejor conocida como la casa de los sustos, yo iba en sentido contrario, ella ingresó al lugar donde la oscuridad la envolvía, mientras…., aquella intrigante silueta seguía moviéndose de manera lenta como un lince en espera de su presa.

De repente, zas, observo que un hombre con un objeto en su mano golpeo a la mujer sobre su cara, luego la tomó del cuello y la arrastró hacia los árboles de eucalipto que están hacia el oeste.

Ante esa situación, corro hacia el sitio y entre la maleza y la oscuridad no observo nada, de repente como a 75 mts, entre los árboles veo al hombre que está de cuclillas, sin importarme nada y sin medir el riesgo, me dirijo hacía aquél lugar donde la oscuridad y penumbra no me dejaba ver a la mujer.

Al llegar a la escena la mujer está tirada de espaldas al suelo y el hombre arrodillado sobre ella, le dije ¿qué pasa? y él se levantó sorprendido y sin reacción; cerca de ambos había un palo con el que supuse le había pegado.

Les pregunto que qué está sucediendo y ella se levanta llorando y corre desesperada entre la Sabana con rumbo a la Burger King. Sin pensarlo dos veces tomo a aquél hombre de sus manos, él me dice que ella es su esposa y que la encontró con su amante en un restaurante cerca de ahí y que por eso la estaba esperando.

Ante aquella respuesta y en ausencia de la mujer, la duda me embargó y me desconcerté, ¿Estará diciendo la verdad? ¿Por qué ella corrió sin decir palabra?, ¿Entonces, por qué iba llorando?, ¿Qué se hizo?, ¿Qué rumbo tomó?

A pesar de todas esas inquietudes y preguntas sin respuesta, lo saqué de aquél oscuro lugar y lo llevé a la acera, ahí pude ver que era un hombre de unos 35 años, de pelo ensortijado y piel blanca.

En aquella incertidumbre miro su jareta y veo que el ziper de su pantalón estaba abajo y que su miembro prácticamente estaba afuera. En ése momento le digo desgraciado usted la iba a violar, no sé cómo hizo pero dando un salto felino él se tiró a la calle y corrió entre los vehículos saltando de un lado a otro sin que ninguno lo atropellara.
Desesperado grité agarrenló, agarrenló, él se enrumbó hacia Fogo Brasil y lo perdí de mi vista. Después de eso, la muchacha llegó acompañada de otras personas, era evidente una enorme chichota que tenía entre su frente y la cabeza, en su cuello marcadas las huellas de los dedos de aquél aberrado sexual, que la había arrastrado para violarla.

Ellos me preguntan por aquél desconocido, les dije que ese bicho me había desconcertado cuando me contó que ella era su esposa y que al verla con otro hombre se llenó de celos y por eso la había golpeado. Por supuesto que la joven ni siquiera sabía quién era ese depredador sexual que con su coartada me dejó fuera de combate.

Gracias a Dios y al espíritu de solidaridad que mis padres me inculcaron, esa ya lejana noche de junio del año 2006, con mi acto evité que una joven a quien desconozco, hubiese sido objeto de un ultraje sexual o quizás de un homicidio.

Lo que si me dejó un sabor amargo, fue el no haber podido sostener y entregar a las autoridades al victimario que posiblemente ya había logrado su propósito con otras mujeres, las que por temor y vergüenza no denunciaron a quién les causó un trauma producto de una violación.

Ricardo Jiménez 

Una historia de la vida



Antes de nada quiero aclarar que todo lo que se relata sucede de forma imaginaria, cualquier parecido de hechos o personajes con la realidad es pura coincidencia.
Una mañana me levante como todos los días con la nariz fruncida, tratando de oler el café y pensando que tenia dos caminos, levantarme e ir a buscar uno o quedarme allí y esperar que me lo trajeran….pero quien me lo iba a traer, me quede mirando al gato enroscado junto a mi le empuje y le dije – Anda Tráeme café – (si me oyó no me hizo caso siguió durmiendo). En vista de tan escasos resultados decidí levantarme e ir por mi cuenta. Me estire me puse de pie y fui para la cocina y cuando iba a entrar ¡zas! Ante mis pies se abrió un pozo oscuro y yo caí en el y seguí cayendo sin poder agarrarme a nada pues las paredes eran de piedra. Yo pensaba… ¡¿ que es esto será que ahora soy la Alicia del cuento, conoceré al conejo blanco’?... Pero seguía cayendo, al final toque el fondo por suerte nada de agua era un poco agradable pozo pero por lo menos seco, seco y de piedra, tampoco ¡OH ¡ gran suerte la mía no se veían ratas u otros animalitos poco simpáticos. Mire hacia arriba y apenas se veía una luz, pero poco a poco, esa luz era un rayo de sol que me permitía ver mi entorno pero…..que había ¡NADA¡ oscuridad y piedra. Quien me sacara de aquí si estoy sola y por otra parte que hace un pozo y el sol en mi salón….Como llegaron ellos allí y y yo aquí…..Esas preguntas eran transcendental, que estaba sucediendo….entonces vi pasar una sombra que se sentó, en mis hombros abrazándome por detrás, no me asusto pues sentí que la conocía…. Tras un rato de silencio pensando la reconocí, hombre si es mi gran amiga( o enemiga según se mire). ¡si es la depre…la condenada depre, que hacia allí. Se lo pregunte pero no me contesto, pero no hacía falta, estaba en su casa. Si eso era yo había caído por fin en el fondo del pozo de la depre, fue fácil caer pero… como salir. Toda yo era pensar, y contra mas ideaba formas ,esa sombra se iba separando como enfadada, como extrañada de mi rechazo, ir a su casa entrar hasta el fondo y luego querer desesperadamente salir de allí no le cabía en sus neuronas (o lo que tenga la depre en la cabeza…si es que tiene cabeza no lo sé la tenía a mi espalda la sentía pero no podía verla, solo se que ya no me abrazaba ….mire hacia arriba hacia la luz… y vi con temor que el rayo se estaba apagando, cada vez a más velocidad, y yo pensaba donde estaba mi ángel de la guarda mi esperanza o quien sea que no me sacaba de allí. Justo cuando iba a volverme a mirar cara cara a la depre sentí el ruido era muy sutil apenas un roce, no sabía que era pero me inspiro una gran esperanza, seguí mirando y de pronto les vi……. Poco a poco por las piedras lisas bajaban mis tres gatos Mateo, Nicolás y Santiago venían con los dientes fuera gruñendo y mirando a la sombra con rabia y esta fue retrocediendo hasta la pared del pozo, gruñendo también yo no sabía que las depre se enfadaran pero se enfadan, y mucho….Le hicieron frente y ella gruñendo como ellos se fue pegando a la pared y se incrusto en la piedra. Los gatos me agarraron como pudieron, me empujaban, me tiraban del pelo pero allí íbamos hacia la luz. Ya, hacía casi la salida los gatos ya no me podían sostener y cuando creí volvería a caer, de la boca del pozo callo una frondosa cola gris llena de pelos como algodón, era la cola de mi perro Maximiliano allí me agarre, los gatos me empujaron y entonces Sissi mi perrita me saco a tirones del pijama, y de pronto estaba fuera, no sabía que había pasado, pero allí estaba las vigas del techo de madera y no el sol y el suelo las losas de cerámica no el pozo y las piedras. Ves me dije levantándome del suelo todo eso te pasa por perezosa si querías café levántate y vas por el sin mayor trámite, y hazlo con alegría no con la nariz de bruja y la cara de vinagre, así no volverás a caer al pozo, que ya viste que es bien feo y triste y sobre todo muy solitario, así que arriba y adelante y que esa sombra se quede en su casa hundida en la piedra negra. Fui tome café hice unas cosillas y después tranquilamente me fui a colorear dibujos de flores y campos verdes y mis pequeñines peludos conmigo siempre conmigo.


Antonia Morales Diez

Un día en el Parque Simón Bolívar



Por: Maureen Hidalgo Ch.


Corría el año de 1968, entre a primer grado en la Escuela Abraham Lincoln, con mi enagua de paletones que se abrochaba a un lado, mi blusa blanca y mis zapatitos de cuero de amarrar con cordones. Tuve que aprender a atarlos porque solo había usado con hebilla. Mi bulto era de lona a cuadros rojos, mi mamá quería que fuera de cuero para que me durará más pero no lo podía abrir. Toda una aventura me esperaba. No fue fácil dejar a mi madre de hecho me puse a llorar cuando ella se fue, pero Lorena una de mis compañeras me ánimo y me senté junto a ella, toda esa semana. Los días iban trascurriendo con normalidad era muy fácil para mí porque mi hermano mayor ya estaba en segundo grado y yo ya había aprendido a escribir algunas palabras: mamá, papá, casa y masa.
Antes de que terminaran los días de verano las maestras de primer grado organizaron un paseo al Parque Bolívar. La ilusión con la que esperaba ese día no me dejaba dormir. Lo más lejos que había ido era al Hospital San Juan de Dios y al Mercado Borbón pasando por el Mercado Central. Pasar por ahí me daba mucho miedo porque los carretones con caballos siempre estaban alrededor del Mercado y los caballos se sacudían y relinchaban y si me pateaban. E ir al parque yo sola en un bus con todos mis compañeros era increíble. Ese día mi mamá me preparo un emparedado de mortadela, dos huevos duros y una botellita con fresco de chan. Además me dio una moneda de cincuenta céntimos, (un cuatro) para que me comprara algo. En una bolsa de papel de esas que le daban a uno en el estanco eche todo y lista, a pasear.
Tenía muchas expectativas porque los domingos siempre íbamos al cine y la mayoría de las veces veíamos las películas de Tarzán esas que protagonizaba Johnny Weissmulleer o Lex Barker y mi maestra nos había dicho que el parque era como una selva y había animales y yo me lo imaginaba igual.
En el bus cantamos hasta que estuvimos ahí, cuando nos bajamos, llegamos a un portón antes se entraba por arriba, por la Casa Amarilla. Empezamos a bajar por unas gradas entre árboles y enredaderas que colgaban de lo alto de las copas. Mis ojos curiosos buscaban los monos no fuera a caerme uno encima, y mientras veía arriba, veía abajo por si acaso una serpiente se quisiera arrollar a mis tobillos, como lo había visto en Tarzán. Para mi sorpresa no era así, nos detuvimos y echamos un vistazo desde donde estábamos se veían las jaulas y algunas fosas inmensas donde estaban los animales.
Empezamos el recorrido por donde habitaba el lagarto y algunas tortugas, todos parecían muertos pues ninguno se movía, vimos una danta que olía…, un oso hormiguero, los monos que jugueteaban llamando la atención. Las serpientes no andaban por ahí estaban en una de esas fosas y tampoco se movían. No era como me lo había imaginado pero era muy bonito. El león se oía por todo el parque y eso agitaba mi corazón.
Llegó la hora de almorzar, cambie la mitad de mi emparedado por la mitad de uno de pate y jalea que traía un compañero. Le di un huevo duro a mi maestra y el otro lo vote, a mí no me gustan, las yemas se pegan a los dientes. Y con la moneda de cincuenta céntimos me compre una cremoleta de fresa que valía veinticinco céntimos, la niña Luisa, mi maestra me la tuvo que comprar porque yo no llegaba al mostrador de la soda. Quería comerme otra pero ya no dio tiempo. Nunca un helado me supo tan rico.
Después de ver al pavo real y otros pajaritos, fuimos al castillo, que era enorme a mis ojos, pero no se podía entrar. Después de esto llego la hora de regresar, subiendo las gradas volví a ver los arboles esperando ver un mono o una serpiente, por si acaso, pero no había ninguno. Volvimos a la escuela. Este fue uno de los días más divertidos de mi vida.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Un día cualquiera

por Maureen Hidalgo

En mi corazón guardo días especiales que nunca se podrán borrar, el nacimiento de mis hijos, el día en que me case. El día en que les di el último adiós a mis papás.  Días tristes muy tristes y días inmensamente felices.
Pero, este día era un martes como cualquiera, como tantos otros en el calendario, me levante temprano como siempre, mis hijos se fueron a estudiar y mi esposo a trabajar. Era un día soleado, hermoso, me dispuse a hacer lo de todas las mañanas, recoger los regueros del desayuno, regar el jardín y recoger la ropa para lavar. Pasaban las siete de la mañana, encendí el radio para sentirme acompañada con la voz del locutor.  Minutos después, una noticia urgente rompía la rutina de la programación. Un avión chocaba contra las Torres Gemelas en Estados Unidos.  Inmediatamente encendí el televisor, estaban pasando las imágenes, un avión impactaba una de las torres.  Un accidente tan increíble cómo  era posible. No paso mucho tiempo cuando otra aeronave se estrellaba con el otro edificio.
La gente corría despavorida, sin dirección, gritaban, lloraban, sin entender que pasaba, bomberos y camiones de emergencia llegaban al lugar, la gente se lanzaba por las ventanas de las edificaciones que ardían en llamas hasta que se desplomaron.
Sentía que no podía ser una espectadora pasiva, algo tenía que hacer,  a quien llamar, y ellos que podían hacer, si todo el mundo estaba viendo lo mismo que yo y no podían hacer nada. Mi corazón se agito, las lágrimas empezaron a correr sin control por mis mejillas. Una angustia y ansiedad recorrieron todo mi cuerpo. Un temor que me asfixiaba me embargo. Caminaba, lloraba y no podía respirar. La noticia continuaba, dos aviones más ya habían sido secuestrados e impactados en otros lugares. No podía imaginar que sintieron los pasajeros de esas naves viendo como la muerte estaba frente a sus ojos. Junte mis manos y empecé a clamar a Dios que nos guardara, ya no me podía mover, mi mente no comprendía que era lo que pasaba, solo sentía que en cualquier momento un avión podría caer en mi patio.
El terrorismo ya era parte de mi vida y era una realidad que no podía manejar.

Un día cualquiera se convirtió en un día de terror, dolor, tristeza, incertidumbre y muerte. Ya el 11 de setiembre nunca volverá a ser una fecha más en el calendario, y el día parece interminable y la noticia no acaba.