jueves, 27 de septiembre de 2018
Me gustan las casas viejas
Me gustan las casas viejas
porque en las arrugas del tiempo
han quedado escondidas
juguetonas risas de niños
que con el siglo crecieron.
Me gustan las casas viejas
porque aún se escucha
el tintinear de las ollas
en sus cocinas de leña
trayendo consigo el recuerdo de
bizcochos y pan crujientes
recién salidos del horno con
el inconfundible aroma del café.
Me gustan las casas viejas
porque en sus paredes guardan
suspiros y chasquidos de besos
de apasionados amantes jurándose amor.
Me gustan las casas viejas
que se han dejado abrazar
por bougambilias traviesas
que aprisionan con sus garras
las blancas y erosionadas paredes
depositando en su añejado
techo de tejas de desteñidos
ocres , bellos y frescos racimos
de flores rojas que dejan caer el rocío
silenciosamente en el tiempo.
Marta Hernández Mendoza
20 de agosto de 2018.
jueves, 6 de septiembre de 2018
El olor de los recuerdos
Una noche de
esas en que uno se tiende en la cama, con sueño y sin posibilidad de dormirse, me
preguntaba qué olor tendrían los recuerdos. Seguramente el insomnio hacía que
mi mente divagara sin reserva entre parajes guardados en pasadizos ocultos de
mi alma.
Pensaba en
los lirios de la abuela Cata, ramos rojos y rayados carmesí que se confundían
entre helechos y begonias. Su múltiple floración llenaba la vista de su alegría
tan espontánea. De seguro, la abuela y los lirios tendrían olores semejantes. O
eran aquellas especiales cajetas de coco y arroz crudo, que ella elaboraba con
tanto afán, llevándose a otros mundos su receta, tan sigilosa era cuando las
confeccionaba. Pero su delicioso aroma aún hoy me perturba. Jamás podría olvidar esa sensación al entrar a su
casa y saber que aquel día había cajetas.
Otro intenso
aroma que en mi niñez marcó eventos relevantes, era el aceite de oliva. No
había placer mas grande que ver correr aquel delgado hilo verduzco sobre una
ensalada recién preparada. Era un lujo que se permitía en mi casa de tiempo en
tiempo. Su característico envase de algún metal liviano, decía que provenía de
una remota España. Lo vi correr de forma abundante sobre la desnuda espalda de
mamá. Las generosas y fuertes manos de la abuela Cata, se desplegaban llenas de éste dorado líquido buscando aliviar
las graves quemaduras de sol , mientras mamá gemía llorosa . Fue mi primera
visita al mar, mi primer encuentro, logrando también registrar su ocre y salado
aroma que entraba por mi nariz, para que yo no olvidara su mágico encanto.
Aroma a mercado.
Yo amaba ir de compras tomada de la mano de mi madre. Aquel intenso aroma
inolvidable. Frutas, cebollas, papas llenas de tierra, hombres sudorosos que
nos mostraban sus tesoros, buscando atraer nuestra gula y delicia por esa
abundancia que tenía el Mercado de Cartago. Había de todo. No alcanzaba a ver
tanta variedad y mi escasa estatura, permitía al menos que yo fuera adivinando
cuál parte de ese inmenso mercado recorríamos. Pero sin duda mi parte favorita
era el área donde hacían tortillas palmeadas. Calientes, infladas, gruesas y
deliciosas, su aroma inconfundible hicieron que aún ame comerlas. Y llegábamos donde una
señora que yo adoraba. Ah, sus tortas de carne eran especiales. Hechas a la vista,
tenían un olor que detenía al mas valiente. Una salsa regada con derroche sobre
ellas, hacían que su sabor se intensificara y mamá reía al ver mis ojos golosos
y felices con aquel manjar que ambas disfrutábamos.
Mi gusto por
los perfumes empezó en mi adolescencia. Traídos de Francia decían sus envases.
Mamá los usaba y yo me deleitaba con ellos. Cada vez que recibía al finalizar el año, regalos de sus
alumnos, llegaban uno o dos y descubrirlos después de romper alborotada sus
empaques, era un gran gozo. Desde
entonces son mi deleite.
Cuando mis
hijas eran pequeñas, les compraba
papeles de carta que coleccionaban. Cada caja traía un estilo, un aroma, un
diseño. Había una complicidad amorosa entre nosotras. Sus perfumadas páginas grabaron entre mis recuerdos, mi juventud de
madre.
El aroma de
los cuerpos. Cuando muchas personas bailan en un salón de clase de danza, deja
en tu memoria ese fuerte olor a sudor. Es del esfuerzo, de horas de intenso
trabajo, de un placer infinito, de jornadas donde el cansancio se disuelve
entre la gloria de pasos perfeccionados. No es un olor que rechazas, sino que
es la huella que deja en el ambiente el frenesí de gente con muchos sueños.
Evoco es olor de un tiempo disfrutado.
Y mi
mascota. Meter mi nariz entre el pelaje suave y esponjado de Lolita quien
comparte mi cama, es mi nueva delicia.
El olor de todo su pelaje me cautivó el día que tan pequeñita la pusieron entre
mis manos. Ahí supe que teníamos un lazo
muy fuerte. Su pancita caliente, cubierta de besos necios tiene un dulce aroma
que me llena de paz y ternura.
Agradecida
con mi mente, al poder evocar tantas memorias olorosas a distancia, a tiempos idos y sin retorno, a
momentos de mi infancia con mi madre y mi abuela, a cosas gozosas que llenan de
lágrimas mis ojos y mi alma suspira al mirar tanto evento vivido, memorias con
olores que se disuelven como nebulosas de la vida que transcurre a veces veloz,
pero ahora muy lenta.
Lia Ferreto.
Agosto-2018.
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