La
lejanía, la pasividad, los sonidos naturales y el aire fresco, hacen
que el bullicio de una ciudad se vaya quedando atrás y los copos
altivos de las montañas se divisan en el camino con ese color verde
intenso que les brinda la frescura de un baño reciente.
Desde
el suelo, sobre el césped se puede apreciar una ronda de delgados y
altivos árboles con sus melenas tupidas, abanicadas con la fuerza
del viento y llevando como sombrero las nubes blancas que
los protegen de los rayos del sol.
Detrás
de la “cerca “con alambres de púa se divisa un portón hecho de
troncos viejos, amarrados con alambre como señal de entrada a una
propiedad privada que se puede acceder fácilmente.
Puedo
ver las vacas echadas con sus terneros de orejas caídas, como lasos
de felpa, de color blanco por fuera y rosadas por dentro con
unos grandes
ojos vidriosos y mirada fija, “ojos de vaca enamorada”. dando a
su semblante un toque de nobleza.
La
arboleda y la pureza se convierten en amigas inseparables del paisaje
cuando llega el frío y forman un conjunto ideal para quedarse en ese
lugar, donde el tiempo se detiene creando una atmósfera de
incertidumbre que remueve los sentidos, el pensamiento y la
imaginación.
Empieza
así la empinada cuesta arriba en un camino de difícil acceso:
pedregoso, lleno de huecos, curvas y tierra suelta, apto para un
carro 4x4, mientras el sol aporreado empieza a sumergirse en su
morada para descansar y en el cielo a desvanecen lentamente sus
colores cálidos.
Poco
a poco se hace más corto el destino de llegada……
Pues
sí. Es un camino bastante difícil, mi nombre es Estela.
-Mucho
gusto, me llamo Leo.
Su
cabaña de alquiler es la primera hay otra que está abandonada, es
mejor que no vaya ahí puede ser peligroso, abajo está la lechería
donde se venden productos
Arriba
le doy las llaves y le muestro la casita
-muy
bien, subamos entonces.
Continúe
por el camino y casi inmediatamente pude divisar en una loma una
hermosa cabaña, adornada con musgo, hamacas y un hermoso jardín
Estacióne
el carro en la parte trasera del patio donde funcionaba como cochera,
lo que fue una galera.
Luego
caminé hacia el corredor hasta donde estaba aquel hombre alto,
mostrando la evidencia en su cuerpo delgado, pero fuerte por los años
realizados en labores de campo, con sus jeans y zapatos tipo
“burros”.
Quitándose
la gorra dejó al descubierto su escasa cabellera un tanto canosa,
sus ojos grandes y caídos como un sol cansado.
Procedió
abrir la puerta de la cabaña que me estaba esperando toda coqueta:
una sala amplia con ventanales enormes que dejaban asomarse a un
horizonte montañoso, tan amplio que daba a la imaginación la
sensación de no tener fin, para entrar a un bosque encantador,
interminable acompañado de un cielo prometedor como una pintura
totalmente creada por la naturaleza. Combinada de luces intermitentes
que alumbran a una ciudad lejana y poblada, dando la ilusión de
estar en la atmósfera fuera de todo contacto terrenal.
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¡Viera
que espectáculo se puede apreciar desde acá Estela, el mejor del
mundo!, aseguró don Leo con una sonrisa amplia señalando
un sofá cama acomodado frente al ventanal.
Pude
observar en una de las paredes de la habitación pequeña la
decoración de un mural de alto colorido haciendo referencia a la
flora y fauna de la zona.
¡Mire
don Leo, que belleza! ¿los mando a pintar usted?
Ah
no, fue idea de mi sobrino y a mí me encantó.
Me
metí dentro de ella, caminé por aquella vegetación de colores como
un arco iris, con el tigre de bengala, los monos y pájaros que se
confundían,
iba
recorriendo todo detalle hasta encontrarme con un rostro de un hombre
de mediana edad e inmediatamente hice una comparación con don Leo,
encontrando una que otra similitud.
_
¿y esa persona, es su sobrino? Pregunté
Y
mirando el mural sus ojos se profundizaron en una lejanía regresando
sorpresivamente de sus pensamientos a la realidad del entorno.
Bueno
Estela, ojalá que disfrute mucho la casita, acá le dejo las
llaves, el lugar es muy seguro y mañana puede hacer caminata si así
lo desea
Y
devolviéndose un poco se acercó para advertirme:
-
recuerde, no se acerque a la cabaña abandonada.
Que
pase buenas noches
_
¡Ah olvidaba! Acá está el desayuno incluido.
y
me hizo entrega de medio cartón de huevos y un paquete de pan
cuadrado, estuve a punto de soltar la risa, por lo del desayuno
incluido, pero lo recibí con agradecimiento.
Esa
noche casi no dormí admirando el paisaje espectacular acostada en el
sofá cama, bien cobijada saboreando una copa vino imaginando un
mundo lejano.
Al
amanecer me di un baño, me vestí apta para la caminata: zapatos
y ropa cómoda, ligera y un buen sombrero que recubriera y diera
sombra a mi fachada. La
curiosidad me llevo hasta poder acercarme a la casa abandonada y
mirar por una ventana el interior de la misma y la voz de don Leo
repercutía en mi mente: “no se asome a la cabaña abandonada”
pero mis pasos no se detuvieron, conforme me iba acercando sentía el
ritmo del corazón como una bandada de abejas en zumbido ensordecedor
que no permitía escuchar la obediencia.
Le
fui dando la vuelta al corredor hasta llegar a la ventana más
próxima, entreabierta por donde una cortina danzaba incansablemente
con la melodía del viento,
en
la pared algunos cuadros desdibujados, telas de arañas un olor
particular a guardado, mis ojos recorrían aquella habitación en
cada detalle hasta que se detuvieron en la cama mal tendida y
empezaba a subir la mirada que creó una duda en algo que no pude
descifrar
Me
alejé apresuradamente al escuchar el motor del carro de don Leo
posiblemente se dirigía a la lechería, corrí para poder salir al
camino consiguiendo fingir que no había entrado al lugar de censura.
Un “adiós” con su mano y un “ ehhh” en señal de saludo.
Admito
que sentí alivio de no ser descubierta y proseguí caminando hasta
llegar cerca del rio, ahí me senté dispuesta a meter los pies en el
agua fresca y comer mi merienda.
A
lo lejos se escuchaba el silbido que simulaba una melodía y un
crujir de hojas secas, crucé una cerca para cortar camino y pude
divisar la silueta de un hombre
me
fui acercando con cierto temor ante alguien desconocido, igualmente
la figura se alejaba hasta perderlo de vista en la maleza, no sin
antes
poder ver su rostro cuando se volteó ligeramente.
Retomé
el sendero que me condujo a la lechería donde apenas estaban
llegando los empleados dispuestos a empezar su faena. ¡buenos días
muchachos! ¿Quién
es el encargado de vender el queso?
Vaya
a la tiendita, ahí hay fresas, natilla y queso de primera calidad
Me
quedé conversando con la señora encargada, una mujer entrada en
años, alta de tez muy blanca y mejillas coloradas.
¿viene
de caminar? – si señora, bastante lindo el camino, vi un lago, un
galerón abandonado, algunas casas pero me devolví porque divisé un
hombre cerca del rio, me dio mala espina porque se fue alejando
cuando me puse de pie para verlo, pude apreciar que era alto con un
chonete y camisa blanca, solo vi su perfil.
-
¿está segura? me dijo la mujer. – si claro
-
¿usted fue a la cabaña vieja? Me preguntó sin quitarme la vista.
No
me dejó titubear, - pues me asomé un poco, le dije bajando la
mirada.
Hace
algunos años, vivía en la cabaña un tío de don Leo de parte de su
mamá, se llamaba Mario vivía solitario, nunca se casó y era un
tanto extraño, evitaba hablar y se mantenía en labores del campo.
En todo el tiempo que pasaron juntos si acaso entablaban
conversación, muy distantes eran.
La
historia que cuentan es que hace unos años apareció por acá un
muchachito que preguntaba por don Leo, aparentaba unos 25 años y no
hablaba bien el español.
Venía
de los Estados Unidos buscando a su mamá, con una historia
verdaderamente sorprendente.
Le
relató a don Leo que su papá antes de morir le había confesado un
gran secreto, ellos no eran sus padres biológicos.
Siendo
muy jóvenes, Edwards y su esposa Amy vinieron de California, estados
Unidos a vivir a Costa Rica, se instalaron en una finca cafetalera
allá por Acosta.
Rosa
(la mamá de Mario) logró ser contratada por las recomendaciones de
los lugareños como empleada doméstica en la finca de los gringos,
llegó con su nieta Carmen con pocos meses de embarazo, siendo una
adolescente.
Así
paso el tiempo y nació Josué se convirtió en la alegría de
aquella casa y en el segundo cumpleaños del niño los patrones le
dieron como regalo un pasaje para llevarlo a comprar ropa a los
Estados Unidos y pasear al castillo de los sueños.
Partieron
un día de aquel lugar la pareja de gringos con el niño, sin mucho
equipaje, el cariño que Edwards y Amy le tenían era enorme, pues lo
habían visto nacer y dar sus primeros pasos en la hacienda.
Carmen
se sentía agradecida y su abuela Rosa quedó a cargo de aquella
finca con el documento de un poder sobre la propiedad por si ocurría
una desgracia.
Así
transcurrió el tiempo y el mes solicitado se convirtió en años, le
costó muchas lunas y soles a Carmen para darse cuenta de lo
sucedido. ¡Josué había sido robado! lo que en realidad firmó fue
la adopción, cedió a su niño en medio de un engaño
Con
el poder adquirido su abuela vendió la finca y Carmen no dudo en
viajar a los Estados Unidos pasando ilegalmente por México, encontró
trabajo en Miami, pasando luego a California y se instaló
definitivamente en Virginia, buscó incesantemente a su niño, ya
irreconocible para ella, trató por diferentes medios de localizar a
sus amos, sin éxito.
Así
pasaron los años….
Al
fallecer Edwards, el padre adoptivo de Josué, le entregó el
documento de inscripción de su nacimiento y la dirección de la
finca en Acosta para que buscara a su verdadera madre, pues Amy ya
había fallecido.
Josué
no dudo un instante en hacerlo y al llegar a suelo tico buscó ayuda.
Rosa,
su bisabuela había comprado otra finca en las altas montañas de su
natal Turrialba, heredando a su hijo Mario y sus dos nietos (Leo Y
Carmen) la propiedad.
Cuando
Josué llegó con el documento que lo acreditaba como sobrino, en
busca de su madre, no hubo más remedio que manifestar la verdad.
Fue
informado que su madre, Carmen había vivido por años en la misma
ciudad que Josué, en Virginia, Estados Unidos el destino nunca los
unió.
Carmen
enfermó y recibió diagnóstico que la llevaría a la muerte y al no
haber encontrado a su hijo, tomó sus ahorros y viajó a su país en
busca de una muerte serena a la finca en Turrialba
En
una de sus mejorías salió a caminar y vio que había otra cabaña
cercana, se asomó por la ventana y vio a un hombre descansando en la
cama
dudó
un momento y antes de reconocerlo decidió devolverse, se sentó a
observar el paisaje lejano y absorta en sus pensamientos vino a su
mente aquella muchachita delgada, insegura, engañada, recorriendo el
camino de huida con su abuela materna antes que su vientre delatara
la desgracia, la vergüenza y las murmuraciones entre los habitantes
del pueblo de que su nieta estaba embarazada a sus escasos 14 años.
Imaginó
la manita de su niño diciendo adiós, su figura pequeña como si en
más de 20 años transcurridos no hubiese crecido, lo abrazó en el
tiempo dándose cuenta que ya nada tenía sentido.
Carmen
no dudó un segundo en tomar la escopeta que estaba colgada en la
pared, llegó a paso lento de nuevo a la cabaña vecina y sin dudar
un instante disparo por la ventana aquel hombre que yacía dormitando
la siesta, agotado por el cansancio de la faena realizada.
Su
tiro fue certero, un solo intento pudo dar en la sien izquierda y vio
como la bala salió por el otro extremo de la cabeza de su tío
Mario, no cabía la menor duda, era él. Lo reconocería donde
fuera, era el mismo que se había criado con ella al quedar huérfana,
el que en una tarde en sus labores del campo cuando su sobrina fue a
dejar el almuerzo en aquellos pastizales sembrados de matas de café
convirtió el cariño, la ternura y la confianza en manoseo, caricias
bruscas dolorosas, tocando sus pequeños pechos aun en floración.
El
demonio que la llevó al infierno de su incomprensión y las
ilusiones en abandono para vivir en el conformismo de su destino
Ese
hombre ya no podía hacerle más daño.
En
la cama un cuerpo boca arriba con los fuertes brazos a los lados y
las manos medio abiertas, las mismas que taparon su boca ahogando
los gritos y el dolor intenso de una penetración que acabó con la
nobleza de su alma, dejando en su vientre la vergüenza, la
incomprensión, la fatalidad…
Vio
nuevamente la complicidad de su abuela cuando recibió el poder
absoluto de la finca de sus amos a cambio de un documento en el que
Carmen fue engañada perdiendo la evidencia de su verdad contada y
poco creíble
Los
ojos semiabiertos ya no tenían aquella mirada encendida por la
malicia y el deseo desenfrenado que se dibujaba en la lejanía de su
mente en
noches de pesadillas y que ella había guardado.
Carmen
fue apresada pero nunca fue a la cárcel ya que por su enfermedad tan
avanzada fue ingresada al hospital donde falleció
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Esa
noche no dormí, pensando en aquella historia contada, aun había
cosas que no calzaban.
Disfruté
algunos días más del silencio y la tranquilidad del lugar
Preparé
todo para mi regreso, don Leo llegó por las llaves y quería saber
si estaba satisfecha con la estadía dando lugar a una conversación
que confirmó la historia como real.
Además,
me confió que Josué, su sobrino era amante de la pintura y decidió
seguir la carrera en el extranjero, pues Edwar le dejó una
sustanciosa herencia que le permitía vivir holgadamente y pagar sus
estudios
Una
que otra vez volvía a visitarlo en la finca que un día también le
pertenecería.
-Una
última duda don Leo.
-Dígame,
Estela.
-
¿Quién es el hombre que dibujó Josué en la pintura de la
habitación?
-Es
Mario, así le describí a su progenitor y así lo plasmó en la
pintura, con su ropa de campo y los genes de sus ojos.
Él
sabe la historia.
-¿Y
por qué él en la pintura y no su mamá?
-Porque
su mamá en su descanso eterno encontró a su niño cuando éste vino
a la finca en su búsqueda, lo abrazo y lo miró con ternura cuando
Josué se estremeció en un escalofrió incomprensible al contemplar
en el anochecer en este corredor y aquel polvo de estrellas dibujando
la silueta de su madre con el núcleo de su corazón agotado, para
dar paso a un amor nuevo, puro en su interior.
En
cambio, Mario, es un alma en pena y debe plasmar su imagen en algún
lugar donde aquiete su andar y tenga algún descanso.
Fui
a la habitación a contemplar el mural en la pared para reafirmar que
no estaba loca, me metí en la profundidad de aquella figura, sus
ojos, el chonete, la camisa blanca y entonces me di cuenta que
efectivamente Mario anda con su alma atormentada escondido, pude ver
su figura desapareciendo apresurado entre la maleza.
Mientras
iba bajando pude apreciar con detalle una que otra casa pintoresca,
de techos bajos con su chimenea que fuma y expulsa el humo como señal
de que el fogón está encendido, las ventanas cuadriculadas con
cortinas de flores y vidrios de caras sucias con huellas de hollín,
mezcla de polvo y humo.
En
un corredor un gato echado en la banca, un santo en la pared de la
entrada con la cruz de palma que les da protección ante cualquier
peligro.
En
los patios ropa tendida, gallinas cacareando sus protestas al ser
correteadas por los machos, salpicando el maíz o quizás buscando
gusanos escondidos en la tierra.
El
perro atento con su ladrido que funciona como alarma a lo
desconocido, árboles frutales, un riachuelo incoloro que deja al
desnudo todo su interior como radiografía, con un afluente que corre
apresurado sin descanso.
Al
final de la empinada de la cuesta me encontré con la ronda de
delgados y altivos árboles con sus melenas tupidas, abanicadas con
la fuerza del viento, estaban aferrados al suelo con sus piernas
largas y un cuerpo lleno de fortaleza, sin poder caminar con sus pies
descalzos y dedos gordos sumergidos en la tierra que los vio nacer,
siempre de pie en su territorio a la entrada de la finca.
Al
final de sus cabezas un hoyo, por dónde entran escasos rayos de sol
y un cielo de color del mar, en una tarde veraniega juntándose como
lo hacen los amigos en ronda para conversar y comentar una y otra vez
la historia que quedó atrapada en ese lugar.
Y
volteando a dar un último vistazo, pude observar arriba de la loma
entre los pastizales la silueta de Mario caminando hacia la cabaña
dónde encontró su imagen en el mural pintado por su hijo, para
quedarse ahí eternamente y tener al fin el descanso de su alma.
En
el murmullo del viento pude escuchar el sonido profundo del disparo
que despertó de su levitación a Carmen aquel día lejano y lo
primero que vio fue en el ventanal quebrado de la cabaña una enorme
e intacta mancha
roja en el toldo blanco,
sangre de su sangre desfigurada en machas diminutas esparcidas
alrededor.
Poco
a poco se hace más corto el destino de partida….
Ana Lorena Villalobos