En aquel
cielo tan azul, alto muy alto, se veían las hojas. Giraban y semejaban gotas
plateadas, o quizá estrellas, sólo que éstas bailaban. Era una danza de extraña
coreografía. Un solo motivo las movía, unas subían, luego bajaban, volviendo a
tomar altura, otras simplemente se deleitaban de moverse a ese ritmo y parecía que aplaudían al lograr mirar
la tierra, donde antes reposaban cansadas y aburridas después de estar verdes y
alegres prendidas en aquellos bellos árboles de flores naranja que llenan nuestro
entorno.
En la
piscina la clase de Aqua-aeróbicos, se desenvolvía alegremente. Un consolidado
grupo de personas, en su mayoría mujeres, cada martes a esa hora, se encuentran
dispuestos a moverse al son de ritmos contagiosos, bajo la dirección de una
joven profesora, que logra que al menos intentemos hacer lo que indica, a pesar
de la fuerza y resistencia que el agua ofrece. Los chistes de doble sentido,
que las mujeres de mas edad se deleitan en contar, hacen que la clase sea
especialmente divertida.
Alguna persona dió la alarma; miren dijo,
mientras señalaba hacia el Este donde se encuentra ubicado un pequeño parque.
Enfrente se ubica el edificio del gimnasio, pero aún así logramos ver un remolino
que se estaba formando. Hojas y polvo. Todas las hojas del parque, empujadas
por un fuerte viento, se encuentran ahora girando de una manera loca, abrazadas
al polvo cafezusco. Creímos que rápido se calmaría aquel remolino pero no, tomó
fuerza invitando a unirse a su paso a toda cosa caída por ahí y por allá.
Yo miraba
aquel prodigio que se alzaba irreverente sobre el edificio. Sentí un gozo
inexplicable, mis brazos abiertos, mi cuerpo saltaba y mi voz, a todo pulmón
llenó de gritos y de risas el espacio. Si, se acercaba; era cada vez mas alto y
mas fuerte. El viento pegaba con fuerza contra todos nosotros, levantando el
agua y envolviéndonos en hojas. Pronto una sensación de calma, pero mirando el
cielo supe que estábamos justo en medio del tornado. Como un cono abierto, se miraban
hacia arriba miles de hojas que bailaban, no sentía el viento, pero a ellas si
las agitaba. Mis ojos no sabían hacia donde dirigirse. Aquel torbellino de
hojas nos rodeaba. De pronto, la calma dio paso al aullido del viento, mas
hojas y cosas ahora con furia nos golpeaban, el agua levantaba olas y nuestros
gritos luchaban por acallar el miedo y la sorpresa de encontrarnos ahí metidos.
Reíamos como locos. El viento literalmente nos peinó a nosotros y a la piscina,
nuestras cosas volaban por el aire, quedando luego arrinconados contra los
muros del recinto.
Energía,
energía del Universo, gritaban varias personas. Nos hemos bañado de energía.
Yo
continuaba a gritar y reir. Mis brazos siempre arriba. Mis ojos en total delirio
y éxtasis miraban al cielo, a lo alto.
Cielo azul, de ese color que tienen nuestras mañanas al inicio del
invierno.
Y ellas
bailaban, saludaban, aplaudían. Brillantes hojas de luz plateada, tornasolada.
Mágico momento. Y subían y subían. Es que no tiene fin el Infinito ?? Que
intenso deseo de ser como ellas, de dejarme llevar, saludar desde lo alto, de
volverme brillante y plateada no importa el color con que ahora me mires, allá
mi color solo puede ser así, cristalino, transparente, con vestigios de plata,
de auras de ángel de suspiros de viento, con pinceladas de magenta, de violeta,
espectro de arcoiris. Y yo bailaré, bailaré…sin dirección, sin rumbo, como
ellas .Sin piernas, sin alas. Como las hojas.
LIA FERRETO.
16 de marzo, 2014.
LIA FERRETO.
16 de marzo,
2014.