El llanto es
un ser antojadizo. Con voluntad propia. Dolor y alegría igual lo provocan.
He llorado
ante el nacimiento de mi primogénita. Cuando una obra muy fuerte o muy emotiva,
en algunos conciertos, llegaba a su fin, sentía que mi corazón y mi alma salían
en esas notas finales y por mas intentos, las lágrimas se escurrían
en gran torrente por mi cara, atorando mi garganta y robándome el aire. He
llorado bajito, ahogando el sonido contra mi almohada procurando no ser oída.
He llorado de manera convulsiva en una tienda, delante de gente desconocida,
cuando la voz de mi hija a través del teléfono me decía que el cáncer de mi
nieto estaba de nuevo activo. Lloré de forma incontenible, como una lluvia
necia lavando mi rostro mientras guiaba
mi carro por esas carreteras cuando sentía que mi vida no tenía salida. He
llorado de alegría, cuando las noticias sobrepasan toda expectativa.
Cuando el
corazón manda, los sentimientos dominan todo lo establecido y lo que vive ahí
oculto, también se manifiesta. Dos eventos, dos personas, dos días , dos
muertes.
Ese día
venía yo con algunas primas entrando a mi casa, cuando al pasar junto al cuarto
de mi abuelo Tim miré de reojo y lo ví tirado en el suelo. Un infarto había
dado fin a su vida. Yo tenía doce años y nunca antes estuve de frente ante la
muerte. La gente comenzó a llegar. Recuerdo los gritos de mi madre al acercarse
a la casa. Me enviaron donde unas vecinas por varias horas regresando a dormir
en mi cama. No tuve contacto con el dolor de mamá ni de ninguna otra persona
que con nosotros vivía. Al amanecer del nuevo día, en medio de su cuarto, mi
abuelo colocado en su ataúd, esperaba la hora de ser llevado a la iglesia. Fue
entonces cuando mamá, me tomó de la mano y llevándome donde estaba abierta esa
pequeña ventanita me dijo-Pronto se lo llevan para siempre, ahí está Tim ,
despídase. Yo me acerqué con torpeza sin saber que hacer ni que decir. Ella a
mi lado, de seguro esperaba una reacción acorde con lo establecido, pero yo
continuaba sin moverme. Fué entonces cuando empezó a decirme- Llore ¡ -Es su
abuelito, se murió.- Llore ¡ -Llore Lia del Carmen, llore ¡. Y mi corazón como
de piedra, cubrió mi cara con un angustioso silencio.
Muchos años
despúes, estando aún casada llegó el día de la muerte de Carlos Luis Saénz.
Esposo de Adela mi tía, llenó mi niñez de todo tipo de magia. Largos paseos en
el Monte, recolectando moras silvestres, tardes narrando o leyendo sus cuentos
e historias, jugar a las escondidas, o mirar si era un chanchito o elefante
regordete lo que con tanto arte sacaba de un palito de madera, tallándolo con
su cuchilla. Nos volvimos expertos en origami, formando figuras con papeles
coloridos.
Había muerto
Calú. Y una fiesta estaba programada para esa noche. No recuerdo si fue a la
vela o el funeral, donde yo logré que aquel esposo me llevara. Sentada a su
lado, sacudida por espasmos in crescendo, en medio de un copioso llanto que
amenazaba con aumentar a niveles incontrolables , mi cuerpo sufría. Recuerdo su
voz, muy cerca en mis oídos que me decía-No llore, cálmese ¡ -Que le pasa? -Acaso era Calú algo suyo ? Era solo un tío
político, no tenía su sangre. - Deje de llorar¡ - No llore ¡
Desfigurada
por el llanto, debí asistir a esa fiesta, donde alguien se acercó y me dio el
pésame.
Ahora que ha
pasado tanto tiempo, cumpliendo tantos años, con tanta vida vivida, cuando ya
los autores de los hechos no viven
conmigo, por ahí alguna tarde perezosa,
regresan a mi mente esos dos momentos en donde el LLANTO fue el protagonista.
Un día se me pedía que lo sacara, que lo expusiera a viva voz, a gritos y no fue posible. Otro día se me obligaba a
callarlo a silenciarlo, pero sordo y voluntarioso me ahogaba, me sacudía como catarata de un río
tumultuoso.
El llanto.
Tan amable, que tanto alivio me ha dado. Tan solidario, mucho ha caminado a mi
lado.
Lia Ferreto.
10-2016.