El silencio inunda todo: ni el pajarillo que todas las
mañanas canta en la palmera de enfrente se ha atrevido a romper con sus notas
la quietud de esta fría mañana de invierno y los pocos que no hemos emprendido
la partida caminamos cabizbajos por los pasillos del edificio.
El curso ha terminado. El piano enmudeció en un rincón de la
sala. Las máquinas de escribir descansan en las mesas después del arduo teclear
de los últimos días. Los libros duermen en los estantes de la biblioteca y los
dormitorios vacíos, están más fríos que nunca. En el comedor unos pocos toman
café para no dormirse después de una larga noche de despedidas en medio de
abrazos…llantos y promesas.
El tiempo se fue volando – dice uno – queriendo romper el duro
silencio que hace más dolorosa la partida. Todo pasa – dice la otra - mientras con una bocanada de humo disimula
las lágrimas que brotan de sus ojos.
Durante 83 días, 54
personas de cuatro continentes (América,
Africa, Asia y Europa) compartimos techo, alimento, vestido, expectativas,
contratiempos, amor fraternal, ilusiones y esperanzas. Fuimos una mazorca de
seres humanos que germinó y creció en el Centro Internacional de Capacitación
Golda Meir, en Haifa, Israel y que al finalizar los cursos se dispersa como
semilla fecunda a germinar de nuevo en
otras tierras ávidas de su fruto.
Fueron 1992 horas en que poco a poco nos fuimos adentrando en
el corazón de cada compañero, de cada compañera. Se vencieron los problemas de costumbres,
culturas e idiomas. Un gesto…una mirada... una sonrisa…una caricia bastó, a
veces para entender al compañero que quería comunicar su alegría o su tristeza.
En los pocos ratos de ocio que teníamos proyectábamos en
nuestra imaginación los conocimientos adquiridos y construíamos grandes
empresas con agencias en todos los países de América. ”Hay que soñar en grande”,
- decía Edna Ross - famosa
microempresaria judía, y nosotros
comenzamos a hacerlo. Los del curso de párvulos también soñaban con
volver al África, China, Tailandia, Checoeslovaquia… a construir un mundo
diferente y mágico para sus niños con problemas mentales.
Cada vez que una persona partía, con ella se iba un pedazo de
nuestro corazón y la esperanza de volvernos a ver. Esa esperanza que mantengo
en mi mente 26 años después.
Bien lo dice El Principito: “Quien tiene un amigo se expone
a llorar un poco”.
Virginelia Calderón Salas Dic. 1991
Abril 2017