por Lía Ferreto
Señor: verdad que si desea recibir la Santa Comunión ???
Papá había sido enfático al decirle a aquella gentil señora del
hospital, que cada día a la misma hora lo visitaba, para llevarle la
Sagrada Hostia, que no deseaba recibirla hoy.
No, no; no lo deseo, volvía a repetir el una y otra vez.
En un cuarto de hospital, ese día papá estaba rodeado de todos sus
nietos, 16 en total, pues esa mañana habían sido avisados de que el
se moría. Ese hospital se encuentra en Cartago donde él vivía, pero
sus nietos, la mayoría, se habían desplazado desde San José, al ser
avisados de semejante noticia. Parece tal vez increíble, pero ninguno
faltaba, todos habían corrido, pues querían estar presentes y despedir
a su amado abuelo. Si algo especial tenía papá, era el inmenso amor
que había echo vibrar en el corazón de sus 16 nietos.
Abuelito Pastilla, así le llamaban. Y es que desde muy pequeños,
cada uno de ellos, recibía de manos de papá, una pastilla de Violeta,
aquellas perfumadas pastillas de color lila, que el sin lugar a dudas,
tenía siempre en su bolsillo. Nunca compró pastillas de otro sabor,
eran siempre de Violeta. Y era la delicia de todos éstos niños, pedirle
a papá una pastilla. Así a través de los años, fué bautizado por
todos ellos, con ese sobre nombre.
Abuelito Pastilla tenía un aire taciturno. Pero cuando llegaba alguno
de éstos nietos, se transformaba completamente en otra persona. Era
la imagen perfecta de ese abuelo que todos soñamos tener. Y no era
que se tiraba por el suelo a jugar o hacer monerías, ese no era su
estilo. Tenía esa dulce energía que funciona como un imán irresistible
para todo perro callejero, para todo borrachito que deambulaba por la
calle, y para cualquier niño que pasara cerca suyo. Todos, sin oirlo
hablar ni verlo hacer alguna cosa especial, sin dudarlo , se acercaban
a él, y ahí se quedaban, prendidos de su energía, sin poderse alejar.
Tantas veces lo vi conversando con algún desarrapado y mal oliente
sujeto, que con sus ojos vidriosos por el alcohol, encontraba en papá
un poco de conversación y al final, alguna monedita para continuar
su camino. Pobrecito, me decía, sin ninguna otra explicación.
Así igualmente, caminaban a su lado esos flacos perros, sin esperar
nada a cambio, hasta que alguna persona, molesta por la visita, le pedían
que los alejara. Y ni que decir de los niños, cuánto se divertían
a su lado, causando grandes celos en mi, cuando yo era pequeña.
Yo escuchaba de labios de mamá aquella historia, repetida muchas
veces; cuando ella debió hospitalizar se varios días, pues yo había
avisado mi próximo nacimiento, una niña pequeña, hija de alguna enfermera
se había enamorado de papá, a tal grado, que entraba corriendo cada
día buscándolo, se guindaba de su cuello, llenándolo de besos, tanto,
que le sugiere a mamá que la adopten, pues también se sentía atrapado
por el amor de aquella pequeña. Mamá se siente ofuscada y no acepta
esa propuesta. De acá nace la idea que rondó mi mente por años, de
que yo era esa niña, y había sido adoptada. Pero esa es otra historia.
Papá había sido internado hacía varios días, su salud se había
deteriorado mucho, tenía una fuerte infección y los médicos luchaban
por controlarla, sin mayores logros. Esa mañana, le tocaba a mi hermana
ser quién lo cuidaba y acompañaba; ella fue testigo de esos minutos
de gran emergencia. Papá se moría. Adrenalina de por medio, logra
avisar a mi hermano, quién estaba muy cerca, a mi, que tardé mas en
llegar y así, fuimos avisando a nuestros respectivos hijos. Cuando
yo entré al hospital, encontré en un pasillo a mi hermano, lejos del
cuarto de papá, orando y amedrentado, ante lo que se estaba desarrollando
en ese momento. Corrí a su cuarto, donde un equipo de médicos y enfermeras
luchaban por resucitar a papá. Mi hermana, en un rincón, presenciaba
todo sin moverse, pero ante mi llegada, todos los presentes se volvieron
pidiendo con enojo que desalojáramos el cuarto. Yo, rebelde y aterrada,
ante aquel caótico espectáculo, no se que dije, pero recuerdo que
papá, muy enojado logra decirme; porqué me hacen esto ??? no es pecado,
no es pecado, repetía, no me dejaron irme. Lo logran estabilizar y
así, mi hermana y yo, recogimos de boca de papá, la mas hermosa descripción
de todo aquello que el vio y conoció, del otro lado del Velo.
La enfermedad de papá, había causado, que sus piernas se doblaran,
estaban rígidas contra sus glúteos, había perdido la capacidad de
extenderlas. Sus riñones, muy afectados, lo mantenían unido a una
sonda que habían colocado en su abdomen, para facilitar sus funciones.
Yo estaba aquí acostado, empieza el a narrar, cuando la pared de
enfrente comenzó a abrirse y todo el cuarto se llenó de luz. Unos
seres muy brillantes e inmensos llegaron y me llamaban…vení, Edgar,
vení con nosotros. Yo miraba aquello que era de una belleza maravillosa,
no puedo explicar lo hermoso que era, decía él, mientras su rostro
se tornaba en la semblanza de una dicha enorme. Yo les explicaba que
no podía, miren mis piernas, les dije, no las puedo mover. Claro que
si puedes, muévelas, me dijeron, les hice caso y al moverlas,
comencé a correr y a volar con ellos. Y mientras esto nos contaba,
comenzó a agitarlas arriba y abajo para que mi hermana y yo constatáramos
lo que el narraba. El las alzaba en el aire, y reía y repetía; miren,
miren mis piernas, como se mueven.
Yo iba con ellos y fuimos a un lugar donde la Luz era cada vez mas
brillante, mas hermosa, mas intensa, todo era absolutamente luminoso,
ellos eran tantos, y sonreían y me saludaban, ahí estaba mamá, nos
dijo con una expresión aún mas dichosa, si mamá, estaba ella, y papá,
y reía… y los abuelos, si….ahí estaban y era como una gran fiesta,
todos me manifestaban estar felices de mi llegada. Y todo reflejaba
mas y mas Luz, y me hablaban, pero no eran palabras, pero yo los entendía
y me explicaban que ahora estaba en otro sitio, y seguíamos avanzando
y se llenó de esos niñitos, esos niños, tan pequeños, tan diminutos,
ahh... ellos eran solo Amor……oh si, eran Amor, solo Amor, y la cara
de papá era también luminosa cuando miraba en la lejanía, su cercana
visión. Hablarnos de éstos pequeños seres de Solo Amor, provocaba
en papá una expresión indescriptible.
Papá mientras narraba, aplaudía. Tal era el gozo que aún experimentaba.
Y nos dijo; de repente, vi a Carmen, nuestra mamá, que lloraba tanto
porque yo me había ido, que no tuve valor de dejarla sola, así que
decidí regresar, nos explicó, mientras su cara se llenaba de pesar.
Y no saben ? Volvió a decir; tenemos familia en la India. Si, tenemos
familiares en la India, ellos salieron a recibirme, hicieron un gran
desfile, cientos de elefantes adornados con telas de oro, los cuales
montaban, vistiendo lujosas ropas bordadas también en oro y plata y
llenas de gemas preciosas. Me mostraban todos sus tesoros y me explicaban
que llevábamos la misma sangre de un Ferreto que había dejado ahí
su semilla. Me hablaban en su idioma que yo también entendía.
Tantas veces que nos pasaban cosas a Carmen y a mi, decía cavilando,
esas grandes dificultades, esas que no sabes si podrás el día de mañana
solucionar, y nunca sabíamos cómo, pero se resolvían, ahí lo vi,
me dijo mirándome, entendí, era Dios que estaba de por medio,
oh... tanto que me preocupaba, y no debía hacerlo, él siempre lo resolvía.
Y su voz fue enfática al decirme: Lía, nunca te preocupes, no hay
nada de que preocuparse.
Mi hermana, ante todos éstos relatos, corrió a llamar a mi hermano,
para que también lo escuchara. No sucedió, no quiso entrar al cuarto.
Yo, deseosa de mas detalles, trataba de obtener de papá, la mayor
información posible. Cómo eran esos seres que vio? Eran Seres de
Luz, dime papá, eran ellos? Si, me respondía distraído, yo insistía,
eran ellos? Eran muy altos? Que decían? Cómo eran? El respondía a
cada cosa mía con pequeñas frases, que ilustraban plenamente lo que
yo sabía sobre Ellos, dándome certeza sobre mis conocimientos adquiridos
acerca de éstas cosas. De repente algo pasó por su mente, una idea,
una revelación; se volvió hacia mi mirándome fijo en el fondo de
mis ojos y con un tono de vos que no olvidaré jamás, dijo: ya se porqué
debía regresar, es que yo tenía que darte solo a vos ésta información.
Conforme pasaba el tiempo, uno a uno sus nietos iban llegando. Fue
así como su cuarto se llenó de tantas personas, que iban escuchando
de sus labios, aquellas maravillosas descripciones que el una y otra
vez repetía. Su euforia era cada vez mayor, seguía aplaudiendo y riendo
como el mas feliz de los niños, imagino que sus manos deben haber llegado
al cansancio, ya que por horas no dejó de aplaudir. Sus nietos y nosotras
sus dos hijas, pudimos reiteradamente oir y ver a papá en aquel eufórico
momento.
Fué así que llegó aquella mujer, que se empeñaba en dar a papá,
la Comunión. De ésta manera todos los ahí presentes fuimos testigos
de ese diálogo entre ella y papá:
don Edgar, verdad que si quiere comulgar?
No, no señora , no quiero.
Pero don Edgar, seguro está bromeando, vamos abra la boca....
no señora...que no quiero...ya le dije que no lo deseo....
Ella nos miraba buscando ayuda, con una voz seductora, trataba de
quedar ante nosotros, como una gentil y dulce persona, deseando demostrar
que papá no estaba cuerdo y no sabía lo que decía.
El silencio que reinaba entre todos los presentes era imponente: Abuelito
Pastilla, no quería comulgar, repitiendo que no, mientras su alegría,
sus aplausos y sus risas, llenaban todo el ambiente que lo rodeaba.
Ella, retoma su posición e insiste; cómo me va a decir que hoy no
desea comulgar ,don Edgar?
La voz de papá fue inconfundible: no, le he dicho que no, del lugar
donde yo vengo, de donde yo estuve, eso no es necesario.
Si antes había silencio, ahora lo que quedó fue algo parecido al
vacío.
La tarde continuaba su marcha, igual se fueron despidiendo los presentes.
Papá duró horas en su alegría.
Pero una cosa comenzó a preocuparlo y me lo dijo. Y ahora, me devolvieron
acá, pero quiero irme de nuevo, yo quiero regresar donde estuve. Yo
le aseguré que eso volvería a suceder, que ellos vendrían de nuevo
por él. Cuando? me preguntó, y yo confiadamente le dije; solo diles
que vengan por ti, y ellos vendrán en cualquier momento. Y el me creyó.
El tiempo pasaba, papá seguía con nosotros, una enorme tristeza
y un gran enojo se apoderaron de él. No volvieron, cómo le aseguré,
por lo que decidió cubrirse hasta los ojos, con el gorro de lana que
usaba por el frío de esos meses. No mirando encontró como aislarse
del mundo que lo rodeaba. Comía, recibiendo su alimento, sin abrir
sus ojos, no apartó mas ese gorro de su cara. Parecía dormir, sentado
en su sillón, pero estaba atento a las personas que llegábamos a estar
con el y cuidarlo. También comulgaba día a día, pasivamente.
Nueve meses esperó. Fueron largos y duros meses de enfermedad, de
deterioro, donde si abundó el amor y cuidados de todas las personas
que lo amábamos, turnándonos para estar siempre presentes, para devolver
un poco de lo que el nos había brindado. Cuando los maravillosos Seres
de Luz, los Ángeles, los diminutos Niños de puro Amor, que luego supe
se llaman Terafines, todas esa bellas presencias que él había visto
anteriormente, vinieron y se lo llevaron con ellos finalmente, lo hicieron
en el mayor silencio, sin avisarnos, quedito, sin hacer ruido, en presencia
de la única persona que a esa hora lo acompañaba.
Cuánto me habría gustado estar presente, abrazarlo, y ayudarlo
como ahora si sabría hacer, a soltarse, a irse, volando con ellos,
gozozo, libre al fin. Y ser testigo de ese instante, donde el alma escapa
en un suspiro por la boca, y el cuerpo pierde toda la tensión que le
provoca saber que esa bocanada de aire será la última. Lo habría
felicitado, porque su larga espera, había por fin, finalizado.