LEVANTENSE… QUE YA VINO
EL NIÑO
El que llegara la Navidad
y con ella San Nicolás era todo un evento, porque esto ocurría
luego de muchos días y meses, en que debían acontecer muchos
sucesos para que llegara el Niño. Era un tiempo interminable, no
como hoy, cuando todo ocurre muy rápido. Para que la Navidad
llegara, muchos días debían pasar.
El primer aviso de que se
avecinaba la Navidad, eran las lluvias “pelo de gato” que
normalmente ocurrían a fines del mes de noviembre, que al ser los
últimos días de escuela, las acompañaba la famosa fiesta de la
alegría, con que finalizábamos el extenso año escolar.
No habían muchos lugares
donde ir a “ver” los juguetes, porque eran pocas las tiendas en
aquel entonces, pero eso en nada restaría alegría e ilusión a cada
niño que como yo, veíamos desde nuestra pequeña estatura y con la
frialdad de los vidrios con que se topaban nuestras narices y palmas
de las manos, los juguetes, que en esa ocasión, se ofrecían a todos
los niños para celebrar la Navidad. Nuestros ojos, plenamente
abiertos y con una afanosa memoria, hacíamos registro de cada
juguete y sus principales detalles y atractivos, sin pensar para
nada, en su costo.
En aquellos tiempos, no
como ahora, con pocos lugares donde se mostraban los juguetes y
decoraciones de navidad, las costumbres eran comunes para todo mundo
y por eso, toda la comunidad participaba y departía en sencillas
pero emotivas tradiciones.
Un lugar especial era,
para mí, el Mercado Central, porque ahí habian miles de juguetes,
colgados por doquier a derecha e izquierda, en cada pasillo, en cada
rincón posible, todos callados, esperando tan solo que nosotros, los
niños, en compañía de nuestros padres, fuéramos a descubrirlos.
Era un laberinto, donde miles de caminos se intercomunicaban y en el
que nuestra alegría corría más rápido que nuestros pies y que
nuestra vista discurría antes que nuestros pasos y lo más
importante, todo lo que ahí se ofrecía estaba más al alcance de
los bolsillos de nuestros padres, todo ello, lo hacía un lugar
perfecto.
Todos eran juguetes
maravillosos, para niños: bolas de futboll, caballitos y camiones de
madera, carretas típicas, maromeros, trompos, canicas, etc y para
las niñas, muñecas de trapo, juegos de limpieza, casitas de
muñecas, cocinas de lata, jueguitos de ollas, todos ellos,
artesanalmente confeccionados y llenos de colores, algunos pocos de
batería, pero todos llenos de fantasía y de ilusiones para mi.
Conforme la tradición, a
uno de la familia, a mi hermano Gerardo, le correspondía hacer el
portal y a mi me correspondía traer ladrillos para que nadie lo
estropeara, -entiéndase que ese “alguien” era yo-. Mi hermano le
hacía unas casitas de papel cartulina con ventanas de papel celofán
-semejando vidrios-, a las que le ponía una bombilla que las hacía
lucir muy lindas y con lo que se alegraba mucho el portal.
A mí me correspondía,
escribir la Carta del Niño, en una fórmula de una de las librerías
donde se conseguía o bien, en una hojita de cuaderno. Este era un
momento no solo importante, sino de especial y total concentración,
ya que con el auxilio de la memoria, se transcribía en palabras
compuestas por consonantes y vocales impregnadas de alegría, los
sueños, ilusiones y espejismos, que en nuestra imaginación de niño,
habíamos construído al ver los juguetes en los escaparates o
colgando en los pasillos del mercado central.
Mientras los días
pasaban, se comentaba con los amigos y se fachenteaba ante ellos,
acerca de los juguetes que el Niño nos traería, y que con ayuda de
la imaginación, les comentábamos que los juguetes hacían esto y
aquello, que prendían esta y aquella luz, que se movían, hablaban y
volaban como superman, no sin antes dejar de escuchar, la réplica de
nuestros amigos, en relación a las maravillas que realizaban los
juguetes que le traería a ellos, el Niño. Era una lucha para dejar
sentado que el juguete que le traía a uno el Niño, era el mejor, el
más lindo, el que hacía más cosas, el único.
En la noche en que venia
el Niño, además de la cena que llevaba ensalada con tajadas de
papa, chayote y remolacha, estaba el tomar el bus e ir a la avenida
central, a ver vidrieras, decoraciones y hasta algún colacho que en
ellas se encontrara, así como el gozar con todos aquellos que al
igual que nosotros, esperaba una gran Navidad y luego de unas cuantas
veces de recorrer parte de la avenida, todos nos retirábamos a
nuestras casas, no sin antes haber hecho varias veces blanco con el
confeti en las caras de los transeúntes, otra de las alegres
tradiciones de aquellos tiempos.
Luego de la visita a la
avenida a disfrutar de la tradición de tirar confeti, del que aún
me quedaban unos cuantos en el cuello de la camisa y en el pelo y
haber cenado con la familia completa en compañía de un villancico,
venía lo difícil, cómo iba uno a poder dormirse con toda esa
alegría y esperanza de encontrar alrededor del árbol o al pie de mi
cama y en las cobijas, mis juguetes?.
Este era el momento
preciso en que me asaltaban las preguntas e iniciaba un
interrogatorio. Le habrá llegado la carta al Niñó?, tendrá el
carro que le pedi y la camisa del equipo de futbol? Habrá ido al
mercado por el juguete que me gustó?
Como hará con ese gran
trineo lleno de juguetes? Tendrá que hacer varios viajes o qué…,
traerá varios trineos pegados, igual que el tren a Puntarenas, uno
tras otro, si así debe ser, pero, como hace para entregar en esa
noche todos los regalos?, tiene que ir muy de prisa, entrar en cada
casa y entregarlos, ah… ¡ ya sé !
Mi hermano Gerardo me
explicó que en el mundo hay horas diferentes, como cuando Papá
llama de Panamá y es más tarde allá que aquí y ... entonces, San
Nicolás, con ayudantes, va entregando uno a uno en cada casa, los
juguetes, que se vienen volando en el aire y entran en la casa y como
son muchos… utiliza un reloj especial en el que el tiempo va…muy,
pero muy despacio y así puede dejar debajo del árbol y a la par de
la cama los juguetes a todos los niños pobres y a mi también,
porque El le ha dicho al Niño Jesús, que todos los niños recibirán
sus regalos, como cuando el nació en Belén.
Cuando despertaba, me iba
a ver lo que el Niño había traído, raudo y feliz, con el corazón
que me brincaba y con el cual los pies se tropezaban, pensaba, que
dicha que San Nicolás tiene el reloj que le permite hacer que el
tiempo pase más lento y así, poder entregarle a cada uno de los
niños, los juguetes que el Niño Dios con la ayuda de nuestros
Padres, nos regala.
Mami…Papi…, ya vino
el Niño. Mamá, Papá, ya vino el Niño, levántense…que ya vino
el Niño.
Sergio Regidor
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