lunes, 1 de febrero de 2016

Mi abuelo



Olga Emilia Brenes Chacón
Recordar, es una palabra muy hermosa: viene del latín re-cordis que significa “volver a pasar por el corazón” y no es otra cosa lo que me sucede cuando me llega el olor al pan recién hecho, de inmediato los sentimientos afloran en mi mente y recuerdo a mi abuelo. Él era panadero, nació con el siglo, vino de España, yo era su nieta mayor e hija de su hija menor. ¡Ninguna carta de presentación era mejor que esa condición! Sin lugar a dudas yo era su preferida, a pesar de llegar más primos y primas a la familia.
¿Qué significaba ser la preferida? bueno, que yo estrené un nuevo traje cada domingo durante muchísimos años, que llegaba a la panadería Francesa, entonces de su propiedad, e iba al “taller” y tomaba un pan francés, recién hecho, le sacaba la miga y sólo eso me comía, pero sobre todo, que cada verano, me llevaban de paseo a Puntarenas. Íbamos en tren, mi abuelita, él y yo a una casa que alquilaban, ¡cómo me divertía!, y cualquiera de la familia que llegara a la casa a pasar temporadas con nosotros, sabían y respetaban mi lugar.
Muchos años después estaba yo en los Estados Unidos estudiando y me enteré por mi madre que el abuelo estaba enfermo, ni lerda ni perezosa le envié una tarjeta que solo tenía en la portada unos enormes labios dando un beso, le escribí en la tarjeta que ¿qué le sucedía?, que pronto yo regresaría y que mientras tanto le enviaba un beso; contaba mi madre que mi abuelo pasaba las tardes con mi tarjeta en la mano. Llegó el día de mi regreso y del aeropuerto me fui directamente a la casa de mi abuelo, intercambiamos los besos de rigor, le prometí que al día siguiente le contaría todo lo relacionado con mi viaje y me fui a mi casa a descansar; ¡esa misma noche murió mi abuelo!

Yo tenía un mi abuelo y el olor a pan recién hecho me lo recuerda.

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