Olga Emilia Brenes Chacón
Recordar,
es una palabra muy hermosa: viene del latín re-cordis
que significa “volver a pasar por el corazón” y no es otra cosa lo que me
sucede cuando me llega el olor al pan recién hecho, de inmediato los
sentimientos afloran en mi mente y recuerdo a mi abuelo. Él era panadero, nació
con el siglo, vino de España, yo era su nieta mayor e hija de su hija menor.
¡Ninguna carta de presentación era mejor que esa condición! Sin lugar a dudas
yo era su preferida, a pesar de llegar más primos y primas a la familia.
¿Qué significaba ser la preferida? bueno, que yo
estrené un nuevo traje cada domingo durante muchísimos años, que llegaba a la
panadería Francesa, entonces de su propiedad, e iba al “taller” y tomaba un pan
francés, recién hecho, le sacaba la miga y sólo eso me comía, pero sobre todo,
que cada verano, me llevaban de paseo a Puntarenas. Íbamos en tren, mi
abuelita, él y yo a una casa que alquilaban, ¡cómo me divertía!, y cualquiera
de la familia que llegara a la casa a pasar temporadas con nosotros, sabían y
respetaban mi lugar.
Muchos años después estaba yo en los Estados Unidos
estudiando y me enteré por mi madre que el abuelo estaba enfermo, ni lerda ni
perezosa le envié una tarjeta que solo tenía en la portada unos enormes labios
dando un beso, le escribí en la tarjeta que ¿qué le sucedía?, que pronto yo
regresaría y que mientras tanto le enviaba un beso; contaba mi madre que mi
abuelo pasaba las tardes con mi tarjeta en la mano. Llegó el día de mi regreso
y del aeropuerto me fui directamente a la casa de mi abuelo, intercambiamos los
besos de rigor, le prometí que al día siguiente le contaría todo lo relacionado
con mi viaje y me fui a mi casa a descansar; ¡esa misma noche murió mi abuelo!
Yo tenía un mi abuelo y el olor a pan recién hecho
me lo recuerda.
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