miércoles, 14 de abril de 2021

Las circunstancias


En plena zona sur de la ciudad se encuentra un alojamiento notable: la Cárcel de San Sebástian .En la parte rescatable de la edificación y encima de la puerta una inscripción dice Viva la Paz, los muros están ilustrados con motivos convencionales “pura vida” y a la par, el conjunto campesino de cobre que replica al del Banco Central. El resto de la construcción es una combinación de paredes de material, chapas de zinc, alambre galvanizado grueso y rollos de alambre navaja. En la esquina se alza una garita alta desde la cual un guardia armado observa la calle. Doblando continua el muro por una zona que es mejor evitar. Un curso de agua seguramente contaminada es traspuesto por un puente negro. Algunas casas precarias de chapa complementan el paisaje.

Dos puertas rigurosamente vigiladas dan acceso al interior. El personal carcelario en general es atento y hasta simpático, pero conviene no exagerar. Un cartel previene que cualquier diferencia o altercado con ellos es sancionado con prisión. Lo mejor es pasar desapercibido. Reclamamos nuestra condición de “adultos mayores” para ahorrar tiempo de espera.

El procedimiento para el acceso esta cuidadosamente protocolizado. Después de entregar el documento de identidad te sellan el dorso del brazo, eso lo harán hasta tres veces. Luego de superar una primera revisión con detector de metales se transita por un corredor intermedio, que es de transición entre el exterior y el interior. Se arriba a un vestíbulo donde hay que poner las bolsas que se traen con alimentos en un escáner junto al calzado. El próximo paso es la revisión de la comida, huelen, tocan con un cuchillo lo blando. Se entrega el documento que será devuelto a la salida, y nuevamente hay que exponerse ante otro detector.

Finalmente se llega a la última puerta con la que se accede a un gran patio techado y cubierto de malla de alambre galvanizado y rejas, pero que da a una cancha de futbol, que tiene una vista panorámica a las faldas montañosas. Alli hay una buena cantidad de mesas y sillas de plástico, donde se van ubicando los visitantes. Algunas familias tienden sobre la mesa manteles primorosos y coloridos y van colocando los platos y cubiertos de plástico en espera de sus familiares. Todos miran expectantes la puerta abierta de un edificio blanco y pintado con motivos tradicionales de donde saldrán los privados (los privados de libertad, los detenidos). Es un momento de suspensión del tiempo. Una especie de temporalidad invertida que nos abre a un mundo en el que reina el estado de excepción. De repente estamos desayunando con un hijo, un padre, un hermano que ha sido arrancado de su cotidianeidad y excluido de toda sociabilidad razonable. Reina de hecho la desproporción y la iniquidad. Se mezcla un homicida, con un adicto que intentó un precario negocio para obtener una marihuana de mejor calidad. Un asesino convive con un detenido por una causa no probada. Miro al hombre que estudiando en esas precarias condiciones ha revertido su vida. Al callado y sufrido migrante que es reenviado de una cárcel a otra sin explicación. Nadie le informa y un abogado privado cuesta demasiado. “La libertad de un hombre no tiene preciodecía un hábil defensor penalista que cobraba honorarios imposibles de pagar.

Se ofende al individuo, a la singularidad y como se trata del núcleo esencial de la dignidad, se ofende a todo hombre. Pero a la vez se tiene la certeza que en ese desayuno, como una especie de Ultima Cena continuamente reiterada esta la Vida misma. Un padre juega con sus hijos a la pelota con una botella de plástico, todos gozan. Una mujer joven de pechos descomunales se abraza con un tipo con cara de jugador de póker. Una china mira embelesada a su hombre. Una madre viejecita departe cariñosamente con su hijo. En esta cárcel olvidada de las manos de Dios, persiste la obstinación no intercambiable de lo humano.



Todo concluyó cuando por causa de la Pandemia se prohibieron las visitas. Las condiciones de detención fueron aún más duras. Se cerró la canchita de futbol, ya no pudieron entrar adultos mayores ni niños. Las salas de esparcimiento se destinaron a los internos infectados. El resto fue distribuido, y se mezcló a los detenidos con prisión preventiva con los condenados. Nuevamente convivía un homicida con un sancionado por una causa menor. Las condiciones se volvían de alto riesgo por la Pandemia, y los ministerios de Seguridad y de Salud, se pasaban la responsabilidad uno a otro, y no decidían nada. Una vez más la política del olvido.

Bonum ex integra causa; malum ex quodlibet carencia.



AVE.

Agustín Estévez.

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