martes, 24 de septiembre de 2013
Mi Abuela Rafaela
Doña Rafaela a quien yo llamaba abuela, pero que en realidad era mi bisabuela, me enseñó las primeras letras; ella me regaló el abecedario, era un rompecabezas de papel cartón delgado en una cajita del mismo material. Aún lo guardo y de vez en cuando lo saco y lo extiendo en la mesa del comedor como lo hacía antes; recuerdo como me ayudaba a formar las palabras.
Ella, que ya casi no veía, me indicaba como se colocaban las letras para así poder pronunciar las diversas palabras que ya conocía: vaca, mesa, silla, país, gallina…Aparte de que deseaba enseñarme, pretendía que le leyera el periódico. Poco a poco, desde mis cinco años, iba reconociendo las letras y me ayudó, a tan temprana edad, a hacer mis primeras armas en la lectura, leía mal pero poco a poco fui aprendiendo. En ese entonces, no había enseñanza preescolar pero sí que la había en casa: mi madre, mis tías, mis primas, mi padrastro, mi tío José, fueron personas aficionadas a la lectura.
Sus libros pertenecían a autores como Julio Verne, Víctor Hugo, Dostoiesky, Emilly Bromtë.
¡De qué manera aprendí a soñar, a viajar, a reír a llorar, cosas del amor…, aprendí de Historia, de Geografía y de otras disciplinas del pensamiento! Y, gracias a esta familia de lectores de la que fui y sigo siendo parte.
A los ocho años leía bien y mi mamá me prestaba sus libros, de esta manera a través de la lectura mi mente se agudizó y pensaba como se podían mejorar las cosas que estaban mal en esta sociedad. ¿Y cómo no iba a tratar de hacerlo, si mi tío José incursionó en la política…? Se enlistó en las filas del Partido Vanguardia Popular, trabajó en él y luchó por sus ideales toda la vida hasta su muerte. En mi vida adolescente y joven leí entonces: Introducción al Marxismo de Garaudy, El Manifiesto Comunista de Marx y Engels y otras obras más.
¿Qué diría mi abuela? ¡Enseñé a mi nieto para que leyera esas cosas! O… hummm, qué bueno todo lo que aprendió a leer: “c‘est magnifique”. Recuerdo a mi abuela sentada en su poltrona con el periódico abierto en sus manos, con
sus lentes caídos, echándome un ojo de vez en cuando: yo, hincado en una vieja silla, acodado sobre la mesa haciendo figuras con las letras y ella mostrándome figuras y letras del periódico para que yo aprendiera a hacerlas.
Mi infancia estuvo llena de fantasías por medio de la lectura: me convertía así en personajes como Ciro Smith de La Isla Misteriosa de Verne o en D‘Artagnan de Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas. Esos eran mis juegos con mis hermanos y amigos del barrio, yo los inventaba porque era el mayor.
Así que no puedo quejarme de mis años infantiles. Ciertamente, era un niño de una familia pobre. Pero no éramos tan pobres porque teníamos en la lectura todo un mundo riquísimo a nuestro alcance. ¡Y sigo teniéndolo!
Virginia Murillo
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