martes, 10 de abril de 2018

Adela


En medio de todos los libros y papeles en aquel escritorio ahí sobresalía. Sellos y estampillas lo llenaban, evidenciando su procedencia.
En aquellos años no era sencillo recibir el correo, tampoco enviarlo. Se necesitaba paciencia y sobre todo esperanza, de que ni de un lado ni del otro equivocaran su destino. Se iban contando con los dedos de la mano las semanas que transcurrían entre uno y otro. Realmente era un prodigio, todo un acontecimiento. No pasaba inadvertido para nadie en la familia, si alguien te escribía.
Esos años hermosos tenían tanto encanto, pero también guardaban entre sus días, parajes crueles e inesperados. Así debe ser seguramente, todo en la vida.
Adela de seguro se sentía afortunada. De una belleza fría y cándida a la vez, siendo casi una niña, empezaba su adolescencia con la certeza de tener un enamorado que la seguía y la miraba a la distancia. Era un muchacho tímido que se refugiaba entre los marcos de las puertas allá donde vendían panes y golosinas.
Pasaron muchas décadas cuando un día ella me contaba que su perdición se llamaba Ser Ingenua. Lo había sido de niña, de joven y ahora siendo muy mayor, aún la traicionaba. Mi vida me contaba, estuvo llena de diversos factores que se confabularon para que hoy yo añore cosas que no fueron y bendiga y agradezca todo lo que quedó de lo mucho que si viví y te los pueda contar antes de que se los coma el olvido.
No podré olvidar el momento en que temblorosa tomé entre mis manos esa carta, cerrando las puertas de mi cuarto para leerla despacio.
Aquel muchacho que me seguía y me buscaba, había viajado a otro país buscando fortuna y nos escribíamos, casi una vez al mes. En ésta me avisaba que rompía conmigo, que otra persona me suplantaba. Yo le creí sin duda alguna, pues su correspondencia se había vuelto poco frecuente. No pude entender que de una broma se trataba, solo deseaba saber si yo le rogaría. Muy herida, no quise contestarle. La suerte estaba echada. El se alejó completamente, creyendo que no lo amaba y yo despechada empecé a mirar otros muchachos. El destino nos llevó dando tumbos por años y años, cada uno construyó una vida sin saber nada del otro.
Yo miraba a Adela que entre tanto me narraba, suspiraba y pensativa observaba la lejanía como aquel que intenta oler las flores que se encuentran atrapadas entre páginas olvidadas de un libro. Su envejecida piel, casi transparente por el olvido, de un tono rosado que cobraba vida cuando hablaba, se llenaba de hilos finos de llanto que solos salían sin que ella lo evitara. Fui ingenua, de pronto musitó, cómo pude creer que me olvidaba. Ingenua si, muy ingenua.
La tarde de aquel día transcurría tranquila, mientras continuamos conversando sobre su vida y sus fracasos. De sus descendientes que tanto la han llenado, de su soledad y sus vacíos. De tantas traiciones recibidas, de mentiras y falsedades de gente que dijo que la amaba. También me contaba de sus aventuras cuando viajó sola por el mundo, cuando las mujeres debían ser mas recatadas. De todos esos rincones recorridos, de tantas amistades entrañables que aún conserva en su memoria. De sus gatos y sus orquídeas. De su gusto por el vino y de tocar su guitarra. De escribir sus versos alocados en esas noches de aguaceros cerrados. Del tiempo de la historia de esa carta que antes me narraba, le quedaba aún el aroma de ese amor sin besos ni caricias, de un amor imaginado.
Por los ventanales entraba a esa hora solo el reflejo de celajes color naranja. Adela envuelta en su chal preferido, sentada a mi lado reposaba su dulce cabeza en mi hombro. Sus manos sostenían vacío su vaso. Y yo me sentía bendecida por esa tarde de intimidad y confidencias.
Lia Ferreto.
Abril -2018.
























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