En
medio de todos los libros y papeles en aquel escritorio ahí
sobresalía. Sellos y estampillas lo llenaban, evidenciando su
procedencia.
En
aquellos años no era sencillo recibir el correo, tampoco enviarlo.
Se necesitaba paciencia y sobre todo esperanza, de que ni de un lado
ni del otro equivocaran su destino. Se iban contando con los dedos
de la mano las semanas que transcurrían entre uno y otro. Realmente
era un prodigio, todo un acontecimiento. No pasaba inadvertido para
nadie en la familia, si alguien te escribía.
Esos
años hermosos tenían tanto encanto, pero también guardaban entre
sus días, parajes crueles e inesperados. Así debe ser seguramente,
todo en la vida.
Adela
de seguro se sentía afortunada. De una belleza fría y cándida a la
vez, siendo casi una niña, empezaba su adolescencia con la certeza
de tener un enamorado que la seguía y la miraba a la distancia. Era
un muchacho tímido que se refugiaba entre los marcos de las puertas
allá donde vendían panes y golosinas.
Pasaron
muchas décadas cuando un día ella me contaba que su perdición se
llamaba Ser Ingenua. Lo había sido de niña, de joven y ahora
siendo muy mayor, aún la traicionaba. Mi vida me contaba, estuvo
llena de diversos factores que se confabularon para que hoy yo añore
cosas que no fueron y bendiga y agradezca todo lo que quedó de lo
mucho que si viví y te los pueda contar antes de que se los coma el
olvido.
No
podré olvidar el momento en que temblorosa tomé entre mis manos
esa carta, cerrando las puertas de mi cuarto para leerla despacio.
Aquel
muchacho que me seguía y me buscaba, había viajado a otro país
buscando fortuna y nos escribíamos, casi una vez al mes. En ésta me
avisaba que rompía conmigo, que otra persona me suplantaba. Yo le
creí sin duda alguna, pues su correspondencia se había vuelto poco
frecuente. No pude entender que de una broma se trataba, solo deseaba
saber si yo le rogaría. Muy herida, no quise contestarle. La suerte
estaba echada. El se alejó completamente, creyendo que no lo amaba y
yo despechada empecé a mirar otros muchachos. El destino nos llevó
dando tumbos por años y años, cada uno construyó una vida sin
saber nada del otro.
Yo
miraba a Adela que entre tanto me narraba, suspiraba y pensativa
observaba la lejanía como aquel que intenta oler las flores que se
encuentran atrapadas entre páginas olvidadas de un libro. Su
envejecida piel, casi transparente por el olvido, de un tono rosado
que cobraba vida cuando hablaba, se llenaba de hilos finos de
llanto que solos salían sin que ella lo evitara. Fui ingenua, de
pronto musitó, cómo pude creer que me olvidaba. Ingenua si, muy
ingenua.
La
tarde de aquel día transcurría tranquila, mientras continuamos
conversando sobre su vida y sus fracasos. De sus descendientes que
tanto la han llenado, de su soledad y sus vacíos. De tantas
traiciones recibidas, de mentiras y falsedades de gente que dijo que
la amaba. También me contaba de sus aventuras cuando viajó sola por
el mundo, cuando las mujeres debían ser mas recatadas. De todos esos
rincones recorridos, de tantas amistades entrañables que aún
conserva en su memoria. De sus gatos y sus orquídeas. De su gusto
por el vino y de tocar su guitarra. De escribir sus versos alocados
en esas noches de aguaceros cerrados. Del tiempo de la historia de
esa carta que antes me narraba, le quedaba aún el aroma de ese amor
sin besos ni caricias, de un amor imaginado.
Por
los ventanales entraba a esa hora solo el reflejo de celajes color
naranja. Adela envuelta en su chal preferido, sentada a mi lado
reposaba su dulce cabeza en mi hombro. Sus manos sostenían vacío su
vaso. Y yo me sentía bendecida por esa tarde de intimidad y
confidencias.
Lia
Ferreto.
Abril
-2018.
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