Me
visualizo en el jardín de la abuela Cata con mis cinco o seis años.
Veo sus múltiples árboles de durazno, sembrados por cada
nacimiento de sus nietos. Ellos tenían sus nombres, éste es Lena,
éste Virginia, allá está Elsa, pero no recuerdo cuál llevaba mi
nombre. Lo que si me quedó arraigado fue el gusto por morder esos
frutos apenas sazones, donde dejaba al descubierto sus corazones
rosados y ese delicioso sabor al igual que recordar que antes debía
pasarlos ligeramente sobre mi falda, de lo contrario sus pelitos casi
invisibles dejaban en la boca, esa sensación tan incómoda.
Me
veo de cuclillas a su lado, observando sin creerlo, aquellos gordos y
brillantes bichitos, llena de asco pero fascinada, ambas armadas de
algún implemento que fuera capaz de sacarlos del medio de las hojas
de sus múltiples lirios. Vencíamos y llevábamos a la muerte
aquellas babosas tan horribles.
Cuando
fui una adolescente adoraba llegar a casa de alguna amiga o vecina y
observar las plantas que cultivaban. Siempre me parecía que mi casa
no se lucía pues mamá no era precisamente amante de ellas, por lo
que que yo comentaba que no había nada más triste que entrar a una
casa sin plantas. Así casi obligada, ella comenzó a llenar algunas
áreas con canastas de helechos y begonias. La gente me regalaba *
hijitos * los cuales yo sembraba con éxito, pero con un pesar de que
no encontraba un lugar adecuado a sus necesidades. Así parte de mi
tiempo lo usaba, buscando personas que vendieran matas.
Cuando
tuve mi primera casa, pedí espacios para ellas. Comencé el cultivo
de orquídeas y de violetas y las maravillosas flores que me daban
eran mi más grande alegría.
Tengo
ahora veinte y tantos años de vivir en mi propia casa. Las guarias
que sobrevivieron a mis desastres y cambios de vida, fueron llenando
los muros de mi patio. Desde sembrar zacate donde solo había barro,
plantar algunos frutales, llenar un gran espacio con semillas de una
planta que cubría el suelo y luego fue cambiado por otro pasto, todo
lo que hoy tiene aspecto de muchos años, fue para mí un trabajo de
cada fin de semana. Aprendí a cultivar semillas, haciendo grandes
almácigos de petunias y boquitas de dragón. Los bellísimos
espacios que cada verano llenaron mi jardín eran admirados por toda
persona que pasara por ahí, y llegó a ser reconocida por la Casa de
las flores. También tuve una gran huerta, donde tomates de varios
tipos competían con las plantas de albahaca, que servían para hacer
muchos frascos de delicioso pesto.
Mi
jardín por éste tiempo de Semana Santa, se llena de tal cantidad de
flores de guaria imposible de ser descrito, solo admirado.
Abuela
Cata, si desde un rinconcito del cielo te es posible mirarme, si
recuerdas a ésta pequeña nieta que caminaba de tu mano, en aquellas
poquitas veces que visité tu casa, puedes reír regocijada pues mira
que gran cosa, yo conservo tu gusto por las matas. También como
hacías, muchas de ellas las he vendido. No en balde Adela mi tía,
dedicándome su libro Crónicas de un Tiempo escribió; para Lía,
hacendosa como mamá.
Lia
Ferreto.
Abril-2018.
como siempre, un placer leer tus anécdotas y recuerdos.
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