lunes, 21 de mayo de 2018

Asé fue como empezó todo.

Me visualizo en el jardín de la abuela Cata con mis cinco o seis años. Veo sus múltiples árboles de durazno, sembrados por cada nacimiento de sus nietos. Ellos tenían sus nombres, éste es Lena, éste Virginia, allá está Elsa, pero no recuerdo cuál llevaba mi nombre. Lo que si me quedó arraigado fue el gusto por morder esos frutos apenas sazones, donde dejaba al descubierto sus corazones rosados y ese delicioso sabor al igual que recordar que antes debía pasarlos ligeramente sobre mi falda, de lo contrario sus pelitos casi invisibles dejaban en la boca, esa sensación tan incómoda.
Me veo de cuclillas a su lado, observando sin creerlo, aquellos gordos y brillantes bichitos, llena de asco pero fascinada, ambas armadas de algún implemento que fuera capaz de sacarlos del medio de las hojas de sus múltiples lirios. Vencíamos y llevábamos a la muerte aquellas babosas tan horribles.
Cuando fui una adolescente adoraba llegar a casa de alguna amiga o vecina y observar las plantas que cultivaban. Siempre me parecía que mi casa no se lucía pues mamá no era precisamente amante de ellas, por lo que que yo comentaba que no había nada más triste que entrar a una casa sin plantas. Así casi obligada, ella comenzó a llenar algunas áreas con canastas de helechos y begonias. La gente me regalaba * hijitos * los cuales yo sembraba con éxito, pero con un pesar de que no encontraba un lugar adecuado a sus necesidades. Así parte de mi tiempo lo usaba, buscando personas que vendieran matas.
Cuando tuve mi primera casa, pedí espacios para ellas. Comencé el cultivo de orquídeas y de violetas y las maravillosas flores que me daban eran mi más grande alegría.
Tengo ahora veinte y tantos años de vivir en mi propia casa. Las guarias que sobrevivieron a mis desastres y cambios de vida, fueron llenando los muros de mi patio. Desde sembrar zacate donde solo había barro, plantar algunos frutales, llenar un gran espacio con semillas de una planta que cubría el suelo y luego fue cambiado por otro pasto, todo lo que hoy tiene aspecto de muchos años, fue para mí un trabajo de cada fin de semana. Aprendí a cultivar semillas, haciendo grandes almácigos de petunias y boquitas de dragón. Los bellísimos espacios que cada verano llenaron mi jardín eran admirados por toda persona que pasara por ahí, y llegó a ser reconocida por la Casa de las flores. También tuve una gran huerta, donde tomates de varios tipos competían con las plantas de albahaca, que servían para hacer muchos frascos de delicioso pesto.
Mi jardín por éste tiempo de Semana Santa, se llena de tal cantidad de flores de guaria imposible de ser descrito, solo admirado.
Abuela Cata, si desde un rinconcito del cielo te es posible mirarme, si recuerdas a ésta pequeña nieta que caminaba de tu mano, en aquellas poquitas veces que visité tu casa, puedes reír regocijada pues mira que gran cosa, yo conservo tu gusto por las matas. También como hacías, muchas de ellas las he vendido. No en balde Adela mi tía, dedicándome su libro Crónicas de un Tiempo escribió; para Lía, hacendosa como mamá.
Lia Ferreto.
Abril-2018.
















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