miércoles, 6 de junio de 2018

Ojitos azabache



A través de mechones blancos, puedo percibir cómo me mira mientras en mi cuarto afanada acomodo la ropa que ahí quedó desordenada, mirada penetrante.  Me olvido de su presencia, pero esa mirada insistente me taladra y me hace reaccionar mirándole con intensidad de vuelta. Ha cerrado sus ojos, mostrando indiferencia ante mi reacción, un preludio matutino que se repite cada día. La cama aún  está tibia, eso es lo que me intenta decir con su prolongado desgano e indiferencia, mirando sin mostrar que me mira, pero con tanta intensidad que siento en mi su callado reclamo. El sueño todavía entorpece mi andar, por lo que me muevo con cuidado, despacio y evitando hacer mucho ruido, sin embargo reconozco que existe una rutina en ésto que hago y que los movimientos son totalmente conocidos para esa presencia que mira sin mirar, fingiendo dormir y tener mas pereza que la que ayer me demostró. Nada la disturba. Su indiferencia toma matices de dramas de novela, sin embargo yo continúo abriendo puertas y ventanas e incluso enciendo aquel aparato encargado de guardar escondido en su interior tantas voces y sonidos, que dependen de mi ánimo para salir llenando el espacio con su música, haciéndome cantar un poco y bailar otro tanto. Finalmente la llave gira en la cerradura de la puerta de entrada. Entonces siento una ráfaga de alegría y euforia que roza mis piernas y entre ellas, sale corriendo hacia la verja donde emite todos esos sonidos que imagino significan, buenos días mundo, buenos días vecinos, buenos días a todos los que hoy son felices. Se gira y me mira. Ahora su mirada expresa tanto agradecimiento por ser parte de su paisaje, que feliz continúa saltando entre las flores que también despertaron al nuevo día.
En la cocina empiezo a preparar mis bebidas sanadoras, mis pastillas mágicas y mi desayuno de lujo. Los sonidos son otros , también los aromas. Nuevas señales se declaran y nuevos asuntos se presentan. Entonces me doy cuenta que de nuevo me mira. Ahora en forma de alfombra, su largo cuerpo ocupa un sitio que ha comprado desde largo tiempo atrás. Su cabeza descansa sobre sus patas delanteras, en un gesto de total abatimiento, de una tristeza sin igual, de una vida que se diluye entre los sentimientos mas sombríos y lúgubres que nadie haya presenciado antes. Es una posición de total desamparo, donde lo inevitable se reproduce día a día. La estrategia está clara. Si no puedo sucumbir ante semejante cuadro de dolor y desolación, no hay nada que valga la pena. Convencida de que todas mis palabras y gestos amistosos, mis bailes y mis cantos y mis piruetas seductoras, no son suficientes para alegrar aquellos ojos tan negros y redondos que ahora miran casi al borde del llanto, yo también sucumbo bajo el peso acuciante de la culpa.
A la hora en que voy saliendo de la casa, ya ella ha presenciado todos mis conocidos preparativos, bolso con lo necesario para nadar, botella de agua con hielo, banano para reponer el potasio, y otros detalles tan conocidos que comienzan a crear una nueva expectativa; será que me he equivocado y yo voy de paseo al parque que tanto me gusta ? Empieza entonces una alegría que se transmite en brincos y carreras, saltos entre mis piernas y esos ojitos negros ahora llenos de picardía. Y yo armada con una galleta,  le pido que se siente y se la doy. Ella agradecida, yo sintiéndome farsante.
Cuando efectivamente vamos hacia el parque, lo sabe con certeza, pues he ido a traer mis zapatos de caminar y entonces los muerde aunque yo los lleve en el aire, ella desesperada gime y revolotea loca de alegría, impaciente ante la parsimonia de mi lento proceso de calzarlos. La gente que vive cerca sabe que vamos de paseo, sus pasos atolondrados sobre sus patas traseras y sus aspavientos, son señal segura de que ese día vamos a caminar y el guarda sonriente y cariñoso sube la aguja del barrio celebrando el paso de mi perrita bailadora.
Ahora yo regreso como tantas veces a la semana en que la dejo sola. El sonido del portón me delata. Además el motor del carro tan conocido por sus sensibles oídos le confirma que ya he regresado. La espera a veces tan larga termina. Sus besos me cubren por completo, mis risas se confunden entre sus lamidos y sus abrazos. El gozo del encuentro es tan grande entre nosotras que no podría afirmar cual es mas feliz , cual mas dichosa.
La tarde ha terminado, llega ese momento tan ansiado en que ambas deseamos regalar nuestros cuerpos a la cama que nos espera en la penumbra. Yo doy mil vueltas por la casa, puertas, luces y demás asuntos se revisan sin falta. Ella ha desaparecido. Descubro su figura ovillada sobre mi almohada. Me espera sin prisa. Despacio mi cuerpo finalmente se relaja y siento el alivio de mis músculos cansados. Apago la luz, tomo esa posición que tanto me gusta, de medio lado, mirando hacia la ventana. Ligeras y seguras, siento sobre mi cuerpo sus patitas caminar, encontrar mi almohada y sobre ella recostar su cabeza, su espalda sobre la mía, segura, protegida.
Suspiramos al unísono. La vida es maravillosa.
Lia Ferreto.
Junio-2018.


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