Duermo. Si
me llego a despertar por el sonido furioso del viento o por esa lluvia insistente
que cae fuertemente sobre mi techo, alargo mi mano y las encuentro, ahí cerca
de mi cuerpo acunadas bajo su tibio manto de blancos pelos. Las siento
calentitas, dulces y tiernas, reconfortando mi alma anhelante sin
restricciones. Se me permite sostenerlas por un rato no tan largo como deseara,
pero de igual forma me deleito con sus particulares formas. Los largos deditos,
que culminan en uñas filosas que al caminar por las veredas, se gastan
justamente evitando arañarme cuando juega conmigo. Parece que calza botas, con
el recorte del pelo justo encima de ellas, para que el barro o el polvo no causen
tanto desastre sobre mis muebles. Debajo tienen cinco almohaditas color
chocolate, que invitan a mis golosas manos a tocarlas y acariciarlas.
Su dueña, con santa paciencia reconoce que yo
tengo debilidad por jugar con esas patitas tan bellas. Cuando la llevo en
brazos caminando y llenándola de besos, sus patitas traseras van apoyadas en mi
mano, que sienten su tibieza como un regalo. Las delanteras van sobre mi hombro
en franco abandono. Y si la encuentro echada como una maja indolente en mi
cama, ella espera que yo empiece mi juego. Tomándole una le digo, ésta patilla
es mía, y ésta otra es de mami !! Y ante
la velocidad del cambio entre ambas, Lolita se emociona, moviendo su colita y
saltando de un lado a otro.
Esas patitas
son de algodón de azúcar, de canela y de queso. Y huelen muy mal le digo, entre
risas y besos. Realmente yo las amo, pero creo que Lolita ama mas aún que yo
juegue con ellas.
Lia Ferreto.
Octubre-2018
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