Los
últimos de su vida, dedicó cada mañana durante un largo rato a
contemplar desde aquel gastado sillón, la magnífica vista que le
ofrecía aquel inmenso patio. Era en ese tiempo anterior al almuerzo,
donde con una copa de cognac, parecía divagar en sus memorias. Tan
suyas, tan íntimas. Parecía medio adormecido. Un silencio
expectante lo envolvía. Desde la ventana, le podía observar. Su
aspecto envejecido, distraído y pensativo. No hablaba con nadie, ahí
sentado en ese ritual cotidiano, que nos hacía sentir que lo
perdíamos, que se volvía intangible. Cubría su cabeza con alguna
de sus múltiples gorras, pues el frío se había convertido en su
mas temible compañía. Sus manos antes tan activas, manos de
artista, de fotógrafo, de pintor, resultaban ahora tan quietas pero
siempre bellas. Su copa de buen licor, que acercaba con deleite a sus
labios, se iba terminando entre pequeños sorbos. Fue siempre un
hombre estudioso. De su entorno, de la gente, de los peculiares
rasgos de los borrachitos, del alma gentil que descubría en todo
perro callejero que se acercaba sin remedio atraído por aquella
magia que solo ellos descubrían. Su voz y el llamado por el nombre
que a todos les adjudicaba; hola Wascar, les decía. Estudiaba la
naturaleza. Siempre empírico y autodidacta. Entendía las señales
del viento y de las nubes, amaba la fuerza de los volcanes y era un
apasionado de su comportamiento. Creía firmemente en la vida en
otras galaxias y aseguraba con entusiasmo saber cuales nubes
escondían sus naves y también de sus avistamientos.
Así
que no era de extrañar que amara sentarse en ese lugar diariamente,
en lo que parecía un rato de reposo cuando en realidad, estaba
llevando a cabo sus grandes descubrimientos.
Cerca
de los árboles había construido un comedero para los pájaros.
Frutas variadas colocaba ahí a una cantidad de avecillas que
llegaban a deleitarse. Sabía el nombre de muchas especies. Y de sus
vuelos y migraciones. En que época del año llegaban éstos, o
aquellos o aquel único ejemplar que ostentaba un majestuoso plumaje
tornasolado, entre rojos, azules, verdes y amarillos. Llegó a
asegurar que ese bello ejemplar en especial, era su amigo. Que hacía
mil sonidos diferentes para avisarle de su llegada, de sus aventuras
y de su alegría por el reencuentro. Él sabía interpretar sus
cantos y silbidos. Y salía presuroso cuando oía sin lugar a dudas,
las señales de su llegada. Sabía con precisión las fechas de su
arribo. También cuando debía continuar su viaje. Mucho se afligía
cuando se atrasaba pensando que un depredador hubiera terminado con
su vida.
Cuando
a los noventa y cinco años papá se fue a jugar entre las nubes,
aquellos amigos suyos de plumajes tan diversos llegaron hasta el
patio, saludaron entre múltiples cantos y silbidos y partieron
encumbrando sus vuelos hacia lo alto a rendir tributo a aquel que
tanto los había querido. Nunca mas regresaron.
Lia
Ferreto.
Setiembre
2018.
No hay comentarios:
Publicar un comentario