Ana Lorena Cartín Leiva
Soy
Pierre, una botella de brandy y he viajado desde Francia por barco,
actualmente me encuentro en el bar de un lujoso hotel, dicen que
tiene más de cinco estrellas, en algún lugar de la provincia de
Guanacaste en Costa Rica. Aún no me acostumbro al calor de este
lugar, será por eso que todavía permanezco en el bar. Aquí he
hecho amistad con toda clase de botellas de licor y otras bebidas,
especialmente con la botella de ron Palmeras
y la de cerveza Beatriz..
He
sido testigo del sufrimiento de ambas botellas y no quisiera, jamás,
vivir la situación de ellas. Palmeras, un ron centroamericano, yo
creo que era caribeño, pero insistía que era centroamericano, una
tarde melancólica, me contó sobre su poca experiencia en esto de
vivir, su niñez se remonta al cañaveral donde creció y poco antes
que iniciaran las lluvias, una vez cosechada la caña de azúcar, se
transformó en jugo de caña y melaza la que por fermentación con
levadura y agua, produjo el mosto que luego lo destilaron por
columnas no por alambiques, para después llevar el licor producido
al envejecimiento o añejado en uno toneles de roble. Narró que
como es un excelente ron, lo añejaron doce años en toneles de roble
pequeños ya que así, su aroma y sabor es mejor, ¡solo los rones de
mala calidad los añejan durante un año y en toneles grandes!
exclamó con gran orgullo, finalmente -continuó- el maestro
mezclador, un gran experto en eso de mezclar los rones añejados,
mezcló licores de dos toneles para obtener ese bouquet
característico del buen ron y luego me envasaron. Entonces le
comenté, sos un ron para bebedores y conocedores de licores de
excelente calidad. ¡Por supuesto! contestó. Y aquí me encuentro
en este bar, que visitan ricos y famosos, esperando que un buen
conocedor me compre.
La
botella de cerveza Beatriz suspiraba mientras oía el relato de
Palmeras y con voz entrecortada comentó que ella procedía de
Europa, exactamente de Bélgica y que para estar en ese lujoso bar de
hotel, había tenido que pasar por un largo, fino y delicado
proceso. Primero tostaron los granos del cereal del que provengo
para activar las enzimas y conseguir así, maltas claras u oscuras y
luego molieron los granos, me mezclaron con agua, convirtiendo los
almidones en azúcares fermentados, me filtraron separando el mosto
del resto de la malta. Mi mosto lo llevaron a ebullición para
aportar ese amargor y aroma que tengo y que proviene del lúpulo;
esterilizaron y evaporaron mis aromas indeseables. Mi mosto lo
airearon y agregaron la levadura y así los azúcares fermentados se
transformaron en alcohol y dióxido de carbono
A
esa altura del proceso me cansé pero aún tenían que madurarme a
temperatura bajas para que mi sabor y aroma se estabilizaran, en
este proceso sentía mucho frío pero era necesario para mejorar mi
sabor, mi aroma, mi bouquet. Finalmente me filtraron para que las
minúsculas partículas de levadura y otros compuestos se separaran
y así quedar brillante, elegante con esa transparencia que solo las
cervezas de excelente calidad -como mis hermanas y yo- tenemos.
¡Vaya contestó Palmeras! Realmente sos una joven delicada a pesar
del cansancio de tu proceso, apenas para un buen catador de cerveza.
Escuchando los dos relatos solo pensé que mejor no comentada sobre
mi proceso para obtener un buen brandy, no vaya a ser se pongan un
poco celosos por mi delicadeza de bouquet.
Estábamos
en esa amena charla, de gratos recuerdos, cuando una hermosa joven
entró al bar y le solicitó al encargado que le llevaran a la mesa
que compartía con un apuesto joven, la botella de ron y la de
cerveza. Mis amigos se alegraron, por fin serían catados,
saboreados por personas conocedoras y dejarían de estar aburridos.
La mesa estaba convenientemente situada en una zona semi oscura y una
música suave de fondo invitaba a una buena conversación y
Palmeras, guiñándole un ojo a Beatriz, le comentó: cualquier cosa
puede pasar esta noche…pero no veo una copas dijo alarmado, ni yo
jarras bien frías, espetó Beatriz, ¡solo veo vasos! ¿Será que
nos van a usar para otra ocasión especial? Beatriz, más despabilada
que Palmeras se dio cuenta que en la mesa además de los vasos, había
una botella de refresco, ¡qué igualado, estar en una mesa con
nosotros! Probablemente los vasos son para ese igualado.
El
joven luego de una amena conversación, me destapó y me vertió en
un vaso, ¡no!, ¿qué está haciendo? - preguntaba con desesperación
Palmeras- yo tengo que estar en un copa fina y me está agregando
hielo, ¿qué está haciendo? Me está agregando ese refresco que
dice cola, ¡por favor que alguien lo detenga, me está matando,
también me está agregando jugo de limón y está mezclando todo con
un dedo de la mano! ¡No, no! la botella de ron se desmayó y solo
quería tirarse de la mesa para quebrarse y no continuar viendo el
asesinato que hacían. Sollozando repetía ¡tanto trabajo en
obtener mi bouquet, doce años añejándome para que me destruyan
así!
Beatriz estaba petrificada de ver aquella
situación y de repente, la vierten en un vaso, ¡no puede ser! Casi
gritando, con un gesto de horror, pedía -por favor- en una jarra
bien fría pero nadie escuchaba su voz. Una vez en el vaso, la joven
mujer agregó hielo, limón y sal. El pequeño corazón de Beatriz
no soportó semejante acto -que una buena bebedora jamás haría- y
se detuvo para siempre.
No
hay día que no recuerde a mis amigos Palmeras y Beatriz y no
quisiera, jamás, vivir su situación, prefiero quedarme solo en el
bar, viendo que otros licores van y vienen. Por dicha mi precio es
muy alto -soy de excelente calidad- y la mayoría de personas que
visitan el bar ni me determinan, es mejor así que morir de un
infarto debido a que alguien me agregue hielo o un refresco de cola.
Prefiero seguir siendo Pierre, la botella de brandy que nadie compra.
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