martes, 28 de enero de 2020

Las botellas de ron y cerveza


Ana Lorena Cartín Leiva
Soy Pierre, una botella de brandy y he viajado desde Francia por barco, actualmente me encuentro en el bar de un lujoso hotel, dicen que tiene más de cinco estrellas, en algún lugar de la provincia de Guanacaste en Costa Rica. Aún no me acostumbro al calor de este lugar, será por eso que todavía permanezco en el bar. Aquí he hecho amistad con toda clase de botellas de licor y otras bebidas, especialmente con la botella de ron Palmeras y la de cerveza Beatriz..
He sido testigo del sufrimiento de ambas botellas y no quisiera, jamás, vivir la situación de ellas. Palmeras, un ron centroamericano, yo creo que era caribeño, pero insistía que era centroamericano, una tarde melancólica, me contó sobre su poca experiencia en esto de vivir, su niñez se remonta al cañaveral donde creció y poco antes que iniciaran las lluvias, una vez cosechada la caña de azúcar, se transformó en jugo de caña y melaza la que por fermentación con levadura y agua, produjo el mosto que luego lo destilaron por columnas no por alambiques, para después llevar el licor producido al envejecimiento o añejado en uno toneles de roble. Narró que como es un excelente ron, lo añejaron doce años en toneles de roble pequeños ya que así, su aroma y sabor es mejor, ¡solo los rones de mala calidad los añejan durante un año y en toneles grandes! exclamó con gran orgullo, finalmente -continuó- el maestro mezclador, un gran experto en eso de mezclar los rones añejados, mezcló licores de dos toneles para obtener ese bouquet característico del buen ron y luego me envasaron. Entonces le comenté, sos un ron para bebedores y conocedores de licores de excelente calidad. ¡Por supuesto! contestó. Y aquí me encuentro en este bar, que visitan ricos y famosos, esperando que un buen conocedor me compre.
La botella de cerveza Beatriz suspiraba mientras oía el relato de Palmeras y con voz entrecortada comentó que ella procedía de Europa, exactamente de Bélgica y que para estar en ese lujoso bar de hotel, había tenido que pasar por un largo, fino y delicado proceso. Primero tostaron los granos del cereal del que provengo para activar las enzimas y conseguir así, maltas claras u oscuras y luego molieron los granos, me mezclaron con agua, convirtiendo los almidones en azúcares fermentados, me filtraron separando el mosto del resto de la malta. Mi mosto lo llevaron a ebullición para aportar ese amargor y aroma que tengo y que proviene del lúpulo; esterilizaron y evaporaron mis aromas indeseables. Mi mosto lo airearon y agregaron la levadura y así los azúcares fermentados se transformaron en alcohol y dióxido de carbono
A esa altura del proceso me cansé pero aún tenían que madurarme a temperatura bajas para que mi sabor y aroma se estabilizaran, en este proceso sentía mucho frío pero era necesario para mejorar mi sabor, mi aroma, mi bouquet. Finalmente me filtraron para que las minúsculas partículas de levadura y otros compuestos se separaran y así quedar brillante, elegante con esa transparencia que solo las cervezas de excelente calidad -como mis hermanas y yo- tenemos. ¡Vaya contestó Palmeras! Realmente sos una joven delicada a pesar del cansancio de tu proceso, apenas para un buen catador de cerveza. Escuchando los dos relatos solo pensé que mejor no comentada sobre mi proceso para obtener un buen brandy, no vaya a ser se pongan un poco celosos por mi delicadeza de bouquet.
Estábamos en esa amena charla, de gratos recuerdos, cuando una hermosa joven entró al bar y le solicitó al encargado que le llevaran a la mesa que compartía con un apuesto joven, la botella de ron y la de cerveza. Mis amigos se alegraron, por fin serían catados, saboreados por personas conocedoras y dejarían de estar aburridos. La mesa estaba convenientemente situada en una zona semi oscura y una música suave de fondo invitaba a una buena conversación y Palmeras, guiñándole un ojo a Beatriz, le comentó: cualquier cosa puede pasar esta noche…pero no veo una copas dijo alarmado, ni yo jarras bien frías, espetó Beatriz, ¡solo veo vasos! ¿Será que nos van a usar para otra ocasión especial? Beatriz, más despabilada que Palmeras se dio cuenta que en la mesa además de los vasos, había una botella de refresco, ¡qué igualado, estar en una mesa con nosotros! Probablemente los vasos son para ese igualado.
El joven luego de una amena conversación, me destapó y me vertió en un vaso, ¡no!, ¿qué está haciendo? - preguntaba con desesperación Palmeras- yo tengo que estar en un copa fina y me está agregando hielo, ¿qué está haciendo? Me está agregando ese refresco que dice cola, ¡por favor que alguien lo detenga, me está matando, también me está agregando jugo de limón y está mezclando todo con un dedo de la mano! ¡No, no! la botella de ron se desmayó y solo quería tirarse de la mesa para quebrarse y no continuar viendo el asesinato que hacían. Sollozando repetía ¡tanto trabajo en obtener mi bouquet, doce años añejándome para que me destruyan así!
Beatriz estaba petrificada de ver aquella situación y de repente, la vierten en un vaso, ¡no puede ser! Casi gritando, con un gesto de horror, pedía -por favor- en una jarra bien fría pero nadie escuchaba su voz. Una vez en el vaso, la joven mujer agregó hielo, limón y sal. El pequeño corazón de Beatriz no soportó semejante acto -que una buena bebedora jamás haría- y se detuvo para siempre.
No hay día que no recuerde a mis amigos Palmeras y Beatriz y no quisiera, jamás, vivir su situación, prefiero quedarme solo en el bar, viendo que otros licores van y vienen. Por dicha mi precio es muy alto -soy de excelente calidad- y la mayoría de personas que visitan el bar ni me determinan, es mejor así que morir de un infarto debido a que alguien me agregue hielo o un refresco de cola. Prefiero seguir siendo Pierre, la botella de brandy que nadie compra.




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