lunes, 4 de noviembre de 2019

Puentes y mar



Ana Lorena Cartín Leiva
Desde pequeña siento un temor que me paraliza y me hace sudar frío al cruzar los puentes y siempre me pregunto por qué, sin encontrar respuesta alguna. ¿Cruzar uno caminando? No podría. ¿Es irracional? Posiblemente, pero ese sentimiento está allí, a veces se oculta y creo que ha desaparecido y no, veo un puente y salta el temor, más controlado, pero allí está, a veces siento que se ríe de mí y me hace guiños. Varias amigas dicen que posiblemente algo me pasó en la otra vida al cruzar un puente, ¡cómo si creyera en esas cosas!
Y ese temor tiene un hermano mayor, el respeto exagerado al mar, ese que si bien admiro su inmensidad, su cadencioso y melancólico movimiento de las ola al romper en la playa y que se retira para volver con la misma furia pero nada más. Cuando voy al mar, solo me mojo los pies en la playa, caminar un rato viéndolo, oyéndolo, a veces creo que se burla de mí y le digo ¡hola!, pero no iré a que me abraces. Nunca. Y como si la vida quisiera obligarme a desterrar esos temores, he tenido que enfrentarlos, armándome de valor o fingiendo que nada pasará, pero ese enfrentamiento me ha puesto en situaciones para mí aterradoras, para los demás, divertidas, que me han avergonzado. Esos enfrentamientos iniciaron cuando ingresé a la Universidad de Costa Rica ya que para ir a la Escuela de Química, tenía que cruzar el pequeño puente entre Estudios Generales y Química.
Recuerdo cuando risueña, el día de la matrícula, tenía que ir por las tarjetas de los cursos de química y me detuve en seco, ¡tenía que cruzar ese puente y lo cruzaba o lo cruzaba!; despacio, sin mirar hacia abajo empecé a caminar asida del brazo de mi amiga Chely y como el puente es de madera, crujía y el terror casi me obliga a devolverme, pero era más mi deseo de ingresar a estudiar química, que caminé. A lo largo de 6 años tuve que cruzar muchísimas veces ese puente, el “puentecito de química” como lo bauticé y ese puente aún hoy, cruje y
está allí, altanero y jovial. Luego de muchos años, como evaluadora de proyectos en Fundecooperación, tenía que visitar los proyectos en desarrollo sostenible a mi cargo, iniciándose mi calvario con los puentes y el mar, doce años recorriéndolo, pretendiendo que esos temores habían desaparecido,
mostrándome fuerte por fuera y por dentro un revoltijo de emociones, temores y sudores.
Cruzar el puente La Amistad al día siguiente de su inauguración fue espantoso, la presión se me subió, estuve a punto de devolverme, de no ir a Guaitil, prácticamente le enterré las uñas a mi compañero que manejaba, tenía los ojos desorbitados y lo peor, es que él se burlaba de la situación, los pocos minutos que duramos cruzándolo, me parecieron horas.
Hasta la fecha, no sé cómo es el famoso puente de La Amistad, siempre lo cruzo con los ojos cerrados.
El otro puente, fue el del río las Quebradas en Pérez Zeledón. Como ese río abastece de agua a San Isidro, la SETENA no permitió, por el impacto ambiental negativo, la construcción de un puente colgante para un proyecto turístico, por lo que el famoso puente, se convirtió en un andarivel, fui invitada al día de su inauguración, como evaluadora del proyecto, pero cuando el coordinador informa a las y los presentes que yo, si yo, tenía que inaugurar el
andarivel y cruzar hasta la otra orilla del río, casi me desmayo, me puse pálida, rígida, empecé a sudar y casi me orino, porque además, para que el andarivel se moviera, había que pedalear. El coordinador del proyecto se dio cuenta de mi pánico y me dijo que si tenía tanto temor, él lo haría y le dije que no, que me subiría al andarivel, pero que me acompañara. Subí al andarivel no sin antes maldecir a la SETENA pues a pesar de mis temores, era mejor cruzar un puente que el andarivel. Empezamos a pedalear y aunque no soy muy creyente, invoqué a todos los santos del cielo, por demás está decir que ese viaje de ida y vuelta, fue eterno, sudaba y sudaba, mis músculos agarrotados y no podía decir palabra alguna. No fue temor, fue terror, pavor. Sobra decir que ni admiré el paisaje. Las fotografías que tomaron, son fieles testigos del pavor que expresaba mi rostro.
Y mi calvario continuaba. Para visitar un proyecto en las comunidades de San Miguel y Dos Bocas, en Quepos, hay que cruzar el río Hatillo. Me enrumbé acompañada de la coordinadora del proyecto y funcionarios del MAG-Quepos, luego de casi una hora de viaje, el vehículo se detuvo en la orilla del río, pregunté que si íbamos a vadearlo porque no veía puente alguno y me respondieron que no, era época lluviosa y de repente podía bajar una cabeza de agua y era peligroso. ¿Y el puente dónde está? Allí, contestaron, señalándome una tabla de escasos dos metros y medio de ancho que había y hacía las funciones de puente. No, no puedo cruzar esa tabla dije, no puedo hacerlo, pero tenía que hacerlo, las comunidades al otro lado me esperaban. Estaba paralizada, sentía que el corazón se me iba a salir de tan fuerte que latía,
invoqué a mi padre y a mi hermana Nancy para que me protegieran, que me dieran valor y poder caminar. Uno de los funcionarios del MAG, me tomó del brazo y me dijo que fijara la vista al frente, que no volviera a ver hacia abajo y empecé a caminar, mis “quijadas” sonaban durísimo, tenía frío a pesar del calor que hacía, no caminaba, me arrastraba. Cuando llegamos a la otra orilla, busqué un árbol para orinar y vomitar, casi me desmayo al pensar que tenía que volver a cruzar la famosa tabla. Maldije a la municipalidad de Quepos, ¡nada le costaba construir el puente!
Y continuando con el periplo del calvario, tenía que visitar un proyecto de un grupo de mujeres quienes criaban cabras y producían queso y yogurt. Investigué cuanto tiempo tardaría en llegar por carretera, cinco horas, demasiado, por lo que llegamos hasta Puntarenas para tomar el ferry a Paquera, decisión que me costó tomar por el gran temor que le tengo al mar, en una hora arribamos al proyecto. Tuvimos que vadear un río, lo que no me importó, eso era preferible que cruzar un puente; regresamos al centro de Paquera a las cinco de la tarde con tal mala suerte que el ferry había zarpado y había que esperar el que salía a las siete de la noche, y mi cuerpo empezó a temblar y a sudar frío. Por fin llegó el barco, subí con mi compañero al bar, tomé un whisky para ver si me calmaba un poco y a los quince minutos, se silenciaron los motores, silencio total, el capitán informó que uno de los motores tenía un desperfecto y que había que esperar que llegara una lancha con el mecánico y poner a funcionar el motor. Me encontraba en un barco varado, de noche, en medio de una terrible oscuridad, en medio de esa inmensidad de mar, mi cuerpo se heló, tenía ganas de gritar que me sacaran de allí, empecé a sudar, solo pensaba en mi hijo, me dio taquicardia, estaba en tal estado, que mi compañero tuvo que abrazarme para que me calmara. Cuando se oyó nuevamente el ruido de los motores, me calmé un poco. Llegamos a Puntarenas y como por disposición de  Fundecooperación, no podíamos viajar de noche para evitar peligros, dormimos
en el Puerto, bueno, yo no dormí pues mi mente recreaba una y otra vez esos minutos de angustia.
Creo que me he armado de valor para enfrentar mis temores a los puentes y al mar, ha sido a costa de pánico, sudores, frío, taquicardia, vómitos. He asistido a sesiones con una psicóloga, pero mis temores rondan, tal vez no me paralizan como lo he narrado, pero no he podido dilucidar el por qué. Tal vez mis amigas tengan razón y en mi otra vida, algo me sucedió en un puente o en el mar, tal vez…

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