viernes, 22 de marzo de 2013

Un día en La Violeta


Cielo Solórzano
Los días que merecen la pena son aquellos en los que la rutina desaparece por completo, y en su lugar viajás a otros sitios, otras gentes, otras costumbres, otros aires.
Mi día en la Violeta, un bello y pintoresco poblado de Frailes de Desamparados, empezó temprano. El sol irradiaba por la ventana de mi cuarto. Hacía frío. No había ruido de carros, ni televisión, ni radio, solo el dulce sonido de un sartén en la cocina de leña y el añorado aroma de café recién chorreado y tortillas recién hechas. Mi amiga Gretel salió a mi encuentro apenas se dio cuenta que me había levantado. Con preocupación me dijo “pero anoche se me olvidó mencionarle que no tenemos agua caliente, ¿le caliento agua?” Tanta amabilidad, tantas atenciones me sobrecogieron. La noche anterior habíamos pasado un rato muy ameno y entretenido con Gretel, sus hijas, su hijo y su esposo. Gente muy cordial y cariñosa. Estuvimos viendo fotos de todos los acontecimientos familiares hasta altas horas de la noche.
Después de un baño caliente y un delicioso desayuno, salimos a disfrutar de la hermosa vista. La casa está en la cima de una montaña, rodeada de cafetales. Los cafetos maduros esperan ser recogidos. La huerta con olor a lechugas, albahaca, culantro, apio me trae recuerdos de la huerta que tenía mi abuela en el patio de su casa. Poco a poco llegan personas alegres, llenas de esperanzas. En el potrero, cerca de la casa, empiezan a arreglar un espacio porque la misa dominical va a celebrarse ahí mismo. Después de la misa comenzará el concurso de novatos cogiendo café. Pero mientras esperamos a que lleguen todos los concursantes, comienzan los bailes típicos, la música invade la montaña, los cafetales, la huerta. 
Con el cielo como cobertizo y el olor a café maduro, un silbato anuncia que el concurso se está iniciando. Nos ponemos los canastos en la cintura y comienza el conteo, las porras y la fanfarria. Diez minutos eternos jalando las ramas y tratando de recoger la mayor cantidad de granos maduros sin lastimar la planta. Sin granos verdes gritaban los organizadores… ahora tienen 5 minutos más para sacar hojas y granos verdes. La cimarrona cada vez aumentaba el volumen, los aplausos y las emociones estaban a la orden del día. Y el anuncio llegó, tercer premio, segundo premio y el primer lugar. Después, a celebrar el triunfo con un almuerzo de cafetal con arroz, frijoles, picadillo de papa y torta de huevo con tortilla. Al abrir el almuerzo envuelto en hojas de plátano nos deleitamos con el aroma a achiote, cebollita y a hoja. Por supuesto que el almuerzo de cafetal venía acompañado de una humeante taza de agua dulce. Los bailes típicos continuaban y todos nos dispusimos a bailar también con las expertas bailarinas. Reímos y bailamos hasta el cansancio. La fiesta se iba terminando, nos despedimos con abrazos y promesas de volver, no sin antes recibir un canasto lleno de lechugas, apio, cebollas, culantro y albahaca fresca. Pero lo mejor del día fue compartir con tantas personas su afecto, su cariño y su alegría. Este día va a estar siempre en mi corazón. Y el premio, una pintura de un cogedor de café con su yunta de bueyes, estará siempre colgando en la pared principal de mi dormitorio para alegrar todos mis despertares.

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