Cielo
Solórzano
Los
días que merecen la pena son aquellos en los que la rutina
desaparece por completo, y en su lugar viajás a otros
sitios, otras gentes, otras costumbres, otros aires.
Mi
día en la Violeta, un bello y pintoresco poblado de Frailes de
Desamparados, empezó temprano. El sol irradiaba por la ventana de mi
cuarto. Hacía frío. No había ruido de carros, ni televisión, ni
radio, solo el dulce sonido de un sartén en la cocina de leña y el
añorado aroma de café recién chorreado y tortillas recién hechas.
Mi amiga Gretel salió a mi encuentro apenas se dio cuenta que me
había levantado. Con preocupación me dijo “pero anoche se me
olvidó mencionarle que no tenemos agua caliente, ¿le caliento
agua?” Tanta amabilidad, tantas atenciones me sobrecogieron. La
noche anterior habíamos pasado un rato muy ameno y entretenido con
Gretel, sus hijas, su hijo y su esposo. Gente muy cordial y
cariñosa. Estuvimos viendo fotos de todos los acontecimientos
familiares hasta altas horas de la noche.
Después
de un baño caliente y un delicioso desayuno, salimos a disfrutar
de la hermosa vista. La casa está en la cima de una montaña,
rodeada de cafetales. Los cafetos maduros esperan ser recogidos.
La huerta con olor a lechugas, albahaca, culantro, apio me trae
recuerdos de la huerta que tenía mi abuela en el patio de su casa.
Poco a poco llegan personas alegres, llenas de esperanzas. En el
potrero, cerca de la casa, empiezan a arreglar un espacio porque la
misa dominical va a celebrarse ahí mismo. Después de la misa
comenzará el concurso de novatos cogiendo café. Pero mientras
esperamos a que lleguen todos los concursantes, comienzan los bailes
típicos, la música invade la montaña, los cafetales, la huerta.
Con el cielo como cobertizo y el olor a café maduro, un silbato
anuncia que el concurso se está iniciando. Nos ponemos los canastos
en la cintura y comienza el conteo, las porras y la fanfarria. Diez
minutos eternos jalando las ramas y tratando de recoger la mayor
cantidad de granos maduros sin lastimar la planta. Sin granos verdes
gritaban los organizadores… ahora tienen 5 minutos más para sacar
hojas y granos verdes. La cimarrona cada vez aumentaba el volumen,
los aplausos y las emociones estaban a la orden del día. Y el
anuncio llegó, tercer premio, segundo premio y el primer lugar.
Después, a celebrar el triunfo con un almuerzo de cafetal con arroz,
frijoles, picadillo de papa y torta de huevo con tortilla. Al abrir
el almuerzo envuelto en hojas de plátano nos deleitamos con el aroma
a achiote, cebollita y a hoja. Por supuesto que el almuerzo de
cafetal venía acompañado de una humeante taza de agua dulce. Los
bailes típicos continuaban y todos nos
dispusimos a bailar también con las expertas bailarinas. Reímos y
bailamos hasta el cansancio. La fiesta se iba terminando, nos
despedimos con abrazos y promesas de volver, no sin antes recibir un
canasto lleno de lechugas, apio, cebollas, culantro y albahaca
fresca. Pero lo mejor del día fue compartir con tantas personas
su afecto, su cariño y su alegría. Este día va a estar siempre en
mi corazón. Y el premio, una pintura de un cogedor de café con su
yunta de bueyes, estará siempre colgando en la pared principal de mi
dormitorio para alegrar todos mis despertares.
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