sábado, 26 de octubre de 2013
HISTORIAS DE SAN GERARDO DE DOTA
Muñecas en el río
Por Cielo Solorzano
“Luis, levántese ya son las 3:30 de la mañana”. Pero hace mucho frío pensó Luis. “Apúrese, hay que ir a ordeñar las vacas. Ya sus hermanos y hermanas están listos”. Y Luis se levanta con gran esfuerzo y restregándose los ojos corrió con sus hermanitos al establo. Al salir de la casa Luis se dio cuenta que el suelo estaba cubierto de escarcha. Sus pies estaban cubiertos por una botas con huecos en las plantas de los pies y lo único que tenía para abrigarse eran unos pantalones cortos y una camiseta de algodón con mangas cortas. El frío era insoportable pero Luis no podía reclamar y ya se estaba acostumbrando. Tenía 5 años y apenas cumplió los 4 su papá lo despertaba todos los días a las 3:30 de la mañana para salir a ordeñar las vacas. El potrero también estaba cubierto de escarcha y observó a un ternero que estaba acostado sobre el zacate escarchado. Luis sentía tanto frío y sueño que espantó al ternero y rápidamente se acostó en el campo donde plácidamente dormía el animalito. Todavía podía sentir su calorcito y logró quedarse dormido por unos instantes hasta que el papá lo observó y lo llamó no sin antes darle un jalón de pelo. “Chiquillo vagabundo, apúrese que ya sus hermanos comenzaron a ordeñar”. Con pesar Luis abandonó el calorcito que le dejó el ternero y comenzó su labor justo a las 4 de la mañana. Mientras ordeñaba pensaba en terminar pronto porque tenía que estar en la escuela a las 7 en punto.
A la salida de la escuela, después de tomarse la leche en polvo que les obsequiaban en la escuela y que él creía que nada en el mundo era tan delicioso como esa leche, se encontró con sus hermanos que lo invitaron, como todos los días, a ir al río. “Luis, tenemos que encontrar más muñecas. Ahorita es Navidad, ya vos tenés tu carretillo para venir a la escuela y ahora necesitamos las muñecas para montarlas en tu carretillo”. Una de las hermanas, Rocío, era la más “habilidosa” para encontrar las más lindas muñecas. Corrieron ladera abajo, brincando y cantando alegremente hasta llegar al río. El agua estaba congelada. Era casi diciembre y San Gerardo de Dota estaba cubierto de escarcha. El agua corría cristalina y pura debajo del hielo. Se podía oir el bullicio, las risas y la algarabía de los hermanos y hermanas. Estaban muy ilusionados. ¿Cuál de ellos era el que recogería hoy la más linda muñeca?
La más redondita, la más lisita, la más lustrosa, la que tuviera la mejor forma, esa sería la muñequita más linda. Rocío, por supuesto, fue la que escogió la mejor muñeca. Siempre lo logra. Pusieron con mucho cuidado las muñequitas en el carretillo, felices y llenos de planes se enrumbaron hacia la casa. Escondan las muñecas les dijo Luis. Si papá la ve las puede botar. Al entrar en la casa la mamá les anunció que el agua dulce y las tortillas estaban listas. Comieron rápidamente y con cautela para que nadie los viera buscaron las bolsas plásticas que tenían escondidas y pasaron todo el resto del día confeccionando los vestiditos, las blusas y los adornos para la cabeza de las muñequitas. Cada uno puso su mejor esfuerzo para plisar las enaguas y adornar las blusas y lazos para la cabeza. “No se nota que los vestidos están hechos con las bolsas que rescatamos del basurero ¿verdad? cuestionó Luis preocupado. Se apresuraron a terminar de vestirlas y las acostaron en el centro de la cama, una a la par de la otra. Estaban todos felices. Estaban seguros que tenían las muñecas más lindas. También les cedieron el mejor campo de la cama. Ellos se acostaron en la orillita del colchón. Se sostenían unos a otros para no caerse. De repente y a pesar de sus esfuerzos por mantenerse acostado, Luis se cayó y se trajo al suelo a la muñeca de Rocío que era la más grande. El papá se despertó y por más que ellos rápidamente se habían vuelto a acostar y se hicieron los dormidos, el papá se acercó sigilosamente, levantó la cobija roja con la que se cubrían mientras repetía “¿qué fue ese escándalo?” “Parece como que cayeran piedras de la cama”. Los chiquitos temblaban pero esta vez no era de frío sino de miedo. No querían que el papá viera las muñequitas. Ya sabían lo que iba a pasar si las veía. “¿Qué es esto?” gritaba el papá. “Son nuestras muñecas para celebrar la Navidad” sollozaban ellos. Por favor papá no las tire, no por favor papá. “Estas piedras tienen que volver al río” gritaba él. No… por favor…no y los sollozos no cesaban mientras oían las muñecas chocando unas con otras mientras caían al río. No…por favor no…. No son piedras, son nuestras muñecas…
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