jueves, 21 de abril de 2016

Almirante




Era un día de diciembre, estábamos reunidos con Carlos y Adilia, nuestros amigos y decidimos que podíamos hacer un paseo a Almirante, que es un pueblito en la costa atlántica de Panamá.

Nos organizamos y salimos hacia Limón a las 6 de la mañana en el jeep de Carlos. Llevábamos una maleta con ropa y mucho entusiasmo. El viaje fue por la carretera vieja pasando por Juan Viñas, era de rigor desayunar en la Posada de la Luna, pero por alguna razón ese día estaba cerrada. Decidimos entonces seguir hasta Limón donde comimos algo y seguimos nuestro viaje hasta el aeropuerto donde dejaríamos el jeep. Ahí tomamos un bus que nos llevó hasta la parada del tren que nos dejaría en Sixaola, que es la frontera entre ambos países.

Resulta que ese tren parecía tener las ruedas cuadradas pues se movía de tal manera que nuestras diferencias con el sexo masculino brincaban que parecía que se nos saldrían de la blusa.

Tuvimos que pasar el puente a pie cargando las valijas y nos montamos en un taxi que nos llevaría hasta la ciudad. La ruta era entre bananales muy bien delineados con buenas calles de piedra menuda pero el paisaje era siempre el mismo, parecía que habíamos dado vueltas y pasado varias veces por el mismo sitio. No volvimos a hablar, solo nos mirábamos y por las caras adivinábamos que el horror se apoderaba de nosotros cada vez más. Nunca pudimos saber si el camino del puente a la ciudad era corto o si en realidad quedaba tan lejos.

Por fin llegamos. Le dijimos al chofer que nos llevara al mejor hotel y seguimos observando el pueblo que era un lugar sencillo, con casas de madera. Al fin el taxi se detuvo, ¡hemos llegado!, dijo el taxista, y casi a coro le respondimos, ¿este es el mejor hotel?, y él asintió con la cabeza, pues estábamos frente a una casona vieja de dos pisos de madera pintada de color rojo oscuro, y solo se veía una puerta que estaba abierta y unas ventanas muy pequeñas en el segundo piso, el aspecto era fatal.

Nos salió a recibir un chino que era el dueño, nos registró y nos llevó a las habitaciones que quedaban en el segundo piso al que había que subir por una escalera tan angosta que apenas cabíamos con la maleta pegando a las paredes que eran compactas por ambos lados.

Ya acomodados nos fuimos a recorrer el pueblo, encontramos unos almacenes que vendían diversas cosas, que era en parte nuestra meta. Compramos unas cajas grandes con latería variada, confituras, regalos para los hijos y un equipo de sonido grande.

Regresamos al hotel con aquel cargamento para cenar. Le dijimos al dueño que queríamos bailar y nos dijo que ahí mismo era el lugar. Subimos entonces para cambiarnos, al bajar se oía la música, pero cuando llegamos la sorpresa fue que solo estábamos nosotros cuatro. El chino se dedicó a atendernos con los traguitos y bailamos toda la noche, pero no sabemos con claridad cómo subimos después aquella escalera, lo que sí sabemos es que amanecimos en nuestros dormitorios.

Al día siguiente regresaríamos a Costa Rica, pero esta vez iría nos iríamos hasta Limón en una avioneta. Para esto tomamos un taxi que nos llevó al aeropuerto, que era solo una calle en el centro de un potrero. Ahí nos dejó el taxi con nuestras maletas y la compra que habíamos hecho, y se fue.

Esperamos un poco asustados, cuando al fin apareció un hombre que dijo ser empleado del aeropuerto, poco tiempo después apareció la avioneta. Cuando el piloto nos vio, nos dijo, “no los puedo llevar con todo eso”. Volvimos la mirada hacia la avioneta y nos dimos cuenta que era muy difícil acomodarnos ahí. Le sugerimos que hiciera dos viajes. Se quedó mirando y dijo, “montemos todo y si nos elevamos llegamos”.

Acomodamos todas las cajas en la parte trasera del avión y luego nos acomodamos. Daube, Adilia y yo en los asientos de atrás y sobre nosotros iban las valijas que eran muy grandes y no nos dejaban vista hacia adelante. Adelante se sentaron el piloto y Carlos. Nos persignamos y deseamos buena suerte y ¡arriba!, “vamos a llegar” dijo el piloto. Adilia, que iba al lado de la ventana, se agarró de una faja que tenía la avioneta y se encomendaba a todos los santos.

Después de un rato de vuelo, dijo el piloto: “tenemos que bajar”, ¿ya llegamos?, preguntamos nosotros. “No” dijo el piloto, tenemos que bajar a hacer aduana. Entonces se oyó un coro que decía: “¡no, no, sigamos!”, pero eso no era posible.

Se bajaron el piloto y Carlos para bajar las maletas y que pudiéramos salir nosotros. Pasamos a las oficinas y volvimos a la avioneta. Por fin llegamos al aeropuerto de Limón, metimos todo en el jeep y nos fuimos a las oficinas que quedaban en el centro de la ciudad para pagar los impuestos. Ese día decidimos quedarnos a dormir en Limón.

Al día siguiente, cuando salíamos a tomar el jeep para nuestro regreso, pasaron vendiendo un saco de langostas y las compramos.

Los hijos nos esperaban y cuando les dijimos que traíamos langostas para la cena se pusieron muy contentos, pero no tanto cuando vieron que estaban vivas, y que según la costumbre de esa época había que cocinarlas así. Calentamos una olla tamalera con suficiente agua y cuando hirvió echamos las langostas que aleteaban levantando la tapa que las cubría. Fue en verdad un sinsabor. Era la primera vez que yo lo hacía y dije nunca más.

Después de tan amarga experiencia, las pelamos y nos sentamos con una copa de vino para deleitarnos de la comida y del viaje tan especial que habíamos hecho.


Carmen Brenes Protti

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