Era un día de diciembre, estábamos reunidos con
Carlos y Adilia, nuestros amigos y decidimos que podíamos hacer un
paseo a Almirante, que es un pueblito en la costa atlántica de
Panamá.
Nos organizamos y salimos hacia Limón a las 6 de
la mañana en el jeep de Carlos. Llevábamos una maleta con ropa y
mucho entusiasmo. El viaje fue por la carretera vieja pasando por
Juan Viñas, era de rigor desayunar en la Posada de la Luna, pero por
alguna razón ese día estaba cerrada. Decidimos entonces seguir
hasta Limón donde comimos algo y seguimos nuestro viaje hasta el
aeropuerto donde dejaríamos el jeep. Ahí tomamos un bus que nos
llevó hasta la parada del tren que nos dejaría en Sixaola, que es
la frontera entre ambos países.
Resulta que ese tren parecía tener las ruedas
cuadradas pues se movía de tal manera que nuestras diferencias con
el sexo masculino brincaban que parecía que se nos saldrían de la
blusa.
Tuvimos que pasar el puente a pie cargando las
valijas y nos montamos en un taxi que nos llevaría hasta la ciudad.
La ruta era entre bananales muy bien delineados con buenas calles de
piedra menuda pero el paisaje era siempre el mismo, parecía que
habíamos dado vueltas y pasado varias veces por el mismo sitio. No
volvimos a hablar, solo nos mirábamos y por las caras adivinábamos
que el horror se apoderaba de nosotros cada vez más. Nunca pudimos
saber si el camino del puente a la ciudad era corto o si en realidad
quedaba tan lejos.
Por fin llegamos. Le dijimos al chofer que nos
llevara al mejor hotel y seguimos observando el pueblo que era un
lugar sencillo, con casas de madera. Al fin el taxi se detuvo, ¡hemos
llegado!, dijo el taxista, y casi a coro le respondimos, ¿este es el
mejor hotel?, y él asintió con la cabeza, pues estábamos frente a
una casona vieja de dos pisos de madera pintada de color rojo oscuro,
y solo se veía una puerta que estaba abierta y unas ventanas muy
pequeñas en el segundo piso, el aspecto era fatal.
Nos salió a recibir un chino que era el dueño,
nos registró y nos llevó a las habitaciones que quedaban en el
segundo piso al que había que subir por una escalera tan angosta que
apenas cabíamos con la maleta pegando a las paredes que eran
compactas por ambos lados.
Ya acomodados nos fuimos a recorrer el pueblo,
encontramos unos almacenes que vendían diversas cosas, que era en
parte nuestra meta. Compramos unas cajas grandes con latería
variada, confituras, regalos para los hijos y un equipo de sonido
grande.
Regresamos al hotel con aquel cargamento para
cenar. Le dijimos al dueño que queríamos bailar y nos dijo que ahí
mismo era el lugar. Subimos entonces para cambiarnos, al bajar se oía
la música, pero cuando llegamos la sorpresa fue que solo estábamos
nosotros cuatro. El chino se dedicó a atendernos con los traguitos y
bailamos toda la noche, pero no sabemos con claridad cómo subimos
después aquella escalera, lo que sí sabemos es que amanecimos en
nuestros dormitorios.
Al día siguiente regresaríamos a Costa Rica,
pero esta vez iría nos iríamos hasta Limón en una avioneta. Para
esto tomamos un taxi que nos llevó al aeropuerto, que era solo una
calle en el centro de un potrero. Ahí nos dejó el taxi con nuestras
maletas y la compra que habíamos hecho, y se fue.
Esperamos un poco asustados, cuando al fin
apareció un hombre que dijo ser empleado del aeropuerto, poco tiempo
después apareció la avioneta. Cuando el piloto nos vio, nos dijo,
“no los puedo llevar con todo eso”. Volvimos la mirada hacia la
avioneta y nos dimos cuenta que era muy difícil acomodarnos ahí. Le
sugerimos que hiciera dos viajes. Se quedó mirando y dijo, “montemos
todo y si nos elevamos llegamos”.
Acomodamos todas las cajas en la parte trasera del
avión y luego nos acomodamos. Daube, Adilia y yo en los asientos de
atrás y sobre nosotros iban las valijas que eran muy grandes y no
nos dejaban vista hacia adelante. Adelante se sentaron el piloto y
Carlos. Nos persignamos y deseamos buena suerte y ¡arriba!, “vamos
a llegar” dijo el piloto. Adilia, que iba al lado de la ventana, se
agarró de una faja que tenía la avioneta y se encomendaba a todos
los santos.
Después de un rato de vuelo, dijo el piloto:
“tenemos que bajar”, ¿ya llegamos?, preguntamos nosotros. “No”
dijo el piloto, tenemos que bajar a hacer aduana. Entonces se oyó un
coro que decía: “¡no, no, sigamos!”, pero eso no era posible.
Se bajaron el piloto y Carlos para bajar las
maletas y que pudiéramos salir nosotros. Pasamos a las oficinas y
volvimos a la avioneta. Por fin llegamos al aeropuerto de Limón,
metimos todo en el jeep y nos fuimos a las oficinas que quedaban en
el centro de la ciudad para pagar los impuestos. Ese día decidimos
quedarnos a dormir en Limón.
Al día siguiente, cuando salíamos a tomar el
jeep para nuestro regreso, pasaron vendiendo un saco de langostas y
las compramos.
Los hijos nos esperaban y cuando les dijimos que
traíamos langostas para la cena se pusieron muy contentos, pero no
tanto cuando vieron que estaban vivas, y que según la costumbre de
esa época había que cocinarlas así. Calentamos una olla tamalera
con suficiente agua y cuando hirvió echamos las langostas que
aleteaban levantando la tapa que las cubría. Fue en verdad un
sinsabor. Era la primera vez que yo lo hacía y dije nunca más.
Después de tan amarga experiencia, las pelamos y
nos sentamos con una copa de vino para deleitarnos de la comida y del
viaje tan especial que habíamos hecho.
Carmen Brenes Protti
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