jueves, 21 de abril de 2016

Travesía

Marta Obando Saborío

La Isla del Coco està ubicada en el Océano Pacífico de Costa Rica, aproximadamente a 500 Km  de Cabo Blanco en la Península de Nicoya y es el punto continental más cercano. Tiene 24 km2 de zona terrestre y a su alrededor cuenta con un área marina de 12 millas náuticas.

Sus riquezas naturales en flora y fauna marina y terrestre la han convertido en un laboratorio natural excepcional, lo que dio origen a la declaratorias especiales para su protección: Parque Nacional en 1978, Sitio Patrimonio de la Humanidad en 1997, Sitio RAMSAR de Humedales de Importancia Internacional en 1998, Sitio de Patrimonio Nacional Cultural e Histórico en el 2002.

Su clima es tropical húmedo, con frecuentes lluvias y su altura máxima es el cerro Iglesias con una elevación de 623 metros.

Mi primera de varias giras a esta Isla, fue en el  año 1992 con otros compañeros de trabajo, todos funcionarios del Instituto Costarricense de Electricidad.  El propósito, en ese momento, era dar solución parcial a las necesidades energéticas del centro administrativo que albergaba a los guardaparques y atendía a los voluntarios así como a visitantes en su mayoría extranjeros. Para ello, se instalaron sistemas fotovoltaicos que disminuyeran el uso de plantas térmicas y su consecuente contaminación atmosférica y sonora.

Para llegar a la Isla debimos hacer una travesía que inició en Puntarenas, donde se encuentra el muelle de las patrulleras de los Guardacostas Nacionales. De previo sabíamos que el viaje duraría, al menos, 36 horas y que con frecuencia algunas personas se enfermaban, por los vaivenes de la embarcación mar adentro. Sin embargo, el optimismo prevalecía entre todos los que decidimos cumplir el trabajo propuesto.

A pocas horas de iniciado el viaje, el mar empezó a restar la alegría con que habíamos empezado esta aventura, al igual que lo hicieron las condiciones limitadas que ofrecía la Patrullera, aun si  la tripulación poseìa  excelentes cualidades humanas y profesionales. Las olas empezaron a tambalearnos; el olor a aceite y comida se convertían en algo difícil de tolerar. La mayoría de compañeros solo podían permanecer en cubierta con los pocos espacios para pernoctar. El consumo de alimentos causaba grandes estragos estomacales en casi todos. Mi ventaja fue que solo ingería agua, jugos de manzanas y galletas cremitas. Eso sí, todos con pastillas para disminuir los mareos y otros efectos en la salud.

Llevábamos alimentos para que el cocinero de la lancha la preparara, pero la mayoría no podía comerlos. El agua de las olas y de la lluvia hacía que se mojaran los “sitios de albergue” y maletines, pero era imposible permanecer en ciertos camarotes no solo por su reducido número sino por el calor imperante.

Las ballenas y delfines se convertían en una compañía a lo largo del recorrido, sorprendiendo  con sus  fuertes sonidos. Su presencia nos impresionaba de sobremanera.

 Al tercer día de estar en la patrullera, como a las 5:00 am, se escuchò el grito de uno de los guardacostas “Isla a la vista”. Todos corríamos a ver el espectáculo de una isla rodeada por islotes, bosques, ríos, caídas de agua, aves, peces, tiburones, entre otros. Sin embargo, hubo que esperar mar adentro, muchas horas más para bajarse del barco,  pues no hay muelle ni atracadero. Esto demandó la presencia de ciertas condiciones de la marea para un trasbordo en lancha y el envío de equipo y materiales en balsa.

Durante las primeras horas en la Isla  todos sentíamos que la tierra se movía, sin embargo, pudimos bañarnos y comer con tranquilidad.  Esto último con esmeradas atenciones de parte de los guardaparques. Durante la primera noche, las arañas rondaban nuestros toldos en medio de la oscuridad pues las plantas que generaban electricidad se apagaban temprano.

La satisfacción de visitar un sitio tan bello y poco conocido por los costarricenses, así como los trabajos que se realizaban para instalar los sistemas fotovoltaicos, coadyuvó con olvidar temporalmente las dificultades del recorrido.  A medida que los trabajos avanzaban,  pensábamos  qué más tendríamos que pasar para llegar al Continente tal y como le llamaba la tripulación. Por supuesto que sucedió mucho de lo ya comentado.

Queda para después contar cómo fueron los siguientes viajes que años después realicé ya que se nos encomendó la construcción de una  microcentral que suministrara energía permanente, internet y telefonía pública a esos comprometidos funcionarios públicos del Parque y demás visitantes del lugar.

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