Marta Obando Saborío
La Isla del Coco està ubicada en el Océano Pacífico de Costa Rica, aproximadamente a 500 Km de Cabo Blanco en la Península de Nicoya y es
el punto continental más cercano. Tiene 24 km2 de zona terrestre y a su
alrededor cuenta con un área marina de 12 millas náuticas.
Sus
riquezas naturales en flora y fauna marina y terrestre la han convertido
en un laboratorio natural excepcional, lo que dio origen a la
declaratorias especiales para su protección: Parque Nacional en 1978,
Sitio Patrimonio de la Humanidad en 1997, Sitio RAMSAR de Humedales de
Importancia Internacional en 1998, Sitio de Patrimonio Nacional Cultural
e Histórico en el 2002.
Su clima es tropical húmedo, con frecuentes lluvias y su altura máxima es el cerro Iglesias con una elevación de 623 metros.
Mi
primera de varias giras a esta Isla, fue en el año 1992 con otros
compañeros de trabajo, todos funcionarios del Instituto Costarricense de
Electricidad. El propósito, en ese momento, era dar
solución parcial a las necesidades energéticas del centro administrativo
que albergaba a los guardaparques y atendía a los voluntarios así como a
visitantes en su mayoría extranjeros. Para ello, se instalaron sistemas
fotovoltaicos que disminuyeran el uso de plantas térmicas y su
consecuente contaminación atmosférica y sonora.
Para llegar a la
Isla debimos hacer una travesía que inició en Puntarenas, donde se
encuentra el muelle de las patrulleras de los Guardacostas Nacionales.
De previo sabíamos que el viaje duraría, al menos, 36 horas y que con
frecuencia algunas personas se enfermaban, por los vaivenes de la
embarcación mar adentro. Sin embargo, el optimismo prevalecía entre
todos los que decidimos cumplir el trabajo propuesto.
A pocas
horas de iniciado el viaje, el mar empezó a restar la alegría con que
habíamos empezado esta aventura, al igual que lo hicieron las
condiciones limitadas que ofrecía la Patrullera, aun si la tripulación poseìa
excelentes cualidades humanas y profesionales. Las olas empezaron a
tambalearnos; el olor a aceite y comida se convertían en algo difícil de
tolerar. La mayoría de compañeros solo podían permanecer en cubierta
con los pocos espacios para pernoctar. El consumo de alimentos causaba
grandes estragos estomacales en casi todos. Mi ventaja fue que solo
ingería agua, jugos de manzanas y galletas cremitas. Eso sí, todos con
pastillas para disminuir los mareos y otros efectos en la salud.
Llevábamos
alimentos para que el cocinero de la lancha la preparara, pero la
mayoría no podía comerlos. El agua de las olas y de la lluvia hacía que
se mojaran los “sitios de albergue” y maletines, pero era imposible
permanecer en ciertos camarotes no solo por su reducido número sino por
el calor imperante.
Las ballenas y delfines se convertían en una
compañía a lo largo del recorrido, sorprendiendo con sus fuertes
sonidos. Su presencia nos impresionaba de sobremanera.
Al tercer día de estar en la patrullera, como a las 5:00 am, se escuchò
el grito de uno de los guardacostas “Isla a la vista”. Todos corríamos a
ver el espectáculo de una isla rodeada por islotes, bosques, ríos,
caídas de agua, aves, peces, tiburones, entre otros. Sin embargo, hubo
que esperar mar adentro, muchas horas más para bajarse del barco, pues
no hay muelle ni atracadero. Esto demandó la presencia de ciertas
condiciones de la marea para un trasbordo en lancha y el envío de equipo
y materiales en balsa.
Durante las primeras horas en la Isla
todos sentíamos que la tierra se movía, sin embargo, pudimos bañarnos y
comer con tranquilidad. Esto último con esmeradas atenciones de parte
de los guardaparques. Durante la primera noche, las arañas
rondaban nuestros toldos en medio de la oscuridad pues las plantas que
generaban electricidad se apagaban temprano.
La satisfacción de
visitar un sitio tan bello y poco conocido por los costarricenses, así
como los trabajos que se realizaban para instalar los sistemas
fotovoltaicos, coadyuvó con olvidar temporalmente las dificultades del
recorrido. A medida que los trabajos avanzaban, pensábamos qué más
tendríamos que pasar para llegar al Continente tal y como le llamaba la
tripulación. Por supuesto que sucedió mucho de lo ya comentado.
Queda
para después contar cómo fueron los siguientes viajes que años después
realicé ya que se nos encomendó la construcción de una microcentral que
suministrara energía permanente, internet y telefonía pública a esos
comprometidos funcionarios públicos del Parque y demás visitantes del
lugar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario