lunes, 11 de julio de 2016

En el Silencio de Quepos





Aquí voy en una buseta de la universidad, rumbo a Quepos, a hacer una práctica de pintura con niños de 11 y 12 años. Somos cuatro compañeras del grupo de pintura y el profesor Carlos Badilla. El convenio dice que debemos hacer por lo menos una visita cada semestre a una comunidad para hacer con ellos una clase de pintura. Las primeras fueron con adultos mayores y la experiencia fue excelente. Hoy que trabajaremos con niños esperamos que los resultados sean igualmente buenos.

El paisaje es extraordinario, propio de las zonas costeras, pasamos por Orotina, Jacó, Parrita, todos esos lugares me trajeron bellos recuerdos de vacaciones pasadas con la familia o con los amigos. Luego venían las fincas de palma que le dan un bello aspecto a la zona. Por fin llegamos, tuvimos que entrar a una de esas fincas, “El silencio de Quepos”, ahí nos esperaban para ir directo a la escuela donde ya estaban los niños listos. Les repartimos los materiales y Ana Celia se encargó de explicarles la teoría del color, luego les dimos algunas ideas de temas, pero sobre todo haciendo hincapié en que lo más importante era la creatividad.

Comenzaron a dibujar y aparecieron gran cantidad de paisajes con montañas, mares con peces, canchas de futbol, animales, luego les hicimos varias indicaciones para que los pintaran, y así fueron saliendo los cuadros llenos de color.

Noté que una alumna se veía con poco entusiasmo para trabajar, pero al fin pudo dar por terminada su obra, entonces le pregunté que si quería hacer otra y me dijo que sí, pero que lo que quería era hacer algo como así y movió las manos sobre el papel, sin una dirección, indicando algo totalmente libre. Le pregunté que si sabía cómo hacerlo y me dijo que no, entonces le di algunas ideas y que podía ayudar si mojaba bien el papel. Ella echó pintura con cierto orden y luego esperó para ver resultados. Ahí estaba su obra de arte, amenizada por una linda sonrisa, indiscutiblemente se sentía feliz, había logrado su objetivo. Aproveché para indicarle que esa era una pintura abstracta y que era posible que algunas personas le preguntaran, ¿qué es?, que entonces les respondiera que era una pintura abstracta y que no tiene que representar nada, que es la expresión emotiva del artista. Para gran sorpresa mía, se volvió y me dio un abrazo, y me dijo, “¡gracias!”. Creo que solo eso valió la pena la madrugada y el viaje tan largo.




Carmen Brenes Protti

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