martes, 28 de junio de 2016

El atardecer



-¿Que es un atardecer abuelita? Preguntó una de mis nietas que ese día estaba en casa.
-Es algo muy hermoso, Negrita. Es cuando el cielo se llena de celajes.
-¿Y, que son los celajes? Insistió, la niña.
- Pensemos en que el cielo se pone calzones de vuelos y cada vuelo es de un color diferente.
-¿Cómo así?
Pues bien, el cielo comienza a teñirse de púrpura, de azul, de rojo, al mezclarse aparece un color anaranjado, más allá vemos el azul del cielo, pero casi al lado encontramos diferentes tonos de amarillo, desde el amarillo claro, al que llamamos amarillo pollito hasta colores cobrizos, de tonos bastante oscuros. Pero esos colores no son permanentes, van variando conforme avanza el reloj y se va haciendo más tarde, al final cuando ya oscurece ese espectáculo multicolor se convierte en un azul oscuro y poco a poco van apareciendo luces en el firmamento, que son las estrellas.
Recuerdo una vez, que Abu y yo estábamos en Guanacaste sentados uno al lado del otro viendo el atardecer. Planeábamos conversar de diferentes temas, sin embargo en cuanto el sol se acostó en el mar y comenzó a cambiar el color del cielo, enmudecimos e iniciamos el disfrute del espectáculo que nos regaló la naturaleza, nuestras manos estaban fuertemente apretadas y nuestros corazones palpitaban al unísono. Nos daba miedo respirar muy duro, no fuera que el cielo se enojara por la interrupción y suspendiera ese hermoso atardecer. El cielo cambió de celeste a amarillo y luego a rojo, lentamente íbamos observando cómo se metían más colores en el cielo; unos rayos de luz se abrían y marcaban una zona específica, parecía que de un pronto a otro iba a aparecer el Padre Celestial para hablarnos, pero de pronto, sopló el viento y se vio en el cielo como que una niña corría una cortina que apagaba todos los colores y nos dejaba a oscuras. Honestamente, he visto muchos atardeceres, pero ninguno ha sido tan impresionante como el que te acabo de describir.
-Volví a ver a mi nieta, que milagrosamente se había quedado en silencio, y en sus enormes ojos me pareció, que además del gesto de sorpresa había escondida una lágrima.


Olga Emilia Brenes

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