-¿Que es un
atardecer abuelita? Preguntó una de mis nietas que ese día estaba
en casa.
-Es algo muy
hermoso, Negrita. Es cuando el cielo se llena de celajes.
-¿Y, que son los
celajes? Insistió, la niña.
- Pensemos en que
el cielo se pone calzones de vuelos y cada vuelo es de un color
diferente.
-¿Cómo así?
Pues bien, el
cielo comienza a teñirse de púrpura, de azul, de rojo, al mezclarse
aparece un color anaranjado, más allá vemos el azul del cielo, pero
casi al lado encontramos diferentes tonos de amarillo, desde el
amarillo claro, al que llamamos amarillo pollito hasta colores
cobrizos, de tonos bastante oscuros. Pero esos colores no son
permanentes, van variando conforme avanza el reloj y se va haciendo
más tarde, al final cuando ya oscurece ese espectáculo multicolor
se convierte en un azul oscuro y poco a poco van apareciendo luces en
el firmamento, que son las estrellas.
Recuerdo una vez,
que Abu y yo estábamos en Guanacaste sentados uno al lado del otro
viendo el atardecer. Planeábamos conversar de diferentes temas, sin
embargo en cuanto el sol se acostó en el mar y comenzó a cambiar el
color del cielo, enmudecimos e iniciamos el disfrute del espectáculo
que nos regaló la naturaleza, nuestras manos estaban fuertemente
apretadas y nuestros corazones palpitaban al unísono. Nos daba miedo
respirar muy duro, no fuera que el cielo se enojara por la
interrupción y suspendiera ese hermoso atardecer. El cielo cambió
de celeste a amarillo y luego a rojo, lentamente íbamos observando
cómo se metían más colores en el cielo; unos rayos de luz se
abrían y marcaban una zona específica, parecía que de un pronto a
otro iba a aparecer el Padre Celestial para hablarnos, pero de
pronto, sopló el viento y se vio en el cielo como que una niña
corría una cortina que apagaba todos los colores y nos dejaba a
oscuras. Honestamente, he visto muchos atardeceres, pero ninguno ha
sido tan impresionante como el que te acabo de describir.
-Volví a ver a
mi nieta, que milagrosamente se había quedado en silencio, y en sus
enormes ojos me pareció, que además del gesto de sorpresa había
escondida una lágrima.
Olga Emilia
Brenes
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