Recuerdo muy bien que cuando era niña la Semana
Santa era un tiempo de gran solemnidad y recogimiento. En las casas
se preparaba todo un ambiente muy diferente, comenzábamos con un
acto de contrición para sentir que estábamos acordes con la época,
se preparaban algunas comidas propias para ese tiempo. Los tamales
eran un elemento importante pues nos daban la oportunidad de asistir
a todas las procesiones sin tener que alistar comidas. Tampoco podían
faltar las sardinas enlatadas, la sopa de bacalao que generalmente se
hacía solo en esta época, lo mismo que el arroz guacho. También se
hacía dulce de chiverre, conserva de toronja, de papaya verde y
cajetas.
Podríamos pensar que si era una época de
recogimiento cómo era que había tanta comida, pero esto servía
también para reunir a toda la familia y este era un aspecto muy
importante.
Durante todo este tiempo mi pensamiento estaba
dirigido a aquel hombre que vino al mundo a morir por nosotros. Claro
que en ese momento, como actualmente, cuando han pasado innumerables
Semanas Santas, todavía hay muchas cosas que no comprendo pero
siguen vivas en mí.
Las procesiones eran en la Catedral, salían con
rumbo a la Avenida Central, daban la vuelta a la cuadra, para llegar
nuevamente al parque y de ahí a la Iglesia. Iba la imagen de Jesús
Nazareno, la Virgen Dolorosa, ángeles y apóstoles representados por
niños y tres jóvenes representaban a las mujeres que acompañaron a
Jesús hasta la muerte. Todos iban en andas con bellos trajes y muy
bien arreglados. Las imágenes representaban muy bien la trágica
vivencia y la actitud de las personas de respeto y devoción daban un
ambiente muy apropiado.
Otro factor muy importante en las procesiones era
la música, ejecutada por la Banda Municipal de San José. El día
viernes en la tarde era la procesión del Santo Sepulcro donde
tocaban el Duelo de la Patria escrito por Rafael Chaves Torres. Con
sus acordes suaves y pausados daba un ambiente de tristeza que me
llegaba tan profundo que me sacaban las lágrimas.
Puedo asegurar que esas vivencias quedaron
arraigadas en mi mente y en mi corazón y no las puedo perder pues
fueron vividas con la inocencia de la niñez y la juventud y por lo
tanto dejaron un recuerdo imperecedero.
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