Nuevamente estoy en la playa sentada frente al
mar, ¿qué puede tener el mar que me apasiona tanto?, ¿por qué
puedo pasar horas enteras mirándolo sin sentir aburrimiento ni
cansancio? Mi mente va y viene con una gran cantidad de respuestas
pero ninguna aceptable. Y sigo frente a esa gran masa de agua y mi
mirada sigue fija contemplando ese ir y venir de las olas.
Hay cantidad de personas que pasan en todas
direcciones y niños que chapotean jugando con el agua. Pasa un bote.
Las aves vuelan y caen de picada para pescar su alimento, y todo esto
me obliga a dejar mis pensamientos de lado.
Vuelvo a fijar mi atención en esa agua azulada y
esas franjas blancas que enmarcan muy bien su ir y venir, y ahí está
la respuesta. Es el vaivén de las olas que vienen y van como mi
vida. ¿Quién pudiera detenerlas para que al igual que mi vida
pudiera hacer con ellas un manejo a mi antojo?
No puede ser así, pues mi vida, al igual que las
olas, seguirá siempre su rumbo con todos sus altibajos y sin nada
que las detenga.
Esa espuma blanca puedo asociarla con aquellas
ocasiones en que mi vida ha sido deleitada con placeres especiales
como mis triunfos escolares, mi matrimonio y el nacimiento de mis
hijos. Podría también asociarlas con la pérdida de mis padres o de
tantos seres queridos que como esa blanca espuma partieron y solo nos
dejaron un rastro como el que nos deja el mar en la arena que va
desapareciendo poco a poco.
Carmen Brenes Protti
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