Sentada en
la última banca de una iglesia me encontraba un domingo en la Misa. Para no
distraer a la gente escogí ese lugar, que me pareció tranquilo y fresco pues
era el mediodía. Eso me permitía observar a mis anchas a varias parejas que
tenía frente de mi. Tenían todos en común que la mujer se mostraba cariñosa,
tendían a ser atentas y solícitas a sus hombres en tanto ellos se mostraban
distantes y poco interesados. Se tocaban constantemente el pelo, se movían a veces seductoras a veces
impacientes, se acercaban a ellos y pasaban su brazo por la espalda, les tomaban
la mano o recostaban la cabeza en su hombro. Ellos imperturbables parecían
ajenos a aquella especie de acoso de sus parejas, muy seguros de su valor y de
su atractivo. Sólo vi a un hombre que nunca quitó su mano del hombro de ella,
mientras en medio de ellos se encontraba una pequeña hija. Las veía a todas
inseguras, sometidas y con una aparente efervescencia hormonal, no satisfecha en
ese fin de semana. Tampoco es que ellos fueran galanes de novela. Los había
gruesos y sin aparente atractivo, otros sencillos y comunes. Parecía que ellas
no opinaban como yo.
En una mesa
grande de esas que recogen a muchas personas me encontraba yo en un almuerzo.
Las mujeres solas éramos minoría. Las parejas por el contrario estaban formadas
por uniones de muchos años. Entre ellos casi ni se miraban, resultaba evidente
que era mas atractiva la comida y la conversación amena de un comensal de gran encanto para hablar. Varias
de éstas personas tenían Alzheimer. La mirada ausente de dos mujeres reflejaba
el mal que había echo nido en sus cabezas, pero no dejaron de mostrarse a veces
seductoras o femeninas y risueñas. El hombre que era pareja de una de ellas,
complacido con la conversación, hacía gala de autonomía y de conocimiento sobre
el tema a pesar de que su enfermedad le daba algunas zancadillas.
En una sala
de estar nos encontramos varias personas celebrando una noche. Se podía saber
con seguridad quienes eran esposos de algunos años. Su conversación era
contenida, agradable y de sonrientes rostros, pero sin la pasión de aquellos
primeros años. Otros parecían tortolitos enamorados, se tocaban y acercaban sus
cabezas entre risas cómplices, eran sus primeros meses de noviazgo. Estaba
aquella otra muchacha tan bonita que tomaba de la mano a su novia, con decisión
y protectoramente. Aquellos otros funcionaban con la misma precisión de quienes
se saben presos por la rutina y no encuentran una salida. También algún
muchacho enamorado que escribía mensajes a su amada desde el teléfono que nunca
puso a un lado. Y las mujeres solas que siempre aumentan, algunas felices de su
vida y otras lamentando su recién soledad adquirida.
Conocí
aquellos otros, que reverencian su encuentro al cabo de tanto tiempo, sus
momentos juntos se cargan de ternura y de alegría, pasión y amor por tanto como
les da la vida. Cualquier eventualidad los torna inseguros, distantes y
perdidos como si los momentos compartidos no hayan sucedido, se vuelven hoscos,
irritables y prefieren el silencio y la distancia.
Será que en
algún momento la vida de un vuelco y puedan las personas ser mas felices
estando en pareja o estando solas? Observo y miro, analizo a los grupos que
pasan enfrente de mi vida. La felicidad, la autorrealización y la plenitud se
convierten en solo palabras descriptivas de estados emocionales vividos en
algún momento, por alguna persona, que las tuvo y entre sus manos y ante sus
ojos se deslizó suavemente cuál arena cálida y húmeda pero siempre escurridiza.
Son las cosas de la vida.
Lia Ferreto.
Junio-2017.
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