miércoles, 31 de mayo de 2017

Remembranza

Había pasado mas de medio siglo, ya casi eran sesenta años desde que aquella historia se iniciara. Según se había dicho aún no terminaba pues igual que sucede en toda historia que se da por concluída, el tiempo se divertía llevándola de su mano por encima de toda posibilidad hasta los tiempos presentes.
Eran dos adolescentes. Cerca mas de la niñez que de ser adultos, en una fiesta rodeados de chaperonas se conocieron una tarde de esas donde el baile era un pretexto para poder abrazar a una persona y saber si podías entablar al menos una conversación. De gran torpeza ella, que era tan joven e ingenua y a la cual cuidaban como era la costumbre de ese tiempo. Él, jugando a ser mayor, apenas lograba superarla en unos pocos años e igual que en los cuentos antiguos, se enamoró perdidamente de aquella figura frágil y sonriente. Sacaron coraje de donde no sabían y burlando todas las normas establecidas lograron verse a escondidas varias veces a la semana en el parque que estaba en el centro del lugar donde vivían. Todo eran risas y alegría compartida. Contaban sus quehaceres de estudiantes sin saber que aquellos serían sus únicos recuerdos compartidos. Ya la vida tenía cómo me contaron otros planes para ellos. La gran tragedia de su adolescencia estaba ahí a la puerta esperando la señal para instalarse entre ellos dos y llevarlos por caminos de confusión y de dolor, que de eso se trata la vida, pues nunca ha sido ni será de color rosa.
La vida de ella se volvió algo parecido al destierro. Tomó la senda equivocada a su expectativas de amor y plenitud, conoció de cerca el miedo y la desolación, llena de hijos y de nietos, logró desatar los nudos que la oprimían y recobrar una celebrada autonomía y libertad a pesar de las dificultades que la acompañaron por el resto de su vida. Él en cambio dio tumbos llorando su gran pérdida, se dio por vencido varios años, logrando después encontrar refugio entre libros y trabajo, formando su propia familia y lo mas cercano a la buena vida. Y ésta, la que siempre ríe, pues sabe bien que nada es para siempre, un día los puso frente a frente.
Superaban ambos los setenta años. Se miraron y apenas se reconocieron bajo la forma de dos personas agobiadas por sus dolores y quebrantos físicos. No sabían nada uno del otro, a pesar de que nunca se olvidaron, así que maravillados y sorprendidos de verse y encontrarse en situaciones parecidas, retomaron sin pensarlo el hilo de sucesos que habían vivido desde aquellos memorables días.
El tiempo nunca era suficiente, era tanto lo que deseaban contarse y compartir. Hablaban por horas sin cansarse pues una cosa llevaba a la otra, eran dos seres felices y dichosos que se contaban sus cosas como si solamente ayer se hubieran dejado de ver. Pero sucedía que algo de pronto ennegrecía todo el ambiente, discusiones, reclamos y unos celos mal dirigidos, un deseo de posesión que desubicaba la realidad que ahora vivían, formaba cataclismos entre ellos, donde el dolor y el desconsuelo se hacía monarca establecido en aquella relación.
Olvidaban entonces esas tardes lluviosas donde en la penumbra, abrazados y cubriéndose de besos, gozaban y reían de sus edades, de sus cuerpos tan limitados y de la juventud que se imponía pues eran seres sin edad ni tiempo , solo dos almas agradecidas y enamoradas que la vida había vuelto a unir, sin saber a ciencia cierta hacia donde se dirigían.
Me contaban que ellos habían sabido superar el tiempo y la distancia. La edad y sus miles de traumas. Yo los miraba y pensaba, dichosos los que saben que el alma es eterna, que la mente piensa y manda, pero es la esencia divina en ellos la que al final, sea que permanezcan o no juntos, habrá logrado hacer prevalecer el Amor. O lo más cercano a la idea que del Amor tenemos.
Lia Ferreto. Mayo 2017.




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