Era una tarde de
intensos aguaceros, de esas lluvias que nos bañan sin misericordia, propias del
mes de Octubre, oscura y tal vez tenebrosa, pues caían sin cesar rayos y
centellas llenando de retumbos todo alrededor. Sin deseos de salir de casa,
enfundada en esa ropa tan cómoda y tibia que tengo para esos momentos de total
abandono en que solo quiero estar por ahi, echa un ovillo, rumiando
pensamientos sin sentido.
Desde mi cama, ahi
tendida, oyendo la música de aquel señor aguacero, miraba sin mirar las cosas
un tanto desordenadas que llenan el espacio donde guardo mi ropa, zapatos,
sábanas, paños y un tanto mas de objetos, que por el tiempo de existir, a veces
olvido que tengo. Aquel bolso tan bonito, con sus detalles de colores
encendidos, fucsias, turquesas y naranjas llenos de abalorios y espejitos,
evocando su origen indú, que amo llevar cuando un paseo a la playa se presenta.
También está aquella caja llena de fotos, de
otros momentos de mi vida, cuando uno llevaba con total incógnita, un rollo a
revelar e imprimir, de instantes fotografiados que ya no recordabas haber
tomado. Ahí estaban las fotos de mi boda, otras del viaje que hice a Italia, al
igual un sobre donde se veían las orquídeas que tuve en el vivero que construí
detrás de mi cuarto cuando era casada; las fotos de todos aquellos monumentales
queques que una vez fueran mi fuente de ingreso. Las de mis hijas, recién
nacidas, caminando, sonriendo, jugando, revueltas con algunas de mis nietos. De
paseos, de las fiestas que le hacíamos a papá, con todo el alboroto de la
piñata que siempre disfrutaba reventar, ahí estaban las amigas de mamá, tantas
mujeres que fueron fuente de cariño y compañía en mi vida, fotos actuales y
otras muy viejas.
El aguacero continuaba,
yo desde mi cama seguía evaluando y recordando lo que ahi tenía, sin tocar
nada, solo paseaban por mi memoria, sin prisa como las cosas que fueron pasado,
sin sobresaltos ni sentimiento alguno, las acariciaba con la mirada, brincando
de una a otra.
En unas cajas de cartón,
que había puesto en una zona arrinconada de aquel lugar, estaban las cosas que
año tras año, vestían mi casa de Navidad; cada cosa evoca un momento de aquella
vida que compartimos en familia mis pequeñas y yo. Acá lo que compramos en un
parque de Disney, esto otro, lo confeccionaron mis dos menores, muñequitos de
fieltro desgastados por el tiempo. Estas notas musicales, doradas y plateadas,
en honor al amor a la música que compartía una hija conmigo, las figuras de
madera, porque alguna de ellas, se enamoró en una tienda y no las quiso soltar.
Ahora, todo un tanto vencido por el paso del tiempo, hacen las delicias de mis
nietos menores, que disfrutan tanto al sacar cada bolsita y descubrir su
contenido, sin recordar lo mucho que gozaron por lo mismo el año pasado. Que
maravilla, ante sus ojos de niños inocentes, cobran vida y novedad de nuevo.
Ahí, un poco mas
escondidas, se encuentran algunas pertenencias de mamá, ropa y accesorios que
ella en vida me dio, y que ahora no se como desechar. Le encantaban los aretes
y collares, las chaquetas largas y cortas que a veces yo aún uso. Las miro y la
recuerdo a ella, con su gusto por la ropa colorida y alegre, nunca quiso
colores de “ viejita “.
También están por ahí
reunidos mis chales, que tanto llevé en otro tiempo, por lo que llegué a tener
una verdadera colección de colores y texturas. Mi poca vida social, los ha
convertido en piezas de recuerdos bellos que viví. Con ese salí el día que conocí
a aquel hermoso hombre. Ese color ladrillo, me lo dio aquella pareja que tuve
de Uruguay, lo mismo que el mostaza, el de tonos celeste, su hija me lo regaló,
además ese negro, regio en lana virgen. Aquel turquesa, que lindo se miraba con
mi blusa blanca, tantas veces alguna persona lo piropeó. También está aquel
color fuego, que usaba para ir al Nacional, y la variedad en tonos fucsia,
rosado y lila, como el que mi hija mayor me dio en un cumpleaños para que
viajara a Nueva York.
Mis zapatillas de ballet…evocan
en mi una gran nostalgia ¡¡¡ usadas, ajadas, medio rotas en las puntas, mallas
sin usar y algunos leotardos que yo misma confeccioné. Creo que evocan la
fuerza y la gana que mi alma aún entumecida luchaba por hacer salir.
Interminables horas de prácticas, donde el sudor y el agotamiento, no vencían
aquel cuerpo mío tan adolorido, que se torneaba como si un mazo y un cincel sin
piedad, le diera sus toques al dorso, a las piernas, a los glúteos, cabeza
erguida, espalda recta, brazos, toda yo moldeada de aquella forma tenaz y
salvaje que una bailarina y su maestra, sin sonrisas ni miradas
condescendientes, luchaban en mudo y común acuerdo, por lograr….Al final de
cada clase, empapada en sudor, y caminando como si piernas y pies pasaran a
través de vidrios rotos, una sonrisa iluminaba mi ser, mientras compañeras
comentaban lo dura que había sido la rutina de ese día.
El aguacero no paraba,
mi cuarto a media penumbra seguía iluminándose cada vez que un rayo caía cerca
de mi casa. El viento azotaba las ventanas, los árboles del patio se movían sin
rumbo, como si fueran a doblarse por completo. La tarde se fundía con la noche
y el frío se metía entre mis huesos, haciendo que yo buscara como abrazar mas
mi cuerpo. Afuera llovía recio, en mi cama, las lágrimas hacían estragos en mi
almohada. Solas, sin sonido alguno, bañaban mi cara y nublaban mis ojos.
Los recuerdos de mis
pasos en el salón de clase, esas horas gloriosas que yo tuve por largos años,
ahora solo eran relámpagos en mi mente. Tiempo que pasó, que no volverá,
vivencias que la vida te regala, que te acompañarán hasta que tu cuerpo, muy
cansado decida dejar de dibujar huellas y estelas.
Tarde de lluvia, tarde
de llanto, la vida misma en su constante morir y renacer; como los recuerdos…
Lia
Ferreto.
3-5-2014.
No hay comentarios:
Publicar un comentario