Por. Virginia Murillo Montero.
Años 50-60… al son de
las notas musicales transmitidas en la radio, chiquillas bailarinas,
incansables taconeando sobre el piso de madera. Tacones altos de mi
madre escogidos del ropero, celestes, beiges, negros, de
charol…Faldas cortas y largas, blusas con escotes moderados,
lápices labiales. Así preparadas para el baile sintonizábamos la
estación preferida, escuchábamos boleros, merengues, rock and roll,
etc.
Luego la hermana mayor
realizaba el papel del varón, posteriormente nos intercambiábamos,
aprendimos a bailar como hombre y mujer…, de esta manera
incursionamos en la danza que recorría todo nuestro cuerpo. Como si
no… si mis padres fueron bailarines de primera y frecuentaban La
Pila Volio, salón de baile ubicado en el centro de San José, así
como asistíamos al saludo de Año Nuevo, en donde se bailaba antes
de la medianoche hasta la una am.
Recuerdos queridos de
infancia…Vivíamos en una casita de madera, a la entrada una
puerta alta, angosta ubicada a la derecha, con su amplia ventana a
la izquierda. Una sala pequeña, luego tres habitaciones que servían
dos como dormitorios y otra como cocina-comedor con una puerta grande
de madera gruesa, así como la ventana con las mismas
características. Al fondo el solar con sus árboles frutales:
limones dulces, ácidos, nísperos, duraznos y verduras como el
chayote, ayote, vegetales, culantro, apio, rábano; plantas
medicinales tales como la ruda, el frailecillo, malva para paliar un
dolor de muela, abdominal etc; todo sembrado y cuidado por las manos
morenas, callosas de abuelo Pi.
Infancia pletórica de
emociones: incesante, fogosa, dulce…correteando por entre los
árboles, niñas blancas, pecosas, pelo castaño, rizado, que le daba
un tono suave, el brillante sol veraniego de marzo. Los arbustos
tambaleándose con el roce de los cuerpecillos juguetones,
escondiéndose de Luis, el niño vecino con quien compartían sus
juegos: quedó, casita, pulpería, escondido…
Apurando el paso al
llamado de la abuela para cumplir con los quehaceres hogareños, no
sin antes darse un retoque personal, lavado de cara, manos, pies.
Deteniéndose en el pequeño espejo que se encontraba en el
pasadizo…, luego ayudar a palmear las tortillas, alistar el agua
dulce y prepararse para ir a la escuela al día siguiente.
Una vez realizados los
quehaceres había que lavarse los dientes, encomendarse a Dios con
las oraciones del anochecer, dar las buenas noches y recogerse en los
brazos de Morfeo.
En cierta época mi madre
inculcó en mi persona la tarea de dirigir las oraciones, por lo que
yo me acomodaba debajo del toldo y empezaba con el Padrenuestro a
todo pulmón, al lado mío en la otra cama mi hermana mayor y la
abuela, mis papás en el pequeño taller de zapatería ubicado en la
sala y mi hermana menor en el otro cuarto en su cunita. De pronto un
silencio y no se escuchaba a nadie rezar.
Recuerdos… año 1956
nació mi hermana menor Flora, mi papá tenía que viajar a México
-dejando con mami y nosotras: abuela Jovina, mi hermana Maruja y yo;
no sin olvidar a nuestro querido abuelo Pi- a la niña recién
nacida. Yo con mis 7 años soñaba con el fabuloso viaje de mi papá.
Era tan importante para la familia, él era parte de la delegación
técnica, masajista y asistente del entrenador de la Selección
Nacional, conocida luego como Los chaparritos de oro, época
gloriosa del fútbol costarricense. Su labor fue exitosa y quedó
para la historia como una de las más grandes hazañas del fútbol de
Costa Rica.
Mi padre, hombre adusto,
determinante, era una persona altruista de un modo de ser muy noble.
Una persona autodidacta que con baja escolaridad sabía de todo y se
podía hablar con él de cualquier tema, así como de Filosofía,
Historia General, Psicología, oratoria, etc. Ah… y cómo
olvidarlo… de Fútbol, qué no sabía de este deporte al que dedicó
gran parte de su vida aunado a su oficio de zapatería. Le gustaba la
medicina deportiva, la practicaba con los jugadores del balompié
profesionales y aficionados.
Él les aplicó rayos
infrarrojos, química preparada para el efecto: alcohol, alcanfor,
salicilato de metilo…Masaje… Vendas que palian el esguince,
curitas que apaciguan la sangre de la herida de la ceja, de la nariz,
dolor del codo, de la rodilla…Don Eugenio, papi, quien nos
enseñó su oficio de zapatería, ¡a sus tres niñas…! Así como
sus secretos de masajista que ejerció en el fútbol nacional.
“Decía…de médico, poeta y loco todos tenemos un poco”. ¡Cómo
aprendimos sus enseñanzas!
Sus tres chiquillas, no
había varón, el hermanillo era Luis -el vecino-. A él quizá le
hizo falta el varón, pero para qué si las tres niñas salimos
adelante; atravesamos este mundo maravilloso, bueno, a veces
perverso, a empujones, tirando las piedras del camino a un lado para
no tropezar y si lo hacíamos nos volvíamos a levantar y qué no
hicimos…
De todo:
¡estudiamos, trabajamos, pertenecimos a grupos de la Iglesia, de la
polìtica nacional, jugamos fútbol, corrimos, bailamos, disfrutamos
del amor! Soñamos, reímos lloramos, escuchamos sus consejos. Para
qué el varón…, con él y el abuelo era suficiente. Con ellos
complementamos nuestras vidas y las señoras mamá y abuela que
teníamos, ¡ni qué se diga! ¿Qué fue lo que se les quedó por
enseñarnos? ¡Nada!
Cierto día un hijo de
una de las hermanas dijo: “a Tío (porque así lo llamó una nieta)
le hizo falta el varón.” –“No para nada- si usted y mis tías
son las mujeres y los hombres de la familia, los seres humanos que
necesitamos para salir adelante en un mundo tan diverso.”
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