martes, 3 de noviembre de 2015

un olor a música

Sentada en un palco del TN mientras los músicos interpretaban una obra maestra pensaba en la diferencia de estar ahí observando y escuchando, al contrario de lo que fue usual para mi que era estar ubicada detrás de la orquesta. Recordaba la forma del cráneo de cada persona, su pelo, su espalda y la energía que movía su cuerpo cuando sonaba su instrumento. Si era algo suave y melodioso o algo vibrante y lleno de pasión. Los reconocía desde esos ángulos y no de frente como ahora que yo era parte del público. Embelesada en esas memorias y dejándome llenar plenamente por la música maravillosa que escuchaba pensaba también si ésta se podría definir desde el olfato. Tendría olor la música?  No se me había ocurrido antes cuestionar si olía o no. Me gustaría poderla definir desde su aroma, pensaba. Mozart definitivamente debe tener un olor a genialidad y a diversión. Beethoven de seguro tendría un aroma un tanto rancio, como de un alma confundida. Pensaba también en el teatro, su aroma inconfundible no puede descartarse. Huele a drama, tragedia, huele a público que aplaude y a sudor del bailarín que durante largos minutos se movió sobre el escenario. Huele a deliciosa espera, mientras tras el cerrado telón, un grupo de cantantes del coro espera las notas exactas que marcan el inicio de otra ópera, el momento justo para integrarse a la escenografía de ésta vez. Las bambalinas también huelen, un poco a escondite, a compás de espera, a risas sofocadas, a peleas y también a lágrimas. Los tramoyistas ahí ubicados también huelen a certeza, a brazos fuertes para mover piezas del escenario en segundos, bajar telones o repartir la utilería que cada solista usará en esa escena.
La música seguía sonando, los brazos del director, su espalda y todo él vibraba de pies a cabeza seguro de que cada músico ejecutaba sin pifiar esas partes tan complicadas de su instrumento. Sobre el escenario tres hermosas mujeres que conforman el  afamado Trío Eroica, interpretaban magistralmente el triple concierto de Beethoven. Admiraba su belleza física y escénica, sus hermosos trajes largos, sus peinados, su alegría y pasión al tocar y la camaradería que había entre ellas. Al centro sentada estaba la chelista, quién con su elegancia y espontaneidad sobresalía. Sus brazos tan definidos eran parte de un cuello y hombros tan hermosos que parecían extenderse sin fin cuando ella movía hacia el lado el arco que sostenía. Había un silencio que surge solo cuando algo extraordinario sucede. Pero un grito  de ¨oooouuuhhh ¨ hizo que fijara la atención y viera como aquel gran piano se deslizaba sin remedio hacia la orilla. La pianista de pie trataba de sostenerlo, una persona del público corrió y logró sujetar la pata del piano que ya había quedado en el aire. El director aún siguió dirigiendo unos segundos y los músicos sentados mas atrás no entendían que había sucedido. El momento de gran confusión culminó con abundantes aplausos y grandes risas. Las tres solistas se doblaban al reir, provocando mas risas y mas aplausos y aquello se convirtió en algo tan hilarante, tan divertido como nunca antes había presenciado. La diversión de ese momento olía a gloria. La risa tan contagiosa olía a domingo mañanero. Ver reir a tanta gente en escena de seguro esparcía un aroma de complicidad, de vida, de gente feliz. Aplausos y mas carcajadas, tramoyistas en escena frenando las patas de aquel majestuoso piano. Tres mujeres que han viajado por el mundo visitando los grandes escenarios, dirigidas por grandes Maestros, llevarán para siempre ésta anécdota jocosa.
Música, expresión suprema del hombre, que nos envuelve, nos traspasa, nos eleva, nos une y nos identifica. Hueles a lo Infinito, a lo Divino, a Humanidad, a todo eso que somos, a Totalidad.
Lia Ferreto.

Noviembre 2015.

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