Sentada en
un palco del TN mientras los músicos interpretaban una obra maestra pensaba en
la diferencia de estar ahí observando y escuchando, al contrario de lo que fue
usual para mi que era estar ubicada detrás de la orquesta. Recordaba la forma
del cráneo de cada persona, su pelo, su espalda y la energía que movía su
cuerpo cuando sonaba su instrumento. Si era algo suave y melodioso o algo
vibrante y lleno de pasión. Los reconocía desde esos ángulos y no de frente
como ahora que yo era parte del público. Embelesada en esas memorias y
dejándome llenar plenamente por la música maravillosa que escuchaba pensaba
también si ésta se podría definir desde el olfato. Tendría olor la música? No se me había ocurrido antes cuestionar si
olía o no. Me gustaría poderla definir desde su aroma, pensaba. Mozart
definitivamente debe tener un olor a genialidad y a diversión. Beethoven de
seguro tendría un aroma un tanto rancio, como de un alma confundida. Pensaba
también en el teatro, su aroma inconfundible no puede descartarse. Huele a
drama, tragedia, huele a público que aplaude y a sudor del bailarín que durante
largos minutos se movió sobre el escenario. Huele a deliciosa espera, mientras
tras el cerrado telón, un grupo de cantantes del coro espera las notas exactas
que marcan el inicio de otra ópera, el momento justo para integrarse a la
escenografía de ésta vez. Las bambalinas también huelen, un poco a escondite, a
compás de espera, a risas sofocadas, a peleas y también a lágrimas. Los
tramoyistas ahí ubicados también huelen a certeza, a brazos fuertes para mover
piezas del escenario en segundos, bajar telones o repartir la utilería que cada
solista usará en esa escena.
La música
seguía sonando, los brazos del director, su espalda y todo él vibraba de pies a
cabeza seguro de que cada músico ejecutaba sin pifiar esas partes tan
complicadas de su instrumento. Sobre el escenario tres hermosas mujeres que
conforman el afamado Trío Eroica,
interpretaban magistralmente el triple concierto de Beethoven. Admiraba su
belleza física y escénica, sus hermosos trajes largos, sus peinados, su alegría
y pasión al tocar y la camaradería que había entre ellas. Al centro sentada
estaba la chelista, quién con su elegancia y espontaneidad sobresalía. Sus
brazos tan definidos eran parte de un cuello y hombros tan hermosos que
parecían extenderse sin fin cuando ella movía hacia el lado el arco que
sostenía. Había un silencio que surge solo cuando algo extraordinario sucede.
Pero un grito de ¨oooouuuhhh ¨ hizo que
fijara la atención y viera como aquel gran piano se deslizaba sin remedio hacia
la orilla. La pianista de pie trataba de sostenerlo, una persona del público
corrió y logró sujetar la pata del piano que ya había quedado en el aire. El
director aún siguió dirigiendo unos segundos y los músicos sentados mas atrás
no entendían que había sucedido. El momento de gran confusión culminó con
abundantes aplausos y grandes risas. Las tres solistas se doblaban al reir,
provocando mas risas y mas aplausos y aquello se convirtió en algo tan
hilarante, tan divertido como nunca antes había presenciado. La diversión de
ese momento olía a gloria. La risa tan contagiosa olía a domingo mañanero. Ver
reir a tanta gente en escena de seguro esparcía un aroma de complicidad, de
vida, de gente feliz. Aplausos y mas carcajadas, tramoyistas en escena frenando
las patas de aquel majestuoso piano. Tres mujeres que han viajado por el mundo
visitando los grandes escenarios, dirigidas por grandes Maestros, llevarán para
siempre ésta anécdota jocosa.
Música,
expresión suprema del hombre, que nos envuelve, nos traspasa, nos eleva, nos
une y nos identifica. Hueles a lo Infinito, a lo Divino, a Humanidad, a todo
eso que somos, a Totalidad.
Lia Ferreto.
Noviembre
2015.
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