miércoles, 20 de enero de 2016

Un domingo cualquiera




El miércoles, no! Eso le dijo a su amiga cuando la llamó. Se quedó mirando el patio por la ventana. Los árboles estaban desnudos y las plantas parecían arroparse unas con otras, pero los lirios revelaban sus hermosas cabecitas moradas.
Su amiga había dicho que vendría miércoles, pero ella tenía su agenda por las mañanas; llevar la ropa a la lavandería, pasar donde el zapatero, la farmacia, el correo, encargar cosas en el almacén, para que se las trajeran y otros menesteres que se le ocurrían por el camino. Por la tarde, las reuniones del club literario o encontrarse con alguna amiga. De esa forma colmaba sus días, menos los domingos, porque casi todo estaba cerrado y la gente asumía compromisos familiares .
Ese invierno estaba más frío, entonces tuvo que encender la estufa. Se sirvió un té bien caliente y se metió de nuevo a la cama, desde donde siguió contemplando el día gris.
Era domingo, como detestaba los domingos! Eran largos, eternos…por eso le dijo a su amiga que viniera el próximo. Era la mejor forma de acortarlo o mejor, pasarlo por alto.
Prendió la radio en su emisora favorita de música clásica y miró el teléfono.
Abrió el ropero para arroparse con algo más grueso y entonces inesperadamente abrió los cajones. Allí estaban las camisas del hijo, perfectamente planchadas por él, las tomó con suavidad para que no se escapara su perfume y las guardó. Luego descolgó el abrigo de fina alpaca posando sus mejillas y alisando amorosamente las solapas, gesto mecánico con que despedía siempre a su esposo. Se extrañó al percatarse de un bulto en uno de los bolsillos internos, era una cantidad considerable de billetes cuidadosamente doblados, pero desde hacía tantos años, que ya estaban fuera de circulación. Ya no le quedaban lágrimas. Suspiró pensando que tal vez había sido su última transacción y cerró.
Por hacer algo fue a la cocina y destapó la olla. Recordó cómo le gustaba a él ese guiso, aunque cuando la veía preparando las verduras, comentaba: “vieja, cómo no te cansas cortando tantos cuadritos”, pero no tenía hambre, así que tomó otro té.
Que interminable era el domingo!
Ni la televisión mostraba algo interesante así que decidió buscar entre las lanas y tejer algo nuevo para las nietas. Les habría quedado bien aquello que les envió? Ojalá disfrutaran los chocolates que puso en el paquete!
Cómo estaría su hija? Deseaba tanto abrazarlas, pero se habían ido tan lejos! Sólo ellas le quedaban, era lo único que la criminal dictadura no le había desaparecido!
De pronto por las ventanas entró el sol a raudales, la luz en el rostro y el brillo de sus ojos estallaron la sonrisa. Contestando el teléfono dijo emocionada - Hola, mis amores como están?
Algo así como un alivio salió al patio y llenó de calor los rincones. Esa noche de domingo una esperanza se deslizó debajo de la almohada.
Evelyn Silva Peralta.












No hay comentarios:

Publicar un comentario