El miércoles, no! Eso le dijo a su amiga cuando la
llamó. Se quedó mirando el patio por la ventana. Los árboles
estaban desnudos y las plantas parecían arroparse unas con otras,
pero los lirios revelaban sus hermosas cabecitas moradas.
Su amiga había dicho que vendría miércoles, pero
ella tenía su agenda por las mañanas; llevar la ropa a la
lavandería, pasar donde el zapatero, la farmacia, el correo,
encargar cosas en el almacén, para que se las trajeran y otros
menesteres que se le ocurrían por el camino. Por la tarde, las
reuniones del club literario o encontrarse con alguna amiga. De esa
forma colmaba sus días, menos los domingos, porque casi todo estaba
cerrado y la gente asumía compromisos familiares .
Ese invierno estaba más frío, entonces tuvo que
encender la estufa. Se sirvió un té bien caliente y se metió de
nuevo a la cama, desde donde siguió contemplando el día gris.
Era domingo, como detestaba los domingos! Eran largos, eternos…por
eso le dijo a su amiga que viniera el próximo. Era la mejor forma de
acortarlo o mejor, pasarlo por alto.
Prendió la radio en su emisora favorita de música
clásica y miró el teléfono.
Abrió el ropero para arroparse con algo más grueso
y entonces inesperadamente abrió los cajones. Allí estaban las
camisas del hijo, perfectamente planchadas por él, las tomó con
suavidad para que no se escapara su perfume y las guardó. Luego
descolgó el abrigo de fina alpaca posando sus mejillas y alisando
amorosamente las solapas, gesto mecánico con que despedía siempre a
su esposo. Se extrañó al percatarse de un bulto en uno de los
bolsillos internos, era una cantidad considerable de billetes
cuidadosamente doblados, pero desde hacía tantos años, que ya
estaban fuera de circulación. Ya no le quedaban lágrimas. Suspiró
pensando que tal vez había sido su última transacción y cerró.
Por hacer algo fue a la cocina y destapó la olla.
Recordó cómo le gustaba a él ese guiso, aunque cuando la veía
preparando las verduras, comentaba: “vieja, cómo no te cansas
cortando tantos cuadritos”, pero no tenía hambre, así que tomó
otro té.
Que interminable era el domingo!
Ni la televisión mostraba algo interesante así que
decidió buscar entre las lanas y tejer algo nuevo para las nietas.
Les habría quedado bien aquello que les envió? Ojalá disfrutaran
los chocolates que puso en el paquete!
Cómo estaría su hija? Deseaba tanto abrazarlas,
pero se habían ido tan lejos! Sólo ellas le quedaban, era lo único
que la criminal dictadura no le había desaparecido!
De pronto por las ventanas entró el sol a raudales,
la luz en el rostro y el brillo de sus ojos estallaron la sonrisa.
Contestando el teléfono dijo emocionada - Hola, mis amores como
están?
Algo así como un alivio salió al patio y llenó de
calor los rincones. Esa noche de domingo una esperanza se deslizó
debajo de la almohada.
Evelyn Silva Peralta.
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