por Maureen Hidalgo
En mi corazón guardo
días especiales que nunca se podrán borrar, el nacimiento de mis hijos, el día
en que me case. El día en que les di el último adiós a mis papás. Días tristes muy tristes y días inmensamente
felices.
Pero, este día era un
martes como cualquiera, como tantos otros en el calendario, me levante temprano
como siempre, mis hijos se fueron a estudiar y mi esposo a trabajar. Era un día
soleado, hermoso, me dispuse a hacer lo de todas las mañanas, recoger los
regueros del desayuno, regar el jardín y recoger la ropa para lavar. Pasaban
las siete de la mañana, encendí el radio para sentirme acompañada con la voz
del locutor. Minutos después, una
noticia urgente rompía la rutina de la programación. Un avión chocaba contra
las Torres Gemelas en Estados Unidos.
Inmediatamente encendí el televisor, estaban pasando las imágenes, un
avión impactaba una de las torres. Un
accidente tan increíble cómo era
posible. No paso mucho tiempo cuando otra aeronave se estrellaba con el otro
edificio.
La gente corría
despavorida, sin dirección, gritaban, lloraban, sin entender que pasaba,
bomberos y camiones de emergencia llegaban al lugar, la gente se lanzaba por
las ventanas de las edificaciones que ardían en llamas hasta que se
desplomaron.
Sentía que no podía ser
una espectadora pasiva, algo tenía que hacer, a quien llamar, y ellos que podían hacer, si
todo el mundo estaba viendo lo mismo que yo y no podían hacer nada. Mi corazón
se agito, las lágrimas empezaron a correr sin control por mis mejillas. Una
angustia y ansiedad recorrieron todo mi cuerpo. Un temor que me asfixiaba me
embargo. Caminaba, lloraba y no podía respirar. La noticia continuaba, dos
aviones más ya habían sido secuestrados e impactados en otros lugares. No podía
imaginar que sintieron los pasajeros de esas naves viendo como la muerte estaba
frente a sus ojos. Junte mis manos y empecé a clamar a Dios que nos guardara,
ya no me podía mover, mi mente no comprendía que era lo que pasaba, solo sentía
que en cualquier momento un avión podría caer en mi patio.
El terrorismo ya era
parte de mi vida y era una realidad que no podía manejar.
Un día cualquiera se
convirtió en un día de terror, dolor, tristeza, incertidumbre y muerte. Ya el
11 de setiembre nunca volverá a ser una fecha más en el calendario, y el día
parece interminable y la noticia no acaba.
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