A mediados de junio del año 2006, venía de una capacitación que se
estaba impartiendo en el Hotel Tryp Wyndham. Eran cerca de las 7 de
la noche cuando ingresé al Parque Metropolitano la Sabana, me
dirigía hacia el Paseo Colón a tomar el bus de Sabana Cementerio,
como estaba oscuro mis ojos tenían que adaptarse a la oscuridad y a
las sombras que producen los árboles.
Al adentrarme sobre la acera del parque, como a
cien metros de donde estoy diviso una silueta entre los árboles que
impaciente se movía de un lugar a otro. ¿Me pregunté, qué o
quién será esa figura?; mientras me hacía la pregunta, de sur a
norte y frente a la Estatua de don León Cortés observo a una mujer
que camina tranquilamente hacia el lugar donde se difumina la
silueta.
La mujer pasó frente al edificio que albergaba la Federación
Costarricense de Fútbol, mejor conocida como la casa de los sustos,
yo iba en sentido contrario, ella ingresó al lugar donde la
oscuridad la envolvía, mientras…., aquella intrigante silueta
seguía moviéndose de manera lenta como un lince en espera de su
presa.
De repente, zas, observo que un hombre con un objeto en su mano
golpeo a la mujer sobre su cara, luego la tomó del cuello y la
arrastró hacia los árboles de eucalipto que están hacia el oeste.
Ante esa situación, corro hacia el sitio y entre
la maleza y la oscuridad no observo nada, de repente como a 75 mts,
entre los árboles veo al hombre que está de cuclillas, sin
importarme nada y sin medir el riesgo, me dirijo hacía aquél lugar
donde la oscuridad y penumbra no me dejaba ver a la mujer.
Al llegar a la escena la mujer está tirada de
espaldas al suelo y el hombre arrodillado sobre ella, le dije ¿qué
pasa? y él se levantó sorprendido y sin reacción; cerca de ambos
había un palo con el que supuse le había pegado.
Les pregunto que qué está sucediendo y ella se levanta llorando y
corre desesperada entre la Sabana con rumbo a la Burger King. Sin
pensarlo dos veces tomo a aquél hombre de sus manos, él me dice que
ella es su esposa y que la encontró con su amante en un restaurante
cerca de ahí y que por eso la estaba esperando.
Ante aquella respuesta y en ausencia de la mujer, la duda me embargó y me desconcerté, ¿Estará diciendo la verdad? ¿Por qué ella corrió sin decir palabra?, ¿Entonces, por qué iba llorando?, ¿Qué se hizo?, ¿Qué rumbo tomó?
A pesar de todas esas inquietudes y preguntas sin respuesta, lo saqué
de aquél oscuro lugar y lo llevé a la acera, ahí pude ver que era
un hombre de unos 35 años, de pelo ensortijado y piel blanca.
En aquella incertidumbre miro su jareta y veo que el ziper de su
pantalón estaba abajo y que su miembro prácticamente estaba afuera.
En ése momento le digo desgraciado usted la iba a violar, no sé
cómo hizo pero dando un salto felino él se tiró a la calle y
corrió entre los vehículos saltando de un lado a otro sin que
ninguno lo atropellara.
Desesperado grité agarrenló, agarrenló, él se enrumbó hacia Fogo
Brasil y lo perdí de mi vista. Después de eso, la muchacha llegó
acompañada de otras personas, era evidente una enorme chichota que
tenía entre su frente y la cabeza, en su cuello marcadas las huellas
de los dedos de aquél aberrado sexual, que la había arrastrado para
violarla.
Ellos me preguntan por aquél desconocido, les dije que ese bicho me
había desconcertado cuando me contó que ella era su esposa y que al
verla con otro hombre se llenó de celos y por eso la había
golpeado. Por supuesto que la joven ni siquiera sabía quién era
ese depredador sexual que con su coartada me dejó fuera de combate.
Gracias a Dios y al espíritu de solidaridad que mis padres me
inculcaron, esa ya lejana noche de junio del año 2006, con mi acto
evité que una joven a quien desconozco, hubiese sido objeto de un
ultraje sexual o quizás de un homicidio.
Lo que si me dejó un sabor amargo, fue el no haber podido sostener y
entregar a las autoridades al victimario que posiblemente ya había
logrado su propósito con otras mujeres, las que por temor y
vergüenza no denunciaron a quién les causó un trauma producto de
una violación.
Ricardo Jiménez
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