viernes, 16 de septiembre de 2016

Un día en el Parque Simón Bolívar



Por: Maureen Hidalgo Ch.


Corría el año de 1968, entre a primer grado en la Escuela Abraham Lincoln, con mi enagua de paletones que se abrochaba a un lado, mi blusa blanca y mis zapatitos de cuero de amarrar con cordones. Tuve que aprender a atarlos porque solo había usado con hebilla. Mi bulto era de lona a cuadros rojos, mi mamá quería que fuera de cuero para que me durará más pero no lo podía abrir. Toda una aventura me esperaba. No fue fácil dejar a mi madre de hecho me puse a llorar cuando ella se fue, pero Lorena una de mis compañeras me ánimo y me senté junto a ella, toda esa semana. Los días iban trascurriendo con normalidad era muy fácil para mí porque mi hermano mayor ya estaba en segundo grado y yo ya había aprendido a escribir algunas palabras: mamá, papá, casa y masa.
Antes de que terminaran los días de verano las maestras de primer grado organizaron un paseo al Parque Bolívar. La ilusión con la que esperaba ese día no me dejaba dormir. Lo más lejos que había ido era al Hospital San Juan de Dios y al Mercado Borbón pasando por el Mercado Central. Pasar por ahí me daba mucho miedo porque los carretones con caballos siempre estaban alrededor del Mercado y los caballos se sacudían y relinchaban y si me pateaban. E ir al parque yo sola en un bus con todos mis compañeros era increíble. Ese día mi mamá me preparo un emparedado de mortadela, dos huevos duros y una botellita con fresco de chan. Además me dio una moneda de cincuenta céntimos, (un cuatro) para que me comprara algo. En una bolsa de papel de esas que le daban a uno en el estanco eche todo y lista, a pasear.
Tenía muchas expectativas porque los domingos siempre íbamos al cine y la mayoría de las veces veíamos las películas de Tarzán esas que protagonizaba Johnny Weissmulleer o Lex Barker y mi maestra nos había dicho que el parque era como una selva y había animales y yo me lo imaginaba igual.
En el bus cantamos hasta que estuvimos ahí, cuando nos bajamos, llegamos a un portón antes se entraba por arriba, por la Casa Amarilla. Empezamos a bajar por unas gradas entre árboles y enredaderas que colgaban de lo alto de las copas. Mis ojos curiosos buscaban los monos no fuera a caerme uno encima, y mientras veía arriba, veía abajo por si acaso una serpiente se quisiera arrollar a mis tobillos, como lo había visto en Tarzán. Para mi sorpresa no era así, nos detuvimos y echamos un vistazo desde donde estábamos se veían las jaulas y algunas fosas inmensas donde estaban los animales.
Empezamos el recorrido por donde habitaba el lagarto y algunas tortugas, todos parecían muertos pues ninguno se movía, vimos una danta que olía…, un oso hormiguero, los monos que jugueteaban llamando la atención. Las serpientes no andaban por ahí estaban en una de esas fosas y tampoco se movían. No era como me lo había imaginado pero era muy bonito. El león se oía por todo el parque y eso agitaba mi corazón.
Llegó la hora de almorzar, cambie la mitad de mi emparedado por la mitad de uno de pate y jalea que traía un compañero. Le di un huevo duro a mi maestra y el otro lo vote, a mí no me gustan, las yemas se pegan a los dientes. Y con la moneda de cincuenta céntimos me compre una cremoleta de fresa que valía veinticinco céntimos, la niña Luisa, mi maestra me la tuvo que comprar porque yo no llegaba al mostrador de la soda. Quería comerme otra pero ya no dio tiempo. Nunca un helado me supo tan rico.
Después de ver al pavo real y otros pajaritos, fuimos al castillo, que era enorme a mis ojos, pero no se podía entrar. Después de esto llego la hora de regresar, subiendo las gradas volví a ver los arboles esperando ver un mono o una serpiente, por si acaso, pero no había ninguno. Volvimos a la escuela. Este fue uno de los días más divertidos de mi vida.

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