Estos ojos (“These eyes” de The Guess Who )
These eyes
cry every nights for you.
These arms
long to hold you again…
long to hold you again…
Era un adolescente, a pesar de
llevar encima casi dieciocho años, sin embargo se negaba a crecer y conocer lo
que un vasto mundo, más allá de las canicas y los trompos ofrecía.
Cursaba el cuarto año del
Liceo de Costa Rica y era feliz, pero era más feliz cuando cada tarde, al
regresar a casa, después de colgar o tirar por ahí el gris uniforme, se divertía
jugando chocolas, de panza o de cuclillas, sin importarle en lo absoluto lo que
pensaran los mayores, era feliz recogiendo las translúcidas canicas de vidrio
que dejaban pasar a su través, la luz
mortecina del atardecer y que ganaba con habilidad. Era un buen jugador y sus amigos,
la mayoría, menores que él, solían respetarlo.
Una dorada tarde, viniendo
desde el sur, contempló una joven mujer
que venía hacia ellos. Caminaba como una diosa, con su rostro serio y dulce a
la vez, mirando al frente, sin mirar. Movía sus gráciles brazos alrededor de su
delgada cintura y sus largas piernas morenas, firmes y relucientes, limitadas por una preciosa minifalda, le dejó boquiabierto, atónito, lejano y
ausente. Cuando se recuperó del lapsus, la chica había ingresado a la vivienda
que estaba frente a la suya, a la que recién se había trasladado a vivir con su
familia … el juego había terminado.
La chica ni siquiera advirtió
su presencia, para ella era un mugroso mocoso jugando con otros mocosos, igualmente mugrosos.
Esa noche no durmió bien, su imaginación
le dotó de alas y lo elevó al espacio de la fantasía. Voló a los lugares que
conocía y le eran amados, tomado de la
mano de aquella preciosa mujer. Esa noche dejó de ser niño, cruzó el odioso
proceso de la adolescencia sin darse cuenta. Esa noche había descubierto a la mujer
que, si hubiese madurado un poco antes, habría sido la mujer con la que habría
envejecido.
Esa noche descubrió el
mensaje oculto de las románticas canciones de los Beatles y entendió el sentido
de la palabra “amor”. Estaba enamorado.
…………
Al día siguiente, somnoliento
y apresurado, salió de su casa hacia el Liceo y en el trayecto entre su casa y
la de su nueva vecina, se encontró nuevamente con la damita con la que soñó la
noche anterior.
Esta vez, ella sí advirtió en
él, le miró con su desgarbado uniforme . ¡Un liceísta¡ exclamó. Su mirada se encendió como
una antorcha y su sonrisa fue un alegre velero en alta mar.
Transcurrieron los días y las
canicas quedaron en el cajón de los recuerdos, ahora su alegría era atravesar
la calle y tocar la puerta de su amada, que recién había llegado de la
universidad.
Con ella aprendió el interesante
juego de los besos de menta y también, el cálido rubor de la pasión. Ella le abrió
los ojos al mundo, pero sobretodo, al amor.
……….
Un día, durante una
conversación saltó de la boca de la chica, un comentario que tenía a flor de labios
y que no tenía mayor trascendencia; fue
un comentario relacionado con el interés de un muchacho del barrio, mayor que
él, que tenía interés en ser amigo de ella. Para él fue un frío metal en
su alma y le dijo, sin pensar lo que decía, que estaba bien, que lo conociera,
que él se apartaba. Pero en su corazón, aquello fue una herida que lo marcaría para
siempre.
Pasó una semana, quizás dos y
la relación se reanudó de nuevo, pero nunca fue la misma.
Durante esas semanas, su mente buscó
refugio en otros brazos y en las baladas de desamor y angustia y una de ellas
se entronizó en su alma, desde entonces y para siempre.
Las notas de aquella melodía resuena
en sus recuerdos con ternura. “Estos ojos lloran todas las noches por ti. Estos
brazos anhelan abrazarte otra vez…
Carlos Rojas Vargas
13/10/2019
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