Cielo
Solórzano
El
23 de mayo de hace algunos años lo podría denominar como el año en
que mi vida cambió. Es el día olvidado y a la vez el más
recordado. Muchas horas de ese día se perdieron en mi memoria. Están
escondidas, en el fondo de mi corazón y luchan por no salir de ahí.
Lo último y lo único que me acuerdo es montándome en el carro,
camino al hospital.
Las últimas palabras que me acuerdo son las del
entonces esposo y padre de mis hijos que me decía: “este hijo que
está a punto de nacer tiene que ser tan lindo e inteligente como los
otros dos que tenemos”. Y después despertarme y preguntar por mi
hijo. Nadie quería decirme nada. Ni siquiera el pediatra. De
repente me acordé. Cuando tenía como 4 ó 5 meses de embarazo, iba
sola en el carro camino a mi casa y tuve un presentimiento. Este
hijo tiene Síndrome Down. Inmediatamente catalogué ese pensamiento
como algo insólito. Como algo impensable, y lo deseché. Pero
ahora estando sola en el hospital y sin tener noticias del pediatra
mi sospecha se acrecentó. Busqué al pediatra y lo enfrenté. ¿Qué
pasa con mi hijo? ¿Qué tiene? Él balbuceaba y enredaba las
frases. Tuve que preguntarle directamente ¿tiene Síndrome Down?
Bueno si, me respondió, pero tenemos que esperar a ver cómo va
reaccionando. El mundo se me cayó encima. ¿Cómo enfrentarlo?
¿Qué va a pasar con él? ¿Porqué él? ¿Cómo lo va a tomar el
papá? Me sentía desolada.
El papá quería que fuera lindo e
inteligente. No sabía a quién recurrir ni qué hacer. Las horas
pasaban y nadie venía a verme. Ya se habían enterado y no sabían
cómo decírmelo. No me acuerdo nada más. Algunos familiares
llegaron, otros no. Federico enfermó, lo operaron recién nacido
del corazón, padeció 4 años en el hospital y solo estuvimos Fede y
yo. El papá corrió, los abuelos, tíos, amigos desaparecieron. Se
esfumaron. Solo quedamos Fede y yo. Y así empezamos este camino de
amor, Fede y yo, de la mano, saltando obstáculos, quitando piedras,
buscando rutas, unas cortas otras no tan cortas. Solo Fede y yo y la
pregunta eterna de Fede “yo te amo, ¿vos me amás?” Esa es la
melodía diaria en mis oídos. La melodía con la que Fede y yo
caminamos esta senda de amor. De la mano… Fede y yo.
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