martes, 9 de abril de 2013

Fede y yo


Cielo Solórzano
El 23 de mayo de hace algunos años lo podría denominar como el año en que mi vida cambió. Es el día olvidado y a la vez el más recordado. Muchas horas de ese día se perdieron en mi memoria. Están escondidas, en el fondo de mi corazón y luchan por no salir de ahí. Lo último y lo único que me acuerdo es montándome en el carro, camino al hospital. 
Las últimas palabras que me acuerdo son las del entonces esposo y padre de mis hijos que me decía: “este hijo que está a punto de nacer tiene que ser tan lindo e inteligente como los otros dos que tenemos”. Y después despertarme y preguntar por mi hijo. Nadie quería decirme nada. Ni siquiera el pediatra. De repente me acordé. Cuando tenía como 4 ó 5 meses de embarazo, iba sola en el carro camino a mi casa y tuve un presentimiento. Este hijo tiene Síndrome Down. Inmediatamente catalogué ese pensamiento como algo insólito. Como algo impensable, y lo deseché. Pero ahora estando sola en el hospital y sin tener noticias del pediatra mi sospecha se acrecentó. Busqué al pediatra y lo enfrenté. ¿Qué pasa con mi hijo? ¿Qué tiene? Él balbuceaba y enredaba las frases. Tuve que preguntarle directamente ¿tiene Síndrome Down? Bueno si, me respondió, pero tenemos que esperar a ver cómo va reaccionando. El mundo se me cayó encima. ¿Cómo enfrentarlo? ¿Qué va a pasar con él? ¿Porqué él? ¿Cómo lo va a tomar el papá? Me sentía desolada. 
El papá quería que fuera lindo e inteligente. No sabía a quién recurrir ni qué hacer. Las horas pasaban y nadie venía a verme. Ya se habían enterado y no sabían cómo decírmelo. No me acuerdo nada más. Algunos familiares llegaron, otros no. Federico enfermó, lo operaron recién nacido del corazón, padeció 4 años en el hospital y solo estuvimos Fede y yo. El papá corrió, los abuelos, tíos, amigos desaparecieron. Se esfumaron. Solo quedamos Fede y yo. Y así empezamos este camino de amor, Fede y yo, de la mano, saltando obstáculos, quitando piedras, buscando rutas, unas cortas otras no tan cortas. Solo Fede y yo y la pregunta eterna de Fede “yo te amo, ¿vos me amás?” Esa es la melodía diaria en mis oídos. La melodía con la que Fede y yo caminamos esta senda de amor. De la mano… Fede y yo.

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